Christopher
Acto I.
No importa que tan bien tocara todos los ojos de los presentes estaban en las pequeñas creaturas que bailaban al son de la música.
Niños y niñas interpretaban cada una de las escenas de El Cascanueces. Desde decorar el árbol de navidad (en febrero, lo que me parecía ilógico), hasta el viaje por el bosque de pinos a través de la nieve. Todo era perfecto, hasta el momento ningún músico se había equivocado e imagino que ningún pequeño tampoco.
No me preocupaba por vigilar quién me veía y quién no, después de todo soy el mejor pianista, pero al alzar mi mirada hacia el público por pocos segundos pude apreciar como la mirada de alguien se iluminaba y no se despegaba de mí. Al volver a mirar el piano sonreí de oreja a oreja, se supone que miré la obra, no que me mire a mí, pero allí estaba, mi mucama, mi empleada y aquella chica que hasta sabía componer una canción y crear una partitura perfecta.
¿Qué tendrá en su cabeza?
¿Qué pensará de mí?
Y miles de preguntas más me rompían el coco, Celeste es una chica de pocas palabras pero habilidades y pensamientos enormes, una chica tímida con un pasado turbio, alguien de un corazón lleno de amor por su forma de sonreír honestamente pero que aun así no gozó con la fortuna de recibir un pequeño porcentaje de ese amor.
Acto II.
Empiezo la introducción con melodías suaves donde un aparece sobre la escena un Castillo Mágico en el Reino de los Dulces, y sigo tocando sin desconcentrarme.
Desde que la vi con sus ojos puestos en mí no he parado de mirarla por unos segundos, con la esperanza que todavía me esté observando y al volver la mirada al piano sigo con la satisfacción de tenerla allí.
Una desconocida que se atrevió a tocar el piano más valioso que he tenido, una desconocida que mientras asea mi hogar sus dedos se mueven interpretando alguna canción que visualiza en su mente, aquella desconocida que ha compartido conmigo el placer de crear ritmos en un teclado.
Y es que … es la primera mujer que toca conmigo, la primera que compone y la primera que me deja embelesado sin haberle visto el rostro y solo por sentir lo que escucho.
Luego del vals de las flores miro hacia la princesa y luego hacia la familia real, los últimos están hasta llorando de ver a su retoño bailar en puntas y moverse por el escenario, saltando y girando junto a todo el grupo.
Justo en el vals final dejo la última tecla presionado asegurándome que en el escenario solo quede Eléonore, la cual se posiciona rápidamente y luego de mirarme y asentir empiezo la hermosa composición.
Pasar de Si a Sol con una mano mientras que la otra repetía un Re sostenido, y así poco a poco la completé.
Miraba varias veces hacia la pequeña, es de admirar, solo la escuchó una vez el día anterior a este, solo una vez, y la bailaba como si estuviese acostumbrada. No solo fue un reto para ella, sino que para mí también, la diferencia es que yo tuve ayuda, esta chica con sus 10 años completo el reto sola.
Justo como Celeste lo dijo, justo como ambos lo deseamos, tanto Eléonore como los espectadores están sonriendo e incluso se emocionan al ver una hermosa interpretación de una hermosa melodía.
Incluso yo estoy sonriendo. A mi mente llega una tarde de verano, manejando mi yate con mi familia y amigos, una tarde de diversión y felicidad.
Termino la última nota y la princesa se inclina feliz mientras los aplausos de la gente que ahora está de pie llena todo el lugar, el telón se cierra y es turno de los músicos, nos ponemos de pie y con una mano pegada a nuestro cuerpo y la otra en nuestro pecho hacemos una reverencia y unas cuantas rosas caen a mis pies y sobre el piano.
Sonrío y toma una de ellas para dirigirme al hombre que anteriormente nos presentó.
- ¡Damas, caballeros! – habló entre los aplausos - ¡Christopher Watson? – asentí esperando que terminaran de aplaudir – cuéntenos por favor, ¿Cómo se llama es última canción? Nunca la había escuchado.
- Esta obra fue compuesta única y exclusivamente para la princesa Eléonore, tuve la ayuda de una pianista y compositora excepcional y su nombre es dedicado a ella “Il tuo riflesso nella luna”, así la conocí – sonrío y veo como la curiosidad de todos los presentes aumentó.
- “Su reflejo en la luna” – asentí – parece que es alguien especial – sonrío notando a donde apunta pero no lo niego - ¿Puedo preguntar su nombre?
- Celeste – vuelvo a reverenciarme dando por terminada la conversación.
Otra ronda de aplausos junto al cuchicheo dan por terminado el evento principal. Las miradas no se despegan de mí mientras camino hacia mi mejor amigo el cual niego achinando sus ojos y aguantando una risa perversa, y hacia la chica que tiene sus ojos abiertos de par en par y parece una princesa.
- Eres un oportunista – se ríe – pero bien jugada – me da un puño.
- No soy ningún oportunista – respondí mientras chocábamos nuestro puños – solo dije la verdad – miré a Celeste que todavía seguía petrificada – ten – le entregué la rosa y su concentración volvió al planeta tierra – tu te mereces esta y cada una de esas rosas – dudo pero la tomo.
Abrió sus labios y balbuceo sin saber qué decir pero con sus mejillas teñidas de un rosa natural que la hacían resaltar en ese perfecto vestido color lavanda que resalta cada una de sus definidas curvas, sus piernas al dejar una al descubierta por la abertura de su falta y su pecho al llevar un corset con piedras plateadas y doradas.
Le daría un punto a Alessandro por su buen gusto y por conseguirle un vestido con mi colora favorito.
Miré a mi amigo dándole una clara señal, él inmediatamente la capto y volvió a achinar sus ojos dándome una advertencia. Alessandro es de los que habla con todos pero esta chica desde el primer día se incrustó en su corazón hasta el punto de protegerla como un hermano mayor.
- Yo me iré yendo al salón – miró a Celeste – si te hace algo solo grita – ella apretó sus labios para no reírse y yo voltee los ojos.
Se marcho señalando sus ojos y apuntando luego a mí, era un payaso pero jamás lo cambiaría por nadie.
- ¿Te gustó la canción? – asintió mirando la rosa y sonriendo de oreja a oreja - ¿Te había dicho que te ves hermosa al sonreír? – alzó su mirada con coquetería aunque yo sé que no quería hacerlo.
- Creo que exageraste al describirme – los que pasaban a nuestro lado nos miraban curiosos.
- Para nada – le ofrecí mi brazo y ella lo tomó con timidez – debiste ser tú la que tocara – empezamos a caminar.
¡Dios!
Su olor se desprendía de su piel llegando hasta mis fosas nasales y me sentía en la gloria, era … piña, olía a piña.
- Me desmayaría con solo subir a la tarima – la miré sin dejar de caminar.
- ¿Nunca has tocado para el público? – asintió.
- Una sola vez – alcé mis cejas asombrado – si no muestras tu proceso en academias no te dejan tocar, así que – alzó sus hombros – solo lo he hecho una vez – dejé de caminar y ella me miró con curiosidad.
- ¿No has estudiado? – pregunté despacio y ella negó con su cabeza - ¿Jamás te dieron clases de música? – volvió a negar – pero … - arrugue mi entrecejo sin entender nada.
- Bueno – dudo en seguir hablando, a pesar de que ahora se expresaba más aún seguía teniendo un rastro de miedo – en los orfanatos no te van a pagar este tipo de estudios – agachó su mirada.
- Entonces – puse mi mano en su barbilla y la alcé con suavidad - ¿Cómo aprendiste? Eres una experta en lo que haces, no solo tocas sino que compones, no tiene sentido todo esto – sentí que estábamos desconectados de la realidad.
Yo seguía sosteniendo su barbilla, nos encontrábamos a pocos centímetros de distancia y su olor me embobaba. Todo en ella era tan perfecto que había decidido convertirla en mi Musa e inspiración para mi próxima canción.
- Yo … aprendo con solo ver – solté su barbilla – solo necesito mirarlo unas dos o tres veces y ya está – abrí mi boca asombrado – mis maestros fueron los videos de YouTube – ladeo su cabeza - ¿Christopher?
- Memoria eidética – susurré atónito.
- ¿Qué? – arrugó su entrecejo.
- Tengo una idea – enlacé mi mano con la suya y camine a paso rápido hasta el salón – Rey Phillippe, Reina Mathilde – reverencié con mi cabeza.
- ¡Christopher! – la reina me abrazó – estuvo maravilloso todo – me soltó – y me disculpo por los caprichos de mi niña – sonreí sin soltar a Celeste.
- No te imaginas lo feliz que estaba – el rey ofreció su mano y yo la apreté con gusto – me encargaré que el mundo entero sepa lo que acabas de hacer esta noche – nos soltamos.
- Es todo un honor para mí servir con mi música a la familia real.
- Yo quedé con la inmensa duda de quién te ayudó – curioseo la reina – Luca nos dijo que tampoco sabía – hizo un puchero.
- Bueno pues se las presento – solté a Celeste y la señalé llevando la mano que la sostenía a su espalda baja – ella es Celeste Escobar y de hecho está interesada a una de sus becas en América – los reyes sonrieron y Celeste se espantó.
- Es un placer querida – la reina ofreció su mano y ella torpemente la tomó – soy Mathilde Ghislaine de Bélgica – ambas sonrieron.
- Phillippe Léopold de Bélgica – ahora era turno del rey – y no te preocupes, le diré a Luca que se encargue de todo y te envié el pasaje a tu dirección.
- ¿De … de verdad? – se veía aturdida pero feliz.
- Claro, solo dime a qué dirección y te la enviré.
- A mi dirección – contesté sin pensar – ella vive conmigo – ambos reyes abrieron sus ojos.
- Que interesante – sonrío con picardía la reina.
Celeste me miraba feliz y sonriendo mostrando su perfecta dentadura y yo no dude en atraerla más a mí.
Se veía perfecta y quería ser la envidia de la velada.