Mónica
Ha pasado un mes desde que me he enterado de la peor noticia de mi vida.
Me hago un ovillo en la cama, cubriéndome con un par de mantas. No quiero levantarme, no puedo, me resisto a hacerlo.
No quiero salir de esta habitación y recordar que soy una cobarde, una cobarde que en uno de los peores momentos de su vida colapsa…
Una señora mayor, que no le he preguntado su nombre, y que ya ni siquiera logro escuchar todo lo que me cuenta del lugar o lo que pasa fuera de estas cuatro paredes, entra a mi habitación y abre las cortinas.
—No, por favor…— le pido con voz ronca.
—¡Vamos, mi niña! No puedes seguir así. Vamos a la cocina para que comas, te he preparado algo…
—No quiero. Quiero estar sola. Por favor…— susurro.
La mujer asiente y sale derrotada de la habitación.
Me cubro y vuelvo a abrazarme a mí misma. Cierro los ojos con fuerza, pero aun así, las lágrimas salen. No he parado de llorar en todo este tiempo.
Me siento tan tonta, tan pérdida.
Una mala broma.
Y es que… No debí venir.
Al menos, eso piensa una parte de mí. Otra parte de mí dice que esto no fue un error y que debo aceptar que tengo un padre… mafioso, pero un padre. Pero me resisto a pensar en eso. Debí quedarme con el s3xy de Hans, en su mansión de película de princesas.
Claro, hubiera pedido el asilo político en Suiza, les hubiera intercambiado todo lo sé de la mafia por mi libertad. Buscaría un trabajo normal, con el tiempo me hubiera acostumbrado al frío de la zona… le hubiera pedido asilo a Hans en su mansión… o en su departamento, no me importaría compartir habitación con él. No se negaría, lo sé. Eso creo.
¡Rayos! Si le hubiera hecho caso a la loca de mi tía, si me hubiera fugado con un hombre guapo y sería feliz. Hubiera aplicado todos sus consejos de seducción y conquistado el corazón de Hans. Había una chispa allí… Lo sé.
Suspiro al pensar en ese hombre…
Yo… quería regresar con él… Después de saber mi pasado y sobre mis padres. Pero, ahora…
Limpio mis lágrimas con enojo.
—Ni siquiera podría verlo a la cara. Y ¿cómo me presentaría…? Hola, Hans, ¿me recuerdas? Soy Mónica, no, mentira… Soy Giorgia Massino, la hija del mafioso que quería matar. ¿Recuerdas? Vaya chiste— entre lágrimas, me río de mis bromas tontas.
—Sí, hasta mi nombre es falso.
—Sí, mira. Soy la hija de un mafioso. No eras tú o tus amigos los que estaban liados con la mafia… No, soy yo y corre por mis venas…
Bufo molesta.
Es una tontería buscarlo.
No podría alterar el mundo de Hans. Ya lo hice antes, incluso por mi culpa, puede tener antecedentes criminales, no podrá regresar a Estados Unidos… Yo… ¡Dios! Ya le hice daño, no podría regresar con esta noticia.
Aunque no me creería, ni yo lo hago.
Sí, todo debe de ser una mentira…
Pero mi mirada se desvía a la hoja arrugada sobre la almohada. El maldito análisis de ADN que confirma que somos parientes. Quisiera romperlo…
Me sumo de nuevo en esa enorme tristeza que embarga mi corazón. Tomo la foto de Maddalena Fiore o, más bien, Maddalena Massino y hablo con ella, como lo he hecho todo este tiempo.
—Si realmente fuiste mi mamá, ¿por qué no me buscaste? ¿Por qué me dejaron en ese infierno de orfanato?
Lloro más fuerte.
—¿Por qué no los pude recordar? Hubiera regresado a ustedes… Si hubiera podido. Pero ustedes sí sabían de mí… ¿Por qué no fueron por mí? ¿Por qué no se esforzaron para encontrarme?
No puedo evitar el dolor del rechazo, del abandono… del olvido.
Me abrazo más fuerte… Pensé que era una mujer fuerte, que podría contra cualquier cosa… No preví que lo que derrumbara fuera mi pasado.
***
Massino
Carlo sigue contándome sobre unas transacciones que hemos realizado, o eso creo. Solamente, puedo ver que mueve la boca… Dirijo mi mirada hacia el orificio que dejó la bala… que disparó mi hija.
Paso mis dedos temblorosos sobre él. Recordando cómo Mónica disparó, abrí los ojos cuando no sentí ningún dolor, y pude verla…
Pude ver a la mia piccola principessa, llorando, con la mirada pérdida y con esa expresión de derrota… Después, colapsó y se desmayó.
Pude sostenerla antes de que tocara el piso. Enseguida la llevé a su habitación y llamamos a la doctora para revisarla. Me dolía el alma al verla de esta manera.
Sabía que le cambiaría la vida de manera terrible, pero no me imaginé el dolor que sufriría. No puedo arrepentirme porque esa parte oscura, arrogante y egoísta de mí, quería que ella supiera la verdad, que me aceptara, que se quedara conmigo.
Pero al verla así…
Mariella entra al despacho con el rostro lleno de preocupación y enojo, sacándome de mis pensamientos.
—¿Qué pasa?
—Peter… La niña está mal, está tan triste…— comienza a llorar con desesperación y dolor.
—Zia Mariella (Tía Mariella, tranquila, cuéntanos, ¿qué pasa con Mónica? — Carlo interviene para calmar a su tía.
—Carlo, ragazzo mio (mi niño). La niña necesita motivación, necesita de ustedes. La han dejado en su habitación encerrada por un mes.
—Le estamos dando tiempo…— respondo con seriedad y la misma preocupación.
—¡Nada de tiempo! ¡No necesita tiempo! Necesita a su padre ahí con ella, contándole toda la verdad, que le digan que no la abandonaron, ¡que su vida antes de este encuentro era real! — nos reprime como si fuéramos niños. Ahora está más enfadada.
—Zia…— Trato de calmarla, quiero explicarme, pero no me deja.
—¡Nada! ¡Hagan algo por ella, porque está destruida! Y tengo miedo de que pierda la fe, que no quiera vivir…— Sus últimas palabras las dice en un susurro doloroso.
Mi respiración se corta ante esa idea.
Antes de que diga algo más, salgo corriendo del despacho rumbo a la habitación de Mónica.
Abro la puerta y veo que todo está obscuro. A pesar de que es de día, no se filtra ni un pequeño rayo de luz.
Enciendo el interruptor y mi mirada la busca con rapidez, encontrándola en su cama, llorando. Lo sé porque puedo escucharla y puedo ver su cuerpo temblar.
—Vete.
Suspiro con tristeza.
—Mónica, necesitamos hablar.
—No quiero hablar, mucho menos contigo.
—Lo sé, pero hay cosas que no sabes…
—No lo necesito, sé lo suficiente como para destrozar mi vida, no necesito más— dice con dolor.
—Lo sé, pero sin esa información… no te sentirás completa, te conozco— esa última frase la hace salir de su refugio.
Una Mónica totalmente despeinada, con ojos hundidos, rojos y llorosos, me regresa una mirada de odio. Una mirada que me duele, después de esa noche horrible, de perder a mi esposa e hijo en este tiempo, no me imaginé que volvería a sentir esa impotencia y dolor.
—Mónica, entiendo que me odies, que no confíes en mí. Pero te di la opción de venir por información o quedarte en Suiza, te lo pregunté incluso antes de subir al avión, cuando bajamos… Tú querías saber tu pasado y no puedes cerrarte a él, por más que te sientas mal, por más que duela o te decepcione.
Sus ojos se llenan de lágrimas y no puedo, no puedo con esto. No sé cómo ser un padre amoroso, no sé consolarla, no puedo ni dar un paso hacia ella para abrazarla porque se hace para atrás, me rechaza.
Yo mismo me rechazaría, yo ni siquiera quería o pedí esta vida. No la culpo por su rechazo.
La entiendo, le he fallado, terriblemente.
***
—¿No quiso hablar contigo?
—No, comenzó a gritar y aventar cosas. No sé qué hacer— Me siento sobre el sofá de mi oficina totalmente derrotado.
Una sonrisa irónica se forma en mis labios.
Soy el jefe de la mafia más poderosa del mundo y no sé cómo quitarle esa profunda tristeza a mi propia hija.
—Podemos traer a su tía— dice Dorina, la hacker que recién salvé de su s3cuestro, y que es amiga de Iris Harris. Ahora, en agradecimiento, se une a las filas de mi familia. En pocos días ha dado signos de confianza, así que aquí está, recopilando información para nosotros, a pesar de seguir herida por lo que le hicieron.
La observo con seriedad.
Por estar tan ensimismado en mi dolor, que no me di cuenta de que alguien más estaba en la habitación. A pesar de mi mirada, ella ni siquiera se inmuta; es fuerte esta jovencita.
—Tal vez, tener a alguien de confianza, con quien se sienta segura, le ayude a procesar todo. No es fácil ser el hijo de un mafioso— Levanta los hombros como si lo que dijera no me hiciera enfurecer un poco.
Aunque, tiene razón esta hacker.
—O puede traer a Hans Pousaz. Me enteré de que él estaba muy interesado en ella…
—Trae a esa mujer, Carlo— la interrumpo. Antes de que siga por ese camino. Mientras estaba en Suiza, no me perdí de las miraditas que se daban esos dos. Cómo Hans la tranquilizó antes de que pudiera matarme. Que ni se atreva a ponerle un dedo encima a mi principessa.
Nadie es digno de mi niña.
—Iré por ella— Carlo responde con rapidez, asiento hacia él.
—Tráela lo más pronto posible. ¿Cómo se llama?
—Isabella Bianco. ¿Quiere ver su foto?
—No— no me interesa cómo se vea, mientras ayude a mi hija.
—Tráela, aunque no quiera, pero no la lastimes. Giorgia la ama y jamás me perdonaría si le hacemos daño. Que no se le caiga ni un pelo…— Carlo asiente hacia mí, tampoco ve la foto, solamente se lleva la dirección de la mujer y sale rumbo a Nueva York.
Espero que esta sea una buena decisión.
Y que esa mujer no genere más problemas de los que ya hay.