Los gemelos llegaron al lago justo cuando dos soldados arrastraban el cuerpo desmayado de Maeva como si fuera un simple saco de papas.
Lo que ven enciende su furia de inmediato.
—¡¿Que diablos creen que hacen?!—les grita Cedric.
Un rugido gutural resonó en el aire gélido, haciendo que varios soldados se tambalearan por el impacto de su furia. Charles, sin pensarlo dos veces, se lanzó sobre el primer hombre que sostenía a Maeva y lo arrojó por los aires con una fuerza descomunal. El otro que la sostiene por el otro brazo no sabe si soltarla o seguir con ella agarrada.
—¡Ahhhh!—el soldado gritó mientras volaba varios metros antes de caer pesadamente sobre la nieve.
El general Dorian Vance, se puso de rodillas ante la inminente presencia de los duques, levantó las manos en señal de rendición. No comprendía qué pecado había cometido para despertar su ira, pero su instinto le gritaba que no debía moverse ni pronunciar palabra sin pensarlo dos veces.
Cedric se acerca rápidamente a Maeva, quitándosela al soldado, se quita la capa mientras se inclina para tomarla en brazos.
La cubre con su propia prenda, notando con horror la lividez de su piel y los golpes marcados en su delicado rostro. Su mandíbula se tensó, sus ojos resplandecieron con un brillo feroz cuando levantó la vista hacia el general.
Charles, todavía ardiendo de rabia, toma a Dorian por el cuello y lo alza con facilidad.
—¿Qué demonios le hicieron? —brama con voz cargada de furia—. ¡Explícate antes de que te arranque la garganta!
El general lucha por respirar, su rostro enrojeciendo por la presión de la mano de Charles.
—Mi señor...ella… se lanzó al río —logra decir entre jadeos—. La perseguimos hasta que la encontramos en aquella cueva, estaba huyendo. Perdió el conocimiento, pero está viva.
Cedric apretó los dientes con tanta fuerza que sus colmillos sobresalieron.
—¿Quién la golpeó? —pregunta con un tono gélido y letal.
Dorian traga saliva. Sabe que cualquier respuesta que diera podría costarle la vida.
La furia se encendió en los ojos de los gemelos, al notar su estado; su piel pálida, su respiración débil y los golpes marcados en su rostro.
Dorian trató de responder con dificultad, con su voz entrecortada.
—Tenía su capa, duque Charles… Pensé que le había hecho algo a los duques. Solo quería interrogarla, pero… parece una loba muy débil, no soporto ni un golpe. Estaba de malcriada.
Cedric apretó los dientes y respondió con frialdad:
—Es porque es una loba diferente. Ella es nuestra luna. ¿Por qué diablos no reconociste las marcas de posesión?
El general traga saliva.
—Las noté, pero… ella dijo que fue por una avalancha que la arrastró, que todo fue un accidente y que se lastimó.
Antes de que pudiera terminar su explicación, Charles le propinó un puñetazo directo al rostro, haciéndolo caer al suelo y comer nieve.
—¡Para que aprendas a leer bien cuando alguien miente! —gruñe Charles con desprecio—. Ella solo estaba asustada. Cuando despierte tu vida estará en sus manos.
Cedric ignora los ruegos y las miradas de los soldados. Su prioridad es Maeva. Se acerca a un caballo y la acomoda frente a él con cuidado. Su cuerpo estaba demasiado frío. Si no la atendían pronto, la hipotermia acabaría con ella. Mira a su hermano, que ya estaba montado en otro corcel.
—Tenemos que llevarla al palacio de inmediato —ordena—necesita medicina y algo caliente.
Sin perder un segundo más, los duques partieron a toda velocidad hacia el palacio, con el viento helado golpeando sus rostros y la urgencia quemando en sus corazones.
El galope de los caballos resonaba en la mañana cuando Cedric y Charles irrumpieron en el palacio con Maeva en brazos. Su piel estaba helada, su ropa mojada, sus labios azulados, y apenas respiraba. Elías Moorcroft, el tutor de la corte y mentor de los gemelos, los esperaba en la entrada con el ceño fruncido.
—¡Llamen a Holfran, el mago, y a la enfermera Askil de inmediato! —ordenó Charles, mientras Cedric sostenía con firmeza a su luna, mientras bajaban del caballo.
Elías asintió y con una seña rápida, varios sirvientes corrieron a cumplir las órdenes.
—También traigan a la institutriz Femyk. —agrega Cedric—. Maeva necesitará cuidados constantes y aprenderá las reglas del palacio y sus normas cuando se recupere.
Los minutos se hicieron eternos hasta que Holfran llegó a la habitación con su túnica oscura y una vara de madera tallada con runas antiguas.
Se inclina levemente ante los duques y luego se acerca a Maeva, posando una mano sobre su frente.
—Su temperatura es peligrosamente baja. Si no la calentamos de inmediato, su cuerpo colapsará. —sentencia el mago. Saca una poción y se la da a beber.
—¿Qué es eso?
—Eso es para calentarla de adentro hacia afuera.
El doctor llega al poco tiempo y, al examinarla, encontró un hematoma en su abdomen, por algún golpe.
—Tiene un golpe muy fuerte en el estómago, por eso el hematoma. Tal vez es la causa del desmayo. Su pulso está estable ahora. Denle un baño de paño tibio y traigan anafes con brasas.
—Si doctor—dice Askil la sirvienta.
Los gemelos no perdonaran a su comandante por la falta de respeto hacia su luna. Él doctor hurgó en las cosas de Maeva por si era alérgica a algo, debía haber una nota, pero encuentra un pequeño frasco oculto en su bolsa. Su mirada se oscureció, pero no dijo nada. Guarda el frasco con cautela y mira a los gemelos.
—Ella necesitará el calor de un alfa para calentar más rápido, enviaré por uno. No sabemos quién la marcó en el cuello, pero cualquier Alfa ayudará.
—Nosotros somos sus alfas—comenta Cedric.
Él doctor los mira atónitos sin entender.
—La calentaremos—añade Charles—ella es nuestra luna, esa es nuestra marca. Si no tienes más nada que decir pueden retirarse los hombres, les explicamos después—continua al ver qué la enfermera trae agua caliente y un paño blanco.
—Cuando terminen aquí, pasen por mi oficina. —les dijo antes de marcharse.
Él doctor y el mago asienten. Se encuentran extraño que digan eso si ya que saben que no tenían pareja y a la luna roja aún le falta por llegar.
—Deben darle su calor corporal—se rasca la cabeza— Es la única manera de estabilizarla rápidamente. Deben desnudarse y sostenerla entre ustedes. —dice con seriedad.
Los gemelos no dudaron.
La enfermera baña a Maeva completamente con paños de agua tibia y le coloca un vestido de seda cuando termina. Le seca el pelo y la deja bajo la manta limpia.
Cedric se quita la ropa húmeda por la nieve y el frio primero y se desliza bajo las mantas junto a Maeva. Charles hizo lo mismo del otro lado, asegurándose de que el calor de sus cuerpos la rodeara por completo. Sintieron su piel aún fria contra la suya y aumentaron la presión de su abrazo, rogando que reaccionara.
Holfran desde afuera, murmuraba encantamientos sobre ellos, y poco a poco, el color comenzó a regresar al rostro de Maeva. Un leve suspiro escapó de sus labios y su respiración se volvió más estable.
—Está funcionando —comenta Charles cuando ve a Maeva con las mejillas sonrojadas.
Elías aguardaba afuera de la habitación, junto al mago, con su mirada severa pero preocupada.
Los gemelos se quedaron junto a Maeva hasta que se aseguraron de que su temperatura se había normalizado. Luego, la enfermera Askil y la institutriz Femyk ingresaron a la habitación. Ambas mujeres quedaron asombradas al ver qué Maeva respira estable y lo frágil que se ve. Su piel era blanca como el papel, y su cuerpo aún temblaba levemente.
—Pondremos más estufas de carbón alrededor para mantener la temperatura estable. —dice Askil, mientras Femyk busca más frazadas para cubrirlos.
Los gemelos observaban en silencio, sin apartarse de su luna.
—No la perderemos. —murmura Cedric.
Charles asiente con firmeza.
—Y quien la dejó asi, pagará con creces cuando ella nos diga quien fué.
Los dos compartieron una mirada de determinación. Ahora, debían descubrir qué más ocultaba Maeva y lo que Elías tenía que decirles. La batalla apenas comienza.