KASANDRA.
Después de lo que pasó en el hotel con Liam me fui a casa de mi tía. No la veía desde hacía nueve años. Me visitó el primer año que estuve en Estados Unidos con mi prima a ver que tal me iba todo. Cuando vio a Liam pareció ver a un fantasma, la tuve que sacar del hotel a rastras. No le dijo nada bonito, ella lo conoció allí, me acuerdo decirle que me quedaba en Estados Unidos por él. Mi prima estuvo en esa visita y las dos se quedaron blancas como el papel. Tras Liam dejarme se quedó destrozada, aunque yo también. Cuando me volví a Santa Mónica mi tía hizo a mi prima acompañarme para ayudarme con la mudanza. En esa época fue cuando conocí a Leo.
Todos los días a la tarde me iba a la misma cafetería porque en mi piso no me habían instalado el wifi. No mentiré si no me di cuenta de su presencia, aunque chicos con melenita y morenos hay miles en California. Todos los días iba a la cafetería y todos los días me lo encontraba allí, lleno de papeles, concentrado. Un día llegué, la cafetería estaba llenísima y vi la oportunidad de acercarme y decirle algo.
—¿Puedo sentarme aquí? La cafetería está llena y...
—Por supuesto—respondió él. Se echó el pelo que le tapaba la cara hacia atrás y me sonrió.
No dijimos mucho más, él me parecía muy atractivo, pero no quería tener nada con ningún chico. Noté como me miraba, pero hice como que no me había dado cuenta. Sí, muy infantil, pero que le voy a hacer, él me ponía muy nerviosa. A la semana nos volvimos a sentar juntos, y no fue por mí, si no por él.
—¿Podría sentarme contigo? Los chicos de allí hacen mucho ruido y necesito concentrarme.
—Pues a que sitio has venido—le dije con una sonrisa. —Deberías usar auriculares para no oírlos.
—Debería—respondió y lo vi, vi la foto del disco.
—¿Te gusta Peter Gabriel? —pregunté alucinada.
—Sí—respondió. —¿Lo conoces?
—Sí, es de mis cantantes favoritos.
—Me encanta la gira de Secret World—contestó con una sonrisa. Yo asentí y me quedé mirándolo como una lela, también era mi gira preferida.
No hablamos más, nos fuimos cada uno por su lado. Volví los siguientes días a la cafetería pero no nos volvimos a saludar, uno de esos días quedé con mi amiga Paola y sus amigos para ir de bares. Llegué a casa, me duché y fui a donde me esperaban. El bar en concreto parecía uno de esos bares típicos americanos, todo de madera, un billar y personas bebiendo cerveza. Todos ellos eran divertidísimos y hacíamos apuestas tontas jugando al billar. Sonaba Hotel California de los Eagles cuando Paola dejó a su novio a un lado y me susurró al oído.
—No te gires, pero acaba de entrar un tío que... porque tengo a Scott si no iba a por él. Ve y pásatelo bien.
—Paola, yo ahora mismo no quiero nada con ningún tío. Voy a por un chupito.
Fui a la barra a pedir una ronda de chupitos para todos. El día no había estado mal, ya me dejaban hacer más cosas y con ello tenía más responsabilidades. Le pedí a Frank, una ronda para todos y me hizo un gesto con la cabeza como que me lo llevaba a la mesa.
El ambiente con los demás estaba siendo divertido. Ponían alguna canción y la bailaba como si no hubiese un mañana. Marcelo nos enseñaba a las chicas a bailar salsa, y yo andaba medio achispada para tener algún reparo a hacer el ridículo. Iba de clases de baile improvisadas con él al billar, todo el rato de un lado a otro. Una de las veces cuando volvía al billar comenzó a sonar In your Eyes de Peter Gabriel, esa voz rasgada que tanto me transmitía. Cerré los ojos y me lo imaginé en esa gira de 1994 que tenía en video, Secret World. Al oír a la chica me di cuenta de que era esa versión, miré hacia la barra y lo vi sonriendo.
—Es el que te dije—me dijo Paola cuando me vio cruzando la mirada con él.
—Mierda—dije.
—¿Lo conoces? —me preguntó ella.
—Sí, bueno no. —respondí. —Voy bien, decente eh...
—Vas bien—respondió ella. Suspiré.
Iba con unos vaqueros y una camiseta simplona. ¿Cómo que iba bien? Miré a Paola con cara de ¿Qué me estás contando? Y ella se rio.
—Hola—me dijo él.
—Hola, tú eras...—le dije.
—El de la cafetería—respondió el riéndose. —Me llamo Leo.
—Yo Kasandra.
De pronto me estaba agobiando muchísimo el estar ahí encerrada con él, ÉL.
— Kasandra, es tu turno—dijeron por la parte del billar.
—Sí, ya voy—respondí. Lo gracioso fue que no tuve ningún problema en darle a la bola y meterla en el agujero. —¡Bien! —Grité contenta y Leo se rio.
—Eres buena—observó.
—Un poco bastante—respondí. —¿Estás aquí solo o con amigos? —pregunté e imploré porque estuviera soltero. A ver, yo en principio no quería nada con ningún chico.
—Con amigos—respondió. Puse los pies en el suelo y me serené.
—Bueno Leo, pues pásatelo genial. No te interrumpo más. —le dije y miré a Paola que me miraba con cara de, ¿pero ¿qué haces? —Paola me voy a fumar, ¿vienes?
—Voy contigo, así aprovecho — dijo él y me quedé mirándolo alucinada. — A fumar, no seas mal pensada.
Salimos los dos y nos fumamos un cigarrillo cada uno, en silencio. Le había pedido a Frank la canción. Miré un par de veces en dirección a Leo y noté que no me miraba, miraba al horizonte. Miré a lo lejos esperando decir algo para no parecer una panoli.
—¿A qué te dedicas? —pregunté. Quería tantear el terreno.
—Soy profesor—respondió. Lo miré de arriba abajo. Parecía de todo menos un profesor, ese moñito sexi que recogía su pelo y la forma de vestir desgarbada daba la impresión que era un surfero.
—¿Y surfeas?
—¿Lo dices por mi pelo? —preguntó.
—Sí—respondí con toda la seriedad que tenía, y con un tono de indiferencia mirando a la nada mientras le daba una calada al cigarro.
—No. Se me da fatal. Lo he intentado, pero parezco un pato. —Me reí, ¿él un pato? Más bien un cisne, pero me abstuve a decirle nada. —¿Tú a qué te dedicas?
—Estoy empezando, he llegado hace poco a Santa Mónica. Aspiro a ser productora, de las buenas. Me acaban de contratar, así que...
—Es interesante—respondió. —¿Te importa si vamos allí a hablar? —preguntó señalando a la arena.
—No, para nada.
Y estuvimos así casi todo el tiempo que nuestros amigos estuvieron dentro del local. Nos reímos por cosas de su trabajo o del mío. Nos contamos alguna historia de cuando llegamos a Santa Mónica.
—¿Sabes qué eres guapísima?
—Eso nos lo dices a todas las chicas—respondí. —A la luz de la luna—seguí intentando ser graciosa.
—No—comenzó a reírse. —Dios, que malo soy para esto. —siguió y me sorprendió. —Se nota que no soy yo quien tira la caña siempre.
—Pues sí —dije riéndome, porque supe que no lo decía a malas. —Bueno Leo, me voy a ir yendo, mis amigos estarán preocupados.
Nos acercamos al local, sus amigos ya se habían ido pero los míos seguían dentro.
—¿Me dejas tu número? —preguntó.
—Vale—respondí y le escribí mi número de teléfono en su móvil. —Ahora eres tú el que tiene que elegir si llamarme o no.
Leo se rio y miró a los lados. Leo es mucho más alto que yo, y eso que yo mido 1,80.
—Tienes un morro—me soltó. Yo le guiñé un ojo.
—No sabes cuanto—seguí con la broma cuando ya nos separaba un par de pasos de distancia.
Sonrió y fue hasta donde me encontraba y me besó, yo le devolví el beso. Él fue fuerte por los dos y se separó de mí. Se despidió con un buenas noches y lo vi alejándose de allí, tocándose el moño tan sexi que llevaba. Con una sonrisa entré al bar, Paola al verme la cara gritó de alegría y mi móvil sonó con un mensaje. Hola soy Leo, el del bar. Esa noche conseguí su número y que me besara.
LIAM.
Kasandra había sido clara, o yo le decía a Scarlett que ella y yo nos conocíamos y habíamos tenido algo o se encargaba de decírselo ella. Volví a casa en estado de shock, no me esperaba que Kasandra hubiese cambiado tanto. A lo mejor yo estaba mal acostumbrado, quizás siempre fue así. Probablemente nunca la había conocido. ¿La había conocido de verdad? Sí. Pero antes ella era una niña y ahora, ahora ya no. Yo había sido un inmaduro, y el miedo irracional que tenía por contarle a Scarlett lo que nos unía a Kasandra y a mí era un ejemplo de eso.
Volví a mi casa en silencio, un silencio que me pesaba y me abrumaba. Al llegar me abrí una botella de vino y bebí a morro. No era de esa clase de personas que se emborrachan sin ton ni son pero lo necesitaba. Al verla ahí, sin camisa, el estómago se me encogió, se estranguló y hasta que se fue estuvo así. Seguía siendo igual, lo único que había cambiado era aquel pequeño tatuaje. Dos palabras en el costado, Secret World ¿Qué significaban para ella? En la cena habló de ese tatuaje, pero no de su significado, y tratándose de ella lo tenía.
Me estaba matando no tenerla, había sido un estúpido dejarla ir. Tenía su número de teléfono, podía llamarla.
—¿Quién es? —preguntó ella desde el otro lado.
—Soy yo—respondí.
—¿Qué quieres? ¿Ya se lo has contado a Scarlett?
—No, Kasandra yo...
—¿Estás borracho Liam?
—No—contesté, aunque era mentira. —Te quiero, no quiero a Scarlett
Como respuesta no se oyó nada, solo su respiración. Me dio alas, iría donde fuera a buscarla.
—Liam, yo quiero a Leo. No siento nada por ti. Lo mejor sería no ir a la boda. Mejor...
—No Kasandra. Yo te quiero a ti, fui un inmaduro, un idiota. Merezco que me odies, pero te quiero.
—Liam mejor...
—No, escúchame, creo que nunca te lo he dicho...
Y comencé a recordar lo que habíamos pasado juntos. Aquella vez que los dos fuimos a recorrer la Patagonia en diciembre, ella estaba guapísima. En Chile era verano, y a pesar de que hacía algo de fresco, Kasandra iba en camiseta corta. La felicidad que desprendía era contagiosa y yo no podía dejar de mirarla. Ahí me enamoré aún más de ella, preciosa, hablando con el guía en un español chapurreado. Los chilenos contestaban con frases que siempre acababan con po.
Los hostales estaban bastante bien, pero Kasandra y yo en esos momentos no estábamos juntos. Nos llevábamos bien, pero ninguno había dado ningún paso, yo me moría de ganas de besarla por las noches. En una de ellas Kasandra bajó la guardia, había estado bailando con algunos turistas como nosotros y vino a donde me encontraba con un terremoto para mí y otro para ella. Lo chocamos y me dio la mano para que la acompañara a bailar. El baile no se me daba muy bien, pero el terremoto había sido demasiado fuerte y mi vergüenza se había esfumado. La abracé por detrás de forma natural mientras ella bailaba Seguimos allí bailando un rato hasta que nos quedamos solos, mientras yo olía el aroma de su pelo. Mentiré si dijera que olía a rosas, pero sí olía a jabón y a su aroma.
Se dio la vuelta y la noté algo extrañada, como intentando descifrar algo que había pasado. Algo que quizás notaba ella. Me miró fijamente, como intentando comprobar algo y recostó su cara en mi pecho. En esos instantes me quedé sin respiración, intentando descifrar qué tenía que hacer. Me atreví a mirarla, y en ese momento ella alzó la vista. Me atreví y la besé.
El beso en un principio tímido, inesperado para ella, se volvió cada vez más húmedo. Parecía que ninguno de los dos podíamos parar, tenía la necesidad de tocar su piel, comencé a meter mi mano por debajo de su camiseta y ella exhaló un gemido casi sin aire que me puso a cien. Me separé un momento de ella, se había quedado mirándome con ganas de ¿más?
—¿Estás húmeda?
Ella me miró, como si se intentara ubicar. Me sonrió, cogió mi cara entre sus manos y me besó. Luego se rio y me acarició la cara, la cogí por la cintura y colocó sus brazos alrededor de mi cuello. Volvió a apoyarse en mi pecho y cerró los ojos.
—Eso no se pregunta. Vamos a quedarnos un rato así, bailando.
Bailamos así, balanceándonos de un lado a otro. Una de las chicas que se había hecho amiga de Kasandra la llamó y ella fue hacia donde se encontraba. Desde lo lejos la vi que me miraba alguna vez y le decía algo a aquella chica que se reía.
Me fui a acostar al poco, pero Kasandra no volvió, se quedó fuera para ver el amanecer con los demás. En esos momentos no lo entendí, pero Kasandra siempre había sentido una conexión con la naturaleza. Al salir me saludó e hizo como si lo de la noche anterior nunca hubiese pasado, ¿se habría arrepentido?
A los días llegamos a Valparaiso, uno de los últimos sitios que visitaríamos. Valpo, como nos enseñaron que comúnmente se llamaba allí, era precioso. Las casas en los cerros eran vistosas y reflejaban vida. Kasandra estaba como loca, se emocionó y me obligó a pasear por allí, viendo los grafitis que tenían tanto que decir. En Valparaíso hice muchas fotos, también muchas fotografías robadas a Kasandra, que miraba las calles con verdadera devoción, como si cada una le enseñara algo. Fuimos a Viña del Mar que estaba cerca, Kasandra respiraba mar, esos días fueron los días más felices de todo el viaje para mí.
Al llegar nos invitaron a carretear, que es lo mismo que ir de fiesta. Nos unimos junto a otros turistas que nos acompañaban desde el inicio de nuestro viaje. El carrete estaba cerca de nuestra casa. Los Piscola no faltaron, como los Terremotos. La música latina nos había relajado, al menos eso es la conclusión que había sacado de eso. Fui a buscar a Kasandra para bailar con ella, que divertida me cogió la mano y comenzamos a bailar con la poca salsa que sabíamos bailar. De la salsa pasamos al reggetón, que para mí siempre se quedaría como un dirty dancing. Nuestros cuerpos se balanceaban al compás y a mí me excitaba mucho. Mi boca y la suya estaban muy juntas y la besé, ella me devolvió el beso. La urgencia que había sentido la vez pasada la noté multiplicada por cien, comencé a levantar su falda, pero no era la única. Notaba la necesidad de ella porque intentaba levantar mi camiseta con urgencia. Paramos y nos miramos.
—¿Vamos a la casa? —preguntó ella.
—Sí—respondí con la voz ronca como consecuencia de la excitación que sentía.
Nos marchamos entre risas, como dos adolescentes que iban a hacer algo prohibido. Nos seguimos besando por la calle, menos mal que nuestra casa estaba cerca de donde habían hecho el carrete. La camiseta la perdí nada más entrar por el portal, los dos nos reímos por si hacíamos ruido. Nada más entrar la arrinconé y la besé en una de las paredes, ella jadeó y conseguí meter los dedos dentro de sus bragas, estaban mojadas. Como si supiera lo que me pedía la subí en volandas y ella hundió su cabeza en mi hombro.
—Por favor—me pidió. Se iba a correr.
No sé como llegamos a la habitación, pero tuve que ir muy rápido. Con urgencia me quitó el pantalón. Yo ya estaba duro, tuve que hacerle esperar para ponerme condón, la penetré con una necesidad imperiosa. Ella llegó enseguida al orgasmo, mientras que yo tuve que esperar a un par de embestidas más para correrme dentro de ella. Nos sonreímos y besamos. Me sorprendí con que necesitaba poco para recuperarme, Kasandra me ponía tanto que me extrañaba esa capacidad que tenía.
A la mañana al despertarme ella ya no estaba en la cama. Oí ruidos en el baño y fui hacia donde ella se encontraba. Al abrir me miró con una sonrisa, con el pelo mojado y las mejillas rojas del calor del agua.
—Hola—la saludé. —Lo de anoche fue...—Ella suspiró, se colocó la toalla y salió del baño.
—Tranquilo. Sé que para ti soy una más, no espero nada. A mí también me apetecía, no te tienes que preocupar por mis sentimientos.
Lo dijo con una tranquilidad y con una serenidad que me quedé a cuadros. Miró hacia fuera, el mar a lo lejos, casas colina abajo. No me atreví a decirle lo que creo que ella necesitaba oír y qué era lo que sentía de verdad. En el momento en el que la llamé lo supe.
—Aquel día en Valparaiso, me dijiste que eras una más, pero no lo eras. Estaba enamorado de ti. Fue un error no habértelo dicho en ese momento y callarme. Siempre he estado enamorado de ti.
—Liam. Adiós, no me vuelvas a llamar—respondió ella seria. Más seria de lo que la había escuchado nunca. Ahí me dio miedo real a perderla. Lo más probable, es que ya la hubiese perdido pensé en ese momento.
SCARLETT.
Lo que había pasado con Leo no se encontraban dentro de mis planes. Yo iba a ir allí, me encontraría a la mujer del dueño de la empresa y de alguna forma conseguiría hacerme con ella. No tenía previsto que estuviese su hijo mayor, y que se quisiera hacer cargo de todo.
Leo era sexi, me hubiese gustado decirle un par de cosas. Si me lo hubiese encontrado en alguna reunión de empresa hubiese tenido algo con él probablemente. Me lo imaginaba en alguna reunión en el que todo el mundo iba vestido de forma impecable y con el pelo perfecto para encontrarlo a él. No le cambiaba el pelo, ese moño producía un efecto casi erótico, quería arrancárselo. Esa noche soñé con él, un sueño húmedo que me traía por el camino de la amargura. Me iba a casar con Liam, y no me iba a casar con él.
Aproveché para ir a Washington y buscar un par de cosas que la madre de Liam me había mandado a hacer. Al aparecer por ahí vi la foto de la noche en la que nos conocimos. Toqué la foto, íbamos muy guapos.
Esa noche mi madre me había hecho ir a una fiesta a la que nos habían invitado. La verdad es que no tenía muchas ganas, pero allí me encontraba. Mi madre habló con Ava, la persona que nos había invitado. Ella hizo un gesto y apareció un chico guapísimo, que tendría más o menos mi edad. Tenía el pelo rubio ceniza y los ojos azules, me quedé sin respiración.
—Liam, estas son mis invitadas. La señora Hoppe y su hija Scarlett.
—Encantado—respondió él con una sonrisa. —Ven si quieres —me dijo.
En ese momento me quedé en shock, ¿a mí? Me sonrió y empezó a explicarme quien era quien. A la vez me preguntaba cosas sobre mí, yo encantada le respondía y él me escuchaba con mucha atención.
—La verdad es que esto es un poco coñazo—me dijo de pronto, yo le sonreí. —Mira, esto te va a gustar.
Subimos a la azotea y cogí algo de aire, se veía gran parte de Washington y a lo lejos la Casa Blanca. Tenía algo de frío y pareció que él se dio cuenta, me puso su chaqueta en los hombres.
—Al menos salimos un rato de ahí, me estaba agobiando—dijo y lo miré. Lo vi muy rebelde.
—¿Por? —pregunté.
—Porque tengo que saludar a todo el mundo. No sé... ¿A qué te dedicas?
—Soy empresaria.
—¿De qué sector?
—De todo un poco—respondí.
Él se rio y miró a lo lejos con cara melancólica. Me gustó un poco más. Esa noche me pidió mi número de teléfono. No sé en qué momento comenzó, pero me comportaba como una adolescente. Al día siguiente me llamó y me preguntó que si quería ir con él a dar una vuelta, me estaba pidiendo una cita. Durante ella estuvo atento a todo, me alagó muchísimo.
—Y bueno, ¿tienes alguna ex importante? —pregunté con una ceja alzada mientras comía un helado.
Él se puso serio y miró al horizonte, luego me miró, sonrió y cogió un trozo de helado.
—Ninguna de la que tengas que preocupar.
Sonreí y cambié de tema, el resto del día fue perfecto, con un beso en el portal. Llamé a una amiga y le conté lo que había ocurrido. Estaba ilusionada, me gustaba Liam, mucho. Aunque no sabía que esas palabras Ninguna de la que te tengas que preocupar, iba a tener un efecto rebote.
Llegué al aeropuerto de Londres con un dolor de cabeza fuerte, como si me taladrasen la cabeza. El aeropuerto estaba lleno de gente, tenía mil y una llamadas perdidas de Kasandra, pero únicamente quería meterme en la cama y dormir. Tenía que estar perfecta para la boda. Afuera me esperaba Liam, le sonreí y fui hacía él, tenía la cara extraña.
—Hola amor—le dije.
—Hola, ¿qué tal el viaje? —me preguntó.
—No ha salido bien—respondí con un mohín.
Liam estaba demasiado callado, demasiado hasta para él. Tampoco le di mucha importancia. Cuando llegué vi dos botellas de vino abiertas, un montón de cervezas, todo tirado, no entendía nada.
—Liam, ¿qué ha pasado?
—Scarlett, tenemos que hablar.
Me asusté, ¿hablar? ¿hablar de qué? Me había ido una semana nada más. Lo miré y se sentó en el sillón orejero de la habitación, yo en la cama.
—¿Te acuerdas de la ex de la que no te tenías que preocupar?
—Sí—respondí.
—Es Kasandra —contestó.
Lo miré a los ojos, ahí había mucho más de lo que me contaba. ¿Una ex importante? Me acordaba que me había dicho que él había estado un año en Santa Mónica, también.
—¿Qué me estás queriendo decir?
—Que Kasandra ha vuelto.
—A ver, ¿te has acostado con ella? —pregunté exaltada. Me iba a dar algo.
—No—respondió, aunque vi algo que no entendí. —Me dijo que te lo dijera, que habíamos sido pareja.
—Es decir, que si no te lo dice ella no me lo dirías, ¿no? ¿Sientes algo por ella? ¿Es lo que me tratas de decir?
—Yo... Yo me quiero casar contigo.
—Vamos ahora al hotel—respondí.
—No está en el hotel—contesté.
—¿Cómo que no? Será... será cobarde.
—Se ha ido a casa de su tía, no se dónde es.
—Yo sí sé. Joder, se ha ido hasta Liverpool.
Fui hasta el coche con Liam, le indiqué hacia donde teníamos que ir y fuimos en dirección a Liverpool.
LEO.
Llegué al aeropuerto de Londres descansado, había dormido durante el vuelo. Cuando llegábamos vi que el cielo estaba gris y sonreí, normal que no le gustase estar aquí. El aeropuerto estaba lleno, yo llevaba una pequeña maleta con lo imprescindible. Cuando fui a la salida, donde se encontraban los familiares la vi, sonreía. Vino hacia mí, dejé la maleta en el suelo y le di un abrazo. Ella me abrazó y me dio un beso, me miraba como si no me hubiese visto en meses, a pesar de habernos visto hacía una semana. Vi a una mujer mayor un poco rezagada que esperaba a saludarme.
—Encantado, soy Leo el...
—El novio de mi sobrina—dijo con una sonrisa. —Yo soy Elena, su tía. Habrás tenido un viaje largo. Venga, vamos a casa.
—¿A casa? —pregunté sin entender.
—A mi casa—me dijo Kasandra. —Es hora de que la conozcas, para que sepas de donde vengo.
Me dio un beso y fuimos hacia el coche cogidos de la mano. Kasandra pidió a su tía si podía ir detrás conmigo. Ella se rio y le dio permiso, desde atrás ella me iba explicando qué era cada cosa, para luego ir hacia Liverpool. Me quedé medio dormido, oliendo su pelo, con esa sensación de estar en casa.
El día que le propuse a Kasandra vivir juntos nos acabábamos de despertar después de ver una película. Se encontraba acurrucada en mi pecho, con la baba cayéndole por un lado de la boca, mientras me abrazaba. Su alarma sonó y empezó a hacer ruidos con la lengua pastosa.
—¿Qué hora es? —preguntó.
—Ya es de día—respondí apoyándome en su coronilla. Ella levantó la cabeza y la besé en la frente. Me volvió a abrazar y hundió su cara en mi pecho.
—Me tengo que ir a mi casa. —Se levantó de la cama, se lavó los dientes y cogió su bolso.
Me levanté y fui hacia la cocina a hacer café mientras ella se lavaba los dientes. Se dirigió a la cocina a por su café con una sonrisa.
—¿Por qué no te vienes a vivir conmigo? —le pregunté de improviso.
—¿Cómo? —preguntó.
—Sí, aquí. — me miró con cara de no entenderme. —Estás cerca de la playa y te sería más cómodo para surfear, además prácticamente vives aquí.
—Yo... No pretendía eso—empezó a decir algo agobiada porque había dicho que prácticamente vivía en mi casa.
—Si es algo normal—intenté normalizar el asunto. Ella se mantuvo en silencio. En ese momento tuve miedo. Miedo porque la relación no siguiera adelante y perderla.
—Quiero vivir contigo, pero... ¿podríamos vivir en una casa de los dos?
—¿Es por lo de tu ex?
—Sí—respondió. —No quiero volverme a ver en la calle de nuevo.
Sonreí y la abracé. Kasandra era fuerte, pero vulnerable, y el que me mostrase esa vulnerabilidad me hacía sentir especial, alguien con el que podía ser ella misma. Levantó la cabeza y le sonreí, nos parecíamos tanto...
—Tranquila, si no te sientes a gusto no viviremos juntos. Pero si la respuesta es sí, pagaremos entre los dos el alquiler. La casa será de los dos.
—Lo quiero por escrito—respondió ella con una sonrisa.
Esa misma noche le comunicamos a mi casero que Kasandra se mudaba y que había que redactar un nuevo contrato. Ella no se lo creía, ¿cómo podía ser que no se creyera que quisiese vivir con ella? Hicimos la mudanza entre los dos y la casa tenía otra luz, la encontraba llena. A partir de ahí los fines de semana comenzaron a ser mágicos. Ella no tenía que volver a por una muda.
¿Sabes esas mañanas en las que hueles el olor a café? Para mí son las mejores, son aquellas que sabes que vas a desayunar con alguien, que habrá risas y conversaciones tan triviales como que tal va el país. Esas mañanas ninguno tiene que levantarse para ir a trabajar.
—Leo, ¿te importa que venga a Paola a tomarse algo aquí?—me dijo un día.
—¿Pasó algo?
— Lo ha dejado con Scott—respondió ella. —Vamos a salir de copas. Noche de chicas.
—Así que noche de chicas—me reí. —No me importa, que se pase por aquí. No me tienes que pedir permiso, esta casa es tanto tuya como mía.
Me sonrió y me dio un beso. Cogió la tabla de surf y se fue a la playa, ninguno de los dos nos molestaba que saliéramos únicamente con nuestros amigos sin el otro. Si no sería agobiante, pasaríamos a ser unos siameses. Fui a la playa con un libro y la toalla, como ya era habitual en mí. El atardecer era precioso a esas horas, no había mucha gente y se podía leer. Oí algo a un lado y vi una tabla, y alguien por detrás dijo: Buh! me sobresalté y oí la risa.
—Joder, me has asustado.
Ella no podía parar de reír, las lágrimas se le salían. Me levanté y la perseguí por la playa. Ella iba mojada pero no me importó. La cogí y la llevé a rastras al mar donde una ola nos revolcó. Salí a la superficie y la vi ahí, sonriéndome. Me acerqué a ella y la agarré, ella colocó las piernas alrededor de mi cuerpo y nos quedamos ahí, mirándonos. La besé y ella me devolvió el beso, luego nos quedamos ahí, parados, ella apoyada en mí y yo en ella, viendo desde el mar el atardecer.
—Te quiero tanto—me dijo.
—¿Cómo? —pregunté divertido. Ella no solía decir sus sentimientos así, de improviso.
—No me vuelvas a hacer repetirlo—dijo y levanté la ceja burlándome de ella. —Eres... Te quiero—respondió y me hizo una ahogadilla.
Al salir de allí la vi alejándose hacia la orilla. La seguí esperando algo, bueno, buscando algo. Al salir con la ropa empapada le cogí del brazo, ella me miró y le sonreí, la besé.
—Yo también te quiero boba.
Nos fuimos de allí a nuestro pisito. Los dos entramos mojados, pero nos daba igual. Kasandra dejó su tabla y fue hacia donde me encontraba ya sin camiseta. Me besó y le devolví el beso. Entre los dos nos fuimos quitando la ropa con diligencia y algo de urgencia. Tanto Kasandra como yo conocíamos el cuerpo del otro, y sabíamos que no teníamos mucho tiempo. Metí dos dedos dentro de su braguita del bikini y ella se estremeció, ella cogió mi m*****o y lo zarandeó. Yo ya estaba listo y ella parecía que también lo estaba. Entre besos y respiraciones agitadas los dos nos dirigimos a la cama y en una embestida se corrió, yo tardé un poco más. Acabamos los dos entre arena, agua salada y semen en la cama. Los dos nos sonreímos y la acerqué a mí, ella me abrazó y comenzamos a besarnos.
—Me tengo que duchar—me dijo con un tono remolón y se recostó. Yo tiré de su brazo y se volvió a tumbar.
—Quédate un poco más aquí—le pedí. Ella se rio.
—No puedo. Paola llegará dentro de poco. Habría que recoger un poco la habitación.
Kasandra se fue a duchar, yo recogí la habitación y me metí en la ducha. Al salir estaban tomándose unos vinos ella y Paola. Paola ya iba algo perjudicada, ya habría bebido.
—Hola—me saludó Paola. Yo hice lo mismo. —Hoy nos vamos a conseguir unos tíos que estén como un tren.
—Ajá—respondí muerto de la risa. — ¿Y cómo lo vais a hacer?
—Somos dos pibones. Alguno caerá.
Se fueron y yo me quedé en casa recogiendo las copas y lo que habían comido, aunque Kasandra me dijo que ella lo podría hacer cuando volviera. Vi una película y me fui a la cama, al día siguiente tendría que corregir los exámenes que tenía. Al quedarme dormido oí un ruido, luego un: Auuh! Y luego alguien tumbándose a mi lado. Me fui a girar, pero me abrazó. Sonreí, me giré y la vi allí, seguía teniendo los ojos pintados.
—¿Qué tal con Paola? —pregunté.
—Bien, la he dejado en casa y me he venido. ¿Qué tal tu noche?
—Tranquila—respondí. —Me encanta como te quedan los ojos así pintados.
—Y a mí me encanta tu cara de recién despierto—dijo. —Que asco damos. Somos unos ñoños. —Yo me reí.
—Ven aquí—le dije y la abracé mientras hacíamos la cucharita. —Te quiero.
—Yo también te quiero —respondió y le di un beso en la cabeza. —Buenas noches.
—Buenas noches canija.
La casa de la tía de Kasandra era preciosa, ella me enseñó su cuarto. Los posters que seguían decorando la habitación, las montañas de discos... Me dijo que me diera una ducha para después cenar. Se rio, sabía que era muy temprano para nosotros. Le propuse ducharnos juntos y ella accedió entre risas, con un mi tía nos puede pillar. Su cara estaba roja como un tomate y la vi todavía más bonita de lo que era. Su tía hizo como que no se enteró, pero creo que sabía lo que habíamos hecho. Tocaron a la puerta, esperábamos a la hija de Elena, ellas estaban ocupadas así que fui a abrir la puerta. No me pude creer quien había tocado el timbre.