Kasandra
Ese día el cielo estaba gris, volvía a mi antigua ciudad después de pasar años en otra donde el cielo tenía un color azul intenso. No podía dejar de pensar en las olas y la arena blanca que continuamente me rodeaban, para pasar a tener días grises como aquel. No siempre había vivido en la calidez del cielo de California, pero si puedo decir que allí pasé mis mejores años.
Mi mejor amiga me esperaba al otro lado de la calle, con una sonrisa de oreja a oreja. No la veía desde hacía años, y aunque de pequeñas nos contásemos hasta la más mínima cosa que nos pasase, la verdad es que no sabría decir qué le gustaba en esos momentos. Scarlett siempre había sido una chica divertida y coqueta, al contrario que yo, que siempre preferí ser una hippie. A pesar de eso, ahora me daba la sensación de que ella seguía igual que siempre, mientras yo había cambiado muchísimo. Supongo que eso es lo que pasa cuando vuelves a un lugar tras mucho tiempo.
—¡Mírala! — me dijo ella divertida.
—Que dices, si sigo igual.
Aparentemente no había cambiado mucho. A pesar de habernos visto a los diecisiete años por última vez en Inglaterra, yo había dejado de ser la hippie barra roquera de siempre. Ahora seguía siendo igual, pero con un tono más formal. Chasqueé la lengua en señal de que echaba de menos el mar del Pacífico. Probablemente alguna de mis amigas se hubiese dado cuenta, pero Scarlett no, ella simplemente pensaba que era por seguir igual.
—Me encanta tu chaqueta. —me dijo.
—Muchas gracias. —respondí.
—No me creo que trabajes con Taylor Swift. Me encanta como viste, y ahora tiene ropa con Stella McCartney.
—Ya... Taylor es un cielo —dije porque era verdad, pero no tenía ganas de hablar de trabajo. —Pero cuéntame, ¿Qué tal está yendo la boda?
—Genial, hoy conocerás a mi futuro marido.
Scarlett siempre había querido casarse, a diferencia de mí, que lo que prefería era vivir tranquila con mi gata y por aquel entonces mi novio. Leo vivía conmigo en Santa Mónica, a diferencia de mí, él era mucho más serio que yo, y eso me gustaba. Alguien que tuviese todo más claro, y que diera algo de lógica a mis problemas, con soluciones bastante pragmáticas. Leo siempre ha sido un buen hombre, de esos con los que tus padres quieren que te cases. Pero yo, eso de casarme, no lo tenía claro, básicamente no quería, y sabía que él sí.
Llegamos al hotel en el que me quedaría dos semanas, la boda se celebraría a finales de la segunda. Un hotel caro me había dicho Scarlett, no me dejaría quedarme en un cuchitril ni en un Airbnb. Leo llegaría la próxima semana, pero ahí me tenían, como una dama de honor más, esperando a que la novia no le diese un parraque.
—Kasandra, luego te recogemos para ir a cenar.
—Vale. ¿A qué hora?
— A las seis.
Asentí con la cabeza, yo estaba acostumbrada a cenar tarde. Últimamente no tenía mucho que hacer, el disco ya estaba terminado y sólo quedaba ver si las ventas iban bien. La habitación era grande, grande para lo que es una habitación en Inglaterra. Me di una ducha larga y relajante y me di cuenta de que mi piel estaba bronceada. Tenía el pelo mucho más largo de lo que solía llevarlo, y se había aclarado tras días y días al sol. No me apetecía ir a la cena en absoluto, básicamente porque estaba cansadísima y quería dormir. Al salir de la ducha pensé en qué ponerme, si un vestido, unos pantalones, una falda... Qué complicación. Me tiré desnuda en la cama, quería dormir, sólo pensaba en ello. Me fui quedando traspuesta hasta que llamaron por teléfono.
—¿Sí?
—¿Leo? —pregunté todavía media dormida.
—¿Estabas dormida?
—Medio medio. Scarlett quiere que cene con ella y su prometido hoy.
—Y te apetece una mierda.
—Sí.
—Y probablemente porque no hay nadie en la habitación vayas desnuda.
—Que bien me conoces — respondí y comenzó a reírse. —¿Quieres hacer sexting? Tengo un tanga muy mono...
—No, no. —respondió y lo noté serio.
—¿Ha pasado algo?
—Mi padre...
—Voy para allá—respondí levantándome de la cama.
—No, tranquila. Quédate allí, no vas a solucionar nada.
—Pero así te apoyo —contesté y me sequé las lágrimas. Su padre se había portado genial conmigo.
—Lo sé. Pero te tienes que quedar ahí. No hay dinero para que vuelvas. La próxima semana estaré ahí.
—Saluda a tu madre de mi parte. Dale el pésame, y a tu hermano igual.
—Lo haré—dijo y se hizo una pausa. —Te quiero. No llores.
—Yo también. Eso es difícil.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Nos despedimos y se me quedó mal cuerpo. Leo había sido una persona muy importante en mi vida, y su familia también. Su madre había sido como una madre para mí, y su padre también. Yo no tenía familia, mis padres habían muerto cuando tenía seis años, y mi tía me había criado como una hija. Tuve unas ganas tremendas de ir con ella y dejar plantados a Scarlett y a su novio, pero a veces el destino es muy caprichoso. El teléfono de la habitación sonó.
—Cari, soy yo. Estamos abajo, baja cuando quieras.
—Vale—respondí.
Me pinté los morros, me enfundé una falda de tablas celeste y un jersey de manga corta blanco, unas botas camel, me puse una chaqueta y salí de la habitación estando por dentro hundida. Scarlett vino en mi busca de forma rápida y me dijo que iba guapísima, le sonreí. Quería llamar a mi tía e ir a su casa, pero primero me tenía que enfrentar a la cena para conocer al futuro marido de mi amiga. Y entonces lo vi, el pelo rubio ceniza, una camisa blanca y unos pantalones chinos, solo había cambiado algo, unas gafas de pasta se interponían entre sus ojos azules y mis ojos oscuros.
—Liam, esta es mi amiga Kasandra.
—Encantado—dijo y me tendió la mano.
—Encantada—contesté y lo miré.
Scarlett estuvo hablando y alabando mi modelito, pero yo estaba a otra cosa. Yo conocía a Liam, Liam y yo habíamos mantenido una relación bastante formal. Liam había sido la persona por la que yo me había quedado en Estados Unidos. Liam me había partido el corazón en mil y un pedazos, y me había dejado a mi suerte en Nueva York con una mano delante y otra detrás. Y con todo lo que me había hecho no pude desenmascararlo cuando tuve la oportunidad y no podía dejar de observarlo de reojo.
—¿Y tu novio cuando viene? —me preguntó Scarlett.
—La semana que viene—respondí, me abstuve a contarle el drama de Leo.
—¿Es de California? —preguntó ella. Le sonreí.
—No, de Nueva York. Nos conocimos en California y nos quedamos allí porque ya sabes...
—No—contestó ella.
—Estoy enamorada de la playa y él es profesor en un instituto. Él es mucho más serio que yo.
—Profesor, que simpático. Pues yo te veo mucho más seria, de hecho, has cambiado bastante tu forma de vestir. — dijo y tragué saliva. Se volvió a su prometido. —Ella antes era muy hippie y roquera.
—¿Sí? —preguntó él y miró por el retrovisor.
—Sí —contestó ella. —Me contó en su momento que se enamoró de un chico por aquel entonces, pero yo se lo dije y el tiempo me dio la razón, un c*****o.
No hice ningún comentario, vi cómo me observaba por el retrovisor y como sonrió.
—Así que un c*****o. —respondió él.
—Sí—dije, no me iba a achantar. — Te lo resumo, me enamoré, le hubiese seguido hasta el fin del mundo y me dejó sola en Nueva York, sin familia, sin nadie.
—A lo mejor tenía sus motivos—siguió él.
—¿Cómo cuál? ¿Qué se aburrió de mí?
—No, a lo mejor él veía que no eras feliz a su lado.
El silencio se hizo, un silencio que me ahogaba, por el que me hubiese ido del coche. ¿Yo había sido feliz con él? Sí, mucho. Pero la última temporada había sido muy difícil y él había sido un cobarde.
—No. Él fue un cobarde por no luchar por lo que quería, y yo fui la excusa perfecta. —Llegamos al restaurante y me levanté del coche para salir.
LIAM.
Kasandra estaba muy guapa. Había cambiado mucho desde que la vi por primera vez. La Kasandra que había bajado de la habitación no se parecía a la Kasandra que conocí en el aeropuerto de Santa Mónica, ella hubiese aparecido con un vestido hippie. Pero ya no era la misma Kasandra, seguía teniendo la tez bronceada, a pesar de que una vez la tuvo blanca como la nieve, y su pelo n***o había pasado a ser caoba por el sol. No quiero mentir, porque cuando la vi la boca se me quedó seca. Y solo logré decir: Encantado. Sus ojos negros se quedaron mirándome, incrédulos.
Scarlett y yo nos habíamos conocido unos años antes, en Boston. Había sido una fiesta que había organizado mi madre, para celebrar que saldría elegido senador. Mi madre y la suya se conocían de hacía años, y nos presentaron. Yo no había salido con nadie de manera formal desde que había salido con Kasandra. Ella no había sido feliz el último año que estuvimos juntos, a pesar de que ahora me dijese que yo había sido un cobarde.
—Amor, ¿puedo pedir vino? Sé que no puedes beber...—empezó Scarlett.
—Sí. Pedidlo para las dos.
—Yo no bebo vino—respondió Kasandra.
Tanto Scarlett como yo la miramos. ¿Desde cuándo Kasandra no bebía? Me acordaba de verla con mi padre y Runner en casa. Los dos disfrutando de una copa de vino, mientras que yo intentaba sacar a mi familia adelante.
—¿Desde cuándo? —preguntó Scarlett. —Antes de irte nos cogimos una buena borrachera.
—Pues...—comenzó a calcular—Desde los veinte—se puso roja de pronto. —A ver, en Estados Unidos no está permitido beber hasta los veintiuno.
Me miró algo avergonzada por la respuesta. Scarlett lo achacó a que yo ya era senador y bueno... no querría decir algo ilegal delante de un político. Pero yo sabía cuál era el verdadero motivo. Me puse serio, Kasandra lo notó y desvió la mirada resoplando.
—Cariño, no te pongas carca. Eso pasó ya hace años.
—Sí, hace siete años de eso—respondió Kasandra.
Me obligué a sonreír y pedimos nuestros platos. Scarlett estaba brillante, pero Kasandra más. Iba muy sencilla y no necesitaba mucho, siempre había sido así, elegante. Recordé aquellas tardes en la casa compartida, dónde Paola y ella se dedicaban a hacer fotos y Paola le dejaba ropa que le quedaba mejor que a su dueña.
—Kasandra, ¿qué tienes ahí? —preguntó Scarlett.
—¿Dónde? — preguntó ella.
—En la muñeca.
—Ah—dijo ella y la vi resuelta, yo me quedé blanco. —Un tatuaje. Mira, pone Imagine. Ya sabes que encantan los Beatles, y siempre quise tatuarme algo. Y bueno, aquí tengo un infinito. Luego tengo otro en un costado, pequeño y muy bonito que pone Secret World.
—Me encantan, ya sabes que a mí no me gustan mucho, no me veo cómoda con uno, me quedaría muy basto.
—Lo entiendo. Cada persona es un mundo. A Leo le gustan los míos, pero él no se ve con uno... yo me lo hice a los diecisiete, casi dieciocho. El del infinito a...
Sabía que no quería recordar, que le hacía mucho daño. Noté como se ausentaba a pesar de mirar a la nada, quise abrazarla y decirle que había sido un cabrón sin corazón. No esperé que comenzara a llorar, se disculpara y se fuese.
—Deberías ir con ella—le dije a mi prometida.
—Sí, mejor.
Había sido un cabrón, un tremendo cabrón. El infinito significaba mucho, ese momento en el que los dos nos prometimos que estaríamos a las duras y a las maduras. Yo había roto esa promesa y me había borrado el tatuaje, como el de Let it be. Un cobarde es lo que había sido, un cobarde que no había luchado por lo que quería y se había escondido.
Scarlett apareció sola y me quedé sorprendido. ¿Qué había pasado? Kasandra apareció después, parecía que no le había pasado nada. Scarlett no dijo gran cosa al igual que Kasandra. Ninguna volvió a sacar el tema de los tatuajes.
—Liam, me voy a tener que ir—soltó de pronto.
—¿A dónde? —pregunté.
—A Estados Unidos. Mi madre me ha pedido que vaya a ver a unos amigos de la familia que han tenido un problema.
—Pero si nos casamos dentro de dos semanas.
—Estaré en la boda. Pero tengo que ir, no puede hacerse cargo nadie. Solo yo.
Volvimos todos en silencio. Kasandra ausente, yo enfadado por lo que acababa de anunciar Scarlett, sin entender el porqué de nada. Llegamos a nuestra casa, casa que dentro de poco dejaríamos para ir a vivir a Boston.
—Te acompaño—le dije.
—No Liam. Tengo que ir yo sola.
—¿Por qué?
—Porque son unos amigos de la familia.
—¿Y qué hago yo aquí en Inglaterra? Mi casa está en Washington.
—Dirás nuestra casa—respondió ella.
Me había acostumbrado a no compartir con nadie nada desde que terminé con Kasandra. Scarlett estaba enfadada, pero no sabía porqué. Quizás porque Kasandra le había dicho algo.
—¿Qué te pasa? —pregunté.
—Nada, estoy algo nerviosa con la boda.
—Oye, estoy aquí contigo. No estás sola.
—Gracias— me respondió. —Es que ahora este viaje exprés no me apetece.
—Pues no vayas—respondí. — Se nos ocurrirá algo. Puedes fingir que estás mala y nos quedamos en casa todos estos días. Sin dramas, sin Kasandra, sin viajes...
—Tengo que ir. ¿Qué te pasa con Kasandra? ¿No te ha caído bien?
—No es eso. Ya sabes como soy, es alguien de la industria de la música, y sabes cómo lo detesto.
—Pues es mi mejor amiga, hemos compartido mucho—respondió ella. Si tú supieras, hasta novio, me dije a mí mismo. — Mañana ve a buscarla.
Me quedé petrificado, la dejé que terminara la maleta y dormimos juntos. No sé ella, pero yo intranquilo porque la vería a ella, a la mujer por la que me planteé dejarlo todo para vivir una vida fuera de la política. Esa noche soñé con mi padre, él me hablaba, no sé lo que decía porque me desperté lleno de sudor con Scarlett en la otra punta de la cama. No la fui a buscar, la dejé ahí, necesitaba espacio. ¿Por qué Kasandra había vuelto a mi vida? ¿Para atormentarme?
Esa mañana parecía todo un sueño, Scarlett no estaba en la ciudad y me había dejado un post it en el que decía que tenía que ir a verla. A ella, de la que había huido. No me lo pensé, fui a su hotel y me planté ahí para verla.
LEO.
—¿Sí?
—¿Leo? —preguntó alguien al otro lado del teléfono.
—Kasandra, ¿ha pasado algo? Es muy tarde allí.
—No... Bueno, sí. —respondió ella. Estaba nerviosa.
—Dime, te escucho.
—No, que tienes un drama ahí.
—Lo sé, pero cualquiera es mejor que este.
Comenzó a reírse. Kasandra siempre había sido así, única. Me la estaba imaginando en ese momento, en la cama, con todo apagado, y la luz de la mesa de noche iluminando el cuarto. Con la cara llena de lágrimas que no se quitaba, porque sabía que me gustaba besárselas. No sé cuando me di cuenta de que Kasandra era la mujer de mi vida, pero hubo un día en el que no la quise dejar ir.
—¿Te acuerdas de mi ex?
—Sí—respondí sin entender.
—Pues la vida es muy puta y resulta que es el novio de la boda.
—¿Y tu amiga lo sabe?
—No. Se lo quiero decir, ¿Se lo digo o eso es estropearle la boda?
—No, yo creo que debería saberlo. ¿Por qué no se lo has dicho antes?
—Porque él hizo como si no me conociera. Todo es muy raro, quiero ir a casa.
—Mañana se lo dices y se acabó todo.
—Sí, eso haré. ¿Y tú que tal estas? —dijo y siguió. —Que mierda de pregunta es esa. Pues hecho polvo, devastado y queriendo llorar en todo momento. —dijo y me reí. — Al menos te he sacado una sonrisa.
—Tú siempre me las sacas. —dije y noté como sonreía. —Kasandra podemos...
—Claro—respondió.
Dejé mi móvil en la mesilla de noche con la luz encendida y ella me llamó por Facetime. Se lo cogí y la vi, metida en la cama, con las sábanas hasta las orejas, sacando unos dedos y sonriendo, también la saludé. Cerramos los ojos y nos quedamos así, hasta que nos venció el sueño.
Kasandra y yo nos habíamos conocidos en Santa Mónica, en una cafetería cualquiera, siempre nos encontrábamos allí. Ella iba con los cascos puestos y escribiendo alguna cosa, mientras que yo corregía exámenes o deberes. Un día la cafetería estaba llenísima y se acercó a preguntarme si podía sentarse conmigo. Le sonreí y le dije que podía. A partir de ese día siempre tomábamos café juntos, y nos contábamos alguna cosa que otra.
Me desperté algo desorientado, ya no había FaceTime pero sí un mensaje diciéndome buenos días, junto con una foto mía dormido. Sonreí, le mandé un mensaje y me fui a preparar un café.
Me había ido de California a casa de mis padres por todo lo que había pasado. Mi madre estaba sentada en la terraza, me hice un café en la cafetera italiana que le había comprado Kasandra a mis padres una de las veces que vinimos al empezar a salir con ella.
—Hola mamá.
—Hola tesoro. ¿Por qué sigues aquí?
—Para ayudarte con todas las cosas.
—¿Qué tal Kasandra? —preguntó y sonreí.
—Bien. Echa de menos esto, parece más de aquí que de Reino Unido.
—Es que aquí nos tiene a nosotros, somos su familia.
Le sonreí. La verdad es que era así, Kasandra se había convertido en parte de la familia. Mi hermano la adoraba, y mis padres igual. Ella tenía una forma de ver la vida un tanto peculiar, sus padres habían muerto cuando todavía era muy pequeña, por eso creo que nunca se había planteado ser madre, o casarse. A pesar de eso, a veces ella lo sugería, como algo loco, algo hippie, una boda en el mar, una boda en el pueblo de mis padres. Yo no le daba tanta importancia, en esos momentos nuestros papeles se invertían.
El pueblo de mis padres era pequeño, todos se conocían, un pueblo cerca de la playa al que íbamos de pequeños. A Kasandra le encantaba, me pasaba los veranos allí leyendo mientras ella escuchaba música en el tocadiscos y ayudaba a mi madre en la cocina. Muchas veces me recordaba que no siempre había sido así, que había cambiado mucho. Y yo le preguntaba en qué, entre besos para que me contara sus secretos y fue cuando me contó lo que le había pasado con Liam. Suspiré con fuerza y miré a mi madre.
—¿Qué te pasa? —preguntó, ella nunca se andaba con rodeos.
—Que la echo de menos—respondí.
—¿Habéis vuelto a hacer FaceTime para dormiros? —preguntó y me reí. —¿Quién se lo ha pedido a quién?
—Yo—contesté. Mi madre me miró con los ojos en blanco. —No es fácil esto, y no puede venir aquí.
—Lo sé. Me ha llamado esta mañana muy temprano. Ha buscado mil y una conexiones, pero le he dicho que no viniese, que era malgastar dinero. Me ha preguntado por...
—¿Max? No lo he visto.
—Está haciendo el cafre. Me tiene preocupada tu hermano.
Max, mi hermano pequeño, tenía diecisiete años y ha idolatrado desde siempre a Kasandra. También me tenía preocupado a mí, desde que mi padre se había puesto enfermo no había dado palo al agua. Tanto Kasandra como mis padres me habían dicho que se debería venir a vivir con nosotros. Mis padres ya estaban mayores para hacerse cargo de él, los negocios de mi padre ocupaban casi todo su tiempo, y él era un rebelde sin causa. Mi padre ahora había muerto y yo no quería dejar mi vida en Santa Mónica por otra que no quería. Mis padres siempre habían respetado eso y ahora me veía abocado a que tenía que hacerme cargo de una empresa que no quería.
Me dediqué las siguientes horas a ver los papeles que tenía mi padre, y pensar cómo gestionar lo que se me venía encima. Kasandra me había enseñado cosas interesantes, como que lo mejor del mundo era caminar y correr descalzo y oír un buen disco mientras pensabas. Puse uno de Patty Smith y me dediqué a ver todos aquellos papeles. Sonó el timbre, pero no le presté atención, le di un sorbo al café y me dediqué a mirar facturas y cotillear libros de la estantería.
Oí un ruido y levanté la mirada, la vi allí rubia, con ojos azules y ropa impecable. Me vi a mí, descalzo, con la taza en la mano, sosteniendo un libro y con una camisa blanca arrugada.
—Hola—le dije.
—Hola—respondió. —Siento haberte molestado.
Dejé la taza en la mesa y fui con mi libro hacia donde estaba ella.
—Encantado, soy Leo.
SCARLETT.
—Yo Scarlett.
No podía dejar de mirarlo y recordarlo. La luz que entraba por la ventana mientras llevaba en su mano un café y en otra un libro. El pelo revuelto, las gafas de vista en forma de aviador. Le quedaba bien hasta la camisa blanca arrugada. Cuando me miró con esos ojos color miel me quise derretir. Intenté mirar a otro lado, me iba a casar... Él parecía tan bohemio... Y yo tan... tan señoritinga.
—Leo, la señorita Scarlett quería hacer negocios contigo.
—¿Negocios? —preguntó él.
—Sí. Mi familia y la suya llevan haciendo negocios durante años.
—¿Y no nos hemos visto antes? —preguntó.
Si te hubiese visto te hubiese violado allí mismo, no estaría casada con él sino contigo.
—No—contesté. —No soy estadounidense, soy de Reino Unido.
—Como mi novia—dijo él con una sonrisa.
Apuntes, este hombre se llama Leo, aparentemente es rico, es guapísimo y tiene una novia que será guapísima, una rubia despampanante.
—Scarlett siento decirle que tengo que poner en orden bastantes cosas para empezar a hablar de negocios con usted o con cualquiera. Mi padre murió hace un par de días y no es el momento para hablar de negocios.
—¿Y su novia? —pregunté de forma precipitada. En ese momento me arrepentí.
—Mi novia está en Reino Unido, no ha podido venir.
—Yo acabo de venir desde allí, eso es que no ha querido venir. Su relación no será muy seria.
Su rostro cambió, me arrepentí de mencionar a la novia y a todo lo que viniese aparejado con ella. Él, que antes me había hablado de forma afable y amigable, ahora me miraba de forma seria y no amistosa.
—Scarlett, no todo el mundo tiene todo el dinero que tiene usted y puede coger aviones como autobuses. Mi novia le hubiese encantado estar aquí, pero no puede. Si me disculpa, estoy muy ocupado. Puede irse ya.
—He hecho un viaje muy largo para verlo.
—Pues me da igual. No soy mi padre, y ahora mismo tanto que dice que es amiga de mi familia, no me está respetando ni a mí ni a ella.
Me fui de ahí odiándolo y odiando a su novia. ¿Qué se creía? Si yo quería tener su empresa la tendría, si lo quería tener a él también. Solo había que proponérselo.