—¿Estás seguro de que puedo quedarme aquí asi? le preguntó. Sintiéndose estúpida pero a la vez salvaje, libre, sólo el albornoz cubría su cuerpo, debajo estaba desnuda como había llegado a este mundo. —Para mí estás preciosa—y ella lo creyó, le creyó por completo. Vicenzo la veía hermosa, quizás ella no fuera la típica belleza de revistas, las mujeres con la que seguramente Vicenzo debía de salir, ella era más común, quizás no tan corriente, pero se consideraba a sí misma una mujer normal con belleza típica Italianoa, nariz un poco fina y alargada, labios más gruesos, pelo liso, sus ojos de un azul aqua eran grandes y de pequeña se había avergonzado por tenerlos de este tamaño, rodeados de pestañas largas que impedían que pudiera colocarse maquillaje que no la hiciera lucir como una

