La sala de baile está llena de sirvientes que observaban con atención a Maeva, quien intentaba seguir el ritmo de la música sin mucho éxito. Charles la guiaba con paciencia, pero cada paso en falso la hacía tropezar o perder el equilibrio.
—¡Otra vez! —ordena Cedric, cruzado de brazos mientras los observaba con una sonrisita burlona.
—No te tambalees, pequeña —susurra Charles cerca de su oído, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda.
—¡Estoy intentando! —gruñe Maeva, sintiéndose avergonzada.
Ambos gemelos se reían de sus intentos fallidos, pero ella comenzaba a mejorar poco a poco. Charles le toma la cintura y, cuando logra seguir el ritmo, la hizo girar con elegancia. Sin previo aviso, la atrajo hacia él y le roba un beso en los labios.
Maeva se queda congelada.
—¡Oye! —grita, empujándolo con los ojos abiertos como platos.
Antes de que pudiera reaccionar del todo, Cedric la sujeta del mentón y también la besa con una sonrisa traviesa.
Los sirvientes agacharon la cabeza al unísono. La institutriz parece a punto de desmayarse de la vergüenza ajena.
—¡BASTA! —brama Maeva, sintiendo su rostro arder de la furia y la vergüenza. Sin pensarlo dos veces, abofetea a ambos con todas sus fuerzas.
Cedric y Charles se quedaron quietos por un momento, llevándose las manos a las mejillas.
—Vaya, tiene fuerza —murmura Cedric con una sonrisa torcida.
—Lo disfrutaste, admítelo —añade Charles, divertido.
—¡Cállense y alejense de mi! —exclama Maeva, furiosa.
La institutriz intervino con una expresión horrorizada.
—¡Señorita Maeva, su comportamiento es inaceptable! ¡No puede golpear a los duques así!
Pero Cedric levanta una mano, deteniéndola.
—No pasa nada. En el futuro, nos respetará más —dice con una sonrisa traviesa.
Maeva sintió que la sangre le hervía. ¿En el futuro? En su futuro inmediato, pensaba salir de ese castillo y alejarse de esos dos locos lo más pronto posible.
Los sirvientes susurraban entre ellos, sin creer lo que acababan de presenciar. La institutriz mira a Maeva como si fuera un caso perdido.
—Más le vale mejorar para el baile de mañana —fue todo lo que dijo antes de dar media vuelta y salir.
Maeva, todavía indignada, mira a Cedric y Charles, quienes seguían sonriendo como si nada.
—¡Esto no se quedará así! —gruñe antes de girar sobre sus talones y marcharse, ignorando las risas de los gemelos a su espalda.
Cuando Maeva se disponía a regresar a su habitación, de repente, sintió que la tomaban por la cintura y la levantaban con facilidad.
—¡Eh, bájame! —grita, pataleando, pero Cedric la sujeta con firmeza sobre su hombro.
—Nos aseguraremos de que te relajes después de tanto ensayo —dice Charles con una sonrisa pícara.
—¡No necesito relajarme, necesito estar lejos de ustedes dos! —chilla Maeva, pero ellos no la escucharon.
Salieron por una puerta trasera que daba a un hermoso paisaje donde una cascada caía suavemente en una piscina natural. Charles y Cedric se despojaron de sus camisas y saltaron al agua con facilidad con ella en brazos.
—¡Bájame! —exige Maeva, forcejeando.
Cedric la deja caer de pie sobre una roca junto a la orilla.
—Te frotaré la espalda sacate la ropa —dice con una sonrisa traviesa.
—¡Ni loca me meto con ustedes! —se cruza de brazos, retrocediendo.
—Oh, vamos. Te hará bien —insiste Charles.
—Prefiero quedarme aquí, gracias.
Cedric la observa con ojos afilados y sonríe de lado.
—¿Quieres que te desnudemos nosotros? —pregunta en tono de burla.
Maeva sintió un escalofrío recorrer su espalda. Cedric se había acercado demasiado.
La poción que debe tomar se estaba desvaneciendo, el líquido que guardaba en su frasco era para ocultar su naturaleza humana, pero no lo encontró cuando despertó. Debe averiguar quien lo tiene y recuperarlo.
—Yo tenía un frasco en mi bolsa y no lo encontré—se apresura a decir—. Es solo que... soy muy fría y me enfermo fácilmente. ¿Uno de ustedes lo tomó?
Charles arquea una ceja.
—Creo que el doctor lo tomó.
—¿Puedes decirle que me lo regrese?
—Sólo si te bañas con nosotros —Y sin darle tiempo a reaccionar, la sujeta y se lanza al agua con ella.
Maeva sale a la superficie, boqueando como un pez fuera del agua.
—¡Idiotas! —chilla, empapada y furiosa.
Los gemelos estallaron en carcajadas, mientras la desnudan en segundos.
—Ahora estás limpia y libre —bromea Cedric, nadando a su alrededor.
—¡Voy a matarlos! —gruñe Maeva, chapoteando hasta la orilla, tapándose con las manos.
Charles se inclina hacia ella con una sonrisa ladina.
—Tranquila, pequeña. Te bañaremos con mucho cuidado la próxima vez.
—¡No habrá próxima vez! —gruñe ella, sintiendo sus mejillas arder.
Los gemelos se miraron con complicidad.
—Veremos —dijeron al unísono.
Maeva entró a la habitación como un vendaval, cerrando la puerta de un portazo y apoyándose en ella, respirando agitadamente. Sus mejillas ardían de vergüenza y furia.
—¡Idiotas! —bufó entre dientes, sacudiéndose el cabello aún mojado.
No tenía tiempo que perder. Caminó a zancadas hasta su baúl y comenzó a revolverlo con desesperación. Sacó un vestido tras otro, inspeccionándolos como si su vida dependiera de ello.
—Demasiado corto. Demasiado pomposo. ¡Demasiado feo! —exclamó, arrojando cada prenda sobre la cama.
Justo cuando había encontrado algo decente, escucha cómo la puerta se abre de golpe. Se gira con el corazón en la garganta y ve a Cedric entrar con la seguridad de quien se siente dueño del lugar. En su mano sostenía un pequeño frasco.
—¿Buscabas esto? —pregunta, alzándolo en el aire con una sonrisa traviesa.
Maeva sintió que el alma se le caía a los pies. Su pócima. Su preciada pócima.
—¿Dónde la conseguiste? —exige, avanzando con los ojos entrecerrados, tratándo de cubrirse como puede.
Cedric la sostuvo fuera de su alcance, divertido.
—El médico me la dio. Preguntó qué contenía, pero no supe responderle. Dijo que debía verificar si era seguro para el consumo de la futura duquesa, osea tú.
Maeva sintió un escalofrío recorrer su espalda. Cedric la observa con atención, como un gato acechando a su presa.
—¿Y bien? —insistió, girando el frasco entre los dedos—. ¿Qué lleva esto? Porque huele a flores. Huele a tí. Demasiado.
Maeva traga saliva. No podía decirle la verdad. Si supiera que era para ocultar su esencia humana, la situación se volvería aún más complicada.
—Eh… es una mezcla de… hierbas. Y… extracto de freesia —improvisa rápidamente.
Cedric enarca una ceja, claramente dudando.
—¿Y para qué la usas? —pregunta con una sonrisa socarrona.
—Para mi condición. Ya te dije, tengo debilidad y… —Maeva se interrumpe cuando Cedric destapa el frasco y lo acerca a su nariz.
—¿Condición? —repite con sorna, inclinándose hacia ella—. Porque huele a un jardín entero.
Maeva intenta alcanzarlo, pero Cedric la esquiva con facilidad.
—¡Dámelo! No es asunto tuyo.
—Ah, pero lo es —dice él, con un brillo divertido en la mirada—. Nos afecta a todos. ¿Qué tal si esto es veneno? ¿O un brebaje para hechizarnos?
—¡No seas ridículo! —exclama, cruzándose de brazos—. Es solo un tónico.
Cedric ladea la cabeza y, ante los ojos horrorizados de Maeva, se lleva el frasco a los labios y bebió un sorbo.
El aroma a freesia se intensificó de inmediato. Maeva sintió que la piel se le erizaba.
Cedric parpadeó un par de veces, saboreando el líquido.
—Hmm… sabe raro. Un poco dulce. ¿Estás segura de que esto no es un perfume?
Maeva aprieta los dientes.
—¡No es un perfume! Es… ¡para mi salud!
Cedric le lanza una mirada burlona y se acerca a ella con pasos lentos.
—Vaya, vaya. Si es para tu salud, no te importará que lo comparta con Charles… o con el médico.
Maeva siente pánico. Si el médico analizaba la pócima, descubriría la verdad.
—No es necesario. De verdad, no hace falta —dice, forzando una sonrisa, mientras se forza por dar brincos y alcanzar el frasco. Ella deja caer la ropa que la cubre por encima y él queda embelesado.
Cedric la rodea con la mirada, como si pudiera ver a través de sus mentiras.
—Entonces, ¿no te importará si me lo quedo? —pregunta con una sonrisa pícara.
Maeva entrecerró los ojos.
—¡Cedric, si no me lo das ahora, te juro que…!
—¿Qué? ¿Me abofetearás otra vez? —se burla, dando un paso atrás con el frasco aún en su poder. Ve como ella se cubre con las manos.
Maeva apretó los puños y, sin previo aviso, se lanzó sobre él. Lo tomó por sorpresa, logrando empujarlo hacia la cama. Cedric cayó de espaldas, soltando un gruñido.
—¡Maldición, mujer, eres un demonio! —se queja, sujetándola por la cintura.
Maeva forcejeó para alcanzar el frasco, pero Cedric la sostuvo con firmeza. Ambos rodaron por la cama enredados, entre risas y gruñidos de frustración.
—¡Dámelo ya! —exige Maeva, estirándose desesperadamente.
Cedric aprovechó su distracción y la atrapó entre sus brazos, inmovilizándola contra el colchón. Con su boca toma uno de sus pezönes y lo succiona asiendo la gemir.
—¡Basta!
—¿Y si no quiero? —susurra con una sonrisa burlona.
Maeva sintió el calor subirle al rostro. Estaban demasiado cerca. Demasiado.
—Entonces me veré obligada a morderte —amenaza, sin pensarlo dos veces.
Cedric arquea una ceja y sonríe con descaro.
—Vaya, qué propuesta tan interesante. ¿Dónde planeas marcarme? —pregunta con un tono insinuante.
Maeva sintió que la cabeza le iba a estallar.
—¡Eres imposible! —brama, dándole un rodillazo en el costado.
Cedric gime de dolor y la suelta por reflejo. Maeva aprovecha la oportunidad, se abalanza sobre el frasco y lo atrapa justo antes de que rodara fuera de la cama.
—¡Ja! —exclama, victoriosa, sosteniendo su preciada pócima contra su pecho sin percatarse de su desnudes.
Cedric la observa desde la cama con una mueca de dolor y diversión.
—Lo admito, eres más peligrosa de lo que pareces. Y te ves tan deliciosa que ya hiciste que se me levante.
Maeva se baja de la cama rápidamente, guardando el frasco en su bolsa.
—Y tú eres un fastidio —espeta, poniéndose un vestido.
Cedric se incorpora con una sonrisa ladina.
—Sabes, podría quitarte eso de nuevo en cualquier momento —amenaza con tono juguetón.
Maeva lo fulmina con la mirada.
—Inténtalo y te juro que esta vez no saldrás ileso. Te dejaré sin descendencia.
Cedric rie y se acomoda el cabello, observándola con interés.
—Eres más divertida cuando te enojas. Me gusta.
—¡Pues acostúmbrate a odiarme, porque voy a estar enojada todo el tiempo mientras esté aquí! —gruñe ella, cruzándose de brazos.
Cedric se inclina ligeramente hacia ella, con los ojos brillando de diversión.
—Oh, Maeva… eso suena como una promesa muy interesante.
Maeva sintió que la sangre le hervía y, antes de que pudiera responder, Cedric se gira y sale de la habitación con una sonrisa satisfecha.
Maeva se deja caer sobre la cama humeda, exhalando con frustración.
—Voy a matarlo. Algún día, lo haré —murmura para sí misma.
Pero, muy en el fondo, sabía que lidiar con esos gemelos no sería tan sencillo. Y peor aún, cada vez era más difícil ignorar la extraña sensación que provocaban en su pecho.