Vicenzo la giró cómo se si de una marioneta se tratara y ella se dejó hacer. ¡Dios mío! ¡estaba deseosa de que él hiciera eso y mucho más con su cuerpo! Tenía un deseo implacable de ser poseída por Vicenzo. ¿Será que ella no era normal? ¿era normal Sentirse así por un hombre? ¿Adicta? Cómo si Vicenzo fuese una droga de la cual ella no se saciaba, una que ella había probado y ahora no sabía Cómo parar, como detener la ambrosía. —Quédate quieta. —murmuró él con voz grave mientras la recostada del carro subía la falda despacio. La mano de Vicenzo recorrió sus muslos subiendo por sus glúteos y quedándose allí, implacable, caliente, su cuerpo se erizó por completo, estremeciéndose tanto por el frío de la noche como por el cuerpo de Vicenzo tan cerca al de ella. —Tienes un culo precioso

