La Flor y el Colibrí
Nueva York era la ciudad de ensueño para todos los migrantes de la guerra. Era el epítome del sueño americano. Una ciudad moderna, llena de luces, abierta a recibir a todo aquel que llegara y con muchísimas fuentes de trabajo. Si bien la comida y el alquiler no eran tan accesibles para todos, había tantas personas tratando de alcanzar sus sueños que no era difícil encontrar con quién compartir gastos. Irina bajó del barco una noche de otoño. Ceñía sobre sus hombros un viejo abrigo que había pertenecido a su abuela Olga, que había fallecido recientemente. La joven pelirroja venía de las frías tierras de Rusia con un grupo de bailarinas de ballet elegidas exclusivamente del Teatro Bólshoi para formar parte del Ballet de Nueva York y Irina Ivanova Pavlova no desperdiciaría su oportunidad, mucho menos cuando no tenía nada que perder. Sus padres eran hijos de grandes duques venidos menos en Rusia, quienes se mudaron a Nueva York y habían muerto en un incendio cuando ella tenía tan solo 3 años. Fue allí cuando fue enviada en un barco, sola, de vuelta a Rusia. Desde entonces había sido criada por su abuela paterna. Una mujer exigente y estricta, que no permitía que su nieta fuera nada menos que perfecta, pero aún así la adoraba con todo su corazón. Al morir ésta le dejó una modesta cantidad de dinero que la chica usó para viajar a su ciudad Rinal e instalarse en ella cuándo le ofrecieron el puesto en el ballet. Esta era la única pasión rusa que la joven poseía, además del vodka. A sus 21 años, Irina estaba dispuesta a conquistar la gran ciudad.Llegó a la casa de huéspedes donde había conseguido una habitación en el ático y una comida caliente al día por unos cuantos dólares. Este lugar esa manejado por la familia Miller, quienes tenían un hijo varón Richard, que estaba trabajando en un taller mecánico cercano y tres hijas más pequeñas; Rebecca, Marie y Audrey, que apenas iban a la escuela. Ellos vivían en la parte de abajo de la casa y rentaban el resto para los migrantes recién llegados de todas partes de Europa.
Irina conoció a Richard John Miller a los pocos días de haber llegado a Nueva York. Apenas y había tenido tiempo de ver a la familia que vivía en el piso de abajo pues dedicaba todos sus días a entrenar para la presentación de ballet. Tenía que alcanzar la perfección si quería tener un lugar decente en el ensamble que debutaría en Broadway la primavera siguiente, además de trabajar en la librería que estaba a unas pocas cuadras como traductora de libros rusos al inglés y ganar apenas lo suficiente para mantenerse.Era un domingo en el que hacía mucho frío, las hojas de colores amarillentos poblaban las avenidas y Irina acaba de regresar del ensayo más exhaustivo hasta ese día. Al entrar a la casa escuchó risas en el comedor principal. La familia Miller se encontraba reunida allí. Irina comenzó a subir las escaleras encogiéndose de hombros, no podía decir que extrañaba a su familia y lo que había tenido antes, porque no lo recordaba. Solamente recordaba las solitarias cenas en la casa de su abuela, no teniendo más compañía que las finas muñecas que le regalaban.
— Irina, querida, ven un momento a cenar con nosotros — dijo la señora Miller, haciendo que la jovencita retrocediera en las escaleras y bajará al encuentro de la familia.
Sentado a la derecha del señor de la casa, se encontraba el hombre más guapo que Irina había visto en su vida. Era un joven moreno, de unos penetrantes ojos azules y una sonrisa ladeada de quien ha sabido usar sus encantos para conquistar a más de una dama.
— Aún no se conocen, ¿cierto? — dijo la señora Miller alegremente, extendiendo la mano a su hijo y la joven, quienes negaron con la cabeza, sin poder despegar los ojos el uno del otro.
— Richard ella es nuestra nueva huésped, Irina — el joven se levantó en el acto y se acercó a la rusa, extendiendo su mano y sonriendo encantadoramente.
— Richard John Miller, un placer señorita.
Irina juró que podía perderse en los ojos de aquel hombre, su respiración se corto mientras tomaba su mano. El joven tomó la delicada mano de la chica y la beso.
— Irina Ivanova Pavlova, priyatno poznakomit'sya — el fuerte acento ruso cautivó a Richard, quien sentía como esos ojos verdes penetraban su alma y entendían sus más oscuros secretos.
Pasaron la noche hablando y conociéndose. Desde aquel día Richard volvía siempre a comer con la familia y Irina procuraba salir temprano de los ensayos del ballet.La amistad que surgió entre los jóvenes pronto fue transformándose en algo mucho más intenso. El enamoramiento les había nacido desde lo más profundo del alma, como una chispa que enciende un paquete de fuegos artificiales y explota todo en un par de segundos. Richard llevaba a Irina a bailar cada noche, a citas en pequeños cafés, le regalaba flores solo porque sí, ponía su vida a los pies de aquella rusa a quien llamaba su tsarina.
—Jamás te había visto de esta manera, Rick—Dylan James, el mejor amigo de Richard desde la infancia reía mientras veía al sargento correr buscando unas zapatillas de ballet para regalarle a su amada pues se acercaba su cumpleaños— Has conquistado a tantas mujeres solo por el placer se sentir que puedes y sin embargo, una rusa de un metro y sesenta centímetros logró volverte un corderillo —su rubio amigo reía a carcajadas.
— ¡No soy un corderillo, sinvergüenza! — Richard le dió un zape a su amigo, quien era mucho más bajo que él — Y Irina no me controla, solo me tiene enamorado.
— Así que piensas que lo controlo, James — la voz de la pelirroja sobresaltó a ambos cuando abrían la puerta de la casa Miller. Irina estaba sentada en salón, peinando a Rebeca, quién tendría una fiesta de cumpleaños. — ¿Y tú Richard? ¿Piensas lo mismo?
Ambos hombres empezaron a tartamudear haciendo reír a las chicas. Irina se levantó del sillón al terminar su tarea y besó a Richard con picardía
— Contrólame todo lo que quieras, chiquilla—murmuró el hombre en su oído.
Con el pasar de las semanas, la relación de los jóvenes se fue intensificando para alegría de la familia Miller que habían adoptado a Irina como a una hija más. Richard estaba decidido que quería compartir su vida con aquella rusa dueña de su alma, corazón y vida.Estaban solos en la habitación de Irina. Toda la familia había salido a comprar algunas cosas para el día de acción de gracias y Richard había aprovechado para meterse por la ventana.
— Richard, estás loco — amonestó Irina, negando con la cabeza.
— Loco por ti, tsarina — dijo el moreno atacando los labios de la pelirroja, quien le respondió el beso con la misma intensidad. Estaban enamorados, y las sensaciones que se provocaban el uno en el otro eran algo totalmente novedoso para ellos. Las manos de Richard comenzaron a subir la falda de Irina lentamente y ella no se lo impidió.
— Richard... — murmuraba la chica, sintiendo la pasión entre ellos subir, mientras él la alzaba en brazos y hacía que rodeara su cintura con sus finas piernas. Tambalearon a la cama, quedando ella encima de él. Seguían besándose mientras las manos de Richard jugaban con el cuello de la blusa de Irina, queriendo desabotonarla — Richard, debemos parar ...
— No ...—dijo el chico, aunque se separó de ella y la vió a los ojos—O, ¿no quieres?
— Si quiero, Dorogoy, es solo que...—Irina estaba tan roja como su cabello por la vergüenza que sentía—Yo nunca he hecho esto con nadie — susurró, enterrando la cara en el pecho de su novio.
— No pasa nada, amor — dijo el moreno riendo — Yo quiero ser el primero y el último en tu vida — con esto, Irina asintió con la cabeza, dejando al hombre continuar.
Richard reverenciaba el cuerpo de Irina con besos, haciendo que la chica se sintiera como nunca se había sentido. Los besos de Richard bajaban hasta los senos de la pelirroja, quien emitía pequeños sonidos de placer. Era increíble sentirse amada de esa manera. Terminó de desnudarla, depositándola con cuidado en la cama, despojándose también de sus prendas y acostándose sobre la chica. Entró en ella con cuidado y la chica gritó, parte de dolor y parte de placer, siendo acallada con los besos de Richard.
— Te amo Irina — susurró Richard en su oído al alcanzar la cúspide de placer.
—Ya tak tebya lyublyu, Dorogoy — suspiró la pelirroja, durmiéndose por primera vez en brazos del hombre al que amaba.
El invierno había sido el más frío que Nueva York jamás había sentido. Irina caminaba de la mano de sus cuñadas, Marie y Audrey, quienes la habían acompañado a comprar el regalo de Navidad para Richard, cuando vieron al joven Miller en el parque, hablando con una morena de curvas voluminosas que se acercaba a él. Irina y las niñas se acercaron a Richard quien sonrió ampliamente, la chica se adelantó y se puso frente a Richard, las hermanas Miller la miraron con disgusto.
—Hola chicas, mucho gusto—dijo examinando a Irina de pies a cabeza, haciéndola sentir sumamente incómoda—Mi nombre es Hayley, soy la novia del Sargento Miller.
De un momento a otro, la chica besó a Richard, haciendo que el mundo de Irina se desmoronara. Sin pensarlo, soltó la mano de las niñas y comenzó a correr, queriendo escapar del dolor que le había provocado aquella escena. Al escuchar las voces de sus hermanas, Richard se dió cuenta de lo sucedido y fue tras ella. No podía perderla, simplemente, no podía.
— Irina, Irina ... espera, por favor — Richard corría detrás de ella, sin aliento. La pelirroja contempló por unos segundos el continuar corriendo, pero antes de volver a reaccionar el chico la había tomado del brazo, atrayéndola hacia él.
— No es lo que tú crees — murmuró entre sus cabellos.
Tenía la necesidad de tenerla cerca, no podía perderla, porque no sabía qué sería de él sin ella, su ancla a tierra firme.
— ¿Y qué era entonces? — exclamó Irina molesta, separándose de él —¡Esa chica estaba besándote! Y cuando llegué, ¿cómo se presentó? Ah, si... ¡Yo soy la novia del Sargento Miller!
Richard le admiró el ver que ella tenía las lágrimas en los ojos pero estas se negaban a salir, que mujercita tan fuerte era la que se había conseguido.
— Sabes que lo que dijo Hayley no es cierto, Rin — dijo Richard mientras pasaba sus manos sobre los brazos de la chica, quien los cruzaba sobre su pecho, recelosa — Mi única novia es una chica rusa de impactantes ojos verdes que se llama Irina Ivanova Pavlova — dijo mientras depositaba un suave beso en su nariz, haciéndola reír.
— ¡Te besó! — dijo Irina, aún molesta en los brazos de Richard — Te besó como si tuviera todo el derecho del mundo sobre ti, ¿por qué las mujeres americanas son así?—musitó.
Richard se echó a reír, a pesar de los meses que Irina llevaba en Nueva York, su voz ronquita con ese característico acento, no se perdía. — No lo sé, Rin, pero ¿qué más da? Tu confías en mí, ¿no? — sonrió
— Así es, pero la mujer que se te vuelva a acercar conocerá la ruleta rusa — dijo para asombro de su novio quién solo rió más fuerte.
La guerra llegó mucho antes de que cualquiera pudiera preverla como un cáncer que se anuncia tanto que piensas que podrás evitarlo. Richard, siendo soldado desde antes, estaba listo para partir, aunque Irina no estaba tan de acuerdo.
— Volveré, Irina — suspiraba Richard entre besos, mientras su chica pelirroja movía las caderas sentada sobre él.
Irina lo besaba con fuerza, queriendo callar sus promesas, pues la guerra era incierta y Richard no podía prometerle que volvería, no podía hacerle tanto daño con una promesa rota y un puñado de sueños sin cumplir.
—Casémonos—dijo Richard.
Irina, quien estaba recostada en su pecho, dibujando pequeñas figuras, alzó la cara, arrugando la nariz en señal de confusión.
—¡Estás loco, Dorogoy!—exclamó la pelirroja, levantando su cuerpo sobre el del moreno para observarlo—No podemos casarnos solo porque te has alistado a la guerra
—¿Qué tal si nos casamos porque nos amamos? ¿No te parece esa mejor excusa?—el chico sonrió pícaramente.
—Me casaré contigo cuando regreses de la trinchera—dijo Irina con seguridad.
—Es una promesa, futura señora Miller—sonrió el moreno.
Pasaron los meses y Irina se dedicó en cuerpo y alma al ballet, consiguiendo su puesto en el ensamble oficial de Broadway, para después seguir como la primera bailarina del ballet de Nueva York. La chica era cada día más famosa, al punto en que pudo conseguir un apartamento frente a Central Park. Sin embargo, nunca dejó de visitar la casa de los Miller, pues ellos se habían vuelto también su familia.Estaba ensayando mientras pensaba en todo lo que haría cuando Richard volviera. Vivía para leer sus cartas y recordar lo que había pasado antes de que se fuera, con cada carta el temor de que no volviera crecía. Quería todo con ese hombre, conseguir una casa juntos, casarse, tener hijos, formar un hogar. Pero él no volvía y ahora, con su carrera, quizá ella debía avanzar.
—Hola Irina—aquella voz tan conocida la sacó de su ensoñación. Parado en la puerta del teatro, cruzado de brazos, estaba su Richard.