Huyendo de su destino.

1856 Palabras
El frío muerde su piel mientras Maeva se aleja de la cueva, envuelta en la capa de Charles. La noche ya había caído. Sus pies se hundían en la nieve con cada paso, pero no podía permitirse detenerse. Su corazón latía con fuerza, no solo por el miedo, sino por la incertidumbre de lo que vendría. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que había sido retenida por los dos licántropos, pero ahora que estaba fuera, su única prioridad era encontrar a Sybi y a sus lobos. Si es que aún estaban con vida. El viento gélido sopla con fuerza, y la nieve empieza a caer de nuevo. Maeva ve en ello una oportunidad. Si la tormenta cubría el suelo, sus huellas se borrarían y le daría ventaja. Sin embargo, también sabía que los lobos tenían un olfato superior, y el riesgo de ser rastreada era alto. No podía confiar solo en la nieve. Así que saca el frasco de su bolsa y toma la poción para ocultar su olor humano por segunda vez. Recordó uno de los tantos libros que había leído en el pasado sobre tácticas de evasión en territorios hostiles. Tomó un puñado de ramas y hojas secas de los pocos arbustos que sobresalían de la nieve, las ató a sus pies con tiras de su propia ropa y comenzó a caminar. Era un truco rudimentario, pero efectivo: haría que sus perseguidores no supieran si iba o venía porque no habían huellas de zapatos. Camina por horas y se detiene a descansar. Sus manos tiemblan mientras se lleva un puñado de nieve a la cara para despejarse. El brazo herido duele, pero no tiene otra opción. La marca en su cuello arde ligeramente. La mordida de Cedric y Charles la hacía suya según sus costumbres, pero para ella no era más que un recordatorio de su cautiverio, una mordida común de dos bestias. Se cubre con la capa y cierra los ojos por un momento, tomando una profunda bocanada de aire. No podía dejarse consumir por el miedo. Retoma el camino con determinación, sintiendo cómo la nieve acumulada dificulta su avance. La noche empezaba a ceder ante los primeros rastros de luz en el horizonte cuatro horas despues, y eso le preocupó. Con el día, sería más visible, y si los licántropos despertaban y notaban su ausencia, comenzarían a buscarla de inmediato. Las noches y los días eran muy diferentes a su mundo. Los días eran largos pero las noches más cortas. El bosque se volvía más denso a medida que avanza. Los árboles desnudos se erguían como espectros, sus ramas crujían bajo el peso del hielo acumulado. Maeva agradeció la protección que ofrecían, aunque sabía que los depredadores podrían acechar en cualquier momento. Sintió el estómago vacío y el frío calando hasta los huesos, pero no podía detenerse. Su única esperanza era seguir adelante. No sabía cuánto más podría resistir, pero tenía que intentarlo. Sybi y sus lobos podían estar heridos, o peor aún, muertos. Y ella no podía hacer nada, si vuelve a la colina de seguro que esos gemelos la obligarían a ir a ese palacio y si descubren que es una humana estará en problemas. De pronto, un sonido la hizo detenerse. Un crujido a su derecha. Su corazón se acelera. Se queda completamente inmóvil, conteniendo la respiración. Los minutos pasaron y nada ocurre. Quizás solo había sido el viento moviendo alguna rama. Aun así, no podía bajar la guardia. Continuó avanzando, asegurándose de no dejar rastros evidentes de su paso. Cada movimiento estaba calculado, cada decisión podía significar su libertad o su captura. Sabe que debe llegar al lago y tratar de encontrar ese libro que la hizo llegar hasta allí, sólo así estaría a salvo. La tormenta continua suavemente, cubriendo el suelo con un manto blanco que poco a poco escondía sus huellas. Maeva no sabía si su truco funcionaría, pero era lo mejor que tenía. Apretó los labios, tratando de calmar el temblor de su cuerpo y seguir adelante. Maeva se aleja de la cueva con cada paso que daba. Su respiración formaba pequeñas nubes de vapor en el aire helado, y cada paso que daba la hacía estremecer. La capa de Charles la envuelve, brindándole un poco de calor, pero no era suficiente para protegerla completamente del clima despiadado. No sabía exactamente cuánto tiempo había estado retenida por los gemelos, pero debía llegar al lago. No podía dejar que la desesperación la cegara. "Si la tormenta sigue, borrará mis huellas"—pensó, aferrándose a la esperanza de que su rastro se perdiera en el manto blanco. El bosque se extendía ante ella como un mar de sombras y hielo. Las lunas, apenas visibles entre las nubes, iluminaba tenuemente su camino, mientras daban paso en el horizonte, al sol. Cada crujido de la nieve bajo sus pies hacía que su corazón diera un vuelco. Sabía que los licántropos tenían sentidos agudos; si despertaban y notaban su ausencia, no tardarían en encontrarla. Su instinto le decía que debía moverse rápido, pero también con cautela. No sabía si Sybi y los lobos seguían con vida. La duda la carcomía, pero no podía permitirse flaquear. Solo espera que estén bien. A medida que avanza, el frío se colaba hasta sus huesos. Sus dedos estaban entumecidos, y el viento cortaba su rostro como pequeñas navajas. Ajustó la capa de Charles a su alrededor, agradecida por el calor residual que aún conservaba. Un escalofrío recorrió su espalda cuando un aullido lejano se elevó en la mañana. No supo si era uno de los gemelos o algún otro lobo salvaje, pero aceleró el paso. La nieve cae, lenta al principio, luego más densa. Era un alivio y una maldición a la vez: ocultaría su rastro, pero también dificultaría su avance. No tenía muchas opciones más que seguir adelante. Sinó se convertirá en paleta de helado en medio de la nada. Después de horas, divisó un claro entre los árboles. El viento había despejado parte de la nieve acumulada en el suelo, encontró señales de que alguien había estado en el área recientemente. Había rastros de sangre, pisadas medio cubiertas por la nieve y un pedazo de tela rasgado enredado en unas ramas bajas. Se agachó y tomó la tela entre sus dedos temblorosos. La reconoció de inmediato: pertenecía a Sybi. Su corazón se aceleró. Estaban cerca… o al menos, lo habían estado. Su mente se debatía entre continuar adelante o buscar un refugio temporal. Si la nieve seguía cayendo con esa intensidad, su resistencia disminuiría rápidamente. Pero el miedo de que los gemelos despertaran y la siguieran era más fuerte que el frío que calaba sus huesos. Respira hondo y toma una decisión. Se obliga a moverse, siguiendo las débiles pistas que quedaban en la nieve. No importaba lo que encontrara adelante, debía seguir buscando a Sybi y a sus lobos. Con cada paso que daba, el peso de lo que había vivido con los gemelos se hacía más presente en su mente. La sensación de sus marcas en su cuello ardía con un calor extraño, una conexión que no entendía del todo pero que no podía ignorar. Apretó los labios, obligándose a concentrarse en el presente. No podía dejar que sus pensamientos la traicionaran ahora. La nieve cae con fuerza mientras Maeva avanza por el bosque, sus pasos cubiertos por la ventisca. Cada bocanada de aire quema su garganta, y el frío muerde su piel a través de la capa de Charles. Sus músculos protestan con cada movimiento, pero no puede detenerse. No sabe cuánto tiempo ha estado fuera ni cuántos kilómetros ha recorrido desde que abandonó la cueva. Solo tiene un objetivo: encontrar a Sybi y llegar al lago. De pronto, otro sonido entre los árboles la obliga a detenerse. Unos soldados emergen de entre los pinos, con sus armaduras brillantes con la poca luz que atraviesa las nubes. Deben ser hombres del palacio. Un emblema real reluce en sus pechos: un lobo n***o sobre un fondo dorado en una armadura de acero. Maeva siente cómo la sangre se congela en sus venas. Sus manos se aferran a la capa con fuerza mientras un hombre de figura imponente avanza hacia ella. Su cabello rubio oscuro y sus ojos verdes son lo primero que nota. Su postura denota autoridad, y la mirada que le lanza la hace sentir vulnerable al instante. Maeva intenta correr a la otra dirección pero dos guardias se atraviesan. —¿Quién eres? —pregunta el hombre con voz grave. Maeva traga saliva, intenta pensar con rapidez. No puede revelar su verdadera identidad. —Me llamo… Mya Wolf—miente, manteniendo su voz firme—. Sobreviví a una avalancha en la colina, varios kilómetros atrás. Los soldados la observan con escepticismo. Uno de ellos le señala las marcas en su cuello. —Eso no parece una simple herida. Es la marca de un alfa. ¿A quién perteneces? Maeva sacude la cabeza con desesperación. —¡No pertenezco a nadie, mi señor!. Me caí de un risco, me lastimé. El rubio entrecierra los ojos, se acerca a ella con pasos medidos. Con un movimiento rápido, le arrebata la capa y la examina con detenimiento. Su expresión cambia al reconocer el emblema bordado en el forro. —Este abrigo pertenece al duque Charles, sobrino del rey —dice con voz tensa—. ¿De dónde lo sacaste?¿qué le hiciste? Maeva siente cómo su corazón se acelera, pero mantiene la compostura. —Lo encontré en la nieve. Estaba abandonado. El general Dorian Vance la observa con incredulidad, y en un abrir y cerrar de ojos, su mano la golpea en la mejilla. Un ardor abrasador se extiende por su piel. Maeva se tambalea, pero no cae. Sus ojos se llenan de lágrimas de dolor y rabia, pero no le dará el gusto de verla quebrarse. —¡Mientes! —escupe él—. Puedo oler tu miedo y tus mentiras. ¿Eres una loba asesina? Los soldados la rodean con lanzas y espadas desenvainadas. Su respiración se acelera. Si la capturan, la llevarán al rey, y no quiere imaginar lo que sucederá después. No tiene escapatoria… hasta que un rugido ensordecedor retumba en el aire. Un oso pardo emerge de entre los árboles, su aliento se convierte en vapor con cada gruñido amenazante. Su enorme cuerpo se mueve con pesadez, pero su mirada hambrienta se clava en el grupo. Los soldados maldicen y retroceden, preparando sus armas. Maeva ve su oportunidad. Sin pensarlo dos veces, gira sobre sus talones y corre. La nieve bajo sus pies hace que su avance sea torpe, pero no se detiene. Necesita alejarse antes de que alguien la alcance. El rugido del oso y los gritos de los soldados llenan el aire, dándole un poco de ventaja. Sus piernas duelen, su brazo herido palpita con cada movimiento, pero sigue avanzando. Frente a ella, un río de aguas heladas corta su camino. Se detiene por un segundo, jadeando. No tiene tiempo para pensar. Si la capturan, será el fin. Si el oso la encuentra, la despedazará. Si se lanza al río…
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