Maeva asintió y siguió adelante, seis horas después, el viento empezaba a dar con más fuerza y la nieve cae cada vez más.
—Debemos buscar dónde refugiarnos, aún nos falta pasar esta colina para llegar al lago—dice la loba, mientras los dos lobos mascotas gemían como si sintieran el peligro.
La tormenta comenzó y sus pasos se hicieron más lentos, los lobos Iban delante guiando el camino, Sybi en el medio y Maeva detrás. La colina se ponía cada vez más peligrosa.
Maeva está sintiendo el crujido de la nieve bajo sus botas. Sin embargo, apenas habían avanzado unos metros cuando un retumbar profundo estremeció la tierra.
—¡Avalancha! —grita Sybi.
Antes de que Maeva pudiera reaccionar, la nieve descendió como un torrente implacable, arrasando con todo a su paso. Sintió un golpe en el costado, luego otro, y el mundo se volvió blanco. El aire le faltaba, la nieve la envolvía y el frío mordía su piel. Su brazo rugió y se dió cuenta que se había roto un hueso.
—¡Maeva!
—¡Ahhh! ¡Ayudaaa!
Intentó moverse, pero la presión era insoportable. Solo podía dejarse llevar por la corriente helada hasta que, de repente, el suelo cedió bajo ella y cayó por un barranco medio kilómetro abajo, aterrizando en un banco de nieve más blanda.
Aturdida, abre los ojos. La tormenta rugía a su alrededor, el viento aullaba y los copos de nieve caían pesados. Se puso de pie con esfuerzo, sintiendo su cuerpo entumecido. No veía a Sybi ni a los lobos. Estaba sola.
Busca refugio y, tras caminar unos minutos, divisa una cueva oculta entre las rocas. Se adentra con cautela, sosteniéndose el brazo roto contra el pecho. La cueva era profunda y cálida en comparación con el exterior. Solo esperaba que alguna bestia no este como ella huyendo de la tormenta. El eco de sus pisadas resonó en el espacio vacío hasta que una voz grave la detuvo en seco.
—¿Quién anda ahí?
Maeva alza la vista y contuvo el aliento. Frente a ella sentados frente a una fogata, dos figuras imponentes. Eran altos, musculosos y con una presencia casi irreal. Sus cabellos castaño claro reflejaban la poca luz de la cueva, y sus ojos azul oscuro la observaban con intensidad felina. Sus largas pestañas añadían un aire misterioso a su apariencia.
—No huele como una de nosotros —dice uno de ellos con suspicacia ¿será una nueva casta de las montañas?
—Tiene un olor a flor de Freesia de seis petalos—responde el otro.
Los gemelos Larsen la rodearon con sigilo con sus espadas en mano. Ella había oído hablar de ellos, y los escucho aquella noche en el bar, pero verlos en persona, cara a cara, era otra cosa. Su piel parecía esculpida por el viento y la nieve, y sus movimientos eran felinos, calculados. Maeva se estremece al aroma de ellos, su cara se pone roja.
—¿Qué haces aquí, si no es tiempo de la luna roja? —pregunta uno de ellos con voz profunda.
Maeva pensó rápido.
—Solo cazábamos —responde con cautela—. Me separé de mi grupo por la avalancha. ¿Y ustedes?
Los gemelos intercambiaron una mirada.
—Solo aguardamos a que pase la tormenta—dice Cedric.
—Eres extraña para ser una cría de lobo —murmura el otro que está a su derecha.
—Podría estar diciendo la verdad —responde el Cedric—. Aunque su olor no es como el de una loba común.
Maeva sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sabe que no puede permitirse ser descubierta como humana, no en un lugar como ese. Así que mantuvo la mirada firme.
—¿Ustedes qué hacen aquí? —pregunta nuevamente, intentando desviar la atención de sí misma.
Uno de los gemelos se cruza de brazos.
—Seguimos el rastro de mercenarios —dijo con voz grave—. Pero nunca los encontramos. Tomamos un atajo por este bosque y terminamos aquí antes de que la tormenta nos atrapara.
Maeva hizo un movimiento y un dolor punzante le recorrió el brazo izquierdo. Bajó la vista y notó que lo tenía hinchado y amoratado. Uno de los gemelos se percató de su herida.
—Estás herida —dice Cedric, inclinándose hacia ella.
—Déjame ver —añade Charles, acercándose con el ceño fruncido.
Ella da dos pasos atrás por el temor.
—No temas, no somos los malos.
Charles la revisa y nota que tiene dislocado el brazo.
—Hay que entablillarlo. Pero debo ponerlo en su lugar antes.
—Toma muerde está tela—le aconseja Cedric.
—Contaré hasta tres. Uno...¡dos!—le acomoda el brazo de un jalón.
—¡Ahhh, mierda! ¡Maldito...dijiste que contarías hasta tres!
—Bueno, funcionó —dice divertido, aun se pregunta cómo es posible que ella no los reconozca ni haya dado una ovación y agachado la cabeza.
Antes de que Maeva pudiera decir otra palabra, los gemelos trabajaron con destreza. Cortaron tiras de sus propias ropas y usaron ramas resistentes para improvisar una férula que inmovilizara su brazo.
—Será mejor que no lo muevas mucho —advierte Cedric, con la voz más suave de lo que ella esperaba. Él no pudo apartar su mirada de la suya por alguna razón su lobo interior gemía.
—Deberías descansar —agrega Charles, con los ojos fijos en ella. Su corazón palpitaba acelerado sin saber el porqué.
Maeva sintió que ambos la observaban con una fascinación extraña. Sus miradas parecían hipnotizadas por algo en ella. Ella siente su ropa interior humedecer. No podía permitirse qué sospecharan de su verdadera naturaleza, así que baja la vista y asiente levemente.
—Gracias —murmura.
La tormenta afuera seguía rugiendo, pero dentro de la cueva, la atmósfera se tornaba aún más tensa. Maeva intentó controlar su respiración, pero el dolor en su brazo y la forma en que los gemelos la observaban hacían que su corazón latiera con fuerza.
Cedric y Charles intercambiaron una mirada. Había algo en ella que les resultaba desconcertante. Su olor era diferente, su presencia alteraba sus sentidos de una manera que no podían explicar. Su instinto les decía que Maeva no era una loba común, pero tampoco podían identificar qué era exactamente.
—Aún se ve afectada —murmuró Cedric, frunciendo el ceño.
Charles asintió y dio un paso más cerca de ella. Su lobo interior gruñía, inquieto. No entendía por qué la visión de aquella mujer, herida y vulnerable, lo afectaba tanto.
—Quizás esté enferma —sugirió Charles en voz baja—. Su energía es inestable.
Maeva sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando ambos se inclinaron levemente hacia ella, como si trataran de descifrar su esencia. El aire de la cueva pareció espesarse, y un calor inesperado la envolvió. Su piel hormigueaba, y un extraño deseo de acercarse a ellos nació en su pecho. Sus mejillas ardieron.
Cedric dejó escapar un gruñido casi inaudible antes de liberar sus feromonas en el ambiente. Charles lo imitó al instante, sin cuestionarlo. Si Maeva era una loba y estaba debilitada, su presencia debía ayudar a estabilizarla.
Sin embargo, algo no encajaba. Los lobos sanaban rápido en presencia de su predestinado, pero ella no mostraba signos de mejoría. En lugar de eso, su respiración se aceleró y su cuerpo tembló levemente. Sus ojos se oscurecieron por un instante, y Cedric captó el cambio de inmediato.
—No está sanando —dijo, con una pizca de desconcierto.
Charles frunció el ceño, sintiendo cómo su propia inquietud crecía.
—Pero reacciona a nosotros…
Maeva apartó la mirada, su cuerpo aún vibrando por la intensidad de las feromonas que la envolvían. No podía permitirse que sospecharan la verdad. No era una loba. Solo era humana… y su reacción no tenía nada que ver con una conexión espiritual. Era algo mucho más carnal, más primitivo.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Charles, con voz ronca.
Maeva tragó saliva.
—Mejor… creo.
Cedric arqueó una ceja.
—Interesante…
Los gemelos continuaron observándola, sus feromonas rodeándola como un abrazo invisible. Algo les decía que esa mujer no era lo que aparentaba ser. Y ellos estaban decididos a descubrirlo.
La cueva estaba en completo silencio, excepto por la respiración agitada de Maeva. Sus mejillas estaban encendidas y su cuerpo reaccionaba de una manera que no entendía. Cedric y Charles la observaban con una mezcla de confusión y fascinación. Algo en ella los atraía de una manera que jamás habían experimentado con ninguna otra loba.
—¿Cómo es que reaccionas así? —Cedric la miró con los ojos entrecerrados, intentando descifrar el enigma que tenía frente a él.
Charles cruzó los brazos y ladeó la cabeza, analizándola. —Faltan días para la luna roja… pero te percibo demasiado emocionada con nuestras feromonas. ¿Por qué no dejas salir las tuyas?
Maeva sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No podía revelar su verdadera naturaleza. Necesitaba mantener el control, así que decidió desviar la conversación.
—Yo… nací con un defecto —respondió en voz baja, sin mirarlos directamente.
—¿Un defecto? —preguntó Charles con el ceño fruncido.
—Sí. Desprenden un aroma extraño para mí. ¿Pueden dejar de hacerlo? —pidió, intentando sonar firme, aunque su propio cuerpo la estaba traicionando.
Cedric y Charles intercambiaron una mirada. Sus feromonas no parecían sanarla, lo cual era extraño. En su mundo, las feromonas de un compañero predestinado siempre ayudaban a sanar a su pareja si estaba débil o herida.
—Pensamos que así te sanarías —dijo Cedric con seriedad—. Es lo normal.
Maeva bajó la mirada. —Yo no soy normal.
En ese instante, un gemido escapó de sus labios. Su propio cuerpo reaccionó de forma involuntaria. Los gemelos la miraron con intensidad, sus lobos interiores gruñendo en sus mentes. El deseo en ellos creció de forma abrumadora.
*La deseo*, le susurró Charles mentalmente a su hermano.
*Aún no es la luna roja*, respondió Cedric, aunque su voz mental estaba teñida de deseo.
Sin darse cuenta, sus manos comenzaron a moverse solas. Cedric acarició el brazo herido de Maeva con una suavidad inesperada, mientras Charles se inclinaba más cerca de ella, inhalando su aroma. Cada fibra de sus cuerpos gritaba que la reclamaran, pero algo no cuadraba. ¿Por qué ella no liberaba su esencia como cualquier otra loba?