Cubrí mi rostro con ambas manos ante el gran resplandor del sol que entró por mi ventana, después de que a mi madre se le ocurriera abrir las cortinas. —Abigail Lancaster, son más de las 2 de la tarde. ¡Sal de esa jodida cama! —gritó, llevando ambas manos a su cadera. —Déjame, mamá —refunfuñé cubriéndome con las cobijas. —¿Por qué crees que sólo a ti te dolió? Lo amaba, Abby —dijo sentándose a mi lado—. Pero debemos continuar mi amor. —No quiero —espeté, conteniendo las ganas de llorar. —Cariño, ¿Crees que a tu padre le gustaría ver lo miserable que eres? Nena... él siempre estará con nosotros. Él siempre te pidió que fueras feliz. Pero debes de poner de tu parte —alargó su mano y acarició mi cabello suavemente. Mi madre no lloró frente a nosotros, pero sabía que eso era sólo una arm

