Maeva despertó con una sensación abrumadora de calor. Su cuerpo estaba atrapado entre dos masas firmes y cálidas, su piel desnuda rozando otras pieles igualmente desnudas. Su corazón saltó en su pecho al abrir los ojos y descubrir a Cedric y Charles profundamente dormidos a su lado.
—¡Dioses! —murmura, sintiendo su rostro encenderse como una antorcha.
Intentó moverse con cautela, deslizándose entre los dos cuerpos musculosos sin despertarlos. Apenas logró separar una pierna cuando, de repente, dos manos fuertes se posaron en sus pechos, deteniéndola en seco. Su piel se erizó instantáneamente.
—¿A dónde crees que vas, pequeña loba? —pregunta Charles con una voz grave y somnolienta, su aliento cálido acariciando su cuello.
—¿Acaso piensas hacer lo mismo que en la cueva? —interviene Cedric, su tono con un deje de reproche divertido—. Abandonarnos después de que te salvamos la vida.
Maeva sintió un escalofrío recorrer su columna. No sabía si era por la situación o por la forma en que sus manos seguían en un lugar comprometedor. Se removió intentando liberarse, pero eso solo provocó que ambos se aferraran más.
—¡No los abandoné, solo quería irme a casa! —protesta, tratando de apartarse sin éxito—. Además, ¡suéltenme! ¡Esto es indecente!
—Lo indecente es que te quieras escapar cuando claramente necesitas nuestro calor —bromea Charles, abriendo un ojo perezosamente y mirándola con esa expresión traviesa que tanto la desesperaba.
—Y después de todo el esfuerzo que hicimos para mantenerte con vida —agrega Cedric con fingida tristeza—. Estoy herido, Maeva. Muy herido.
Maeva gruñe entre dientes y trata de apartar sus manos con un manotazo. No sirve de nada. Está atrapada entre dos lobos testarudos y juguetones.
—¡No soy una cría para que me acurruquen! —replica, intentando ignorar la forma en que su piel se calienta bajo sus caricias accidentales.
—No, no lo eres —admite Charles, con su voz descendiendo a un murmullo—. Pero sigues estando fría.
Cedric asintió con seriedad fingida.
—Como alfa, tenemos el deber de asegurarnos de que estés bien. Y ahora mismo, no lo estás.
—¡Estoy perfectamente bien! —chilla Maeva, sintiéndose cada vez más acorralada.
Charles soltó una carcajada y, con un movimiento rápido, la giró para quedar atrapada entre ellos de nuevo. Cedric la abrazó por la cintura, apoyando su barbilla en su hombro con aire perezoso.
—¡Basta! ¡Esto no es gracioso! —Maeva forcejea, pero solo consigue que ambos la sujetaran con más firmeza.
—Para nosotros lo es —respondieron los dos al unísono.
Maeva gruñó frustrada y cerró los ojos, tratando de respirar hondo. No era el momento de perder la calma. Si quería salir de ahí con su dignidad intacta, tenía que ser astuta.
—Miren, chicos —dijo con voz azucarada—. Entiendo que quieran protegerme, pero no necesito estar pegada a ustedes como un koala para estar a salvo. ¿Pueden soltarme, por favor? Quiero irme a casa.
Los gemelos se miraron entre ellos, como si deliberaran.
—Mmmm... no —respondieron al unísono de nuevo.
Maeva soltó una maldición en voz baja.
—¡Esto es ridículo! —se removió con energía, pero al hacerlo, sus piernas rozaron algo que prefirió no identificar. Sus ojos se abrieron como platos y su rostro se encendió de un rojo intenso al sentir aquellos dos trozos enormes de carne.
—¡No te muevas así, mujer! —gruñe Cedric, ahora completamente despierto.
Charles soltó una carcajada y la sujetó con más fuerza.
—Maeva, si sigues haciendo eso, alguien podría malinterpretar la situación...y vas a despertar a nuestros lobos.
—¡Basta! ¡Me voy de aquí! —Maeva reúne todas sus fuerzas y logra zafarse de los gemelos con un último y desesperado movimiento.
Los dos se quejaron cuando ella saltó de la cama, enredándose torpemente con la seda de las sábanas. Buscó algo con qué cubrirse rápidamente, aferrándose a una manta mientras los miraba con ojos llameantes.
—¡Pervertidos! ¡Nunca más dormiré en la misma habitación que ustedes! ¡¿Y qué demonios es esta ropa transparente?!
Cedric se estira perezosamente, sin preocuparse en absoluto por su estado de desnudez.
—No digas eso, pequeña loba. Si vuelves a enfermarte, tendremos que repetir este tratamiento.
—¡Jamás! —Maeva sale disparada por la primera puerta que ve, se da cuenta de que es el baño, cierra la puerta dejando a los gemelos riendo cómplices entre ellos.
Charles suspira, recostándose con las manos detrás de la cabeza.
—Dime, hermano, ¿crees que nos perdone pronto?
Cedric se encoge de hombros con una sonrisa felina.
—Eventualmente... pero por ahora, es divertido verla enojada y nerviosa, pude oler su excitäción.
Ambos rieron de nuevo, sabiendo que Maeva no tenía escapatoria. No mientras ellos estuvieran cerca.
Maeva se hundió en la tina con un suspiro de alivio. El agua caliente relajaba sus músculos, pero su mente no dejaba de darle vueltas a lo que había pasado. Despertar practicamente desnuda junto a los duques había sido, sin duda, lo más embarazoso de su vida. Y ahora, para colmo, solo le habían dejado esa bata de seda transparente.
—¡¿De verdad no hay nada más decente para ponerme?! —vocifera desde el baño.
Detrás de la puerta se escucharon unas risitas.
—Si quieres, puedo traerte ropa yo mismo —dijo Cedric con tono divertido.
—O si prefieres, puedo hacerlo yo —añade Charles, burlón.
—¡Simplemente pásenmela y ya! —grita ella, sintiendo su cara arder.
Los gemelos intercambiaron una mirada cómplice antes de lanzar un poco de ropa sobre la puerta.
—Ahí tienes, preciosa —dice Charles con sorna.
—Espero que no sea otra bata ridícula —gruñe Maeva mientras toma la ropa y se apresuraba a vestirse.
Sale del baño aún con el rostro encendido, solo para encontrar a los gemelos apoyados contra la pared, con una expresión demasiado divertida en sus rostros.
—¿Algo más que quieran decirme antes de que me vaya? —espetó cruzándose de brazos.
—Solo que debes acostumbrarte a esto —responde Cedric con una sonrisa ladeada.
—Sí, querida. Ahora eres nuestra luna. —Charles guiña un ojo.
Maeva rodó los ojos y tomó aire. No iba a caer en sus provocaciones.
—Voy a salir de aquí. Tengo cosas más importantes que hacer que aguantar sus tonterías.
—¿Ah sí? ¿A dónde planeas ir? —pregunta Charles, fingiendo interés.
—A cualquier lugar donde no tenga que lidiar con ustedes.
Cedric negó con la cabeza, divertido.
—Mala idea. Podríamos ponernos celosos y salir a buscarte.
—Y si encontramos a otro lobo merodeando cerca de ti, podría haber problemas… —añade Charles con una falsa preocupación.
Maeva resopló y empezó a caminar, pero Cedric la detuvo con un gesto.
—Baja a desayunar. Estás mejor, pero sigues débil. No queremos que te desmayes a medio pasillo.
Ella entrecerró los ojos.
—No soy una muñeca de porcelana.
—No, pero eres nuestra luna y te cuidaremos, te guste o no —sentenció Charles con una sonrisa.
Maeva bufó, pero su estómago rugió en su contra.
—Bien, iré a desayunar —admitió de mala gana.
—Buena chica —Cedric le dio unas palmaditas en la cabeza, lo que provocó que ella le lanzara una mirada asesina.
—¿Y ustedes? —pregunta, intentando ignorar su creciente irritación.
—Iremos a ver a nuestro tío. Fue envenenado, pero ya está fuera de peligro —explica Charles.
Por un instante, Maeva se sintió mal por su actitud. Había olvidado por completo que estaba en un castillo como en los cuentos de hadas.
—Lo siento… espero que se recupere pronto —dice en voz baja.
Cedric y Charles la miraron con algo parecido a la ternura antes de asentir.
—Gracias, pequeña —murmura Cedric.
—Nos vemos luego, la institutriz estará a tus servicios, aprende todo lo que quieras con ella—agrega Charles antes de que ambos se giraran y desaparecieran por el pasillo.
Maeva suspira y se frota la sien. Estaba en un enorme problema… y lo peor es que no sabía si quería salir de él.