Conociendo al rey.

1056 Palabras
El gran comedor del castillo estaba iluminado por cientos de velas, reflejando su luz en las enormes columnas de mármol y en la vajilla de oro. Maeva caminaba entre Cedric y Charles, tratando de ignorar la mirada divertida de ambos. —No pareces muy emocionada, pequeña. ¡Vas a conocer a nuestro tío, el rey! —dijo Cedric, dándole un suave codazo. —Y tenemos entendido que le gustan las mujeres de carácter fuerte —añadió Charles con una sonrisa maliciosa. Maeva rodó los ojos. —¡Oh, qué alivio! Si no le gustaran, estaría en problemas. Los gemelos rieron y, antes de que ella pudiera responder con algún comentario mordaz, las enormes puertas del comedor se abrieron. Un hombre imponente, con una barba bien cuidada y ojos dorados como los de Cedric y Charles, los esperaba en la cabecera de la mesa. Se ve un poco pálido pero su aura se mantiene fuerte. —¡Adelante, adelante! —dijo con un tono autoritario, aunque en su rostro se dibujaba una sonrisa y un poco de ojeras. Cedric y Charles inclinaron la cabeza en señal de respeto, y Maeva intentó imitar el gesto torpemente. —Majestad, le presentamos a Maeva Wolf —dice Charles. —Nuestra futura duquesa —añade Cedric con una sonrisita. Maeva sintió un escalofrío. ¡Esa era nueva! Antes de que pudiera protestar, el rey la observó detenidamente, entrecerrando los ojos como si intentara descifrar su presencia. Su aroma de licántropa no concordaba con su esencia. —Tienes una esencia muy particular... —dice, olfateando levemente el aire. Maeva contuvo la respiración. ¡Maldición! Su esencia era más débil que la de los licántropos, pero aun así era perceptible. Por lo menos estaba mezclada. —Eh... ¡Debe ser mi perfume! —soltó rápidamente, intentando sonreír. —Freesia y... lavanda. El rey asintió lentamente, sin apartar su mirada de ella. —Interesante. Es la primera vez que una loba cuenta con dos aromas. Maeva traga saliva y toma asiento, esperando que la conversación cambiara de tema. Para su desgracia, no tarda en llegar el golpe. —He tomado una decisión —declara el rey, con voz solemne. —Maeva, desde esta noche serás duquesa. Y mañana, bajo la luna roja, será tu boda con mis sobrinos. El aire se congela para ella. Maeva siente que su corazón se detenía. — ¡¿QUÉ?! Los gemelos, en cambio, sonrieron ampliamente, como si les hubieran regalado un festín. —¡Eso es maravilloso, tío! —exclama Cedric. —Un honor que la boda sea en la luna roja —añade Charles con absoluta humildad. Maeva se puso de pie de golpe, golpeando la mesa con las manos. —¡No puedo casarme! —grita, sintiendo que todo giraba a su alrededor. El rey arquea una ceja. Otra loba estaría saltando en dos patas de la felicidad. —¿Y por qué no, querida? —Porque... porque... ¡porque ustedes son de la realeza y yo no! Mi linaje es el más bajo y no tengo habilidades, no sé las leyes y reglas. Solo soy una humilde loba de montaña. Y soy muy pero muy enfermita. El silencio fue absoluto. Maeva sintió que el aire se le iba. ¡Maldición! ¡Había metido la pata hasta el fondo! El rey se reclina en su silla, cruzando los brazos. —Curioso que digas eso, Maeva. Ella traga saliva. —¿Por qué? El rey sonríe, con una mirada afilada. —Porque estás marcada. Y una mujer marcada por dos licántropos de la realeza no puede negar su destino. Ya perteneces a la realeza y tú tribu por mas humilde ahora sube de nivel. Maeva se queda en blanco. —¿Marcada...subir de nivel? Cedric y Charles asintieron al unísono, con una expresión de total satisfacción. —Lo estás, pequeña —susurra Cedric. —Y no hay escapatoria —añade Charles con una sonrisa traviesa. Maeva sie te que el suelo desaparece bajo sus pies. ¡Esto no podía estar pasando! —Debo... debo volver a mi manada, mi medicina solo se produce alli—soltó apresuradamente. El rey frunció el ceño. —Entonces dime cuál es tu manada. ¡Enviaré por tus padres de inmediato y por la persona que prepara tu porción! Maeva palidece. —No puedo decirlo. —¿Por qué no? —el rey la mira fijamente. Ella duda. —Eh... porque no debo revelar su ubicación. Es... una regla de mi manada. El rey entrecerró los ojos. —Eso suena sospechoso. Solo las manadas traidoras esconden su paradero. Cedric y Charles intervinieron rápido. —Majestad, tenga paciencia con Maeva —pidieron al unísono. —Es... reservada, pero no traidora —añade Charles. Maeva aprovecha el momento de distracción para levantarse de golpe. —Perdónenme, necesito aire. Sin esperar respuesta, sale corriendo del enorme comedor. Los sirvientes piensan que esa chica es una mala educada. Ella abre las puertas con brusquedad y choca de lleno contra un pecho duro y musculoso. —Vaya, vaya... ¿qué tenemos aquí? —una voz profunda y burlona resuena sobre ella. Maeva levanta la vista y se encuentra con un hombre de cabello n***o, ojos fríos color maranja y una sonrisa ladeada. —Alaric, hermano mayor —dijo el rey desde el comedor. —Llegas justo a tiempo para conocer a nuestra futura duquesa. Maeva sintió que el destino simplemente quería jugar con ella. ¡Ahora tenía que enfrentarse a otro lobo alfa! —Encantado, preciosa —dijo Alaric, tomándola del mentón. —¿Lista para la boda de mañana? Maeva sintió que la sangre le hervía. —¡Ni loca me caso con estos dos idiotas! Yo me voy. Alaric soltó una carcajada, mientras la ataja. Era gracioso que alguien hablara sin respeto frente al rey y los duques. Se pregunta de que manada es. —¡Me gusta esta chica! Los gemelos aparecieron detrás de ella, sonriendo con autosuficiencia. —No te preocupes, hermanito, Maeva solo está nerviosa, otra ya se hubiera desmayado —dice Charles. —Sabe que está en medio de mucho amor —añade Cedric con un guiño. Maeva siente deseos de gritar, pero en cambio, cierra los ojos y respira hondo. No iba a ser fácil escapar de esta locura. Pero algo era seguro... ¡No iba a rendirse sin pelear!
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