Maeva siente su cuerpo arder bajo la mirada intensa de Cedric y Charles.
Sus lobos interiores susurran, llamándola, tentando sus instintos más primitivos, aunque Maeva no los siente ni los escucha, pero algo dentro de ella aumenta su atracción. Por primera vez en su vida, no sentía tanto miedo, sino un deseo cálido y envolvente que la hacía estremecerse.
—Estaré con ustedes.
—¿Estás segura? —pregunta Cedric, con la voz ronca y cargada de expectación.
Maeva asiente con lentitud, su pecho sube y baja con rapidez, mientras intenta controlar su agitada respiración. No confia en ellos, pero confiaba menos en sí misma y en lo que estaban despertando en su interior.
—Entonces… serás nuestra —susurra Charles con una sonrisa ladina, inclinándose para tomar sus labios con los suyos.
El primer beso fue suave, exploratorio. Maeva sintió el calor recorrer su columna cuando Cedric desliza sus dedos por su brazo, rozándola apenas, como si probara su resistencia. No la estaban apresurando, pero tampoco le daban espacio para huir. Estaba atrapada entre ellos, y su propio cuerpo la traicionaba con cada latido acelerado.
Charles profundiza el beso, saboreándola con deleite mientras su hermano recorría la piel expuesta de su cuello con los labios, dejando un rastro de escalofríos. Cuando se separa para tomar aire, Cedric ocupa su lugar, tomándola con más hambre, más urgencia.
Los gemelos se turnaban, explorándola con besos y caricias que la hacían gemir suavemente. El calor de sus cuerpos la envuelve, el aroma de sus aromas la embriaga. Maeva siente cómo sus propios instintos emergen con fuerza y, sin darse cuenta, un temblor recorre su cuerpo cuando siente el cambio.
Las orejas de los gemelo se afilaron ligeramente, sus ojos adquirieron un brillo dorado y sus sentidos se agudizaron. Cedric y Charles se apartaron apenas un segundo, observándola con fascinación.
—Eres… hermosa —murmura Charles.
Maeva rie suavemente, una risa dulce y espontánea que los cautiva.
—Se ven lindos—dice entre risas, llevándose las manos a la boca.
Cedric la toma de la muñeca con suavidad y aparta sus manos de su rostro.
—¿Nunca habías visto a alguien tan encantador en su forma parcial?— pregunta divertido, con su aliento cálido rozando su piel.
El deseo en sus miradas se encendió aún más. La ternura de ese momento se mezcló con la intensidad de sus emociones. Cedric volvió a besarla, esta vez con mayor necesidad, mientras Charles deslizaba sus labios por la curva de su cuello, mordisqueando suavemente. Maeva sintió su corazón latir con fuerza.
Sus cuerpos se fundieron en un abrazo febril, el instinto de sus lobos interiores rugiendo en sincronía. En ese instante, no había dudas ni miedos, solo el vínculo innegable que los unía en una danza de deseo y conexión.
Charles y Cedric la observan con atención, sus ojos dorados brillan con un fulgor expectante. Maeva podía sentir la intensidad de sus miradas recorriendo cada parte de su ser, el peso de la decisión que flotaba en el aire.
—Entonces… ¿quién será el primero? —pregunta Charles con una sonrisa confiada, cruzándose de brazos como si ya conociera la respuesta.
Maeva se muerde el labio inferior, mirándolos a ambos. Aún no sabía cómo había llegado a este punto, cómo su vida había cambiado tan repentinamente, pero lo único claro era que no podía volver atrás. Respira hondo y, con calma, formula la única pregunta que le pareció lógica.
—¿Quién nació primero?
Charles sonrie con orgullo, enderezándose más y echando los hombros hacia atrás. Su mirada altiva y la manera en que infló el pecho demostraban que estaba seguro de que ella lo elegiría.
—Yo, por supuesto —responde con una ligera inclinación de cabeza, como si fuese un honor indiscutible.
Maeva desvia la mirada hacia Cedric, que mantenía una postura más relajada, sin esa presunción orgullosa que irradiaba su hermano. Era apenas dos centímetros más bajo, menos corpulento, pero su aura tranquila la atraía de una manera que no lograba comprender del todo. Sonrie apenas y pronuncia su decisión.
—Entonces, elijo a Cedric.
Charles parpadea, sorprendido. Su expresión se transforma en una mueca de incredulidad y luego en un puchero que lo hacía ver casi infantil.
—¡¿Qué?! Pero… soy el mayor, soy más fuerte…
—Precisamente —intervino Maeva con calma, apoyando una mano en su pecho, intentando calmarlo—. Sospecho que, al haber nacido primero, siempre has tenido todo. Las mejores oportunidades, las primeras elecciones…y recuerda que soy virgen, pienso que Cédric sería más suave...
Charles la mira fijamente, mientras su puchero desaparece poco a poco mientras procesaba sus palabras. No podía decir que no tenía razón.
—Cedric es solo un poco más pequeño, pero también es más calmado hasta ahora —continua ella, girándose hacia el otro gemelo, quien la mira con una mezcla de sorpresa y admiración—. Quiero empezar con él. ¿Lo aceptas?
Cedric traga saliva. No esperaba ser el elegido. Su lobo interior se revolvió con una emoción indescriptible, y sus manos se tensaron sobre sus muslos. Miró de reojo a su hermano, esperando alguna queja, pero Charles solo suspira con resignación.
—No es justo…
Maeva rie suavemente en medio del caos al ver su reacción. La calidez de su risa hizo que ambos lobos se sintieran embelesados. Cedric alarga una mano y le acarició la mejilla con una suavidad reverente.
—Gracias por elegirme —susurra, inclinándose hacia ella.
Charles resopla, pero no pudo evitar sonreír al ver la devoción en los ojos de su hermano. Si Maeva había decidido comenzar con Cedric, él esperaría su turno… aunque no con demasiada paciencia.
Eso piensa ella.
Charles, con una sonrisa astuta, sugirió que Maeva se recostara sobre él, de frente a su hermano. No quería que el frío y áspero suelo de las rocas la lastimara.
—Usa mi cuerpo como cama, será más cómodo —dice con voz tranquila, sus manos ya posicionándose para recibirla.
Maeva titubeó por un instante, pero la calidez en la mirada de ambos lobos disipó su nerviosismo. Con un suspiro contenido, aceptó. Charles se acomodó sobre su capa, abriendo los brazos para recibirla, y ella, con cierta timidez, se apoyó sobre su pecho. Cedric la observaba con admiración, sin apartar la vista de sus ojos brillantes.
—Esto será increible… —murmura Cedric, con su voz apenas un susurro cargado de emoción.
Los dedos de Charles la sostiene de las caderas, brindándole una sensación de seguridad. Ella cerró los ojos por un momento. No estaba acostumbrada a esa cercanía, a esa conexión que trascendía las palabras.
Cedric se inclina hacia ella, mientras su respiración acaricia su mejilla antes de depositar un beso suave sobre su cuello. Maeva se estremece, mientras sus labios se entreabren en una exhalación involuntaria. Charles. Él se baja los pantalones dejando entrever bajo la luz de la fogata su dote. Maeva traga saliva mientras desvia la mirada.
—¿Estás cómoda? —pregunta Charles con una sonrisa.
Ella eligió a su hermano por parecer tranquilo pero su arma oculta entre su ropa es más grande que la de él por varios centímetros.
—Sí… —susurra Maeva, sintiendo su corazón latir con fuerza.
Cedric lleva sus manos a los lados de su rostro, contemplándola con una devoción que la desarma, mientras se inclina, le sube el vestido y le quita su ropa interior admirando su belleza.
Entonces, la besa allí para excitärlä más. Luego sube y besa sus labios, fue un beso lento, dulce, exploratorio. No había prisa ni exigencias, solo el deseo de hacerla sentir segura. Maeva se deja llevar, respondiendo con la misma ternura.
La calidez de su boca se funde con la suya, despertando sensaciones que jamás había experimentado.
Cuando el beso se rompe, Charles se queja juguetonamente.
—No es justo que te quedes con todo… —dice con una sonrisa traviesa.
Maeva se rio suavemente, su risa como un eco armonioso entre ellos. Esa risa los cautivó por completo. Cedric la mira con ojos brillantes, mientras Charles, aprovechando el momento, toma su barbilla y la guia hacia él para también besarla.
Era un juego de equilibrio y entrega, un baile entre caricias y besos suaves entre tres. Cédric abre su vestido arriba y besa sus montañas mientras su hermano hunde su lengua en su garganta.
No había urgencia, solo el deseo de hacerla sentir especial. Las manos de Cedric viajaron hasta su cintura, acariciándola con una reverencia que la hizo estremecer. Charles la abraza más fuerte, brindándole el apoyo que necesitaba.
—Eres nuestra luna ahora—murmura Cedric, con su voz temblorosa de emoción, pronto dejará de ser virgen.
Maeva, conmovida por la intensidad de sus sentimientos, los mira con dulzura. No entendía del todo lo que estaba sintiendo, pero sabía que en ese instante no quería estar en otro lugar. Quería estar entre ellos, envuelta en su calidez, descubriendo un nuevo mundo de emociones y sensaciones.