Los días raros

3879 Palabras
Kasandra. Leo tenía razón, tenía que decírselo a Scarlett. La llamé al móvil, pero lo tenía apagado. Fui a llamar a mi tía, necesitaba irme de ahí antes de que me echaran. Cuando Scarlett se enterara que Liam y yo habíamos tenido algo se pondría muy celosa y me echaría. Llamé a mi tía y me dijo que pasaría por mi habitación. Me duché y oí como alguien tocaba la puerta, con sólo mi minúsculo tanga y la toalla en el pelo abrí y me volví adentro pensando que con quien hablaba era mi tía. —Que rápido has llegado, vamos a casa ahora que... Me di la vuelta y allí estaba Liam, ojiplático y con una incipiente erección en el pantalón. Me puse una camiseta de Leo mientras él estaba ahí en shock, me quedé muerta. —Sal—le dije. Parecía no responder. —Que salgas. Joder. —Espera, espera—respondió él todavía en shock. —Me has abierto tú y en bolas. —Pensaba que era mi tía. Sal ya, no quiero verte. —Pero... —Pero nada joder, ¡VETE! —No me pienso ir. —Llamaré a recepción—dije cogiendo el teléfono. —No es la primera vez que te veo desnuda. —Pues va a ser la última. Que te vayas he dicho—respondí gritando. —Que solo quiero... —¡Qué quieres! Joder —A ti. —Estás de coña—respondí con cara de asco. —Es verdad—contestó él con un hilo de voz. —No lo es. No sabes lo que quieres. Siempre has hecho lo que tu madre ha querido que hagas. Ahora no voy a joder toda una vida porque tengas un calentón por ver a una tía sin camiseta. —¿Sigues sintiendo algo por mí? —Ahora mismo vergüenza. Vergüenza y asco—respondí. —Es mi amiga joder. Que haces queriendo tener algo conmigo. Tengo novio. Le quiero a él, a ti no. —Vale—dijo y giró la cabeza. —De todas formas, tengo que hablar contigo. Te espero abajo. Oí y comprobé como se fue de la habitación. ¿Qué había pasado? Ahora lo tenía más que claro, tenía que contárselo a Scarlett, y le tenía que contar esto a Leo. Hice la maleta pensando en muchísimas cosas y entre ellas estaba Leo. Leo en la arena esperándome después de clases, Leo haciéndome el amor, Leo y yo escuchando música en el tocadiscos, Leo enseñándome a bailar... Lo quería muchísimo. Me fui a poner la camiseta y vi mi tatuaje, Secret World. Sonreí, gracias a Peter Gabriel nos habíamos convertido en... en todo. Salí de la habitación y fui abajo. Lo vi allí confuso y algo alterado. Devolví mi llave y dije que abandonaba la habitación, no quería seguir por allí. Me dirigí a dónde se encontraba, tenía que hacer tiempo hasta que llegase mi tía. —¿Qué querías decirme? —En primer lugar, lo siento. Por lo de la habitación. —Vale—respondí. —Has cambiado—sentenció. —Sí. Los humanos evolucionan, no soy la misma que dejaste en Nueva York Liam. —Pero sigues teniendo los tatuajes. —Liam, yo me hice el tatuaje de Imagine porque me gustaban los Beatles, tú te lo hiciste por mí. El del infinito fue por tu padre. —No sigas. —Creo que es necesario, que lo escuches. Cuando empecé contigo y decidí irme a tu casa a vivir, quien estuvo siempre ahí fue tu padre. Tú estabas desaparecido o con tu madre. Ella me quería hacer sentir fuera de lugar continuamente, en cambio tu padre no. Estaba allí sola, sin familia y amigos, lo había dejado todo por ti. ¡Teníamos hasta un perro! Y cuando me dejaste... lo pasé muy mal. Estuve en el funeral de tu padre, no sé si lo sabías. —No—contestó. —Me pareció que después de todo lo que me había ayudado pues podría ir a despedirme de él. —¿Ayudado? —preguntó. Parecía que no sabía muchas cosas. Le conté que el primer año que estuve sola en Nueva York su padre me ayudó económicamente para poder estudiar, y después le fui devolviendo poco a poco lo que me había prestado. Que su padre no quería que él entrase en política. Prefería que entrase en empresariales y se dedicase a lo que él quería, aunque eso él ya lo sabía, pero parecía querer olvidarlo. También que él me vio siempre como una hija y que yo a él como a un padre. Serían cosas mías, pero el valor de una familia siempre había sido algo importantísimo para mí. Liam lloró ahí, porque sabía que era verdad. El infinito, a pesar de que él pensase que lo hacía por él, había sido una promesa que ambos le habíamos hecho a su padre, y que de los dos únicamente yo había cumplido. En Nueva York volví a encontrarme con Paola, una chica francesa que ambos conocíamos cuando coincidimos aquel verano en Santa Mónica, ella y yo  siempre habíamos sido como uña y carne. He de admitir que desde el momento en el que nos conocimos él siempre había sido muy inmaduro, mientras yo por circunstancias siempre había sido mucho más madura que él. LIAM Kasandra tenía razón, había sido un cobarde por haber renunciado a mis sueños, por haber renunciado a ella. Me empeciné que lo mejor para mi familia iba a ser seguir con la carrera política de mi padre. En aquel entonces aún siendo mayor que ella, era mucho más disperso. Mi única preocupación consistía a qué sitio salir, y donde poder emborracharme. El verano que la conocí fue cuando yo tenía dieciocho y ella diecisiete. Insistí para salir con ella, era tan madura... Pero ella no quería saber nada de mí, normal. Me iba follando (perdón por la palabra, pero es así), a toda chica que me pareciera mona y que no supusiera ningún desafío. Kasandra siempre me atrajo, pero a diferencia de mí, no tenía dinero, estudiaba para tener una buena carrera y tener experiencias. Aquel verano fue el mejor de mi vida, aunque al principio no fue del todo así. Como ya he dicho me follaba a toda chica que me pareciera guapa, qué me iba a importar a mí sus sentimientos. Ellas sabían a lo que iban y yo también, pero hubo una que no solo quería acostarse conmigo. A todo esto, yo compartía piso con Kasandra, y... para que decir lo contrario, la acidez de sus respuestas me ponía tontorrón, eso y las camisetas XXL de hombre que usaba para dormir. Aparte de Kasandra vivía con otras tres chicas, pero ninguna me llamaba la atención cómo ella, a pesar de que le caía fatal. Pues lo dicho, la chica aquella que no solo quería acostarse conmigo le tenía muchos celos, y no porque Kasandra hiciera algo para llamar mi atención, si no que cuando lo hicimos grité su nombre. No el de la chica, si no el de Kasandra. Ya lo sé, sé lo que pensarás, que soy un cabrón. Lo era y creo que lo sigo siendo. Obviamente eso trajo consecuencias, y no muy buenas. Básicamente Lu, la chica en cuestión, fue a la habitación de Kasandra que dormía al lado de la mía a tirarle de los pelos. Y la lección que aprendí de todo esto fue que tenía que dejar de ser un c*****o. Pero... uno no cambia de la noche a la mañana. Así que Kasandra se trajo a un chico; a todo esto, mi cerebro no daba para nadie más que no fuera yo mismo. Aquel chico era moreno, con ojos negros. La verdad es que las chicas lo catalogarían de guapo. Yo no pude evitar tocar las narices un rato, no quería que me quitasen a Kasandra. —Entonces, ¿eres un compañero de clases de Kasandra? —pregunté. —Sí —contestó él. —No me acuerdo de tu nombre... ¿eras? —pregunté. —Se llama Jack. —respondió Kasandra por él, sin quitar la vista del ordenador. — Liam deja de tocar las pelotas y vete a hacer lo que supuestamente haces todos los días. —Es que hoy estoy libre. —seguí. —Liam, estamos haciendo un trabajo bastante importante para la clase. Déjanos un rato en paz. —Estás casada con tu trabajo—bufé. —¿no lo crees Jack? —Pero ¿qué estás diciendo? —preguntó ella. Buena pregunta Kasandra, ¿Qué estaba haciendo? —Yo...—empezó Jack. —Jack, para. ¿Qué coño te pasa? —me preguntó ella cabreada. —Que me aburro —respondí entre indiferente y chulesco. —Pues cómprate un loro. No me toques lo que no tengo. —Yo debería...—comenzó Jack. —No, no. Jack, amigo, quédate. —dije divertido. Me gustaba picarla. —Eres, eres...—comenzó y me tiró la Coca-Cola que tenía delante. —Muy madura. —contesté con una sonrisa. Y entonces la miré con deseo y lo vi reflejado en su mirada. Noté como me quedaba sin aliento, sobraba una persona y no era ni yo, ni ella. Apartó la vista y se dirigió a su amigo temblando. Yo no me podía creer que a ella también le atrajese. —Liam, vete ya—me dijo. —Jack, creo que deberías irte. No nos va a dejar en paz. Es un crío. —Habló la que ha tirado una Coca-Cola a otra persona. —Sí, mejor me voy. —respondió. —¿Nos vemos en la fiesta de esta noche? —¿Puedo ir? —pregunté detrás de ella. —No —respondió. —Es para la clase de audiovisuales y tú no haces nada de provecho en tu vida. —Nos vemos esta noche —contestó y le cerró la puerta. Se giró con cara de enfado, sin acompañar al pobre chico que esperaba que le acompañase, para qué, ¿para un beso? Lo tenía claro, la mirada que me dedicó no era para todos los públicos. —Pero de qué vas. —me soltó y me di la vuelta con indiferencia. —Estoy hablando contigo gilipollas. —Me voy a duchar, estoy lleno de Coca-Cola. —Escúchame. —¿Quieres venir y ducharte conmigo? —respondí con una sonrisa burlona. Lo decía en serio, y sabía que ella se moría por acompañarme. —Tus ganas. —respondió. —Las tuyas. —respondí y se rio. —Por eso querías que Jack se fuera. — me espetó. Nos volvimos a mirar, de esa forma en la que nos miramos cuando me tiró la Coca-Cola. Nos sostuvimos la mirada, mi corazón y mi respiración empezaba a agitarse, y parecía que la de ella también. Y entonces la besé y se dejó, y no solo eso si no que me besó con más fuerza y deseo con lo que había comenzado a hacerlo yo. Acabamos en una pared, magreándonos como dos animales, ella llevaba su vestido de flores blancas, ese que me volvía loco y que tantas veces quise quitarle. Comencé a subir su falda y bajarle las bragas, ella no perdía el tiempo y metió la mano en mi pantalón. Ella estaba húmeda y yo sólo quería hacerle todo tipo de cosas. Creía en un principio que yo tendría el mando, pero no, ella sabía muy bien lo que hacía. Ambos teníamos unas ganas tremendas de acostarnos, y lo haríamos en medio del pasillo. Estaba preparado para subirla en volandas cuando oímos una voz que hizo que yo me metiera en el baño y ella respondiese. — Kasandra, ¿estás aquí? —la voz de Jimena más alta de lo normal la buscaba. A todo esto, este episodio no es gratuito, ahí supe que tenía alguna oportunidad con ella y que sólo era cuestión de tiempo que nos acostásemos. Lo que pasa es que era idiota, y me enamoré de ella. El resto del verano me tocó aprender, aprendí muchas cosas como... que aquellas chicas con las que había jugado esperaban que las llamase. Que había sido un inmaduro y lo seguía siendo, y que no sabía lo que quería ser ni hacer con mi vida. El año siguiente me quedé ahí, junto al resto de la casa. Mi padre había notado que había madurado, parecía haberlo notado todo el mundo menos ella. En aquel momento me interesaban los negocios, muchísimo, creo que a día de hoy si hubiese seguido estudiando eso, podría ser muy bueno en lo mío. Pero claro, una cosa son las intenciones y otra muy diferente son los hechos. A Kasandra y a mí nos costó salir, ella no se fiaba de mí y yo quería que se fiase porque, aunque no lo sabía, la quería. Kasandra volvió a salir con un chico, esos meses fueron algo agónicos para mí. Sabía que le atraía, que me evitaba para no verme, pero no sabía que hacer o que decir para que confiase en mí. Dejé de hacerlo, dejé de intentar encontrar algo en común, y... sorpresa, a partir de ahí vino todo rodado. Ese año hubiese jurado que me casaría con ella, que la haría feliz y que terminaríamos siendo dos ancianos en Liverpool en una tienda de discos vinilo. Sí, eso era lo que pensaba, pero en esos momentos la tragedia no había llegado, más bien mi valentía. LEO. Tras aquella semana en la que tuve que replantearme todo lo que había decidido no hacer con mi vida, tenía que ir a Reino Unido, a encontrarme con Kasandra. Sin ganas de tener que ver a su ex, que había entrado en su habitación y la había visto sin camiseta. Además, seguía teniendo mal cuerpo por la chica que vino a verme. Negocios... con el cuerpo de mi padre todavía caliente, ¿no tenía escrúpulos? Mi padre había sido un empresario importante. Vivíamos en Connecticut, en un barrio muy pijo a las afueras de Nueva York, aunque teníamos un piso en Manhattan que se comenzó a usar a partir de mis diez años. Todos los veranos nos íbamos al pueblo, que todo el mundo conoce como los Hamptons, pero que quien no tiene mansiones como los ricos, tienen casitas en la playa como nosotros. Desde pequeño me di cuenta que no vivía como el resto de los niños, una vez conocí a un niño de mi edad en Central Park, y si para mí era muy normal eso de viajar muchísimo, él se iba como mucho a la ciudad de al lado. Ese día le pregunté a mi madre porqué no todo el mundo viajaba como nosotros. Cuando entré al instituto pedí ir a uno público, pero mis padres se negaron. Al segundo año lo conseguí, y creo que fue la mejor decisión de mi vida. A pesar de lo que se dice que la educación pública deja mucho que desear, a mí me tocó en una buena clase. El profesor Williams nos hacía leer libros que, si lo piensas ahora son interesantes, pero que en aquel entonces no era algo que a un adolescente le interesara, preferíamos estar pendientes de las chicas. En aquel entonces yo era muy popular, no porque lo diga yo, objetivamente era así, mi anuario fue el que más firmas recibió de la clase. A final de curso, el señor Williams nos había mandado a que leyésemos libros en verano. Como todo el mundo no podía comprarse libros y sabía que el orgullo adolescente es fuerte, dejó en su mesa bastantes para quien no pudiese comprarse alguno lo cogiera. Yo pasé por clase, a ver, mi excusa fue que era para ver quién no tenía dinero, pero realmente me gustaba leer. Me acerqué a su mesa y observé los libros, mi gusto por la lectura lo había camuflado las clases del señor Williams, eran perfectas para que no quedar de pardillo. Cogía los libros y los miraba curioso, y uno me llamó especialmente la atención. — Buena elección—oí una voz a mi espalda. — No, si yo no lo necesito—le dije de forma pasota, como si no me interesase. Aunque la verdad es que me quería llevar el libro. —Cógelo, es para la clase—respondió él divertido. —No, no— contesté. —Alguien lo necesitará más que yo. —Creo que has elegido al libro y él te ha elegido a ti. —Señor Williams, leer es de pringaos. —Por eso tienes un diez en todas las redacciones sobre los libros. Porque no lees, ¿no? —Yo... —Leer no es malo Leo. Alimenta el alma, nos hacen ser quienes somos. —Pero es que este libro... —¿Lo escribió una niña? —respondió divertido y riéndose. —Sí. Será mejor para una niña profe. —Mira, llévatelo, y si no te gusta, a la vuelta de vacaciones me lo devuelves y me dices que El diario de Ana Frank es para niñas. Asentí y me fui de allí. Ana Frank fue uno de los primeros libros que leí por placer. Animé a mis padres a que me dejaran libros un poco más de adultos, como el de Ana Frank. A ambos les pareció genial, porque podría haber salido como algún hijo de algún amigo suyo, sin querer estudiar. Tras el verano devolví el libro, algo tímido pero el profesor Williams sonrió. Tras las clases le busqué para contarle todo lo que había leído, me recomendó libros sobre géneros que me apetecía leer. Desde Agatha Christie a poemas. Donde me vieses estaba con un libro. A pesar de lo que dicen de cuando lees y eres listo dejas de ser popular, no me pasó. Seguía quedando con mis amigos, ligaba con alguna chica y el haber leído poesía sumaba algún punto. En penúltimo curso me enteré de algo que me destrozó, el profesor Williams dejaba el instituto, se jubilaba. Fui a su clase enfadado. —No me había dicho nada. —¿De qué? —De que se jubilaba. —Pues ya lo sabes. —Y, ¿entonces? —Entonces qué. —El año que viene no estará aquí, en mi graduación. —Si me invitas vengo. —Profesor, yo quería decirle—y lloré, de pena e impotencia. El profesor Williams no solo había sido mi profesor, si no mi amigo. —De mayor seré como usted. —¿Cómo yo? No soy nada interesante. —Sí. Seré profesor. Seré tan buen profesor como usted. —Leo, hijo... Tú... —Lo seré, ya lo verá. Se lo prometo. El profesor Williams comenzó a llorar, él se había convertido en uno de los hombres a los que más había admirado. Mi padre y él eran mis referentes, pero yo quería ser como él, que los demás tuviesen la oportunidad de aprender como lo había hecho yo, de apoyarse en mí. Esa misma noche les anuncié a mis padres que sería profesor. Mis padres se quedaron asombrados, quisieron hacerme cambiar de idea. Me llevaron a la oficina de mi padre a conocer a gente importante, para saber como funcionaba el mundo de los negocios, pero no claudiqué. Sería profesor, podría entrar en cualquier universidad por mi expediente y pedir una beca. No hizo falta, mis padres terminaron de entender y aceptar mi decisión. El profesor Williams vino a mi graduación y le di la noticia de que estudiaría literatura en la universidad de Columbia para dedicarme a la enseñanza. Él lloró, y le repetí la misma promesa que un día le hice, sería tan buen profesor como él. Cuando terminé la carrera pasé un año sabático recorriendo Europa, mis padres decidieron regalarme ese viaje que disfruté como nunca. Al año busqué trabajo y encontré uno en un instituto público de Santa Mónica, con la intención de convertirme en un gran profesor. Santa Mónica era diferente a Nueva York, era más brillante, más soleada, pero no tan bulliciosa. Allí comencé un estilo de vida diferente al que tenía en Nueva York, sin lujos, sin ir a grandes cenas y cócteles. Sólo el disfrutar, estar con amigos y trabajar que al fin y al cabo fue a lo que había ido. Y allí la encontré a ella, y ella me encontró a mí. Aunque realmente esa es otra historia. SCARLETT. Nací en Liverpool, aunque crecí y me críe en Londres. Allí hice mis primeras amigas entre las que se encontraba Kasandra. A pesar de llevarnos genial, había múltiples diferencias que no me importaban. Una de ellas es que yo era más rica que ella, otra que a la hora de fijarnos en chicos no nos gustaban los mismos. Mientras que a ella le gustaban los roqueros cutres de Liverpool a mí me encantaban los guapísimos chicos de Londres. Cuando Kasandra perdió a sus padres yo estuve con ella, no podía imaginarme perder alguno de mis padres, y ella perdió a los dos a la vez en un accidente de coche. Podríamos decir que mi adolescencia tuvo vaivenes, entre los que se encontraba lo a gusto que estaba teniendo una vida con muchísimos lujos, a pesar de que mi mejor amiga carecía de ellos. A ver si me entiendes, siempre me han encantado las comodidades, los lujos y todas esas cosas. Aunque el estar con mi mejor amiga macarra oyendo algún disco de rock clásico que a ella le gustaba, mientras hablábamos sobre algún chico tampoco estaba mal. Desde pequeña siempre se me había dado bien conseguir lo que quería, sí. Sabía detectar cuales eran los puntos débiles de mi oponente y derribarlos para conseguirlo. Y de ahí que, si quería un bolso lo tenía, si quería irme de vacaciones a no se... ¿Los Ángeles? Me iba. Y de ahí pasar a las cosas más complicadas. La cosa es que desde pequeña sabía negociar, y eso está bien, bastante. Las negociaciones para mí siempre han sido importantes, a Kasandra eso siempre le dio igual. Me acuerdo de verla relajada en mi cama, mientras yo intentaba conseguir algo. Sonreía y decía ya verás que lo consigues. Tenía fe ciega en mí, y eso me gustaba, porque eso es que era buena en ello. Pero justo al cumplir a los diecisiete, gracias a una beca se fue a estudiar durante un año a Santa Mónica. Lo pasé mal, ya no tenía a una amiga para comentarle cómo había salido triunfante de alguna de las mías. Tampoco con quién celebrarlo. Así que hice mi propio grupo de amigas, en las que sí, todas me adoraban porque... soy la mejor. Nunca me planteé salir del país, básicamente porque todo era mucho más cómodo en mi casa. Cuando comencé la universidad estudié negocios, se me daban genial y aprobé curso por curso. Todos con buenas notas y alguna matrícula de honor, me iba con mis amigas de fiesta e hicimos algún viaje por Tailandia. Además, me hice un i********: y sé que me volví media famosilla, y me gustaba. Me hice influencer, me encantaba contarle a todo el mundo todo lo que tenía y que lo que quería lo conseguía. Mis padres me dejaron entrar en el negocio familiar y fui ascendiendo, y no por ser la hija del jefe, si no por méritos propios. Lograba los mejores tratos, tenía un don de gentes que aupa, y no lo digo yo, lo dice mi abuela. En fin, mi vida era perfecta, pero me faltaba ese novio serio que toda necesita. Y lo encontré, bueno, a ver, realmente lo encontró mi madre. Americano, guapo, rico y encima político, todo un partido. Le caí genial a su madre, y a él lo conquisté poco a poco, con mesura, a fuego lento. La verdad es que estaba muy enamorada de Liam, él era detallista y sabía darme mi espacio sin parecer que pasaba de mí. Tuvo que aprender de alguien... o quizás siempre fue así. El ver a Leo, el hijo de los amigos de mis padres me hizo pensar algo. Tenía que conseguir esa empresa, y si no a él. Además, también tengo otro problema, Kasandra. Kasandra había dejado de ser aquella chica que me decía a todo que vale o le interesaba más bien poco. Estaba cambiada, ahora trabajaba para Taylor Swift, ya me jodería, porque ella era roquera y Taylor es tan... tan dulce. Y sé que se llevan bien, porque la he visto en alguna que otra foto juntas. Además, parece feliz, parece más feliz que yo. Que rabia eso de querer lo ajeno. Es que cuando la vi, había cambiado hasta su forma de vestir. Y no es que vistiese mal antes, si no que ahora va conjuntada que parece que se conoce mejor la sección de Vogue que yo. Y ese moreno, a ver, recibir tantos rayos del sol no puede ser bueno. Además, tiene novio, ¿cómo dijo que se llamaba? Bueno, ya le conocería. Probablemente el novio sería un roquero tatuado o un hippie. Eso creía yo... pero cuando la vida te da limones, hay que hacer limonada, y yo tenía claro que la limonada me la bebería yo. 
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