Capítulo 6. Stupida polizia

1345 Palabras
Isabella —Merda! Stupida polizia! — Les grito después de que me sueltan esos gorilas bien proporcionados que, en otras circunstancias, podría darles una repasada visual y una sonrisa seductora. Ahora, solo quiero golpearlos. Es la tercera vez que me sacan del edificio del FBI en lo que va del mes. Ajusto mi uniforme y después de unos pasos me recargo sobre una jardinera para poder tranquilizarme, y pensar qué rayos hacer. —Merda! Esta niña no pudo dedicarse a otra cosa— digo con frustración. Mi querida sobrina está siendo investigada por el comité de ética del FBI y la buscan bajo cada piedra en el país; no es tan grave como me imaginé que sería. Ya la veía encarcelada o deportada a Italia. El problema es que la malagradecida está desaparecida. Su compañero solamente me dijo que está bien. Así que, no está en peligro… Eso espero y quiero creer. Paso mis manos por mi rostro y por mi cabello. Bueno, esa niña ya había hecho un desastre aquí en Nueva York al intentar infiltrarse en la mafia hace un año. Ella piensa que no lo sé, pero estoy muy al tanto de sus desquiciados deseos de venganza contra las mafias. En definitiva, Serena se equivocó al decirle que sus padres estaban muertos por culpa de la mafia, y el peor error… darle el nombre de Peter Massino. Serena, nuestra casi madre, pensó que así la protegería, dándole un pasado doloroso que tenía que superar, pero yo sabía que no, eso no iba a funcionar. Era mejor dejarla con esas lagunas, esa pérdida de memoria. Y es que, Mónica es… ella es testaruda, así que no lo dejaría pasar. Nunca lo hizo, así que la muy ingrata prefirió el FBI que otra profesión. Era muy claro el por qué. Pero bueno, ese era su destino, yo no podría quitarle eso. Ni aunque pudiera lo hubiera hecho. Desde pequeña supe que hay algunas cosas para las que una nace: nuestra misión en la vida. Y más ese destino loco que le tocó a mi pequeña Mónica. Así que solamente puedo quererla mucho. Y mi misión es protegerla con mi vida y trabajar como una loca para lograr mantenerla y pagar por sus platos rotos. Que la niña me ha salido más cara… y sin un dólar de retribución, la muy ingrata. Me encantan sus diplomas colgados en la sala de nuestro departamento o las copias enmarcadas en mi oficina, en el hospital Gouverneur Health. Me enorgullece que ganó los primeros lugares en todo, claro que sí, me siento como una pavo real al recordar los aplausos que le dedicaron cuando salió de la universidad y después de su discurso… Pero, la muy mugrosa me da más dolores de cabeza que buenos momentos. Como ahora, que me tiene aquí buscándola como loca por todo el estado, en los hospitales, en el FBI… bueno, en este último ya no, ahora que oficialmente me han expulsado de sus oficinas, dejándome sin un gramo de dignidad. —¡Malnacidos, estúpidos, agentes, stupida polizia!— refunfuño, mientras retomo mi camino de regreso al departamento. Tengo que pensar a dónde más se me fue esta hija de sus padres italianos, específicamente, porque no es normal. Se supone que se fue de prácticas por un tiempo, era a varios lugares y hoy me descubro que se fue a Chicago, y me dicen que… ¡Está bien! Ese lugar es un tremendo caos. —¡Ja! ¡Chicago! — me sale en un chillido. ¿Por qué no se fue a Italia? Digo, para armar un caos con su obsesión por la mafia se hubiera ido a incendiar Roma, Venecia, ¡Sicilia! Pero no, se fue al ombligo de la mafia italiana en Estados Unidos, donde habita el Demonio de Massino. Cuando la vea de nuevo, le daré unas cuantas nalgadas por desobediente. Le diré que se deje de tonterías y que se ponga a trabajar, ya sea en el supermercado, paseando perros, lo que sea con tal de que no se me ponga en peligro de nuevo, hasta que le llegue la hora de enfrentar su destino, claro. Me doy unos golpecitos sobre el pecho con preocupación. Llego al departamento todavía muy furiosa, aviento mi bolsa en el sofá, cuando comienza a vibrar ESE teléfono. Cierro los ojos con preocupación. Ese teléfono solamente suena en momentos de peligro, y este no es un buen momento para que lo haga. —No, no, no, no puede ser— digo en voz baja. Con cuidado saco el celular de una de mis botas y veo el mensaje de Amadeo. Lo abro con rapidez, porque sé que después de abrirlo tengo pocos minutos para reaccionar y, seguramente, salir de esta casa. “Bellomo está desaparecido, el caos caerá sobre Nueva York”. —¡No puede ser! ¡No ahora! — gimo. Hace años que no me sentía de esta manera, con la impotencia, el terror, el dolor y la preocupación, todo junto. Y no está Serena aquí para salvar nuestro cul*. Mis piernas y manos tiemblan, mientras corro por todo el lugar, guardando en una maleta cada cosa importante. Voy al cuarto de lavado para sacar el dinero que tenemos ahorrado y aquel que dejó Serena para nosotras después de que murió. También, tomo el arma... Cierro mis ojos y trato de calmarme. Los abro con esa determinación de salir segura de aquí y lista para dejarle un mensaje a mi sobrina, esperando que me encuentre en nuestro refugio. De todas formas la buscaré, lo más que pueda. Iré a Chicago, sí… Ahí la encontraré, comenzaremos de nuevo o, tal vez, sea mejor comenzar en otro estado, en otro país… Sí, puede ser México o más lejos, Argentina, sí, hasta la punta de Argentina, lo más cerca del polo. No me importa el frío… Mi mente comienza a divagar para que el miedo no me congele. Termino de llenar la maleta, le envío un mensaje encriptado a mi sobrina y a unos vecinos, en caso de que ella regrese, para que puedan interceptarla y que no ponga ni un pie en la casa, y así, vaya directo a nuestro refugio. Vuelvo a tomar fuerza, respirar hondo y, cuando estoy por llegar a la puerta… un par de toques fuertes y decididos me hacen detener en seco. Algo me dice que están aquí por nosotras. Tengo un mal presentimiento. Me acerco a la mirilla de la puerta y puedo ver a un hombre joven, con tatuajes en el cuello y un traje n***o. ¡NO! Muerdo mi labio con preocupación. No es la marca de Bellomo, ni siquiera el estilo de vestimenta, pero sé que están ligados a la mafia… He visto a muchos así Camino sin hacer el mínimo ruido… hacia la ventana que da a las escaleras de emergencia. Me asomo un poco. ¡También, están ahí! Puedo ver a unos hombres extraños viendo hacia este piso y a otros esperando en las escaleras. Camino hacia la ventana de la habitación de Mónica, esa que da hacia un jardín privado de nuestra vecina rara del primer piso. —Espero no romperme una pierna… No ahora. No se ve nadie cerca, afortunadamente. Con cuidado abro la ventana, mientras los toques en la puerta siguen. ¡Demonios! Tengo que apurarme. —1, 2... — susurro. Con todo el dolor de mi pobre cuerpo, caigo sobre los arbustos extraños de mi vecina loca por la jardinería. Espero que el ruido no la alerte. Gimiendo, me levanto y camino con dolor hacia la puerta trasera. Estoy a unos pasos de ser libre… Sonrío como tonta, al pensar que casi lo he logrado. Saco el arma para estar preparada. Del otro lado no se escucha nada, eso es bueno. Abro con delicadeza y me pongo en posición de defensa, con el arma lista para defenderme de los mafiosos… Abro más la puerta y salgo lentamente… Entonces, lo veo… —¡Ottavia! — dice totalmente sorprendido. Yo sigo apuntándole con el arma. Es él… veinte años después.
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