El gran día había llegado, y la capital se vestía con su mejor gala. Carruajes de familias nobles se detenían frente al palacio, mostrando sin pudor la riqueza de cada linaje: sedas bordadas, encajes importados, coronas de oro y piedras preciosas resplandecían bajo la luz de las lámparas que iluminaban la escalinata. Era la fiesta más esperada de la temporada, y nadie deseaba pasar desapercibido. La familia Lauren no fue la excepción. El barón de Estarim había preparado a sus hijas con esmero, pues entendía que cada gesto y cada prenda hablaban del prestigio que estaban labrando en la capital. De pie junto a la puerta del carruaje, extendió el brazo para ayudar a descender a sus hijas. No muy lejos, alcanzó a ver al duque y a la duquesa Milton, quienes lo saludaban con un leve gesto de re

