Capítulo 4 —Un viejo amigo

1284 Palabras
Capítulo 4 —Un viejo amigo Aurora: Conforme el tiempo fue pasando, me fui readaptando a mi cuerpo de vampiro. Aunque la transición no fue fácil, lentamente me fui acostumbrando de nuevo a la frialdad de mi piel y a la ausencia del latido de mi corazón. Al principio, extrañaba el rubor en mis mejillas y la calidez que había conocido, aunque tenía a Dilan para compensarlo. Cuando necesitaba sentir calor, solo tenía que acercarme a él, a su abrazo firme y protector, y eso era todo lo que necesitaba para recordar que aún podía sentirme viva de alguna manera. Ser vampiro nuevamente tenía sus ventajas, la más notable siendo la ausencia total de dolor físico. No podía negar que había sido un alivio, especialmente después del agotador embarazo que duró apenas un poco más de un mes. Pero lo que más me sorprendió fue la admiración que desarrollé hacia las mujeres humanas que experimentaban la maternidad por elección o por sorpresa, como fue mi caso. Me sentía más feliz de lo que jamás había imaginado, algo que ni siquiera mi vida anterior me había permitido soñar. Tenía una carrera exitosa, un negocio que florecía bajo mi mando, un hombre al que amaba profundamente, y una hija a la que adoraba más que a mi propia existencia. Luz Esperanza era perfecta en todos los sentidos. No solo por su belleza, que era evidente a simple vista, sino también por su inteligencia precoz y su corazón bondadoso. Su crecimiento, sin embargo, era tan acelerado como todo lo demás en su vida; en apenas tres años, ya aparentaba tener unos siete. El tiempo con ella como bebé había sido tan breve que apenas lo había disfrutado, un dolor que trataba de ocultar en lo más profundo de mi corazón. Sara me había explicado que, al llegar a la madurez, su crecimiento se estabilizaría, aunque aún no sabíamos si lo haría al ritmo de un humano, un vampiro o un lobo. Con Luz, cada día traía una nueva sorpresa. A veces, me preguntaba si estaba lista para ser madre de una criatura tan especial, y otras veces simplemente me dejaba llevar por la maravilla de lo que ella era. Sara se encargaba de su educación, y aunque Luz la adoraba, a veces podía ser un poco escurridiza. —Luz, ¿dónde te has metido?—escuché gritar a Sara desde el otro lado de la casa. Su tono, aunque firme, estaba teñido de una ligera preocupación —Luz. Me acerqué rápidamente, sabiendo que si Sara estaba preocupada, algo no estaba bien. —¿Qué sucede, Sara?—pregunté al llegar a la sala. —No encuentro a Luz. No tengo idea de dónde se pudo haber metido esa mocosa ahora —respondió, evidentemente molesta pero también inquieta. —Creí que estaba contigo —dije, frunciendo el ceño. Aunque Sara era muy cariñosa con Luz y solía estar siempre atenta, el hecho de que se le hubiera escapado me puso nerviosa. —Lo estaba, Aurora. Pero la muy pilla me pidió un vaso de leche, y cuando volví con él, ya no estaba. —¿Qué estaba haciendo antes de que se escapara? —Estudiábamos la historia de las especies —Sara suspiró profundamente, casi exasperada. —¡Uf! —suspiré, sabiendo cuán tedioso podía ser ese tema para Luz —Eso la agobia una barbaridad. —Lo sé, pero tiene que aprenderlo. Sé que a veces puede ser mucho para una niña tan pequeña, pero es necesario. —Te entiendo perfectamente, Sara —reflexioné por un momento, tratando de pensar como Luz —Espérame aquí, creo saber dónde puede estar. Corrí hacia el campamento de la manada de lobos de Dilan, segura de que Luz estaría allí, pues la mimaban mucho y ella los adoraba. Pero en el camino, un escalofrío recorrió mi espalda. Mi respiración se cortó al ver a Luz, que caminaba hacia mí tomada de la mano de un hombre, con el que hablaba con toda familiaridad. —¡Mami! —ella, al verme, gritó emocionada El hombre alzó la mirada, y nuestro encuentro de ojos me dejó paralizada, pues era el mismísimo Caín. No podía creer lo que estaba viendo. ¿Cómo no había sentido su presencia? El miedo y la sorpresa se apoderaron de mí, haciendo que mi cuerpo se negara a responder. —Luz —logré decir al fin, con la voz quebrada. Sentía que mi garganta se cerraba, dificultando cualquier intento de hablar. —Mira, mami, encontré a tu amigo —dijo Luz con la inocencia de una niña, sin comprender el peso de sus palabras. Esperé a que llegaran hasta mí, pues mi cuerpo aún no me obedecía. Cuando estuvimos frente a frente, Caín extendió su mano para saludarme. —Aurora, es un placer volver a verte —dijo con esa sonrisa que alguna vez me había desarmado por completo. —Caín… —murmuré, sintiéndome estúpida por mi falta de palabras. El hombre que una vez había sido todo para mí, ahora estaba allí, tomado de la mano de mi hija. —Mami, él ha venido a visitarnos desde muy lejos—anunció Luz, soltándose de la mano de Caín—. Voy corriendo a decirle a papi. —Y antes de que pudiera detenerla, desapareció corriendo. Caín y yo nos quedamos solos, en silencio, con los ojos fijos el uno en el otro. Su sonrisa no se desvaneció, pero su mirada se volvió más seria. —Ha pasado mucho tiempo, Aurora. ¿Cómo has estado? No podía responderle. Las palabras simplemente no venían a mi mente. Caín se acercó lentamente, depositando un suave beso en mi mejilla. El simple roce de sus labios hizo que mi cuerpo se estremeciera, cerré los ojos, permitiéndome sentir por un breve momento lo que su presencia siempre había despertado en mí. —Caín…—repetí su nombre, sin poder decir nada más. Toda la seguridad y fortaleza que había construido durante estos años se desmoronaron en ese instante. Me sentí vulnerable, como la joven que una vez huyó de su hogar en una noche oscura, llena de dudas y arrepentimientos. Caín tomó mis manos, su tacto era familiar y reconfortante, pero también perturbador. —Primero, debo disculparme—dijo suavemente—. No te he felicitado por tu matrimonio, ni por tu maternidad. Luz es una niña maravillosa, además de ser tan hermosa como su madre. Sentí un nudo en la garganta. Caín y yo no nos habíamos visto desde aquella despedida en la mansión, ni siquiera habíamos intercambiado mensajes. El silencio había sido nuestro único medio de comunicación durante todo este tiempo. —Gracias —fue todo lo que logré articular. —Mereces ser feliz, Aurora. —¿Qué es lo que haces aquí, Caín? —pregunté finalmente, soltando mis manos de las suyas. —Necesito hablar con ustedes. —¿Con quiénes? —Principalmente contigo y con Dilan, pero también con Sara y Ernestina. —¿De qué se trata? —De Luz Esperanza. —¿De Luz Esperanza? —Repetí como una tonta y mi garganta, se apretó al escuchar su nombre en sus labios. —Sí, Aurora. Antes todo giraba en torno a ti, pero ahora, todo gira en torno a tu hija. No supe qué responderle. Bajé la mirada y di un par de pasos hacia la casa. Sentí su mano agarrando mi brazo, deteniéndome. —¿Qué sucede? —Te he extrañado mucho, Aurora… En ese momento, pasaron muchas cosas por mi mente, pero preferí callar, me solté de su agarré bajé la cabeza y caminamos en silencio hasta la cabaña. Bueno, parece que Caín ha vuelto para poner la vida de Aurora de cabezas nuevamente.
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