—Listos los cafés—dijo Isabella sentándose en la escalera y dejando las tazas en el mismo peldaño donde ella estaba —Dame unos minutos—respondí —¿Ya lo tienes?—dijo Isabella sin atreverse a fisgonear lo que hacía —Totalmente No tuve que pensar mucho, los minutos se volvieron muchos, Isabella me pasó el café y le daba de vez en cuando unos sorbos, lo que hacía era apenas refrescarme un poco la cabeza sobre la idea que tenía. Finalmente le sonreí a Isabella, ella dijo que le mostrase, di media vuelta al caballete y le mostré la absolución de mi pecado en esa pintura, la ventana dejó de ser ventana hace mucho tiempo y se convirtió en un espejo, un espejo con el marco abollado, arruinado, incluso carcomido por termitas seguramente, pero el espejo estaba impoluto, sin una mancha, perfecto,

