En la habitación asignada a Elira Lauren, la joven yacía inconsciente, su piel aún tibia por la fiebre que la consumía. El ministro de guerra Alerik observaba con creciente preocupación, dudando de la efectividad del antídoto que habían administrado. Habían confiado en lo que el bandido les había entregado, sin pruebas previas, y ahora el estado de Elira no mostraba mejoría. El conde Cristian, a su lado, preguntó con el ceño fruncido: —¿Cuánto tiempo más estará así? Han pasado varias horas y debería haber algún cambio en su estado. —Paciencia, joven conde —respondió el médico, ajustando la manta sobre la joven—. La señorita recibió ese veneno en cantidades considerables. La fiebre disminuirá, pero debemos esperar y observar con cautela. Alerik, apoyado contra una esquina, escuchaba cada

