Conducíamos sobre una estrecha autopista de Seattle. Los edificios iluminaban la ciudad, remplazando así las estrellas que no existían en aquel entorno. La metrópolis parloteaba entre sí, junto a la resonancia del diverso bullicio atmosférico. Me encarrille hacia nuestro próximo destino, dominando el volante con mis dos manos sudorosas. Marcus y Bill se hallaban conversando en el asiento trasero. Bill le comentó lo mismo que me había expresado en el hospital. Sobre lo del sujeto de las notas, y sus extrañas maniobras en el tablero. Su ronca voz era el único fragor que se percibía en el auto, articulando, buscando las palabras adecuadas. Mire por el retrovisor; Marcus lo mirada estupefacto, negando con su cabeza, escudriñando cada detalle de su rostro. —¿Cómo pudiste? —carraspeo Marcus—

