Fingiendo en el palacio.

1969 Palabras
Maeva sale del baño vestida con un vestido rosa que, aunque hermoso y delicado, no terminaba de hacerla sentir cómoda. Su mente seguía dando vueltas con todo lo que había pasado en los últimos días, pero no tenía tiempo de sumergirse en sus pensamientos porque la institutriz Femyk la espera en la habitación con un montón de libros apilados sobre una mesa. —Buenos días, señorita —saluda la institutriz con una reverencia leve, aunque su tono era severo—. Los duques han indicado que debe aprender las reglas del palacio cuanto antes. Maeva parpadea, confundida, mirando los libros con algo de espanto. —¿Tengo que leer todo eso? Acabo de salir de un coma prácticamente ¿no puede posponerse?—pregunta con un deje de desesperación. Femyk la mira fijamente, con la paciencia de una maestra acostumbrada a estudiantes rebeldes. —Son las normas básicas de etiqueta, protocolo y costumbres de la corte. No puede caminar por el palacio sin conocerlas, a menos que quiera generar problemas. Maeva suspira y se deja caer en una silla. Justo lo que le falta: clases forzadas sobre cómo comportarse como una dama en un palacio que ni siquiera sabía si quería llamar hogar. —Muy bien, ¿por dónde empezamos? —dice con resignación, para salir de ella. —Empezaremos con lo más sencillo. Cómo comportarse en una audiencia real, cómo dirigirse a los miembros de la nobleza y, lo más importante, qué temas evitar para no ofender a la realeza —explica Femyk mientras abre uno de los libros. Maeva escucha con atención, aunque en su mente se repetía una sola cosa: debía salir de ahí cuanto antes. Mientras tanto, todos en el salón real están tensos, con las gruesas cortinas cerradas para evitar la luz excesiva. El rey Larsen yace en su cama con el rostro pálido, pero su mirada seguía siendo aguda y dominante. A su lado, su consejero más fiel, Roderick Halloway, observa a los gemelos con seriedad. —Veo que finalmente han decidido venir a ver a su viejo tío —murmura el rey con voz ronca. Cedric y Charles se acercaron a la cama y se sentaron en los sillones a cada lado de él. Sus rostros reflejaban una mezcla de preocupación y resolución. —Nos dijeron que estabas fuera de peligro, pero queríamos asegurarnos —dice Cedric. —No íbamos a descansar sin verte con nuestros propios ojos —añade Charles. El rey sonrie débilmente y asiente. —Soy más fuerte de lo que parezco, chicos. Pero lo que me interesa es saber qué demonios han estado haciendo estos días. He olido a una humana hace semanas, pero ya no me da su aroma, en cambio me llegan rumores sobre una joven que trajeron al palacio... Maeva, ¿es así? Los gemelos se miraron fugazmente antes de asentir. —Así es —responde Cedric, las noticias vuelan muy rápido—. La marcamos. El silencio en la habitación fue pesado como una losa. Roderick arqueó una ceja y el rey se irguió un poco en la cama, con su mirada penetrante fijándose en sus sobrinos. —¿La marcaron? —repite con incredulidad—. ¿Se han vuelto locos? Charles suspira, cruzándose de brazos. —No es lo que parece. Supimos que era nuestra luna en cuanto la vimos. No podíamos dejarla escapar. —¿Y qué los hace estar tan seguros? —pregunta el rey, con el ceño fruncido. —Tiene un aroma muy peculiar. El vínculo —contesta Cedric con seriedad—. Sentimos la necesidad de protegerla, de tenerla con nosotros. El rey cerró los ojos y negó con la cabeza, exhalando con frustración. —Si Maeva no es su luna predestinada, han cometido un error grave. El vínculo los destruirá con el tiempo se volverán más débiles. ¿Acaso han olvidado la luna roja? Se acerca en una noche y si no es la indicada, pagarán las consecuencias. Los gemelos no dijeron nada, pero Roderick intervino con calma. —Majestad, hay algo más que deben considerar. Si la chica fue forzada no vale nada, la marca no la afectará de la misma manera. Pero si ella siente dolor o rechazo, podrían haberla condenado a una existencia miserable. Los gemelos se tensaron ante esas palabras. Sabían que Maeva era diferente y debil, pero la posibilidad de que su marca no tuviera el efecto esperado era algo que no habían considerado del todo. —No importa lo que pienses, tío —dice Charles finalmente—. Maeva es nuestra. No hay marcha atrás. El rey los mira con severidad. —Por su bien, espero que tengan razón. Pero si han cometido un error, ustedes dos serán los únicos responsables de lo que venga después. La luna roja revelará la verdad. Si ella no es su verdadera compañera, el lazo se debilitará y ambos sufrirán. Cedric y Charles permanecieron en silencio por un momento antes de ponerse de pie. —Mañana por la noche lo sabremos —dice Cedric con voz firme. —Te dejaremos descansar. —Traiganla para que la conozca. —Bien, tío. El rey los observa, aún con preocupación en sus ojos, mientras los gemelos salían de la habitación. Roderick los siguió con la mirada antes de dirigirse nuevamente al rey Larsen. —¿Cree que cometieron un error, majestad? El rey suspira. —No lo sé, Roderick. Pero algo me dice que esta historia apenas comienza. Es la primera vez que los veo tan entusiasmados por una loba sin renombre. Horas después, la institutriz decidió que era suficiente por la mañana y la llevó a los jardines donde su sirvienta, Farah Deschamps, la esperaba para enseñarle el arte de servir el té. Maeva no pudo evitar rodar los ojos. ¿Realmente necesitaba aprender eso? —Es una tradición importante —dijo Femyk al notar su expresión de fastidio—. Las damas en la corte suelen compartir información durante el té. Saber cómo manejar una conversación en estos eventos puede ser crucial. Farah, una joven de cabello castaño claro y ojos avellana, sonrió con gentileza mientras colocaba la tetera y las tazas en una mesa de mármol blanco. —Señorita Maeva, servir el té es un arte. Observe con atención. Maeva suspiró y se sentó frente a la mesa, observando cómo Farah vertía el líquido con precisión, sin una sola gota derramada. —Ahora inténtelo usted —animó la sirvienta. Maeva tomó la tetera con cuidado y trató de imitar sus movimientos, pero la gota rebelde de té que cayó en el platillo la hizo fruncir el ceño. —No está tan mal —dijo Farah con una sonrisa alentadora—. Con práctica, mejorará. Justo cuando Maeva se disponía a intentarlo de nuevo, dos figuras aparecieron caminando por el sendero del jardín. Roderick Halloway, un hombre de confianza del rey, de ojos marrones claros y cabello gris, avanzaba junto a una mujer que no pasó desapercibida. Kara Vael, de ojos amarillos y cabello n***o azulado, caminaba con elegancia felina. Maeva sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había algo en la forma en que se movía que la hacía parecer peligrosa. Femyk, que también los había notado, bajó la voz y le susurró a Maeva: —No hables con otros hombres sin la supervisión de los duques. Podrías meterte en problemas. Maeva frunció el ceño y cruzó los brazos. —¿Qué tipo de problemas? —preguntó con suspicacia. —Rumores, malos entendidos, y en el peor de los casos, la ira de los duques —respondió Femyk con severidad. Antes de que Maeva pudiera responder, Roderick y Kara se detuvieron frente a ellas. El hombre le dedicó una sonrisa cortés. —Buenos días, señorita —dijo con un tono educado pero medido. Maeva asintió levemente. —Buenos días. Kara la observó con una ceja arqueada, evaluándola con la mirada de una depredadora. —Así que tú eres la famosa luna de los duques —murmura con una sonrisa que no llega a sus ojos—. Qué interesante. Maeva sintió que algo en esa mujer la ponía en alerta, pero se obliga a mantener la compostura. —No sé qué tiene de interesante —responde con una sonrisa fingida. —Oh, querida —Kara ladeó la cabeza—. Todo en ti lo es. Ninguna mujer a logrado capturar la atención de Cedric y Charles al mismo tiempo. Maeva sintió su cara calentarse y desvió la mirada. No tenía la menor intención de discutir sobre los gemelos con una mujer que exudaba peligro. Roderick, notando la tensión, decidió intervenir. —No queremos interrumpir su lección de té. Solo pasábamos por aquí —dice con un tono diplomático. —Por supuesto, mi señor —responde Femyk con una inclinación de cabeza. —¿Quienes son esos? —Ni preguntes uno es la mano derecha del rey y la otra es una asesina a sueldo. Roderick y Kara continuaron su camino, pero Maeva no pudo evitar la sensación de que la asesina había sembrado una semilla de inquietud en su interior. —Recuerde lo que le dije —susurra Femyk en cuanto se alejaron—. No hable con cualquier hombre. No todo el mundo en este castillo es su amigo. Maeva apretó los labios y miró su taza de té. Como si no tuviera ya suficientes cosas de las que preocuparse. Maeva suspiró cuando la institutriz la guió hacia uno de los grandes salones del castillo. El suelo de mármol relucía bajo la luz de las arañas de cristal y, frente a ella, un grupo de sirvientes esperaba con expresiones tensas. —Hoy también aprenderemos lo básico del baile formal —anuncia la institutriz con una sonrisa demasiado forzada. Maeva miró a su alrededor y sintió un nudo en el estómago. Ella no bailaba. Ni siquiera en las bodas de su pueblo. Y mucho menos en una sala llena de miradas críticas. —Señorita, tome a su pareja —dice la institutriz, señalando a uno de los sirvientes. Maeva intenta bailar por unos minutos pero pisaba a cada momento a su pareja de baile. Decide cambiar de pareja. El joven se estremeció visiblemente y retrocedió un paso. —Oh, por favor —murmura Maeva, cruzándose de brazos. Intentó acercarse a otro, pero él también se hizo a un lado. Luego a otro… y otro. Ninguno quería tocarla. La institutriz carraspeó, pero la situación se estaba volviendo más incómoda con cada segundo que pasaba. —Vaya, qué entusiastas —ironiza Maeva. Un repentino golpe de viento agitó la sala. La puerta se abrió y Cedric entró con paso firme, deteniéndose justo a su lado. —Si nadie quiere hacerlo, yo lo haré —dice con una sonrisa ladeada, colocándole una mano en la cintura. Maeva sintió que su piel ardía bajo el contacto. El resto de los sirvientes parecían contener la respiración. Justo en el umbral de la puerta, Charles observaba la escena con los brazos cruzados, una ceja arqueada y una sonrisita burlona. —Veamos qué tan torpe eres —murmura Cedric antes de comenzar a guiarla. Maeva intenta seguir el ritmo, pero sus pies parecen tener vida propia. Tropezó una vez, dos, tres. Cedric la sostenía con firmeza cada vez que tambaleaba, y ella no podía decidir si le avergonzaba más eso o las miradas que los rodeaban. —Un, dos, tres, giro, atrás… —susurraba Cedric, guiándola con paciencia. Maeva trataba de enfocarse, pero cuando por fin lograba seguir el paso, Cedric sonrió con malicia… y la lanzó directo a Charles. —¡EH! —exclamó ella mientras caía de lleno en los brazos de su otro captor. —Mi turno —dice Charles, sosteniéndola sin esfuerzo. Maeva sintió que sus mejillas ardían. Charles continuó el baile donde Cedric lo dejó, repitiendo los pasos.
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