Isabella
Massino me observa con dureza.
—Los hombres que subieron… destruyeron todo a su paso— incluida a mí, pero no se lo digo. —No pude hacer mucho, eran demasiados y yo no estaba tan bien entrenada como creí. Pensé… Pensé que iba a morir, pero una mujer, guardaespaldas de Bellomo, que fue enviada para ir por Giorgia, me rescató de ese final.
Le doy un fuerte trago a mi bebida.
No, no soy lo suficientemente fuerte como para verbalizar la brutalidad de esos malnacidos.
—Uno de ellos entró por Giorgia, no podía dejar que se la llevaran, así que peleé, lo más que pude, él la golpeó cuando mi pequeña quiso defenderme— cierro mis ojos con dolor y los abro para seguir con mi relato.— Luché, pero aun así me volvieron a someter. Fue entonces cuando el fuego comenzó a expandirse más.
Mi cuerpo se estremece al recordarlo. Aún puedo sentir el calor, el humo… el terror.
—Esa mujer sacó a los hombres y nos dejó a Giorgia y a mí dentro. Cuando regresó, estaba sola. Pero el fuego comenzaba a devorar todo con violencia. Nos llevó al piso superior, donde todo estaba ardiendo mucho más. Pensé que en ese lugar íbamos a morir. Pero nos llevó a otra habitación donde nos ayudó a salir. El fuego era demasiado fuerte, una ráfaga nos llegó antes de poder salir por la ventana… Esa mujer nos salvó.
Un suspiro largo y tembloroso se escapa entre mis labios.
—Nunca supe su nombre real, pero después regresó por nosotras y nos mantuvo a salvo. Le debemos la vida a Serena Bianco, ese fue el nombre que ella eligió cuando nos reencontramos.
Mi corazón roto duele mucho más al pensar en ella. Mi segunda madre… a quien le agradezco que regresara las ganas de vivir, quien me dio todo para poder proteger a Mónica.
—En fin, ella nos salvó a pesar de llevarse las heridas más graves, nos llevó en una camioneta y luego, en el camino, se detuvo. Parecía muy paranoica, así que nos hizo bajar y luego le prendió fuego a la camioneta. Nos llevó por otro camino, hasta una carretera donde un hombre, que decía ser su hermano, nos llevó a un lugar seguro.
Termino mi trago de golpe.
—Lo siento, Ottavia— dice Massino con esa voz ronca.
Levanto mi mirada hacia él. Puedo ver ese dolor en sus lindos ojos verdes.
—Lo sé. Mi nombre es Isabella— digo de golpe.
Sé que no debería de estar enojada con él, pero no puedo evitarlo.
—Lo siento, Isabella— que se disculpe hace que me enfurezca un poco más. Así que me levanto para servirme otro trago.
—Sí, bueno. Era el destino. Es lo que nos toca vivir por nacer dentro de la mafia. ¿No?
—No debería de ser así— dice, mientras me observa fijamente… siguiendo cada uno de mis movimientos. Para mi fortuna, ya no me siento tan nerviosa.
Vuelvo a sentarme frente a él. Me observa con serenidad, esperando que continúe con mi relato.
—Serena nos llevó a Estados Unidos. Mónica perdió la memoria, todo lo pasó fue un shock muy fuerte para ella, lo que fue bueno, le ayudó a sobrellevar todo. Mi madre… Serena pensó en dejarla en orfanato por un tiempo porque yo estaba herida y no podía cuidarla. Estuve más de 6 meses en el hospital por mis quemaduras y ella… Serena estaba mucho más herida, pero aun así, buscó ayuda para nosotras.
Mi mirada se detiene detrás de él, en una foto recién colocada, por lo que se ve… con la familia de cuatro, muy felices. Lo que me deja un nudo en la garganta.
El alcohol me ayuda a disipar ese breve momento de amargura.
—Tardó en regresar porque también estuvo en peligro. Tres años, tardo tres años en reaparecer.
Massino baja su mirada y frunce el ceño, pensando en lo mismo que yo.
—Sí, justo el mismo tiempo en el que te hiciste el jefe de todas las familias de la mafia— digo con burla.
Sus cejas se juntan mucho más. No entiende de qué va mi molestia.
—¿Por qué no regresaron? Ya tenía el control de todo…— suena molesto.
—No tenías nada. Eso querías creer, es lo que quieres seguir creyendo.
Massino se molesta, es evidente. Al jefe de la mafia no le gusta que le digan sus verdades y le recuerden sus errores, ¡qué novedad!
—Luche por ese poder, Isabella. No sabes el infierno que desaté— intenta explicar, lo cual me sorprende por un segundo, pero solo por un segundo.
—¿Estás seguro? — Puede que haya hecho un gran caos, pero no erradicó el mal desde la raíz.
Él me observa con ira.
—Cuando vi que habías llegado a una alianza con Bellomo, el viejo bastardo. Supe que habías perdido. Que no serías lo suficientemente fuerte para cuidar de Giorgia, de Mónica.
—Puedo cuidar de mi hija— dice con molestia, con esa mandíbula muy bien definida, apretada.
—No lo pudiste hacer en el pasado— digo con una sonrisa de lado.
El alcohol está haciendo efecto.
—Deberías de dejar de beber— dice tratando de tranquilizarse, pero eso me sonó a amenaza.
—No es el alcohol, y no estoy diciendo mentiras. Cuando pasó ese atentado, tenía fe en ti, en que irías por nosotras, pero nunca nos buscaste. Al menos, no se escuchaba eso en lo más bajo de nuestro mundo.
—Pensé que estaban muertas, la casa explotó…
—Como puedes ver, no lo estamos.
—No lo sabía, Isabella. No es justo…— Lo interrumpo.
—No, no es justo que, sabiendo que el viejo Bellomo “mató a tu hija” siguiera respirando hasta el día de hoy— Dejo mi vaso con un golpe seco sobre el escritorio.
—Sabes las reglas. Y fue su hijo…
—Me hubiera pasado por el cul0 esas reglas. Tú deberías de hacer lo mismo, lo debiste de hacer en el pasado. Sabes que no fue él solo.
Massino golpea el escritorio con fuerza y eso desata a la loca que llevo en mí. Antes de que pudiera hablar, explotó.
—No pudimos regresar porque hiciste una alianza con ese viejo.
—Sangre por sangre, Isabella.
—Merde! ¡Idiota! — grito exaltada. —Te dejaste convencer porque ese viejo mató a su primogénito y a su esposa. ¿Crees que era su favorito? ¡No lo era! ¡Ni siquiera le iba a dejar su lugar en la mafia! Solamente, te vio la cara de idiota… ¡TE ENTREGÓ LA SANGRE QUE NO LE INTERESABA!
—¡Ottavia! — grita Carlo, entrando con preocupación a la habitación.
—¡Isabella Bianco! ¡Ese es mi nombre ahora!
—Isabella, nadie me vio la cara. Yo sabía que esa era una treta, pero sabes que…
—Dudo que lo sepas.
Massino cierra los puños con fuerza, lo puedo ver porque se ven sus venas y bueno, me gustaría ver más allá de su camisa. ¿Todo su cuerpo se pondrá igual de tenso y duro cuando se enoja?
Sacudo la cabeza para regresar a la realidad y a mi enojo, que ahora ha bajado un poco por estar de observadora acosadora.
—Mira, Peter. Cuidé y mantuve a salvo a Mónica, porque no podía volver a ponerla en peligro. Ya habíamos logrado huir una vez, una segunda vez, no sé si lo hubiésemos logrado. Ese viejo Bellomo es un embustero, hijo de put4, lo sabes. Investiga sobre eso, sobre lo que pasó hace 20 años.
Respiro hondo.
Tomo otro vaso y me sirvo más licor. ¡Dios! Parezco una alcohólica, pero para tiempos tan complicados, todo es mejor con un poco de alcohol.
—No sé si era mi instinto, pero siempre supe que si el viejo Bellomo moría, podríamos estar seguras, Mónica lo estaría… Estaría segura para volver aquí y tomar el destino que le corresponde, a tomar su lugar, a reinar esta familia.
Me tomo todo el contenido de mi vaso de un solo trago, quemándome la garganta en el proceso.
—Tu princesa creció y estoy segura de que esa testaruda podría desbancarte en un par de días. No por nada casi te mata— digo con una sonrisa.
—En fin, eso es todo lo que tengo para decir. Si vas a matarme por decirte un par de verdades, hazlo ahora. Si no lo vas a hacer, entonces que tu gente me lleve a ver a mi sobrina— digo con seguridad.
Nadie sobrevive después de insultar al jefe de la mafia. Lo sé. Me pasé de la raya, un poquito, pero solo un poquito.
Doy unos pasos hacia atrás, para darle el espacio necesario… para que dispare y no le ensucie su preciado escritorio.
No bajo la cabeza, no muestro sumisión ni respeto, no le debo nada a Massino. No, a nadie se lo debo y si muero, que sea fuerte, diva, sexy y poderosa, como lo soy ahora.
Massino me observa con frialdad y enojo. Se levanta de su asiento como un… no, Dios, no. Como el Demonio malvado, sexy, asesino, frío y cruel que es.
Nuestros ojos nunca se separan.
—Dispara.
Puedo sentir a Carlo caminando hacia mí.
—No, Carlo. No tiene nada que ver contigo.
—Ottavia, no puedo dejarte ir.
—Puedes hacerlo, este es mi destino. El tuyo está a su lado— señalo con la barbilla al mafioso.— Cuida a Mónica— digo con fuerza, aunque no le doy una última mirada a mi hermano, sigo observando fijamente a Peter Massino.
—Dispara— le digo con voz dulce y una sonrisa amplia. Todo lo contrario a mi furia interna.