Isabella
Y sigo entre los brazos de Carlo. No sé cuánto tiempo ha pasado, pero ha sido mucho, lo sé porque los brazos me duelen tremendo. Y a pesar de eso, no lo quiero soltar.
Han pasado veinte años.
—¡No lo puedo creer! — dice con voz ronca.
—Jefe, es mejor ir adentro— dice el chico que vi en la puerta del departamento.
—Vamos— me suelto cuando veo a la rara de mi vecina caminar hacia nosotros. Esa mujer es peligrosa, muy chismosa y pronto, todo el edificio sabrá que me vio abrazada de un hombre extraño, rodeada de trajeados, tatuados y s3xys…
Con rapidez todo mundo se dispersa y Carlo me ayuda a caminar hacia la entrada trasera del edificio.
—¿Quieres que te cargue? — me dice preocupado.
—¡Claro! Por ti caí por esa ventana, es justo que te hagas cargo— digo con diversión, dejando que mi hermano mayor me cargue y suba los tres pisos que nos llevan a mi hogar.
—¡Sei pazzo! (Estás loca) Eso pasó porque sigues siendo impulsiva. ¡Tocamos la puerta! No tenías que huir.
—¡Oye! Un joven guapo, tatuado y vestido todo de n***o, tocó a mi puerta, me asusté. No fuiste tú en mi puerta— digo molesta, no puede ser mi culpa. Fue de él.
—Giuseppe es el chico que se ve menos peligroso y rudo de todo mi equipo— Llegamos al segundo piso y no ha sudado ni una gota. Está en forma mi anciano hermano.
—Bueno, aun así, sigue siendo tu ayudante mafioso, no eras tú.
—¿Hubieras abierto la puerta si fuera yo? — pregunta divertido.
Lo observo con una ceja levantada. Esta mini pelea me recuerda a los viejos tiempos. Como me gustaba hacerlo enojar hasta dejarlo callado por el coraje y la impotencia de que no podía hacerme nada, soy su pequeña hermanita.
—Claro que no— rechazo tajantemente, en broma y media verdad.
Al llegar a mi casa, el mismo chico, unos años más joven que yo… tal vez, unos 10 años menos, puede que sea de la edad de mi sobrina. Abre mi puerta sin necesidad de mi llave.
Veo a mi hermano con burla y molestia.
—Cambiaremos la chapa.
—Algo me dice que no es necesario y no regresaré a esta casa— digo cuando me coloca con delicadeza sobre el sillón.
—¡Bambino! Trae el botiquín que está en el baño— Le pido… o exijo al jovenzuelo, quien asiente y corre en dirección al baño, sin que le indique el camino.
—¡Vaya! Hasta conoce dónde está mi baño.
No recibo respuesta de mi hermano, quien sigue viéndome con alegría. Sus ojos color chocolate brillan y bueno, está a punto de llorar. Bajo mi mirada porque no quiero hacer lo mismo. No quiero que me vea vulnerable, si lo hace se va a preocupar y culpar a sí mismo por todos estos años. Y nada de lo que pasó fue su culpa.
—Estás viva— dice en voz baja, a pesar de eso escucho el leve quiebre de su voz.
Me muevo un poco para tomar su mano.
—Estoy bien, estuve bien, hermano— le digo con voz suave. Dejo de bromear porque mi hermano necesita que hable en serio. Esto es importante.
Respiro hondo.
Es nuestro reencuentro, pero hay algo más importante y eso es Mónica.
—Hermano, yo te contaré todo, pero no ahora. Mónica… Giorgia… ella…— No sé cómo decirle y explicarle el hecho de que estuve cuidando a Giorgia Massino todo este tiempo, sin que se moleste y quiera llevarme con su jefe.
—Tranquila, la mia sorellina (mi hermanita). Giorgia está con Peter, en Italia— mi corazón se detiene con esa información.
—¿Qué? ¿Cómo?
Mi hermano también respira hondo y puedo ver una sonrisa en sus labios...
—Es una larga historia. Esa niña está loca, como tú. Casi lo mata… dos veces.
Abro mis ojos y la respiración se me corta.
—Tranquila, le ha dejado un buen agujero a su escritorio y no mató a nadie, todavía. Pero ya sabe la verdad y te necesita.
—¡Figlia della cagna!* —No puedo evitar decir palabrotas.
(¡Hija de p*t4¡)
—¡Vaya! No has cambiado mucho.
—Para nada, hermanito. Vamos a verla— Intento levantarme del sillón.
—Tranquila, iremos después de que curemos tus heridas— comienza a sacar todo del botiquín.
—Yo lo haré— digo con confianza.
—¿Se te quito el miedo a la sangre? — dice con burla.
—Sí. Ahora, soy la jefa de enfermeras de un hospital de prestigio aquí en Nueva York, anciano mafioso. Ya sabes, me doy la gran vida, glamourosa y tengo una buena profesión en la Gran manzana— digo con burla.
Mi hermano se ríe de mis bromas, aunque se burla un poco por lo sencillo de mi departamento. Creo que me pasé con eso de la gran vida, porque se nota que apenas si sobrevivimos. Dejo eso de lado para retomar lo importante, mis heridas.
Entre los dos curamos rápidamente mis pequeños rasguños y el esguince de mi tobillo.
¡Vaya que es doloroso!
La adrenalina hacía que no lo sintiera… Eso y ver a mi hermano después de tanto tiempo.
Mientras me cambio por mi ropa de viaje, Giuseppe, mi pequeño sirviente designado y apropiado por mí, está terminando de empacar mis cosas.
—Podemos quedarnos un día, no es necesario salir corriendo de aquí— dice mi hermano al otro lado de la puerta del baño.
—Tenemos que irnos, Bellomo está desaparecido y su padre… ese malnacido tomará las riendas aquí. No lo sabes, hermano, ese hombre es… horrible— digo con preocupación.
—Peter lo tiene. Tiene a Bellomo, el hijo.
Me detengo por un segundo. Al siguiente, me cambio lo más rápido posible. Abriendo la puerta de golpe.
—Entonces, tenemos que ir rápido, mi sobrina está en peligro.
La sonrisa en el rostro de Carlo desaparece.
—¿De qué hablas?
—No sé cómo explicarlo, hermano, pero ese hombre… el anciano, presiento que siempre supo que estábamos vivas.
Su rostro se endurece.
—¿Y se quedaron aquí? ¿En su territorio?
Suspiro.
—Lo sé. Su hijo es un idiot4, siempre buscando poder en otras ciudades y descuidando esta. Serena tenía razón cuando dijo que nos buscarían por todos lados, menos en su propio territorio, porque… ¿Quién en su sano juicio estaría aquí? Hasta ahora ha funcionado.
—Esa es la tontería más grande del mundo— dice enojado. —¡Pudiste ir con nosotros…!
—¡NO podía! ¡No sabes nada de esa noche, Carlo! Intenté proteger a Mónica como pude, así que no juzgues mis decisiones, que la he mantenido viva y a salvo durante 20 años— digo enojada y frustrada.
Carlo cierra los ojos para aguantar el enojo.
—Lo sé, pero…
—Pero nada, te contaré todo en el avión. Vámonos— camino decidida hasta la puerta. Cuando mi hermano me levanta al vuelo para llevarme en brazos.
—Estás lastimada.
—Y enojada.
—Eres peor de lo que recuerdo— dice en broma.
—Lo soy, no tienes ni p*ta idea— digo juguetona, dándole un beso en la mejilla.
—Te teñiste el cabello.
—¡Claro! El rojo va conmigo, con mi vibra poderosa.
—Con la sangre— dice en broma.
—¡No tienes ni idea! — le respondo de manera misteriosa.
Y es que sí, mi hermano no tiene ni idea de lo que he vivido, de cómo ese maldito atentado cambió mi vida.
Solamente, tenía 18 años cuando todo pasó. No era como mi pequeña Mónica que olvidó todo. No. No tuve ese bendecido regalo de olvidar.
Yo recordaba cada maldito segundo de esa noche. También, la llevaba marcada en mi piel y en cada fragmento de mi alma. Nunca volvería a ser la misma.
Cuando no sabía qué hacer, Serena me salvó, me entrenó… Y yo jamás cuestionaría sus decisiones, nos protegió. Confiaba en ella al cien por ciento.
Inhalo profundo para bajar el enojo y pego mi rostro al pecho de mi hermano. Extrañaba esta sensación de ser protegida, sobre todo de él, de mi hermano mayor.
Parece que siente lo mismo que yo, porque me pega más a él.
Tengo esta sensación de querer llorar, aunque todavía no puedo derramar ni una sola lágrima.
Cierro mis ojos y me dejo guiar por mi hermano y sus hombres, hasta que llegamos seguros al avión.
Mi ansiedad aumenta, necesito llegar para hablar con Peter Massino, la guerra no ha terminado.