—¿Cómo te llamas? Yo soy Charles y el es mi hermano gemelo Cedric.
—Me dicen Maeva.
—Maeva...es un nombre muy lindo—le dice Cedric.
—Me gusta tu nombre—añade Charles.
—Sus nombres también son lindos.
Charles al escucharla y ver una sonrisa leve, sin pensar, desliza los dedos por su vestido, subiéndolo lentamente. Maeva abre los ojos con sorpresa cuando siente la tela deslizarse sobre sus piernas. Antes de que pudiera reaccionar, Cedric hizo lo mismo en su otra pierna, con sus manos firmes pero cuidadosas.
—¿Qué hacen? no hagas eso—susurra Maeva con la voz temblorosa.
—Queremos entender, solo miro que no estés herida en otro lugar... además tu olor femenino se mezcla con el olor a esa flor Fresa, es como si tuvieras dos esencias—responde Cedric, con su mirada fija en la piel expuesta de sus muslos iluminados por la fogata.
—Esta ropa está húmeda deberías quitartela, te daré mi capa para que pongas a secar la tuya—sugiere Charles.
Cuando levantaron lo suficiente su vestido, sus ojos se oscurecieron al ver la tela húmeda de su ropa interior. Un gruñido bajo salió de sus gargantas al mismo tiempo. Sus lobos rugieron en sus mentes, exigiendo que la tomaran ahí mismo.
Charles se inclina más, mientras su aliento roza su piel. —Tu cuerpo nos llama, Maeva.
—¿Qué? No...estoy bien así. No estoy haciéndoles nada.
Ella intenta apartarse, pero el calor en su interior la tenía atrapada. Su respiración era errática, y sus pensamientos estaban nublados. Jamás había sentido algo así. Jamás había sido tocada de esa forma.
Cedric desliza su mano por su muslo, apenas rozando la piel con sus dedos, enviando escalofríos por toda su espina dorsal.
—Si no eres como las demás… entonces, ¿qué eres? —murmura.
Maeva cierra los ojos, sintiéndose completamente vulnerable. No podía permitir que supieran la verdad, pero su cuerpo los llamaba de una manera que no entendía. El deseo en los gemelos era palpable, y el ambiente dentro de la cueva se volvía más denso con cada segundo que pasaba.
—No… no sé —susurra, tratando de controlar su respiración.
Charles desliza su dedo sobre la tela mojada de su ropa interior, y Maeva ahogó un jadeo.
—Tu cuerpo está respondiendo a nosotros de manera extraña —murmura Cedric, con su voz ronca—. Pero tú sigues resistiéndote. ¿Por qué?
Maeva no tenía respuesta. No sabía qué decir, porque ni ella misma entendía lo que le estaba ocurriendo. Solo sabía que su secreto debía mantenerse oculto. Pero ahora, con los gemelos Larsen tan cerca, con su aliento mezclándose con el de ella, su voluntad empezaba a romperse.
Y lo peor de todo… es que su cuerpo no quería que se detuvieran.
La cueva estaba impregnada con el aroma a lluvia y a bosque húmedo, pero entre todo ello, Cedric y Charles solo podían concentrarse en el delicado perfume de Maeva. Olor a mujer. Algo en ella despertaba sus instintos más profundos, pero no era solo deseo; era algo más, algo que jamás habían experimentado.
Cedric continua y desliza sus dedos sobre su piel con un toque reverente, como si estuviera descubriendo un secreto ancestral.
—Eres tan suave.
Sus ojos, Azules oscuros como la noche, reflejaban una lucha interna entre el autocontrol y la necesidad de comprender lo que estaba ocurriendo entre ellos. Maeva tembló bajo su roce, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. No sabía si era miedo o algo más profundo, algo desconocido.
—Soy virgen… por favor, no me hagan daño —susurra con voz entrecortada.
Los gemelos se miraron, sus lobos interiores gruñendo en respuesta a su confesión. No era solo el hecho de que fuera virgen lo que los estremecía, sino la manera en que su aroma los envolvía, despertando algo que ni siquiera en la luna roja habían sentido.
Charles rozó su mejilla con suavidad, inclinándose para susurrarle al oído.
—Eres deliciosa… verdaderamente hueles a pureza —su voz tenía un matiz ronco, como si luchara por controlarse.
Cedric y Charles se comunicaban en silencio, compartiendo pensamientos a través de su vínculo especial. Sus mentes estaban alineadas, sus deseos y dudas fluyendo como un mismo río.
*Llevemosla con nosotros al palacio*, susurró Charles en su mente.
*Pero aún no sabemos de que casta viene…tío se pondrá furioso si llevamos a una extraña con estás intenciones locas de aparearnos*, responde Cedric, aunque su propio cuerpo lo traicionaba con la cercanía de Maeva.
Los gemelos habían esperado toda su vida a su predestinada, y jamás habían sentido un despertar como este con ninguna otra mujer. Su lobo interior rugía, demandando más de ella, pero también sabían que no podían tomar lo que no les era concedido.
—Nunca hemos estado con ninguna mujer hasta ahora —admitió Cedric, en voz alta llena de sinceridad—. Nosotros también somos vírgenes, gemelos.
Maeva abrió los ojos sorprendida. No se esperaba aquella confesión.
—¿Cómo es posible? —susurra, sin poder evitar la curiosidad.
—Nunca nos ha llegado nuestra predestinada —responde Charles—. Pero en todo este tiempo, solo contigo nuestros lobos han despertado. Es… desconcertante. Tal vez se deba a que eres… diferente.
Maeva sintió que su corazón se aceleraba. No podía permitirse ser descubierta. Si supieran la verdad… no, no podía pensar en eso ahora.
—Somos duques de este país, sobrinos del rey —continua Cedric, con una mirada intensa—. Según las normas, nos debes sumisión… pero no te obligaremos a nada.
Charles acaricia su mejilla, con su pulgar rozando suavemente su labio inferior.
—Podrías ser nuestra luna, con un pacto de sangre y la marca—susurra—no nos molesta compartirte.
Maeva sintió que su mundo se tambaleaba. ¿Qué era este extraño sentimiento que siente con ellos? Su mente le gritaba que huyera, pero su cuerpo se estremecía bajo sus caricias. Se encontraba atrapada entre ellos y el deseo, entre el miedo y la fascinación. ¿Podría resistirse a lo que su propio ser anhelaba sin siquiera comprenderlo del todo?
Maeva intentaba recuperar el aliento, pero el ambiente dentro de la cueva se volvía más denso con cada segundo. Los gemelos Larsen no apartaban sus ojos o sus manos de ella, sus miradas intensas la hacían estremecer. Cedric pone a un lado su ropa interior y la frota con sus dedos, puede ver su zona privada muy rosadita con finos bellos púbicö, luego se lleva sus dedos a la boca, probando el rastro que había dejado en su piel, y sus ojos centellearon con un brillo hambriento.
—Eres... electrizante —murmura Cedric con una sonrisa ladeada, sus feromonas filtrándose lentamente en el aire.
—No hagas eso...
Charles se inclina, rozando sus labios contra su oído. —Eres verdaderamente deliciosa. Hueles... a una virgen realmente.
El calor la invade de golpe. Maeva traga saliva, su mente gritaba que debía escapar, pero su cuerpo no le responde. Solo podía observar cómo los dos hombres la envolvían con su presencia, estudiándola, deseándola como una presa.
— Sé nuestra y entrégate.
—Yo no quiero—susurra, con su voz apenas un aliento mientras ve en sus entrepiernas las armas que traen. A simple vista ella ve que ninguno se anda de juego con el tamaño que se traen.
Sus palabras encendieron aún más el deseo en los gemelos. Se miraron entre ellos, compartiendo pensamientos como solo los de la realeza podían hacerlo.
—No podemos tomarte sin tu permiso, pero si aceptas seremos gentiles, puedes elegir quien irá primero —murmura Charles con voz ronca. —Sería un acuerdo entre los tres.
Cedric asintió, con sus ojos escudriñándola. —Nunca hemos estado con ninguna mujer. Nosotros también somos vírgenes. Debes creernos.
Intentando distraerlos, Maeva pregunta con voz trémula:
—¿Y sus padres? De seguro no estarán de acuerdo de que me tomen como su luna.
Cedric ladea la cabeza, curioso por el cambio de tema.
—Murieron hace mucho tiempo. Solo tenemos a nuestro tío, el rey —responde.
Charles la observa con detenimiento. —¿Y tú? ¿Dónde vives?
Maeva dudó. No podía decirles la verdad, así que improvisó.
—En las montañas del sur.
Cedric arquea una ceja. —¿En Valparaíso?
Maeva no tenía ni la menor idea, pero asintió. —Sí.
Los gemelos no parecían convencidos, pero no insistieron. En su lugar, Charles desliza una mano por su mejilla.
—Queremos que seas nuestra mujer, Maeva, nunca se lo habíamos pedido a ninguna loba—susurra.
Su corazón se detuvo un segundo.
—¿Qué? —balbucea, sintiendo que su garganta se cierra.
Cedric se acerca más, con su aliento cálido rozando su cuello. —Queremos aparearnos contigo.
Maeva siente que la cueva se hacía cada vez más pequeña. Busca otra excusa, cualquier salida.
—No es la luna roja —dice rápidamente.
Charles sonrie, como si esperara esa respuesta. —Entonces ven con nosotros al castillo y regresamos cuando sea la luna roja.
Ella niega con la cabeza al instante.
—No.
Cedric enreda un mechón de su cabello entre sus dedos.
—No tendrías que cazar ni trabajar. Solo vivirías para complacernos a ambos.
Maeva tembló. Charles fijó su mirada en sus labios entreabiertos y luego en su pecho, que subía y bajaba con cada respiración acelerada.
—Estás nerviosa —susurra Charles, su voz cargada de deseo.
Los lobos rugían en su interior, ansiosos. No la tocarían sin su consentimiento, pero harían todo lo posible por hacerla rendirse ante ellos.