Capítulo 8. Ardiente

1789 Palabras
Isabella —Ottavia, ¿estás lista? — ruedo los ojos con fastidio. Me acomodo mi vestido elegante de color rojo para esta reunión. —Sí, y de ahora en adelante, soy Isabella. Ya lo sabes. —Para mí, siempre serás Ottavia. —Pues tendrás que superarlo. Me gusta más, Isabella. —Deja de divagar y pelear por una tontería, vamos al despacho, Ottavia— se acerca para volver a cargarme. —No, no, no quiero que me cargues. Puedo caminar, anciano. —¿Por qué no? Estás lastimada. No entiende la importancia de que nadie más me vea vulnerable, mucho menos ese Peter Massino. Estoy segura de que me va a asesinar, o torturar y luego asesinar por todo este asunto. Ojalá me permita despedirme de mi sobrina testaruda. Vuelvo a acomodarme el vestido con un poco de nerviosismo. Observo el revelador vestido con un poco de satisfacción, es lo mejor que pude traerme, si voy a morir, que sea con estilo. —¿Te arreglaste para él? ¿Aún tienes un enamoramiento adolescente con Peter? Mi rostro se sonroja… por el enojo. —¿De qué hablas? Me arreglo porque esta es mi nueva versión. Y esta es una reunión importante, hermano. No lo entenderías. Mis nervios son evidentes para él. —No te hará nada. Actúas como si fueras a tu funeral. —Casi lo es. Tú no te enojaste porque soy tu hermana, pero ¿cómo crees que va a reaccionar ese loco cuando sepa que su hija estaba viva y bajo mi cuidado? Carlo se ríe. —Agradecerte. —Eso ni tú te lo crees— Su sonrisa desaparece un poco. —¿Ves? — le digo con burla. Respiro hondo y camino con la frente en alto hacia el despacho del mafioso. Al entrar, veo su espalda… una espalda muy ancha y musculosa, enfundada en una camisa negra con un chaleco que le marca esa figura gruesa… Sobre el chaleco está ese arnés especial para sus pistolas, recordándome que ese hombre es peligroso. Mi mirada se desvía hacia un movimiento particular. Peter Massino está tomando algo, puedo ver su brazo musculoso, subir algo hacia sus labios. Ese hombre ni siquiera voltea cuando termino de entrar. Sacudo mi cabeza para no pensar en otras cosas que no sean SOBREVIVIR. —Así que tú eres la famosa tía, Isabella— dice con esa voz sexy, ronca, con acento italiano… “Merda! ¿Por qué suena tan sexy?” Muerdo mi labio para que el dolor me regrese a la realidad. Pero vuelve a hablar ese Demonio mafioso y bueno, no suena tan mal morir, más si me susurra al oído con esa voz hasta que mis lindos ojos verdes terminen por cerrar. ¿Podría hacerle esa petición antes de morir? Sería como cumplirle su último deseo a un condenado, ¿no? Tengo derecho. La mordida a mi labio se endurece. —Gracias por venir tan rápido. “Cuando me veas, no creo que estés tan contento”, pienso. Entonces, sucede… El Demonio Massino, como le puse desde siempre, se gira lentamente… Es como en esas escenas de película, en cámara lenta… el sol dándole un fulgor s3xy… interesante a su enorme cuerpo, que contrasta con esa oscuridad innata en él. Si los demonios pudieran transformarse en humanos, sí, lucirían como él. Los Dioses son un nivel de guapura que roba el aliento. Pero los demonios… son la tentación, la sensualidad, la guapura al mil por ciento, extrema, que te consume… poco a poco y profundamente. Oh, sí… eso le queda mejor a Massino. Mucho más ahora, con veinte años más. ¿Cómo se mantiene tan bien conservado? ¿Es como los vinos…? Entre más viejos, más… ¿Más qué? Trago grueso. Sus ojos verdes se topan con los míos y esa frialdad que me hace estremecer… se transforma en confusión y sorpresa, hasta la ira. “Bien, Isabella. Es hora de morir… con una buena vista, sí, pero moriré de todas formas” divago internamente. Massino se acerca a pasos lentos, seguros y duros hacia mí. Puedo saborear la sangre, mi mordida se hace más fuerte a cada paso. Esto me mantiene cuerda y fuerte. No le mostraré miedo, estoy entrenada para esto, puedo superarlo. Massino se detiene a un par de pasos de mí. Su respiración es agitada por el enojo, puedo ver un movimiento extraño en su brazo y luego, el sonido del cristal rompiéndose en pedazos. —Ottavia, tú…— dice con los dientes apretados. —Peter, no. Escúchala— dice mi hermano, colocándose entre Massino y yo. —Déjame solo con ella. —No lo haré…—tartamudea mi hermano. No me gusta que esté en medio de todo. No lo puedo dejar con esta decisión tan difícil, no tiene por qué elegir entre su jefe, a quien le debe lealtad, o su hermana, que creía muerta. —No le haré nada, la voy a escuchar— promete el demonio mafioso, pero su voz sale enfurecida. —Ve, Carlo. Todo estará bien— sonrío un poco, pero Carlo ni siquiera me ve, está observando fijamente a Peter, quien mantiene su mirada. Mi hermano suspira y sale de la habitación, sin darme una mirada. Lo entiendo y no esperaba menos. Claro que lo hago. Después de todo lo que ha pasado, no apostaría por mí misma, también me dejaría a mi suerte y sin una pizca de amabilidad, ni una mirada y ni una palabra de consuelo. Es parte de nuestra vida. Nos dejamos ir de esta manera. Una sensación extraña de calor en mis labios me hace regresar a la realidad. Es ardiente… Mis ojos se topan con la mirada de Massino, antes de que sus ojos vayan hacia dónde están sus dedos. Se me corta la respiración cuando sus dedos rozan mis labios, como quitando algo. —Te lastimaste— su dedo se introduce en mis labios y separa a mi labio herido, aprisionado por mis dientes. “Merde! ¿Puedo morder su dedo?” Entonces, aleja su mano de mi rostro, dejando resquicios de calor en mi piel. Con una respiración profunda trato de calmar a mi corazón acalorado. Agradezco que se haya dado la vuelta, para caminar hacia su escritorio. —Por favor, siéntate— dice entre amable y enojado. Asiento y me acerco con una falsa seguridad a la silla frente a él. Pongo todo de mí para que no se note el miedo en mi corazón. Así que me siento con elegancia y cruzo mis piernas, dejando que Massino se dé un buen espectáculo con mis piernas bien torneadas, que ve por un segundo y después sube su mirada a mi rostro. Bien, en él no funcionan mis encantos. —¿Por qué no regresaron? ¿Por qué no la trajiste de vuelta?—Así es él, directo a la yugular. —No podíamos hacerlo— digo con calma, o pretendo que suene así. Recordar todo lo que vivimos me causa angustia, no quería contárselo a nadie, pero con él es diferente. Así que, no sé por dónde empezar. Y su pregunta no abarca todo lo que vivimos… y, simplemente, no era fácil regresar. No era fácil traer de regreso a Mónica, sin traer detrás de nosotras a esos malditos. Massino parece que se dio cuenta de que su pregunta no era la adecuada porque asiente con la cabeza. —¿Qué pasó esa noche? Muerdo mi labio de nuevo. —Estás herida. Bufo por su advertencia. Como si por dentro, él no quisiera hacerme más daño de lo que me he hecho. De todas formas, dejo mi labio herido, liberado. —No te haré daño, solamente quiero la verdad. —La verdad— digo en voz baja. Los recuerdos se acumulan y… ¡Oh, no! Mi miedo se transforma en ira. —¿Por qué mentiría sobre esa noche? — digo enojada. —Me refería a que quiero saberlo todo de esa noche. Sé que no me mentirías— dice Massino, levantando sus manos, como tratando de apaciguar mi enojo. Ruedo los ojos. —¿Cómo lo sabes? — digo desafiante, cambiando mi postura en esa silla incómoda. —Te conozco. —Tiene veinte años que no nos vemos— digo con burla. —Cuidaste a mi hija todo este tiempo. Pudiste abandonarla a su suerte y no lo hiciste. La mantuviste a salvo, así que confío en ti. —Querías matarme hace unos segundos— levanto mi ceja. Él hace lo mismo. —Quería, pero no iba a hacerlo— dice con tranquilidad, como si el hecho de querer matarme fuera algo tan simple, tan cotidiano, tan sin sentido… —No la mantuve a salvo, encontró el camino de regreso a casa— desvío el tema de mi muerte hacia mi sobrina, esa pequeña traviesa y loca, que regañaré mucho cuando la vea. —Tarde o temprano regresaría a mí, al igual que tú. ¡Oh, por Dios! ¿Qué ese demonio no sabe que no puede decir estas cosas? Se pueden malinterpretar, y mis calzones nada elegantes las malinterpretaron. Me remuevo un poco en mi lugar. Uf… Necesito un trago. —Sí, claro, ese era su destino. Lo sé— respondo, al mismo tiempo que me levanto y me sirvo un trago, robándome el licor de su escritorio. —Ahora, ya bebes— dice con burla. —Bueno, tengo 38 años, puedo beber lo que quiera— casi 40, sí. Estoy en la flor de mi juventud. Parece que mi actitud lo está sacando de sus casillas porque cierra los ojos y respira hondo. Decido calmarme y mejor contar todo. Al final, necesita saberlo, porque el infierno vendrá muy pronto, por todos nosotros. Vuelvo a sentarme, ahora más cómoda y con mi trago en mano. —Estábamos en el segundo piso. Giorgia quería enseñarte su nuevo vestido, ese que le hizo su mamá, para usarlo con la corona que le regalaste— comienzo con mi relato doloroso, muy doloroso. Massino abre los ojos y me observa con calma, sin esa aura peligrosa. —Eran muchos hombres, pude esconderla en el baño de su cuarto, antes de que entraran esos sujetos. Paso saliva con dificultad. —Tenían la orden de llevarla sana y salva, sin un cabello fuera de lugar, pero eso no era igual para quienes estábamos cuidándola, no lo fue tampoco para tu esposa. Su rostro se endurece. No quería tocar ese punto, porque es doloroso para él. Ella fue el amor de su vida, no me imagino el dolor que vivió después de encontrarla… de esa manera. Ella tuvo peor suerte que yo. Pero es necesario abrir nuestras heridas, porque la verdad que él busca… está teñida de dolor y sangre.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR