—No puedo creer que hayas logrado botar todas las botellas —me burlé de él, a la vez que intentaba abrir la puerta de mi casa. —Nunca subestimes a un ciego —bromeó. Empujé la puerta y caminamos al interior. —¡Hola familia! ¡Estamos en casa! —grité llevando ambas manos a mi boca. Esperé... y esperé... pero no obtuve respuesta. Revisé el teléfono, tenía un mensaje de mi madre; decía que estarían fuera un par de horas. —Supongo que estamos solos —le digo, girándome hacia él. Tomé el panda que traía en sus manos y lo puse sobre el sofá. —¿Qué quieres hacer? —preguntó. Sus labios se levantaron en una sonrisa y caminó hacia mí. Sus manos rodearon mi cintura. Y sus labios bajaron hasta depositar un pequeño beso en mi cuello. Suspiré, cerrando los ojos con fuerza. —No lo sé, díme

