Hans
Han pasado dos meses desde que todo se me ha venido el mundo encima. Justo esos dos meses en los que no sé nada de Mónica.
Mis manos van a mi cabello por décima vez en menos de cinco minutos. La desesperación y la frustración aumentan a cada segundo.
Todo el peso del miedo y de mis errores parece aumentar cada vez más, dejándome casi sin fuerzas para seguir adelante.
Con pesar, me levanto de mi silla en mi nueva oficina en casa… en la que fue mi casa familiar, para caminar hacia el pequeño balcón, aquel que da hacia el bosque.
Un largo suspiro se escapa de lo más profundo de mi ser.
Aún puedo imaginarla corriendo como… una loca. Una hermosa loca con vestido dorado dentelleando en esa noche oscura y peligrosa. Esa noche que cambió nuestras vidas.
A pesar del dolor y toda la amargura que siento, Mónica logra robarme una sonrisa al recordarla. Esa mujer ha calado muy hondo en mí y la extraño.
Extraño cada maldito segundo con ella, cada pelea, cada momento en el que lograba sacarme de mis casillas… Es que ella tiene ese potencial para romper cada parte de serenidad y calma que hay en mí.
Esa testaruda, obsesiva y loca, que me alteraba hasta la última partícula de mi ser.
Mi sonrisa se ensancha.
Nunca nadie se había atrevido a hacerme lo que ella hizo…
Paso mi mano por la barbilla como ese gesto nervioso y divertido al recordar todo lo que me hizo pasar.
Se atrevió a cuestionar mi código ético, a detenerme… detenerme en contra de mi voluntad, ¡y contra la ley! Convirtió mi vida en un caos en tiempo récord.
También, Mónica me ha hecho cuestionarlo todo.
Otro largo suspiro se escapa de mí.
También extraño a esa mujer vulnerable, a aquella que me contó sobre las heridas más profundas que tenía en su alma y su cuerpo, y aquella por la que me convertí en un aliado de actos totalmente irrazonables, como ella.
El acto más difícil e impensable, que me obligó a hacer esa agente, fue regresar a casa. Sí, gracias a Mónica Bianco regresé a la casa de mis padres, y con ello, esa mujer me regresó la fuerza para querer recuperar lo que es mío y de mi hermana, y sobre todo a querer ser honesto con Iris sobre su pasado. Me ayudó a entender mis propios sentimientos.
Eso y más logró esa mujer despiadada que me abandonó y que lleva dos meses sin contactarme. No fue como dijo Iris.
Mi risa nostálgica rompe el silencio de la habitación.
En definitiva, no puedo creer que en tan pocas semanas mi corazón la haya elegido y fui tan tonto como para no darme cuenta de la magnitud de mis sentimientos por ella hasta que la perdí. Hasta que la vi cada vez más lejos.
Mi sonrisa desaparece ante ese recuerdo amargo, ante el peor error que he cometido.
¿Por qué no la detuve?
¿Por qué no la busqué en el país antes de que desapareciera?
¿Por qué no le dije lo que sentía en esa llamada?
—Señor Pousaz, lo busca la policía, de nuevo—. Lio rompe el curso de mis pensamientos.
—¿Otra vez? — pregunto con cansancio.
—Sí, señor. Parece que esta vez tienen una orden contra usted. Al menos, eso es lo que dicen— mi querido Lio está bastante preocupado.
Lo quiero como familia, porque siempre cuidó de nosotros, más de lo que debía y por sobre todas las cosas. Siempre se mantuvo como mayordomo de la mansión Pousaz como una manera de protegernos y proteger lo poco que quedaba de esta familia.
Lio guardó cada recuerdo que pudo de mis padres, y siempre estaré agradecido por eso.
—No tienen nada, Lio. No te preocupes. Es solo otra de sus cacerías de brujas sin sentido— intento tranquilizarlo.
Tomo mi saco y salgo de la habitación, muy renuente a ver a esos tipos que me han perseguido durante estos dos meses, como si yo supiera cada detalle de las porquerías que hizo Oskar, como si yo fuera su cómplice.
—Señores, en otro momento les daría la bienvenida a mi hogar, pero ahora su presencia no es grata. Pensé que se abstendrían de acosarme después de la reprimenda de sus superiores— digo con burla.
Ambos hombres me ven con odio, ni siquiera pueden ocultarlo.
—Necesitamos que nos acompañe para hacer una declaración. Su tío Oskar apareció y está muy malherido en el hospital. La evidencia apunta hacia usted— dice uno de ellos con mucha satisfacción.
Me entregan un documento donde, en efecto, se necesita mi presencia en la estación de policía especializada.
La amargura crece a cada segundo, otra vez. Parece que mi destino es estar ahogado en problemas, sin posibilidades de huir de mis errores.
Ambos policías me llevan a una patrulla y me dejan ahí, mientras ellos se suben a otro auto.
—Señor Pousaz— me saluda el oficial que comienza a conducir.
Correspondo el saludo con un breve murmullo mientras envío un mensaje a uno de mis abogados para que me encuentre en la estación.
Después de eso me acomodo en el asiento, no sirve de nada que me resista o haga un escándalo. Sabía que la policía, por más pruebas contra Oskar, buscaría algo que me incriminara. No sería tan fácil deshacerme de esas acusaciones ni restaurar mi reputación.
Y mi mente regresa a Mónica y cómo me desafiaba por mi vínculo con Iris y Massino. Al final del día, no tenía nada que ver con Massino, pero sí resulté ser familiar de un hombre igual de cruel y prepotente como Oskar. Ella tenía mucha razón, algo que intenté negar.
Esa reputación que tanto protegía ahora está totalmente por los suelos, al igual que mi apellido y todo mi legado, todo manchado…
—Señor, tengo que decirle que el señor Oskar hizo muchos amigos poderosos, por eso están haciendo esto contra usted— Las palabras del oficial me hacen fruncir el ceño.
—Lo sé.
—Aún tiene que enfrentarse a muchas cosas, señor Pousaz. Mi superior, el jefe de la estación, lo estará apoyando, pero aun así necesita conseguir a muchas personas que avalen que usted no es un corrupto ni mafioso.
Justo las mismas palabras que mi abogado repite todo el tiempo: “Busca a los aliados de tus padres, busca a los padres de los alumnos, busca… busca.”
Siempre lo mismo.
Como si no pudiera lidiar con mi estupidez y el resultado de mis miedos, como si no pudiera resolverlo por mí mismo. Aunque, ahora mismo, parezco un fracaso total.
Bufo con molestia.
No tengo idea de a quién o cómo comenzar a pedir ayuda. Nunca lo he hecho, siempre he sido yo, resolviendo todo, limpiando desastres, protegiendo a los demás… Ahora, no sé cómo pedirle a alguien que me ayude a salir del lodo.
Simplemente, me hundo cada vez más.
El policía me entrega una carpeta con fotografías de las heridas de Oskar y una declaración donde el tipo dice que yo lo envíe a desaparecer por una lucha absurda por el poder de la mafia suiza, que se financia por el Instituto.
Cierro mis ojos con fuerza.
Esto incrimina mucho más el legado de mis padres. Parece que la maldad de Oskar es más profunda de lo que había pensado.
Termino de leer y no hay nada sobre Massino, solo sobre Bellomo. Eso es bueno, parece que Massino sale muy limpio de esto, por lo menos no le adjudicarán otro delito ni otra orden de detención, más de las que ya tiene y que ponen en riesgo a Mónica.
Más le vale a ese mafioso no romperle el corazón ni herirla. Pero si lo hace, no me importaría golpearlo, así termine muerto o en peor estado que Oskar.
Cierro la carpeta con molestia y se la regreso al hombre que parece confiar en mí y ayudarme.
—¿Usted sabe por qué apareció hasta ahora?
Esa es una buena pregunta. Sabía que Massino regresaría a Oskar después de darle un escarmiento, pero no lo esperaba tan pronto.
—No tengo idea— respondo con frialdad.
Algo muy dentro de mí, me dice que parece que Massino me quiere mantener ocupado aquí… Pero ¿sería capaz? ¿Por qué lo haría?