Swan Lake – Tchaikovsky

1906 Palabras
Celeste Martes 26 de febrero de 2019 Suspiré al verlos pasear de un lado a otro. Al fijarme en Alessandro este se encontraba planeando todo para nuestro regreso, estaba exasperado ya que se arruinó su programa de turismo de hoy. Volví mi vista a Christopher y me emocioné al escucharlo hablar sobre una presentación en Canadá. Se supone que debería estar triste porque no podremos seguir conociendo Paris pero me importaba más el empleo de ambos y que Chris pudiese mostrarle al mundo su talento. - Un día – se desplomó Alessandro en el mueble del living – eso nos duró nuestra escapada de la realidad – pataleo como un niño chiquito y solté una carcajada al verlo actuar tan infantil y tierno. - De verdad que lo siento – Christopher acomodó al pequeño Alessandro para sentarse a su lado – iré al apartamento por mi maleta y apenas vuelva en una semana podremos hacer algo – abrí mis ojos de par en par. - ¿Una semana? – asintió. - Ya era raro que estuviera tantos días seguidos en casa, por lo general solo voy una vez cada mes – volví abrir mis ojos sintiendo un pequeño vacío en mi pecho. - Raro dice él – negó divertido Alessandro – en realidad tenía otras intenciones ocul … ¡Auch! – su sobó su nuca ante la palmada sonora que le propinó su amigo. - Si serás – miré el piso concentrándome en la decoración de este. No lo vería por una semana. Sin sus ojos siguiéndome, sus dedos tocando las teclas de su piano ni su perfecta sonrisa que me deja embobada. “¡Dios! ¿Pero qué estás pensando Celeste?”. - El jet estará listo en media hora – se puso de pie Alessandro con su efusiva energía – vamos a empacar y nos vemos en quince minutos acá mismo – asentimos y lo seguimos. Ellos seguían hablando mientras yo me sobaba mi pecho, un leve estrujón se hacía cada vez mayor, sentía incluso que me faltaba el aire y mi cuerpo suspiraba para llenar mis pulmones. Cada uno se fue a nuestras respectivas habitaciones y procedí a dejar todo arreglado. Una semana. Una maldita semana sola en esa gigante casa. Bueno, podría concentrarme en lo que verdaderamente me contrataron, tenía que salir de esa burbuja de fantasía que esos dos hombres me estaban empujando y volver a mi cotidiana vida. “Los voy a extrañar”. Suspiré y sonreí al aceptar lo que estaba sintiendo. Recogí mis cosas y salí al encuentro a los minutos asignados, la puntualidad era algo que valoraba demasiado, ni un minuto más ni uno menos, la exactitud era algo que siempre me hacía recalcar, quería que todo fuese perfecto y en el momento justo. - Bien, en marcha – Alessandro me pasó las típicas gafas oscuras que ellos cargaban y salimos del lujoso hotel. Durante todo el camino ellos hablaron, planearon y acordaron con los managers y demás representantes del famoso pianista de Italia. De mi parte preferí quedarme callada, aceptar lo que sentía era una cosa, decirlo en voz alta una totalmente diferente. Una hora y media después ya nos encontrábamos bajando del jet. - Iré a mi casa a preparar todo – chocaron las palmas ambos – Celeste no podré despedirme ahora así que lo hago ya – tomó mis rostro entre sus manos y besó mi coronilla, un acto que calentó mi vacío pecho y una sonrisa salió a la luz – te llamaré todos los días a preguntar cómo estás, si necesitas algo tu solo me escribes o me llamas ¿ok? – asentí – te qui … umm … te … - dudó y terminó por sonreír – te cuidas mucho pequeña hermanita – apretó mis cachetes y subió a su auto. - ¿Qué iba a decir? – pregunté subiendo al auto de Christopher. Si, ya no me daba miedo preguntar algo. - Todo a su tiempo – se acercó para abrochar mi cinturón y continuó con el suyo – aunque debo hablar con él porque si o sí debo ser el primero en decirlo – ladee mi cabeza. - No entiendo – clavó sus zafiros en mí. - ¿Siempre has tenido dificultad para entablar conversaciones? – asentí. - Muchos decían que era inteligente pero no lograba nunca acercarme a las personas … – paré de hablar. Christopher tenía una costumbre, no sé si con todos o solo conmigo, pero le gustaba acariciar mi mejilla y apartar el cabello que tapaba mi rostro. - Continua – balbucee un poco. Sentí mi boca secarse y mi corazón martillear emocionado, y volví a experimentar ese apretón en mi pecho pero ahora era agradable. - Emm … decía que … em … al no apegarme a nadie no tuve sentimientos fuertes e influyentes en mi actuar y pensar frente a alguien más y … y ya – sonreí un poco apenada por torpeza. Torpeza gracias a las caricias de este hombre con dedos largos y manos fuertes. - ¿Nunca te adoptaron? – negué - ¿Por qué siempre … - lo miré esperando que acabara la pregunta pero no lo hizo – olvídalo – negó – ven, salgamos, hemos llegado – quitó su cinturón y se apresuró a quitar el mío antes de que yo lo hiciera. - ¿Necesita que le prepare algo señor? – me miró alzando sus cejas. - ¿Qué? – soltó una carcajada - ¿A quién le llamas señor? – abrí mi boca y volví a cerrarla porque era obvio a quien llamaba así, es mi jefe después de todo - ¡Dios! Cumpliré 25 pero no soy un viejo, siempre no importa que me llamaras por mi nombre – asentí mirando hacia abajo – ve, guarda tu ropa que igual no tengo mucho tiempo – asentí y ambos partimos a nuestra habitaciones. Cerré la puerta y suspiré pesadamente. Me sorprendí al ver la maleta que habíamos dejado en el castillo sobre mi cama, supongo que la reina se encargó de todo, hablando de eso, esperaba que ya se hubiese calmado el huracán por las palabras de la reina ante la prensa. “Debería comprarme un computador, así estaría más al día de las noticas referentes a Christopher”. La misma opresión en el pecho, ni siquiera apretándome se mermaba, tendría que consultarlo, tal vez es el inicio de una enfermedad. - ¡Celeste! – abrí y camine rápidamente hasta la voz. Mermé mis pasos al ver su maleta, se había cambiado de ropa, ahora un elegante traje azul Oxford y su cabello bien peinado hacia atrás lo hacía ver lejano al Christopher despreocupado con jeans y camiseta de esta mañana. > Sabes que mi casa es tu casa – me habló arreglando su reloj clásico y al acercarme más cerré los ojos por unos segundos para disfrutar de su aroma varonil – puedes usar la piscina si deseas, la biblioteca y el piano, todo está a tu disposición, cualquier cosa que necesites o si pasa algo no dudes en hablarme – no quise alzar la mirada al crecer mi opresión en mi pecho – Celeste – caminó hacia mi cortando la distancia entre ambos – mírame – mordí mi labio inferior y escondí mis manos en mi espalda – Celeste – tomó mi barbilla obligándome a mirarlo – dime que me extrañarás – pasó su dedo por mi labio inferior haciendo que lo soltara – dime lo que piensas, lo que sientes – en este punto ya mi corazón, mi cerebro y mi respiración era cualquier cosa menos controlada – quiero escuchar tu voz – inhalé y exhalé. - Yo … - Tu … - me animaba a avanzar. - Yo … te … - Si, continúa – se acercó un poco más a mí, ahora podía sentir su pecho contra el mío. - Te voy … te voy a extrañar – hablé casi en un susurro. - Y yo a ti – acercó su boca a mi oído y al hablar miles de corrientes pasaron desde mi coronillas hasta las puntas de mis dedos del pie – pensaré en ti desde el primer segundo que salga de acá – bajó su mano posándola al final de mi espalda – pensaré en ti cada que toque porque tú, Celeste Escobar, eres mi musa – me dio un sutil beso al final de mi oreja y un extraño sonido escapo de mi labios – nos vemos en una semana – se separó de mi como si nada y se marchó. Me quedé ahí, como un árbol anclado al suelo con enormes raíces, respirando como si hubiese corrido una maratón y temblando con una sensación extraña en la parta baja de mi vientre. El control que siempre quiero tener en todo se va por un caño desde que llegué a este país. Subí mi mano a mi pecho y respiré profundamente para acabar de calmarme. Grité y brinqué al escuchar el timbre del pent-house, posiblemente se le quedó algo. Volví a respirar profundamente para calmarme y abrir como si nada me hubiese pasado. “Jesús bendito dame fuerzas”. Caminé hacia la puerta y abrí sin fijarme quién era, al ver a la persona, no, a las personas me relajé de inmediato, una muy cálida sonrisa me daba ese saludo que ya me empezaba a costumbrar. - Hola querida, ¿Mi hijo está? – me hice a un lado para que ambas pasaran. - No señora, él acaba de salir – las seguí hasta la sala. - ¡Ash! Yo quería verlo antes de que se fuera a Canadá – hizo un puchero. - ¿Desean tomar un té? - No querida, ven, quiero presentarte a mi mejor amiga – alcé mi mirada para encontrarme con unos ojos oscuros que se me hicieron conocidos. - No te preocupes Bianca, no hace falta que me presentes a tu personal – me miró con fastidio y me sentí pequeña. - ¿Recuerdas que dijeron que mi pequeño se había comprometido? – la mujer asintió – dijeron que había sido con ella – ambas se rieron a carcajadas y cada vez me sentía más incómoda – es super humilde, ven te la presento. - Esta bien, a ver niña – me miró de arriba abajo - ¿Cuál es tu nombre? - Mi … - tragué saliva y me concentré en los suntuosos zapatos de tacón de la mujer – me llamo Celeste. - Es latina y es la mucama de mi Chris, Celeste ella es Beatrice Berlusconi, la madre de Alessandro – “tan diferentes”. - ¿Latina? – silencio por unos segundos – ¡mírame cuando hablo! – tomó mi mentón con fuerza volteándolo de un lado a otro para luego soltarme como si fuese algo viejo – dime tu apellido – demandó limpiando su mano en su ropa. - Escobar – abrió sus ojos de par en par. - Beatrice – habló Bianca mirando su móvil – el auto nos espera abajo, ¿Beatrice? – llamó su atención al ver que no se movía ni despegaba su mirada de mí - ¡Beatrice! - Vámonos – se dio la vuelta y ambas se fueron. Me sobé mi mandíbula conteniendo un sollozo. El recuerdo de como era tratada en las casas de acogida volvieron a mí. Los dolores recuerdos volvieron a mí.
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