Cedric lleva sus labios a su frente, sellando el momento con un beso cargado de ternura. Mientras que Charles acaricia su cabeza y cuello, brindándole seguridad. Maeva cierra los ojos y se deja llevar por esa sensación de pertenencia y cariño.
La tormenta de nieve rugía afuera, el viento silbando con fiereza mientras la cueva en la que se refugiaban se volvía su único mundo. La temperatura en el exterior era gélida, pero dentro, entre los cuerpos entrelazados, el calor era sofocante. Maeva jadeaba, mientras su pecho sube y baja con rapidez, sintiendo los cuerpos de Cedric y Charles a su alrededor.
Cedric se inclina sobre ella, con sus labios buscando los suyos en un beso tierno pero hambriento. Sus manos recorrieron su piel con una reverencia que la hacía temblar. Maeva siente su toque deslizarse por sus dos pechos luego por cintura, bajando hasta donde su piel ardía con la necesidad que ellos mismos habían despertado.
—Eres nuestra —susurra Cedric contra su boca.
—Para siempre —añade Charles, con su voz ronca y cargada de deseo.
Maeva no pudo evitar estremecerse. El miedo y la emoción se mezclaban dentro de ella en un torbellino de sensaciones. Estaba atrapada entre dos fuerzas irresistibles, incapaz de huir, pero sin el deseo real de hacerlo. Su piel vibraba bajo sus caricias, su mente se nublaba con la intensidad de lo que experimentaba.
Cedric la toma primero, con paciencia y cuidado, sus cuerpos encontrándose en una unión que la hizo gemir entre placer y un ligero dolor. Su pecho se aprieta y sus ojos se llenaron de lágrimas involuntarias por la intensidad del momento. Cedric la observa con ternura, inclinándose para besar la humedad de sus ojos, susurrándole palabras tranquilizadoras.
—Tranquila, preciosa… —le dice, con la voz ronca pero suave—. Estoy aquí…terminaré pronto.
Él se hunde en ella arrebatando su inocencia. Un poco de sangre humedece el mïembrö de Cedric.
Charles, que hasta ese momento había contenido su instinto, no pudo resistir más y, cuando vio que el cuerpo de Maeva cedía al placer, decide unirse a su hermano.
—No es justo que coman delante de los hambrientos.
—Ella da para ambos, hermano.
La sensación la abruma cuando ella siente la virilidad de Charles ocupar un espacio dentro de ella cada vez que su hermano sale, haciéndola gemir más alto, su espalda se arquea entre los dos cuando deciden meterla al mismo tiempo.
—¡No....esto es demasiado! ¡sácala, me van a partir en dos!
—Tranquila te acostumbrarás poco a poco, ya luego no podrás vivir sin los dos.
La llenaban, la envolvían, y la mantenían atrapada en un lazo imposible de romper.
Los gemelos gruñeron al unísono, con sus instintos dominando el momento. Cedric la sostuvo con fuerza mientras la pënëträ, sus labios recorren su cuello, mientras Charles la abraza desde atrás, con sus labios cálidos sobre su hombro desnudo. Maeva se siente abrumada, con su mente hacía un caos de emociones mientras sus cuerpos se movían al mismo ritmo.
—Eres más que perfecta, solo nuestra, no puedes mirar a nadie más—susurra Charles, besando su piel con devoción.
—No podríamos desear a alguien más —susurra Cedric, con su aliento cálido en su oído.
La tormenta seguía rugiendo afuera, pero dentro de la cueva, lo único que existía era el calor, el deseo y la conexión irrompible que se estaba formando entre ellos. Maeva siente que sus cuerpos alcanzaban el clímax juntos, la intensidad de la sensación haciendo que todo a su alrededor se desvaneciera en un resplandor cegador.
—No puedo soportarlo...detenganse...me van a romper...por favor—suplica Maeva en medio del delirio.
—Creo que me vengo—murmura Cedric.
—Yo también...
Los gemelos gruñeron en el mismo momento en que la anudaron, atrapándola entre ellos en un vínculo imposible de romper. Maeva sintió cómo sus cuerpos reaccionaban instintivamente, impidiéndoles separarse. Su respiración se aceleró, su mente nublada por el miedo y la confusión.
—¿Qué está pasando? —susurra con la voz entrecortada, sintiendo cómo las lágrimas brotaban de sus ojos mientras clavaba sus uñas en el pecho de Cedric.
Cedric la sostuvo con más fuerza, acariciando su espalda para calmarla.
—Tranquila, es normal —susurra—. Nuestros cuerpos reaccionan así cuando encontramos a nuestra compañera.
Charles, que aún la mantenía atrapada contra su pecho, besó su hombro con dulzura.
—No te vamos a soltar hasta que nuestros cuerpos decidan que es momento de separarnos. No hay nada de qué temer. De ahora en más llevas nuestra descendencia.
Maeva sintió su corazón latir con fuerza. Estaba atrapada con ellos, completamente unida a los dos hombres que la habían reclamado como suya. Sus cuerpos ardían juntos, mientras el vínculo que compartían se hacía más profundo con cada segundo que pasaba.
La tormenta afuera se intensificó, la nieve cae con más fuerza, como si el mundo estuviera sellando su destino. Maeva no sabía qué le depararía el futuro.
La brisa acariciaba la piel de Maeva mientras yacía entre los dos hermanos, atrapada en un torbellino de emociones que aún no comprendía del todo. Cedric la miraba con una mezcla de ternura y deseo contenido, mientras Charles trazaba con delicadeza pequeños círculos en su brazo, como si intentara memorizar cada centímetro de su piel.
—Estaras bien —susurra Cedric, con su voz profunda y grave resonando en ese momento.
Maeva baja la mirada, sintiéndose vulnerable bajo la intensidad de sus ojos. Charles desliza un mechón de su cabello detrás de su oreja, inclinándose lo suficiente como para que su aliento tibio rozara su piel.
—No te faltará nada —murmura Charles, con su tono lleno de promesas.
Maeva sintió un calor recorrer su pecho. Sabía que su destino había cambiado desde que los había encontrado, y aunque en un principio había querido escapar, ahora su corazón latía con incertidumbre, dividido entre el miedo y la tentación.
La cueva estaba muy fria, iluminada solo por las brasas moribundas de la fogata. Maeva yacía entre los dos cuerpos cálidos de los alfas, su piel sensible al roce de sus cuerpos semi desnudos contra el suyo. Su respiración aún era entrecortada, su mente envuelta en el éxtasis y la confusión de lo que acababa de suceder.
Charles fue el primero en moverse. Con una suavidad inusitada para alguien de su tamaño, deslizó sus labios por el cuello de Maeva, con sus colmillos rozando su piel con una ternura que contrastaba con su naturaleza salvaje.
—Te voy a marcar, dolerá un poco pero luego pasará —susurra contra su oído antes de abrir la boca y clavar los colmillos en su cuello.
Maeva ahoga un grito, un chillido de sorpresa y dolor mientras su cuerpo se tensa. Su piel arde en el lugar donde Charles la marca, y su corazón late con fuerza en su pecho. El instinto de su cuerpo reacciona al contacto, con sus sentidos nublados por la oleada de sensaciones desconocidas que la abruman.
Cedric no se queda atrás. Con un gruñido posesivo, toma el otro lado de su cuello y hunde sus colmillos en su piel, reclamándola de la misma manera que su hermano. Maeva siente cómo el calor de sus cuerpos la envuelve, atrapándola entre ellos, con mucho miedo al aceptar la mordida o según ellos, una marca que la convertía en suya.
Para los gemelos, era un acto de unión, una señal de pertenencia, pero para Maeva, no era más que una mordida que sellaba su destino. Las lágrimas rodaron por sus mejillas, no estaba segura si por el dolor, el alivio o la certeza de que su vida nunca volvería a ser la misma.
Cuando los alfas finalmente se apartaron, lamiendo las marcas con un gesto instintivo de cuidado, Maeva sintió su cuerpo completamente agotado. El calor que la rodeaba la sumió en una somnolencia profunda, y sin darse cuenta, sus ojos se cerraron.
El tiempo pasó sin que ella lo notara. El cansancio, la intensidad de la noche y el calor de los cuerpos a su alrededor la arrastraron a un sueño ligero. Cuando finalmente despertó, se encontró acurrucada entre los dos licántropos. Sus pechos subían y bajaban de manera sincronizada, su respiración profunda y tranquila. Sus brazos la mantenían atrapada entre ellos, protegiéndola, como si temieran que pudiera desaparecer en cualquier momento.
Maeva pestañeó varias veces, tratando de orientarse. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero la tormenta de nieve afuera parecía haber amainado un poco. La cueva seguía siendo fria, y la sensación de encierro comenzaba a pesar sobre ella. Necesitaba aire. Necesitaba pensar. Necesitaba salir de allí.
Con cuidado, comenzó a moverse, temiendo despertarlos. Sus cuerpos eran pesados, sus músculos firmes como rocas contra los suyos por encima de toda esa ropa, pero logró deslizarse fuera de sus abrazos sin alterarlos. La respiración de ambos siguió acompasada, sumidos en un sueño profundo. Ellos quedaron uno frente al otro. Sus orejas de lobo habían desaparecido.
Aprovechando la oportunidad, Maeva se acomoda su vestido y se pone la ropa interior, con todo el cuerpo molido. Su cuerpo dolía en lugares donde nunca antes había sentido molestia, pero ignoró la incomodidad mientras se aleja apresuradamente. Al encontrar la capa de Charles tirada cerca del fuego apagado, la toma y se la coloca sobre los hombros. No estaba segura de por qué lo hacía, si por necesidad de abrigo o por simple costumbre, pero la sensación del cálido tejido la reconforta contra el abrazador frio.
Respira hondo y se dirige hacia la salida de la cueva, parcialmente cubierta de nieve. Ella golpea con el pie la loma de nieve que obstruye un poco. El viento frío la recibe de inmediato, haciéndola estremecer. La nieve aún cubría el suelo con una capa gruesa, pero la tormenta ya no rugía con la misma ferocidad de antes.
Maeva mira hacia atrás, donde los gemelos duermen plácidamente, ajenos a su partida momentánea. Aprieta los labios. Sabe que cuando despertaran, la buscarían, la reclamarían de nuevo. Habían marcado su piel, la habían tomado como suya.
Pero aún no sabían que ella no era tan fácil de domar. Ella era una batalla perdida antes de siquiera pelear. Una humana que solo apuesta a su futuro de salir de ese reino para vivir su vida como si nada de aquello haya sucedido. El quedarse ahí era morir por vivir.