Capítulo 5 —La maldita Híbrida
Dilan:
La mañana había comenzado como cualquier otra, con la rutina de organizar la custodia de Aurora mientras ella planeaba su viaje a Barcelona. Había querido acompañarla, pero mis obligaciones en la manada me lo impedían. Aun así, me aseguré de que Marcos, mi mano derecha y uno de los guerreros más confiables, estuviera a cargo de su seguridad.
—Tranquilo, Dilan —me dijo Marcos mientras repasábamos los detalles —Será como cuando ella fue a su primera reunión con el Cónclave. La cuidaremos bien, ni notará que estamos allí.
—Sí, ¿y cómo les fue? — Aunque me reconfortaban sus palabras, una sensación de inquietud se mantenía firme en mi pecho —¡Odio que se ponga en peligro! —admití, pasando una mano por mi cabello con frustración —Pero ya la conoces; no hay quien la convenza de que se quede quieta.
—Lo sé muy bien —Marcos rió un poco avergonzado, recordando uno de los tantos incidentes en los que Aurora había desafiado cualquier intento de control. Dijo —Recuerdo que se nos escapó y contrató un jet para volver —vio mi mueca al recordarlo —en mi defensa diré que fuiste el culpable, esa mujer estaba desesperada por volver contigo, ni te haces idea las cosas que hizo allí para poder enviarte, aunque fuera, un mensaje y al no poder, tomó la decisión…
Reímos juntos, pero mi risa fue breve y amarga. Lo que sucedió después de aquella escapada fue un recordatorio constante de lo frágil que era nuestra paz. Estaba por sumergirme en un pensamiento más profundo cuando mi teléfono comenzó a vibrar en mi bolsillo. Al sacarlo, el nombre de Aurora se iluminaba en la pantalla, provocando un sobresalto en mi pecho.
—Aurora, cariño —contesté de inmediato, el tono de mi voz traicionaba mi ansiedad.
—Dilan, ven lo antes posible —Su voz, aunque firme, tenía un matiz de urgencia que no pasó desapercibido.
—¿Pasó algo, mi vida? —había logrado inquietarme
—Aún no, pero Caín está aquí, eso no puede ser bueno —hubo un breve silencio
—Voy de inmediato —Mis músculos se tensaron al instante.
Colgué el teléfono, sintiendo cómo la preocupación se transformaba en un malestar palpable. ¿Caín, aquí, en nuestra casa, después de tanto tiempo…? ¿Qué demonios estaba buscando? Sin perder un segundo, me apresuré a regresar a la casa, ignorando la inquietud que crecía con cada paso que daba. Al llegar, la escena que encontré fue surrealista. Caín, el vampiro con el que pasamos de ser, amigos en nuestra tapa humana, a enemigos, para finalmente, convertirnos en una especie de familia disfuncional, estaba sentado en la mesa de nuestra cocina, charlando tranquilamente con Ernestina y Sara mientras bebían té. A lo lejos, Luz se encontraba al otro extremo de la mesa, con su vaso de leche y galletas, observando a nuestro inesperado invitado con la curiosidad típica de un ni*ño. Pero lo que más me llamó la atención fue Aurora. Se paseaba nerviosa por la sala, cruzando un brazo sobre su pecho mientras con la mano libre frotaba su barbilla en un gesto que conocía demasiado bien. Estaba al borde del colapso. Respiré profundo, tratando de calmar mis propios nervios antes de entrar. Al verme, Caín se puso de pie, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos curvando sus labios mientras extendía su mano en señal de saludo.
—Caín, ¡qué sorpresa verte por aquí, tan lejos de tu casa! —traté de sonar casual, pero la tensión en mi voz era evidente —me da gusto verte…
—A mí también, amigo —le respondí, estrechando su mano con más fuerza de la necesaria.
—Te juro que es muy importante; si no, no me hubiera atrevido a interrumpir la paz de tu hogar —Su tono era serio ahora, y aunque quería creerle, una parte de mí seguía alerta.
—Tranquilo, te he dicho muchas veces que eres bienvenido —Mis palabras salieron automáticas, una respuesta diplomática. Sin embargo, al decirlas, sentí la mirada fulminante de Aurora clavada en mí. Nunca le había dicho que seguía en contacto con Caín. Sabía que había cometido un grave error, el cual, seguramente ella me recordaría cada que vez que se enojara conmigo.
—¿Ustedes se han estado hablando? —La pregunta de Aurora fue más una acusación que una simple curiosidad, su voz tensa y fría.
—Pamela —llamé a la niñera de Luz, que estaba observando la situación desde un rincón. Sabía que necesitaba espacio para manejar lo que estaba por venir —Hazme el favor y lleva a Luz Esperanza a su habitación.
—No, papi, no quiero irme; quiero conocer a Caín, me ha dicho que es casi como un tío, que es muy amigo tuyo y de mamá —protestó Luz con su dulzura infantil, ignorante de la tensión que flotaba en el aire.
—No te preocupes, cariño, antes de irme, iré a verte y charlaremos mucho —Acarició su cabeza mientras ella sonreía encantada. Caín, siempre el manipulador, se agachó a la altura de mi hija, sonriendo con una calidez que me revolvía el estómago…
—No —interrumpió Aurora, su voz ahora dura como el acero, mientras tomaba a nuestra hija del brazo, separándola de Caín con un gesto protector —Ya has oído a tu padre, Luz. Vete a tu dormitorio y no me hagas repetirlo.
Pamela finalmente intervino, llevándose a Luz a su habitación. Aunque el impulso de seguir a mi hija era fuerte, sabía que tenía que enfrentar lo que estaba por venir.
—Ven, cariño, sentémonos —Tomé la mano de Aurora, que estaba helada, y la guie hasta la mesa.
Tanto Ernestina como Sara comprendieron que la situación era delicada y, con una mirada silenciosa, se levantaron para retirarse.
—Los dejamos para que conversen, y luego seguimos. Me encantó verte, Caín —dijo Ernestina, siempre la más amable, antes de desaparecer con Sara en la habitación contigua.
—¿Ustedes se han estado hablando? —repitió Aurora, su tono aún más cargado de reproche.
—Sí —le respondí con sinceridad, aunque cada palabra se sentía como un paso hacia una trampa que no había previsto.
—¿Y cuándo se supone que ibas a decírmelo?
—No lo creí importante —Mi respuesta sonó débil, incluso para mis propios oídos. El lobo dentro de mí se agitaba, incómodo con el camino que estaba tomando la conversación.
—¿Me estás tomando el pelo, Dilan? —El dolor en sus ojos era claro, una herida que yo mismo había infligido.
—Chicos, creo que no es momento para discutir por esas tonterías… —Caín, que había permanecido en silencio hasta entonces, decidió intervenir, tal vez para calmar las aguas. Trató de utilizar su tono conciliador. Pero la mirada que Aurora y yo le lanzamos lo hizo detenerse. Aunque tenía razón, nuestra desconfianza hacia él era palpable —Aurora, tienes que entender que es importante que yo esté al tanto de algunas cosas. No olvides que soy el vampiro más antiguo. Pero como tú no querías tener contacto conmigo…
—¿Yo no quería tener contacto contigo, Caín? —Aurora lo interrumpió, su tono cargado de ironía y dolor —fuiste tú quien me dejó una escueta nota de despedida y me pediste que me alejara… —Caín suspiró, como si este enfrentamiento fuera algo que había previsto y temido.
—Bueno, tal vez fuera yo quien no quería —admitió finalmente, desviando la mirada por un segundo antes de volver a enfrentarnos —¿Acaso tiene importancia eso ahora? —Su pregunta quedó en el aire, sin respuesta, porque lo que estaba por decir tenía un peso mucho mayor —Lo importante es que tengo que decirles algo de lo que me he enterado, y es preocupante. Se trata de la seguridad de Luz Esperanza…
Al mencionar a nuestra hija, toda la tensión y el enojo entre nosotros se evaporaron al instante, reemplazados por un miedo frío que se asentó en mi estómago.
—¿Qué sucede con mi hija? —preguntó Aurora, su voz temblaban ligeramente mientras sus ojos buscaban los míos en busca de consuelo.
Caín se acomodó en su silla, su mirada oscura, reflejando una gravedad que no podía ignorar.
—Me he enterado de que hay una facción de vampiros rebeldes que desertaron del antiguo Clan de Iván, ahora liderado por Deborah. No quieren los cambios que se avecinan, y eso pone directamente a Luz en su mira, transformándola en su blanco. Si bien no es mucho lo que sé, estos desertores han estado dando graves problemas, incluso Gabriel tuvo que volver a gobernar junto con Deborah, para tratar de apaciguarlos, pero está siento imposible
—¿Saben de nosotros? – le interrogué
—¡Por supuesto que sí!, aquí todo se sabe, no donde están, pero sí que están juntos, violando la ley más sagrada en la que creen, la prohibición de la interacción de las especies y el nacimiento de Luz, a quien ellos llaman la “Maldita Híbrida”
—¡Cuánta crueldad!, ¿Cómo pueden llamar Mal*dita Híbrida a una criatura tan pequeña y que no les ha hecho nada? —rezongó Aurora
—No les ha hecho nada aún, pero recuerda que ella es la que terminará con todas sus creencias y perjuicios.
Sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba, el lobo en mi interior listo para atacar ante la mera insinuación de un peligro para mi hija. Aurora, por su parte, se desplomó en una de las sillas, sus manos temblorosas cubriendo su rostro.
—Mier*da, mi niña… —Su voz estaba cargada de desesperación.
—Tranquila, mi amor —le dije, arrodillándome a su lado y tomando sus manos entre las mías, tratando de transmitirle la fuerza que yo mismo apenas sostenía —Seguro lo resolveremos y nada le sucederá a nuestra pequeña.
—Aurora, no dejaré que nada le pase a tu hija. Te doy mi palabra, y sabes que… —Caín se inclinó hacia adelante y fijó sus ojos en los de Aurora.
—Sí, Caín, sé que eres un hombre de palabra —respondió ella, mirándolo a través de las lágrimas que comenzaban a acumularse en sus ojos —Eso no es lo que me preocupa ahora.
Bueno, ya conocen este triángulo, a ver que sucede...