Brahms Lullaby – Beth Mclaughlin

1403 Palabras
Celeste - No puedo – intenté dar un paso atrás para escapar pero los dos hombres a mi lado lo impidieron. - Si que puedes – me animó Alessandro. Volví a negar frenéticamente con mi corazón en la mano. Una cosa es tocar para personas que ya conoces, personas sin rangos y que solo están allí de paso, pero tocar en un restaurante de lujo, en la torre Eiffel, en un piano de lujo y frente a personas importantes es otro nivel que jamás pensé que llegaría. - Escúchame – Christopher me tomó de los hombros obligándome a mirarlo – compusiste una canción – “solo te ayude con algunas cosas” – te sabes el piano de memoria – “¿Tu no?” – te ganaste una beca por ser excelente en este arte – “solo porque tú la pediste” – tienes talento, incluso más que yo – abrí mis ojos hasta que los sentí arder – ahora te sentarás, vas a respirar profundo y vas a maravillar a todos los presentes con la sinfonía que se te ocurra – pasó sus manos a mis mejillas – no importa cual sea se que será hermosa – me dio una de sus sonrisas ladinas. - Piensa que es un ensayo para cuando seas más famosa que Christopher – Alessandro apretó mi mano y no me soltó hasta llevarme a la banca del piano – enamora los corazones de los presentes con tu música – me hablo al oído desde mi espalda. Ambos bajaron y me dejaron sola. Su amigo el chef estaba expectante junto a otros camareros, algunas personas esperaban que empezara a tocar y otras siguieron conversando e ignorando la asustadiza chica que temblaba y sudaba frío. Respire despacio. Conté hasta cinco y subí mis manos al teclado. Un hermoso piano de un blanco brillante se encontraba en una pequeña tarima ubicada en la esquina del restaurante, haciendo que fuera el centro de atención si alguien tocaba. Volví a respirar despacio notando como al exhalar mi labio inferior temblaba, tragué saliva y cerré mis ojos para evitar que las miradas me intimidaran. Con un do sostenido en un tiempo de 6 empecé a tocar, el inicio era suave, las notas en mi mano derecha se repetían y solo intercambiaba mis pulgares para crear un fondo armónico, poco a poco los acordes tomaron vida propia y la canción fue subiendo en velocidad y con sonidos más agudos. Acompañaba el movimiento de mis manos con mi sonrisa involuntaria y meneando un poco mi cabeza, movimientos impulsados por el instinto de un pianista. Un castillo … tal vez … una fiesta de enmascarados en un castillo … un valle de flores que rodean ese castillo y seguidos de un bosque … una chica corriendo por ese bosque bajo la luz de la luna … un lago con el reflejo de la luna llena … el encuentro y la mirada de dos enamorados que no pueden estar juntos … una despedida dolorosa y un final para siempre. No podía evitar llenarme de sentimientos y miles de emociones y pensamientos cuando tocaba. Terminé “Liebestraum No° 3” y no abrí los ojos al sentirme invadida de una mezcla de melancolía y amor. Los aplausos me volvieron a la realidad y al abrir mis ojos me di cuenta de que cada una de las personas del restaurante se habían puesto de pie para aplaudirme e incluso algunas señoras limpiaban una lágrima que supongo son falsas. Christopher y Alessandro llegaron a mi lado y ambos sonriendo de oreja a oreja me tendieron sus manos para ayudarme a bajar del pequeño escenario. Tomé con mi mano izquierda la mano de Alessandro y con la derecha la de Christopher y baje sintiendo como mis piernas temblaban e incluso mis rodillas dolían por los nervios. - Fue increíble – comentó Alessandro – no – negó sin dejar de sonreír – fue hermoso. - Franz Liszt estaría orgulloso por tu interpretación de su composición, fue … - pensó pero sonrío de una forma angelical – ni siquiera tengo palabras para expresar lo que sentí al escucharte – ahora fue mi turno de sonreír. - Que dejen sin palabras a Narciso del siglo XXI ya es mucho que decir – todos soltamos una carcajada y Christopher empujo a Alessandro. - Magnifique – se acercó el chef – tienes una hermana hermosa y talentosa querido Alexandre – sentí que mis mejillas se sonrojaron y bajé la mirada – pequeña bleu clair – lo miré confundida – eres más que bienvenida al Le Jules Verne – tomó mi mano entre las suyas – serás mi invitada de honor cada que pases por aquí – besó mi mano y luego me dio dos besos en mis mejillas, iba por el tercero pero fue interrumpido. - Bueno – Christopher tomó los hombros de su amigo y lo alejó – nos encargaremos de pasar más a menudo – palmeó su espalda. - Por ahora nos retiramos, queremos mostrarle la ciudad a mi hermanita, à bientôt cher ami – Alessandro tomó mi mano. - A bientôt messieurs, señorita – hizo un pequeño ademán el cual respondí - s'il vous plaît saluez vos familles pour moi. - Bien sûr, nous allons – le respondió quien sabe que Christopher y nos retiramos. - ¿En tu país no tienen la costumbre de saludar o agradecer con besos, verdad? – negué – me lo supuse – se río un poco Alessandro y me pasó de nuevo las gafas oscuras. - Pensé que se la iba a comer – Christopher limpió mis mejillas con sus manos. Alessandro y yo nos reímos. En cuestión de segundos los tres estábamos caminando con gafas oscuras y llamando la atención de los transeúntes nuevamente. - Tenemos todo el día planeado – comentó Alessandro. - En realidad Alessandro planeo el día sin pedir nuestra opinión. - Es que yo soy el cool acá – acomodó su cuello sacándome otra risa – tu nos llevarías a un teatro todo el día y ya está. - No está mal – quise defenderlo. - ¡Ja! – Christopher rodeo mis hombros con su brazo pegándome a él sin dejar de caminar. Por obvia razones solté a Alessandro y aunque me sentí un tanto incómoda su gran tamaño a mi lado me dio un sentimiento de protección, seguridad y confianza, y ni hablar de su aroma que me enviciaba. Christopher me enviciaba. Nos detuvimos y nos giramos al escuchar el sonido de un disparador de cámara, Alessandro sonrío culpable bajó rápidamente su celular. - Es que son tal para cual – alzó sus hombros restándole importancia y prácticamente salió corriendo. - Me va a volver loco – volvió a tomar la posición en la que estábamos y seguimos caminando. - Lo quieres ¿verdad? – asintió sonriendo con cariño. - Es como un hermano, sin él hace mucho me hubiera perdido – di por terminada la conversación para incluir a Alessandro. El extrovertido del grupo, el defensor del grupo, el charlatán del grupo, el apoyo y bastón del grupo, así podría describirlo en el poco tiempo que lo conozco, y amaría que en mi otra vida de verdad fuese mi familia. Espera … ¿grupo? ¿Ya me cuento con ellos? “Ja”. Christopher tenía razón, Alessandro planeo todo y fue magnífico, conocí una pequeña parte de París, la ciudad de la luz, de la moda, del amor y para mí, la ciudad con los mejores recuerdos. Paramos en la Place de la Concorde para comer un delicioso gofre de chocolate, las fuentes y estatuas de toda la ciudad eran magníficas y las fotos que nos tomamos en el obelisco servirían para recordarle a mi memoria que después de la tormenta viene la calma, una calma hecha hombre, uno con los ojos más azules que un zafiro y otro con los ojos oscuros como los míos. Del Jardín de las Tullerías seguimos al Museo del Louvre el cual resultó ser mucho más impresionante que las fotos por Google. Caminamos y caminamos. Reímos y gozamos. Tomamos fotos y Christopher no despegó sus ojos de mí. Llegado el atardecer nos sorprendimos de como terminaríamos nuestro día, un paseo en barco por el río Sena con una magnífica cena. No se si era su objetivo pero me estaban abriendo al mundo y el mundo se estaba abriendo a mí.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR