Maeva se encuentra atrapada en una encrucijada de la que no ve salida.
El calor de los cuerpos de Cedric y Charles la envuelven, sus miradas intensas la consumen. No sabe cuánto tiempo ha pasado desde que se encontró con ellos, pero cada segundo parece alargarse eternamente.
Ella se pone a pensar con el miedo late en su pecho como un tambor, pero su mente busca una solución. No tiene idea de dónde está, ni cómo escapar. Si intenta huir, ellos la atraparan en un parpadeo. Si lucha, perderá. Su única opción es encontrar la forma de salir de esa situación sin ser herida.
Pensó en sus opciones y una idea sombría cruzó su mente. Si les daba lo que querían, tal vez perderían el interés en ella. Tal vez, una vez saciada su curiosidad, la dejarían ir. No era una elección que quería hacer, pero era la única que tenía. Prefería perder su virginidad que su vida.
—Está bien —susurra con la voz temblorosa, evitando sus miradas.
Cedric y Charles intercambiaron una mirada, sorprendidos. Sus lobos internos se agitaron, sintiendo su rendición, pero había algo en su tono que los detuvo.
—¿Estás segura? —pregunta Cedric, inclinando la cabeza.
—Sí —responde Maeva, forzando las palabras a salir. No tenía otra opción.
Charles extendió la mano y le apartó un mechón de cabello del rostro. Su toque fue sorprendentemente suave.
—No queremos que lo hagas por miedo —le dice, con sus ojos oscuros escudriñando los suyos.
Maeva traga saliva, sintiendo la presión de su mirada. Pero debía mantener su decisión.
—No importa la razón —susurra—. Sólo hagámoslo y terminemos con esto.
Cedric chasquea la lengua, decepcionado. Su lobo ruge en su interior, incómodo con la idea de que ella se entregara por obligación.
—No —dice firme—. No funciona así, Maeva.
Ella parpadea, sin comprender.
—¿Qué?
Charles suspira y se inclina, acercando su rostro al de ella.
—No queremos que nos veas como monstruos —susurra contra su piel—. No queremos que lo hagas por desesperación. Queremos que nos desees tanto como nosotros te deseamos a ti. Es lo justo.
Maeva sintió su piel erizarse. La confusión la envolvió. Ellos querían que ella los deseara… pero, ¿cómo podría? ¿Cómo podría sentir algo más que temor en esa situación? Aunque si está excitada sin saber porqué.
Cedric roza su mejilla con los dedos, su toque es ardiente contra su piel helada.
—Eres fuerte —le dice—. Y queremos que lo elijas por voluntad, no por resignación.
Maeva los mira, sin saber qué responder. Su plan había fracasado antes de siquiera empezar. Y ahora, se sentía aún más atrapada.
Porque, por primera vez, no estaba segura de si eran realmente el peligro que ella creía.
La cueva se mantenía en un silencio expectante, solo interrumpido por el crepitar del fuego y el sonido acompasado de la respiración de los tres ocupantes. Maeva aún sentía el calor de las caricias previas sobre su piel, un hormigueo persistente que no lograba ignorar. Su mente luchaba por hallar una solución para escapar de aquella situación, pero su cuerpo parecía estar en guerra con su razón.
Cedric y Charles la observaban con una intensidad que le erizaba la piel. Sus ojos ámbar brillaban con el reflejo de las llamas, expectantes, analizando cada una de sus reacciones. Eran lobos, depredadores en su esencia, y ella se sentía atrapada bajo sus miradas, vulnerable y consciente de cada latido acelerado de su corazón.
Traga saliva y baja la vista, evitando esos ojos que la desnudaban sin tocarla. La tensión era insoportable, un tira y afloja constante entre el peligro y la fascinación. Entonces, sin pensarlo demasiado, deja escapar las palabras que había intentado callar:
—No sé por qué… pero al verlos, me siento… diferente. Mi cuerpo reacciona de una manera que no entiendo…¿puede eso ser deseo? porque nunca me había sentido así antes.
Cedric arquea una ceja, mientras Charles entrecerraba los ojos con interés.
—¿Diferente cómo? —pregunta Charles, con su tono profundo y expectante.
Maeva mordió su labio inferior, incapaz de encontrar la forma correcta de describir lo que estaba sintiendo. Respiró hondo y cerró los ojos un instante antes de soltarlo.
—Mi piel arde, me siento… excitada. Me pica allí abajo y siento un caliente en mi vientre —confiesa con voz temblorosa, sintiendo cómo la vergüenza la inunda.
El aire de la cueva parece espesarse al instante. Cedric y Charles se tensaron. Los ojos de Cedric brillaron con intensidad, mientras Charles esbozaba una sonrisa ladeada, como si acabara de descubrir algo sumamente interesante.
—¿Nos deseas? —susurra Cedric, dando un paso más cerca, obligándola a alzar la vista.
Maeva asiente con un leve movimiento de cabeza y sus mejillas encendidas.
—No sé por qué… No entiendo qué me pasa.
Charles soltó una leve risa, deslizando los dedos por su mentón, obligándola a mantener el contacto visual.
—Tal vez… porque estás reconociendo algo en nosotros, aunque no quieras admitirlo, no necesitamos la luna roja contigo por alguna razón —musita con una voz aterciopelada.
—¿Y qué sería eso? —pregunta Maeva, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
Cedric lleva una de sus manos a su propio cuello, acariciándolo distraídamente mientras la miraba con intensidad.
—Que eres nuestra.
La afirmación hizo que Maeva se removiera inquieta. Sus labios se entreabrieron, pero ninguna respuesta llegó a su mente. Su instinto le decía que debía negar, alejarse, huir. Pero su cuerpo temblaba de expectación ante la proximidad de los gemelos.
Intentando recobrar el control de la situación, desvia la conversación a algo menos peligroso para su cordura.
—Uno de ustedes huele a cedro… madera fuerte, intensa —susurra, con la mirada fija en Cedric—. Y el otro… —sus ojos se posaron en Charles— huele a cítrico… a naranjas.
Los gemelos intercambiaron una mirada. Sus feromonas la estaban afectando, y aunque lo sospechaban, oírlo de su propia boca les resulta fascinante.
—¿Y qué sientes cuando hueles nuestro aroma? —quiso saber Charles, acariciando lentamente su brazo, recorriendo su piel con la yema de los dedos.
Maeva cierra los ojos por un segundo y suspira temblorosa.
—Siento que me envuelve, que me atrapa. Es… embriagador. Me da miedo, pero también lo deseo.
Cedric se inclina hacia ella, mientras su aliento cálido roza su oído.
—No deberías tener miedo… nunca te haríamos daño.
Charles la mira con deseo contenido, su pecho sube y baja con el esfuerzo de mantener el control. Sabían que no podían apresurarla, que debían esperar su permiso. Pero su confesión, el modo en que reaccionaba a ellos, los estaba volviendo locos.
—Es la primera vez que los conozco. Es normal que tema.
—Dijiste que tienes miedo, pero también nos deseas… —murmura Charles para enfocarse en lo segundo—. ¿Eso significa que podrías aceptarnos?
Maeva abre los ojos con sorpresa. La pregunta la golpea como un trueno. ¿Aceptarlos? ¿A ellos dos al mismo tiempo?
—No es la luna roja… no podré con ambos—intenta excusarse, mientras su mente busca una salida.
Cedric la sujeta suavemente por la cintura, acercándola apenas.
—No necesitamos la luna roja para desearte, ya te lo dije, tu misma lo dijiste eres diferente a las demás lobas—susurra con un tono grave—. Te queremos ahora, porque lo sentimos aquí —se lleva una mano al pecho, sobre su corazón.
Maeva sintió un nudo formarse en su garganta. Sus propios sentimientos estaban enredados, atrapados en una maraña de sensaciones que no lograba comprender. Su cuerpo la traicionaba, ansiaba su contacto, pero su mente le gritaba que debía ser cautelosa.
—Si aún tienes dudas… podemos esperar —dice Charles, deslizando un mechón de su cabello entre sus dedos.
—Pero si nos deseas… si nos aceptas… te prometemos que te haremos nuestra con la mayor devoción y cuidado —susurra Cedric, inclinándose apenas sobre su cuello, sin llegar a tocarla.
Maeva sintió un escalofrío recorrer su espalda. Su cuerpo latía con urgencia, su mente estaba en caos. Los gemelos la estaban tentando, envolviéndola en su aroma, en su presencia dominante y seductora.
—No sé qué hacer… —susurra con la voz temblorosa.
Cedric y Charles la miraron con intensidad, sus feromonas rodeándola como un velo invisible.
—Déjanos mostrarte lo que podemos hacer por ti —susurra Cedric, llevando su mano a su mejilla, rozándola con ternura.
—Y si aún dudas… simplemente dínoslo —añade Charles—. Porque no haremos nada sin tu consentimiento.
Maeva los mira a ambos, sintiendo cómo su propio deseo crecía con cada segundo. Su corazón martillaba en su pecho y sus pensamientos estaban enredados. Sabía que estaba en peligro, pero el mayor riesgo no provenía de ellos… sino de sí misma y de lo que despertaban en su interior.