Capítulo 3 —El lugar correcto

1165 Palabras
Capítulo 3 —El lugar correcto Aurora: Me encontraba en el dormitorio que, en algún momento, había compartido con Dilan. La habitación estaba iluminada suavemente por la luz de una lámpara de noche, y las cortinas delgadas permitían que los primeros rayos del sol filtraran un resplandor dorado. Cada rincón del cuarto estaba decorado con un gusto sencillo pero acogedor, reflejo de una vida que, de repente, se me antojaba tan lejana. Dilan… ahora era mi esposo. Pensar en eso aún me resultaba extraño, casi surrealista. Hace apenas un tiempo, salía de mi casa en el viejo coche del abuelo, llena de ilusiones y sueños. Me encontraba con Caín, estaba comprometida con él y construía una vida que, en ese momento, me parecía prometedora. Pero ahora, aquí estaba, casada con el lobo que una vez me había secuestrado, el mismo que había comenzado mi calvario. La fatiga que sentía no solo era por el reciente parto; eran dos años intensos que me habían dejado exhausta. Creí que finalmente podría descansar y disfrutar de la felicidad que tanto había ansiado. Sin embargo, esa felicidad se veía nublada cada vez que pensaba en Caín. Habíamos sido tan felices juntos, o al menos eso creí hasta que las circunstancias nos separaron. Sentí una punzada en la garganta, al recordar lo que habíamos perdido, y una lágrima se deslizó por mi mejilla. Pero cuando Dilan entró en la habitación, sosteniendo a nuestra hija en una mantita delicada, la tristeza se desvaneció. El amor y la ternura que sentí en ese momento me hicieron comprender que, a pesar de todo, estaba en el lugar correcto. —Hola, mi amor —dijo Dilan con voz suave, mientras se acercaba a mí con esa sonrisa cálida que iluminaba su rostro —Temía despertarte, pensé que todavía dormías. Lo miré y, a pesar de la tristeza que aún me envolvía, no pude evitar sonreír. Su presencia era un bálsamo para mi alma agotada. —Aún no puedo dormir —admití, con mi voz temblorosa —Tengo miedo de despertar en mi antigua casa y descubrir que todo esto ha sido solo un sueño. Dilan se inclinó un poco hacia mí, con su mirada fija en la mía con una mezcla de ternura y preocupación. —¿Eso te gustaría? —preguntó, su tono era suave y contemplativo, pero también cargado de una ansiedad angustiante. —¿Qué cosa? —pregunté tratando de quitarle importancia. —Eso, que fuera un sueño —Insistió. Negué con la cabeza, tratando de darle la seguridad y la calma que el necesitaba en ese momento y que a mi tanto me faltaba. —No, ¡claro que no! —exclamé, sentándome con esfuerzo en la cama y extendiendo los brazos para recibir a nuestra hija, Luz Esperanza. Mi voz se llenó de emoción —No cambiaría esto por nada en el mundo. Dilan se sentó junto a mí, con sus brazos rodeándome en un abrazo cálido y protector mientras yo cargaba a esta hermosa y perfecta bebé en brazos. Sentir el peso de nuestra hija me llenaba de un amor indescriptible, pero también de una profunda tristeza. El hecho de no poder alimentarla me resultaba especialmente doloroso, y las lágrimas volvieron a asomar, cuando tuve que enfrentarme a la realidad. —Me dijo Sara que ya tiene nodriza —comentó Dilan con una expresión de seriedad. —¿Nodriza? —Pregunté, con mi voz llena de desconcierto —¿Por qué? —la pregunta era tonta, yo sabía la respuesta. —Sí, nodriza… —repitió, con su mirada evitando la mía. —Pero… —igualmente no pude evitar sentirme triste. —Aurora, tú no puedes alimentarla —dijo Dilan con una tristeza palpable —Eres un vampiro, ¿lo recuerdas verdad? Lo recordaba, lo recordaba muy bien, y el peso de esa realidad me aplastaba. Aunque sabía en el fondo que no podía amamantar a Luz, enfrentarlo de manera tan directa fue abrumador. De repente, todas las esperanzas y expectativas se derrumbaron, y las lágrimas comenzaron a fluir libremente. —Sí, lo recuerdo —murmuré, con la voz quebrada por el dolor —Solo que me hubiera gustado no tener que enfrentar esta realidad tan pronto. Dilan me abrazó con fuerza, su cuerpo cálido y fuerte envolviéndome en un consuelo que desesperadamente necesitaba. Me aferré a él, sintiéndome frágil y débil. Los cambios en mi cuerpo habían sido demasiado rápidos, y ahora el simple hecho de que no pudiera alimentar a mi hija me dejaba devastada. Sara vino a recoger a Luz, y Dilan no permitió que dijera nada. Se la llevó en silencio, con una gentileza que contrastaba con mi angustia. —Aurora —dijo Dilan con voz suave —sé que será difícil para ti, pero yo estaré contigo todo el tiempo. Lo miré, reparando en cada detalle de su rostro. A pesar de mi tristeza, me parecía el hombre más hermoso del mundo. Con ternura, acaricié su mejilla, mis dedos se deslizaron suavemente por su piel. —Espero algún día me perdones… —susurré, temiendo que mis palabras pudieran herirlo. —¿Perdonarte? —Dilan frunció el ceño, claramente confundido —¿De qué carajos me estás hablando? ¿Qué puedes haberme hecho que me causara daño? —y sonrió. —De lo egoísta que estoy siendo contigo, mi amor, mi lobo feroz… —le dije, notando cómo su rostro se iluminaba con una sonrisa al escuchar el apodo que solía usar —Me duele pensar en cómo olvido que tú también estás pasando mal por esto. Dilan sonrió de lado, la confusión dando paso a una expresión de cariño. —¿Pasándolo mal, yo? —preguntó, su ceño relajándose —¿Acaso te has vuelto loca, Aurora? —Su sonrisa se ensanchó —Tengo en mis brazos a mi esposa, la mujer que amo con cada fibra de mi ser, y me ha dado una hermosa hija, producto de nuestro amor —Se inclinó hacia mí, con su mirada llena de devoción —¿Si eso es pasarla mal?, ¡quiero estar así de mal, por el resto de mi vida! —Me besó con un cariño profundo, un beso lleno de amor en lugar de pasión. En ese momento, lo que más nos unía era el amor, no la pasión. Al separarnos, sus ojos brillaban con una ternura que me reconfortaba —Yo te amo, Aurora, y todo lo que venga de ti lo atesoro —susurró, y en sus palabras encontré la fuerza que necesitaba para enfrentar el futuro, por incierto que fuera. —¿Tanto así? —le pregunté de forma burlona, pues lo que necesitaba escuchar, ya lo había dicho. —Sí, tanto que adoro volver a sentir frío al abrazarte, pues tu piel volvió a tener la temperatura de un hielo… —y rió a carcajadas, mientras no dejaba de abrazarme. —Eres un idiota y lo sabes —también reí contagiada por su entusiasmo. Bueno... comenzamos... las leo
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