Antes de dudar más, se arroja al agua helada.
Con cada segundo que pasa, el frío cala más profundo en sus huesos. Sus ropas están húmedas, su cabello pegado a su rostro. Su brazo herido palpita con un dolor punzante, pero no puede detenerse. Si la capturan, todo estará perdido.
La corriente la envuelve de inmediato, como una garra de hielo que la arrastra sin piedad. Maeva siente cómo el frío le perfora la piel, sus músculos se entumecen al instante.
Lucha por mantenerse a flote, pero la fuerza del agua la empuja hacia abajo. La desesperación la inunda. Intenta nadar, pero su brazo herido se niega a obedecer. Su cabeza se sumerge por un momento, el mundo se oscurece. Patea con todas sus fuerzas y logra salir a la superficie, tosiendo y jadeando. Sabe que debe salir del agua, de lo contrario le dará hipotermia.
Arriba, los soldados se han dispersado. Unos atacando al lobo y algunos intentan rodear el río, mientras que otros retroceden para evitar al oso, que ruge con furia. El general Dorian Vance observa con el ceño fruncido cómo la corriente se lleva a Maeva. Aprieta los dientes, maldiciendo su suerte. El rey no aceptará excusas; él quiere a los gemelos y, si esa muchacha estuvo con ellos, su captura es igual de importante.
—¡Búsquenla río abajo! —ordena, montando su caballo con furia. Uno de los soldados se le acerca, con el rostro pálido de miedo.
—Mi señor, si no la mató la corriente, el frío lo hará.
Dorian lo fulmina con la mirada.
—No me interesa si sobrevive o no. ¿has visto a una loba morirse por un poco de agua? Quiero saber porqué llevaba la capa del duque. ¡Encuéntrenla!
Las voces de los soldados se pierden a lo lejos. La corriente sigue llevándola río abajo. Cada impacto de la corriente la debilita más. La nieve sigue cayendo, y su visión comienza a nublarse. No puede rendirse. Se aferra a un tronco flotante con lo poco que le queda de energía y se deja arrastrar.
Necesita calor. Necesita refugio. Necesita salir de allí.
Pero está tan cansada…
Un aullido lejano la hace reaccionar. Su corazón se acelera. ¿Es Sybi? ¿O los gemelos han seguido su rastro? ¿Tal vez los guardias? No lo sabe, pero debe tratar de sobrevivir a la corriente. No puede quedarse a la vista.
El viento gélido corta su piel en el rostro. Su respiración es errática, pero la adrenalina la empuja a seguir adelante. El sonido de los cascos de los caballos resuena detrás de ella; los soldados la persiguen, no piensan dejarla escapar.
—Debo huir...debo salir de aquí.
Maeva siente que el tiempo se ralentiza. Su cuerpo está casi inmóvil, sus pensamientos confusos. Todo lo que puede hacer es dejarse llevar, esperando que el río la arroje en algún lugar seguro. Su consciencia se tambalea entre la lucidez y la oscuridad, el frío envolviéndola como un sudario.
La corriente la había arrastrado lejos de sus perseguidores, dejándola en una orilla más tranquila. Su ropa está empapada, y el frío le cala hasta los huesos, pero no tenía tiempo que perder. Se incorpora con esfuerzo y mira a su alrededor. No muy lejos, una cueva se abría en la roca, con el agua corriendo alrededor de su entrada.
Se acerca con precaución de que no haya una fiera dentro y, al entrar, vio algo flotando en la poca agua que se filtraba en el suelo de piedra: su libro, aquel que había perdido semanas atrás. Su corazón latió con fuerza al reconocerlo. Lo tomó con manos temblorosas y lo sostuvo contra su pecho, pero antes de que pudiera leerlo, escuchó voces a lo lejos. Su sangre se heló cuando reconoció la voz del general Dorian Vance dando órdenes.
—¡Búsquenla por todos lados! No puede estar lejos, allí hay una cueva miren allí—ordena con su tono autoritario.
Maeva no podía permitir que la encontraran con el libro en sus manos. Se apresuró a enterrarlo en un rincón de la cueva, cubriéndolo con lodo y piedras para recordar su ubicación. Apenas había terminado cuando sintió que la atrapaban por los brazos. Unos guardias la alzaron con brusquedad, lastimándo más el brazo herido por el forcejeo.
—¡Suéltenme! —protesta, pero su voz se perdió en el eco de la cueva.
El general Dorian Vance apareció frente a ella, con su mirada severa recorriéndola de arriba abajo. Sus ojos verdes se clavaron en su cuello y su expresión se endureció al ver las marcas que lleva de cerca. Aquello eran dos marcas de posesión.
—¿Pensaste que no te atraparía? —pregunta con frialdad.
—No he hecho nada malo, ese oso era peligroso, solo corrí para sobrevivir—llora.
Dorian frunció el ceño y, sin previo aviso, la cacheteó de nuevo. El golpe la hizo tambalearse, y uno de los soldados la sostuvo con más fuerza.
—Mientes —espeta el general—. Puedo oler tu miedo. ¿Dónde están los duques gemelos?
Maeva negó con la cabeza, pero las palabras se le atascaban en la garganta.
El general le da un puñetazo en el estómago, golpe que resonó en la cueva y la cabeza de Maeva cayó hacia un lado al quedar sin aliento. Sus piernas temblaron y su visión se nubló. El frío ya había consumido casi toda su fuerza, y ahora el dolor terminaba de llevarla a la inconsciencia. Sus labios entreabiertos apenas lograron exhalar un susurro antes de que todo se oscureciera.
Los soldados la sostuvieron cuando su cuerpo se desplomó, pero el general Dorian Vance chasqueó la lengua con impaciencia.
—Tch. ¿Por qué demonios es tan débil? Si se muere, nos será inútil. Llévenla de inmediato al campamento y de ahí al calabozo, si sobrevive, tal vez aún podamos sacarle información.
Los guardias asintieron y la cargaron sin ningún tipo de delicadeza, mientras el general los seguía con paso firme. La cueva quedó en silencio, con el libro enterrado en su rincón secreto.
A kilómetros de distancia, en la cueva cubierta de nieve, Charles despertó con un sobresalto. Su brazo se extendió instintivamente, buscando el calor familiar de Maeva, pero solo tocó el espacio vacío. Su corazón latió con fuerza.
—No está… —murmura, mirando alrededor con el ceño fruncido.
Cedric despierta casi al instante, notando la expresión de su hermano.
—¿Qué sucede?
—Maeva. Se fue.
El pánico se reflejó en los ojos de Cedric, pero antes de que pudiera decir algo, Charles encontró un detalle que le hizo sonreír: su capa no estaba.
—Se llevó mi capa —susurra con una mezcla de alivio y orgullo.
Cedric lo fulmina con la mirada.
—No es momento para estupideces, Charles. ¡Nuestra luna ha desaparecido, nos ultrajó la virginidad y nos abandonó!
—Tal vez tuvo miedo y se fue a su casa.
Ambos se pusieron de pie de inmediato, sus cuerpos vibrando con una energía cruda y letal. Se acomodaron sus pantalones y tomaron sus espadas. La preocupación se convirtió en acción. No podían perder tiempo.
—Tiene nuestra marca. No irá lejos. Nos necesita.
Sin dudarlo, se transformaron. Sus cuerpos crecieron, sus músculos se expandieron, y sus piernas se convirtieron en poderosas patas, mientras sus brazos crecían sus dedos tomaban la forma de garras letales. Sus ojos brillaron con intensidad y, con un rugido bajo, comenzaron a correr a través de la nieve. Sus enormes cuerpos se movían con una velocidad impresionante, sus patas apenas tocaban el suelo helado.
Menos de quince minutos después, llegaron a una escena inquietante. Un grupo de soldados rodeaba los restos descuartizados de un oso. Al notar la presencia de los duques, los hombres dejaron lo que estaban haciendo y se inclinaron con respeto.
Charles y Cedric volvieron a sus formas humanas en un instante.
—¿Han visto a una mujer llamada Maeva? —pregunta Cedric con voz gélida.
Los soldados intercambiaron miradas, hasta que uno de ellos negó con la cabeza.
—No, mi señor… aunque—
Antes de que terminara la frase, Charles notó algo en la nieve. Su capa.
—¿Y esto? —pregunta, tomando la prenda del suelo con un gesto tenso.
El soldado traga saliva.
—La tenía una chica… de apellido Wolf. El general Vance fue tras ella. Se lanzó al río… con este clima, es probable que haya muerto de hipotermia.
El gruñido que salió del pecho de Charles hizo que los soldados retrocedieran instintivamente.
—¡Idiotas! —espeta—. Esa chica era Maeva.
—¿Se fueron río abajo? —pregunta Cedric, con los ojos resplandeciendo de furia.
Antes de que pudieran transformarse de nuevo, otro soldado se acerca apresurado.
—¡Duques! El rey los requiere de inmediato. Ha sido envenenado y no le queda mucho tiempo.
Cedric y Charles intercambiaron una mirada. La noticia era grave, pero su prioridad era Maeva.
—Volveremos cuando hayamos recuperado a nuestra luna, nos tomara unos minutos —sentenció Cedric con frialdad.
El soldado frunció el ceño, confundido.
—¿Su luna? Pero… la luna roja será en dos noches…
Los gemelos no respondieron. Ya se estaban transformando nuevamente, listos para correr tras Maeva antes de que fuera demasiado tarde.