Reencarnación

1580 Palabras
Ana María me dio una ropa para dormir, teníamos casi las mismas tallas, yo un poco más alta que ella, pero estaba bien, una blusa y un short lo suficientemente holgado para sentir el fresco de la noche pasar por entre mis pliegues de carne, me sentía agotada una vez más, y a la vez emocionada porque iba a soñar, iba a tener otra visión de lo que esperaba mi mente que hiciese, lo que mi mente iba a querer que hiciera mañana, en lo que pensara, en lo que maquinaba, en lo que debía o no debía hacer para encontrar esa pasión interna que me impulsará, la cama de Ana era bastante suave, quizá demasiado para mi gusto, que me gustaba sentir cómo las vértebras de mi espalda se sentían acomodarse por el colchón, pero la almohada me relajaba la cabeza hasta caer rendida ante el sueño. Me dificulta la entrada a ese paraíso de mi subconsciente, incluso llegué a ese estado de quietud mental y física, hasta que poco a poco fueron llegando voces, palabras aleatorias que se convertían en frases, empezaba a escuchar las frases de mis padres, de Ana María, de mis amigos, de Isabella, de voces que no escuchaba hace años o no pertenecían a esta época, la de mis abuelos, la de compañeros de mi infancia, decían cosas acordes a lo que viví con ellos, pero para nada sinónimas a lo que realmente sucedía en mi realidad. Sentía que no era lógico estar pensando en eso, pero no me movía, no hacía el esfuerzo por pensar en algo más, sabía que para dormir tenía que suspender, apagar y fundirme. Cuando los susurros se hicieron silencio, no pude diferenciar el momento en el cual estaba en la cama de Ana María a cuando ya me había salido de sus sábanas, de su cuarto, de su casa, de todo el mundo estaba fuera, de repente esos sentimientos de fulgor efervescente, era como estar dentro de una bebida carbonatada, sentía que mi cuerpo, cada trozo de piel y de carne se iban desprendiendo de mi, pero no me dolía, ni los dejaba de sentir, sentía los pequeños trozos de mi cuerpo hacer parte del aire, me había vuelto espacio, sentía una ráfaga de luces que iban viajando a grandes velocidades a mi alrededor, como si estuvieran esquivándome, eran luces de neón, que a mayor o menor medida, iban iluminando mis burbujas. La luz parecía ir cada vez más rápido, más frenéticamente que el segundo anterior, hasta que se detuvo en un muro blanco, un muro que no brillaba, era una especie de pared, opaca, que se tragaba toda la luz e hizo que el neón muriera, me sentía con el corazón agitado, queriendo hacer algo con ese muro, sentía poder, el muro se convertiría en mi lienzo, yo mi cuerpo, mi burbujeante cuerpo en la pintura, me dejé caer sobre ese muro, el cual se sentía húmedo, acalorado, como si estuviese en tierra caliente; me derretí por su temperatura y me fundí en él, pero el muro seguía en blanco, yo estaba siendo parte de él, pero no había cambiado, mi más puro estado de energía no hizo nada para cambiar el muro, para hacer de él una obra maravillosa, imponente y majestuosa; la alegría y jolgorio se volvió agonía, ya no me sentía parte de un todo, sino ahora prisionera del muro, totalmente inmóvil y sin voluntad. La luz se había apagado, y no veía mucho más allá de la radiante luz que rebotaba del muro que me componía, hasta que llegaron hombres, hombres con rostros familiares, parecía que los había visto antes pero no sabía quienes eran, mi mente los había bloqueado totalmente, y ellos pintaron, con un solo dedo parecían impregnar el muro de color, de vida, y yo era ese muro ahora, sentía las pinceladas recorrerme, sentía como me iba volviendo musa, acción y ejecución de una obra que estaba siendo inmortalizada, de repente sentí un revoltijo en el estómago, me enteré que no era yo la artista, sino el medio por el cual los  artistas se movían, que tenía que seguir buscando mi obra, que no podía llegar a ser el camino de los demás sin haber siquiera encontrado el propio, la pintura empezó a burbujear sobre el muro color hueso, empezó a hacer efervescencia nuevamente, los pintores se quedaron inmóviles ante semejante fenómeno, yo me fui sintiendo menos sólida y más líquida con la pintura, para luego volver a desvanecerme en vapor, en humo, un humo tóxico que empezaron a inhalar esas personas, que iban llegando más, y mi sentimiento era de dicha, estaba emprendiendo un viaje donde todos me miraban, yo era la obra y arte de mi propia creación, era el resultado de una orgía entre lo que había dentro de mi y lo que me rodeaba, me sentía más plena que antes, y a su vez, mucho más capaz de encontrar esa pasión, donde sea que haya arte allí estaré, donde sea que exista la pasión, me encontraré ahí, y haré lo que sea necesario para estar en ese jugo bendito de placer, de excitación, sea derretirme, fundirme, nacer, morir, reencarnar o sacrificar para estar en esa amalgama de colores Me despertó un dolor en la nuca impresionante, eran apenas las siete de la mañana, y cuando uno no está en su casa es que siente la necesidad de levantarse temprano, pero no se oía nada, Ana María debería seguir dormida seguramente, fue una noche de revelaciones que debieron carcomerle la cabeza en repetidas veces y no le dejaron pegar los párpados en un buen rato, yo me sentía aliviada, me sentía llena y contenta, ya quería irme de aquí, no quería estar en la casa de Ana María, ni siquiera en la mía, necesitaba ser arte, plasmar arte y follar con el arte ahora, me había convertido en una empedernida aficionada ahora, que no le importaba estancarse y estamparse en un muro, quería vivir nuevas formas de expresión artística, quería una nueva forma de encontrarme a mi misma mediante las trazadas de mis pinturas, sabía que solo había una forma de hacerlo, y era ir a donde Isabella me llevase, declinando o aceptando lo que me de iba a ser parte de ese festival artístico donde las personas de verdad habían sentido. —¿Dormiste bien Gaby?—me preguntó Ana María entrando al cuarto de imprevisto —Yo diría que sí, muy bien—dije animada y llena de energía —Que bien, te veo algo eufórica —Encontré lo que quería, mi motivación —¿Tu motivación?—preguntó extrañada —La verdadera continuidad que necesitaba mi impulso artístico fue lo que viví estos días, las pinturas de las chicas de la agencia, la de las personas que más sienten y ansían lo que plasman en sus pinturas es lo que yo quiero tener, necesito vivir más con esas personas —No te quemes la cabeza tanto con eso, recuerda que Isabella te puede meter en problemas —Pero pensé que eran buenas amigas, al final todo va bien para ambas, ¿No? —Que haya surgido esta oportunidad, no significa nada, todo tiene que ser seguro para todas nosotras, y ahora eso te incluye a ti —Sé que detrás de este mundo hay excesos, pero no me vas a parar Anita, y tú también haces parte de ese mundo —Vamos a ver si sigues el ritmo, porque tampoco voy a parar—dijo casi con una voz retadora—es más, Isabella me dijo que iba a haber una fiesta, casi siempre las hay a decir verdad, pero dijo que esta vez sí le provocaba ir a una fiesta  —¿Acaso dónde las hacen?—Pregunté —La fiesta está organizada por varios grupos, en ellos están los tipos ricachones, la propia agencia, versalles, y otros mundos aún más excéntricos que el anterior La boca se me hacía agua de solo pensar la cantidad de vibraciones artísticas que allí encontraría para mi búsqueda, que ya se había convertido en solución, a mi pasión —¿Dónde sería?—pregunté acelerada —Primero vamos a comer, y segundo, necesitarás ir a tu casa por lo más cómodo que tengas, porque así va a ser insufrible—respondió—y...Gaby, no te metas en este mundo—me dijo a modo de advertencia— Sin más no le busqué una réplica a su advertencia, no sabía que tanto iba a perjudicar eso mi vida, pero el lector sabrá que estos mundos urbanos, y que son tan escondidos significan que hay puntos ciegos para el resto de la sociedad, quizá muy cerca a su casa ocurran estas reuniones, que más adelante se enterará de qué magnitud pueden llegar a ser. Ana María se encargó de hacer el desayuno, como una muy buena casera que atiende a la visita con una cordialidad inconmensurable, inmediatamente después de comer y lavar, dijo que nos viéramos en Versalles en la noche, me fui caminando un largo trecho desde el apartamento de Ana María, iba en dirección a mi casa, que ya a estas alturas estaba bastante lejos, mi cuerpo era un alma errante de la madrugada que parecía venir de un desvele atroz, caminaba pensando en qué ponerme, no tenía la ropa más fina, sabía que habría que ir cómoda pero también me imagino que con una presentación acorde a la gran cantidad de personajes que allí habrían.
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