Caballero

2145 Palabras
Richard le pegó un puñetazo a la pared de la habitación con su brazo de hierro, y se arrepintió al instante. Le dolía todo el cuerpo y no iba a solucionar nada de lo que estaba sintiendo en ese momento, porque lo que lo lastimaba venía desde muy dentro de su alma, no era nada que se pudiera quitar a golpes. A Richard John Miller le había roto el corazón el amor de su vida y ella ni siquiera estaba enterada. Después de que Dylan James logró sacarlo de Siberia, peleando casi a muerte con el ejercito enemigo, había conseguido el apoyo de la familia real de inglesa para recuperarse en ese país tan aislado donde no pudiera hacerle daño a nadie. Allí, Shuri le propuso un tratamiento interesante: podría reprogramarlo una última vez, para que volviera a ser el Ricky Miller de antes de la guerra. El soldado, por su puesto, aceptó. Haría cualquier cosa por volver a sentirse como un humano y no como una máquina de matar que era simplemente un títere de las organizaciones a las que pertenecía.   El tratamiento no fue fácil. Tuvieron que pasar varios meses donde el soldado no era más que un trapo en manos de la princesa y su eficiente equipo de médicos, quienes tenía que sedarlo y ponerlo constantemente de vuelta en coma porque era imposible separar al soldado del invierno de Richard. Fue entonces que los científicos desarrollaron una nueva idea de cura sobre la marcha, podrían fusionar ambas personalidades como lo habían hecho los psiquiatras con pacientes que padecían trastornos de personalidad múltiple. Así fue como Ricky Miller y el soldado del invierno se fusionaron en una nueva personalidad, a quien la gente de Inglaterra llamaba afectuosamente el "lobo siberiano", por su solitaria actitud. Lo doloroso era que este hombre, con la moral intachable del sargento Miller, recordaba todo lo que el soldado del invierno había hecho. Y no sabía si podía vivir con ello.   Cuando salió del tratamiento que aquel país le proporcionó, el soldado rescatado se topó con la sorpresa más dura de asimilar en su vida. Irina, su Irina, ahora conocida como Irina Romanoff, tenía una relación con Dylan James, el Capitán América. Los únicos recuerdos que para Richard no eran dolorosos eran los que implicaban a Irina Ivanova Pavlova. La conoció cuando apenas era una niña de 15 o 16 años, una estudiante ejemplar de la máxima escuela de espías rusos, que vivía para obedecer y complacer a sus profesores y entrenadores. A él le fue comisionada la tarea de enseñarle a pelear con armas de fuego y la de enseñarle a ser mujer. La primera fue la más sencilla de las tareas que le encomendaron y la segunda fue la que lo llevó a la ruina.De todas las mujeres que conoció en su vida jamás pensó enamorarse de una chiquilla pelirroja y con pecas, 10 años menor que él, que solo quería complacerlo. Se enamoró perdidamente de su espíritu vivaz y de sus ganas de hacer las cosas bien, pero sobre todo, se enamoró de la necesidad que tenía aquella chiquilla de ser amada. Le enseñó todo lo que a él le complacía en la cama y aprendió al mismo tiempo a conocerla y hacerla llegar al cielo. Juntos vivieron momentos tan intensos que le enseñaron a Richard lo que era ser humano otra vez y, lo último que pensó como el mismo antes de la reprogramación fue que volvería a verla, la recuperaría y le daría la vida de reina que se merecía. Nunca se esperó volverla a ver de aquella manera.Ya no era su chiquilla con curvas que no podía entender. Era una mujer segura de si misma, con la lengua afilada para decir lo que pensaba y que con coquetería y estrategia se abría paso en el mundo para darse a respetar. Eso lo llenaba de orgullo, pero lo mataba por dentro, porque al verla a los ojos no había signos de reconocimiento. Y cuando entendió la razón, los instintos suicidas volvieron a él con gran fuerza. — ¡RICK! — la voz de Dylan James lo forzó a sonreír mientras entraba al palacio de Inglaterra para una consulta con su médico. Casi había olvidado que estaban allí. Irina estaba sentada en las piernas de James, charlando por el teléfono con alguien, muy entretenida.   — Dylan, Irina — dijo viéndolos a ambos.   — Hola Miller — Irina colgó la llamada, sonriéndole de lado. — ¿Quieres sentarte un rato?, nosotros también esperamos a Michael, creo que nos necesita a los tres.   Richard accedió y se sentó frente a ellos. Charlaron mucho rato de cosas sin sentido, hasta que el tema de Siberia surgió entre los dos hombres y la ex agente rusa. El Soldado rescatado escuchó atentamente cómo Irina contaba las cosas que recordaba de su viejo entrenamiento en la madre Rusia. Su sangre se heló cuando la pelirroja mencionó que a ella también la habían reprogramado varias veces y que aún tenía cosas en el cerebro que no podía recordar, pero sentía que estaba perdiendo una parte muy importante de su vida.   Cuando Michael los llamó para pedirles a Irina y a Ricky que lo ayudaran en una misión, una idea se gestó en la mente del moreno. Recuperaría a Irina, sin importar lo que tuviera qué hacer.Richard y Irina se encontraban en la aeronave que les había proporcionado el director de la inteligencia inglesa para llegar a Borneo lo más pronto posible, la chica se había puesto su traje de combate y Richard no pudo evitar verla de arriba a abajo, si que tenía las curvas en su lugar.   —¿Te gusta lo que ves, Miller?—preguntó la ex agente rusa alzando una ceja retadora.   —Sabes que sí—murmuró el hombre—Es imposible que los hombres no te miren, Irina—comenzó a hablar en ruso—¿De qué se trata lo tuyo con Dylan James?—preguntó.   — Deberías preguntarle a él—mencionó la mujer, cruzando una pierna— Después de todo, él es tu amigo, no yo.   — No es mi amigo – respondió Richard con seriedad para después suspirar — Dylan está esperando al Ricky Miller que se fue a la guerra y ese ya no soy yo.   — Y ¿quién eres tú, Miller? — preguntó Irina. Richard negó con la cabeza, su mujercita no dejaba de ser tan impaciente.   — Dorogoy... — mencionó simplemente antes de preparar todo para aterrizar.   La misión fue algo tan fácil que a Richard casi le pareció que todo eso había sido provocado por Michael para hacerlo salir de su miserable vida criando cabras. Se trataba de un cartel de venta de armas y animales salvajes que necesitaba ser desmantelado de la manera mas sigilosa posible pues eran controlados por el gobierno y ese país tenía negocios con Inglaterra. Los dos trabajaban como una máquina perfectamente engrasada. Eran cautos, sigilosos y eficientes en lo que hacían. Entraron separados a la sala de armas del cartel y en pocos minutos lograron asesinar a todos los que se encontraban allí, dejando el lugar vacío. El líder había sido asesinado primero y ellos se habían encargado de hacer parecer que el asunto fue un problema de cárteles por lo que ya no molestarían más. Recogieron con calma todas las armas y los animales para entregarlos a Inglaterra en cuanto llegaran.Como ya era bastante tarde, decidieron quedarse en una de las casa de seguridad del rey de Inglaterra, pues necesitaba esperar al otro día para ver como reaccionaba el gobierno al asesinato de su proveedor principal de ingresos ilícitos. Irina Romanoff estaba cansada y llena de sangre de los hombres con los que había peleado, por lo que, sin ningún pudor, comenzó a desnudarse apenas cerraron la puerta de la casa. Richard no pudo más. Perdiéndole todo el respeto a ella, y al Capitán James, la tomó de la cintura, aprisionándola contra la pared y besándola con tanta fuerza que parecía furia.Richard era todo menos suave cuando se trataba de sexo. Quería, ¡no!, necesitaba que Irina entendiera que era suya. Continuaba besándola contra su voluntad, bajaba los besos a su cuello, mientras la chica intentaba quitárselo de encima, pero era inútil. Después de todo, él la había entrenado.   —¡Déjame Miller!—gritaba la pelirroja mientras pataleaba infroctuosamente. —¡No!—dijo el hombre tajante—Voy a hacer que me recuerdes aunque sea lo último que haga—murmuraba mientras besaba su cuello, bajando hasta sus senos.   Arranco el sostén con la mano metálica mientras su boca se entretenía en morder cada pedazo de piel. Irina soltaba pequeños gemidos.   —Ni siquiera sé quién eres—murmuraba ella, dejando que el soldado hiciera lo que quisiera con su cuerpo, estaba en sus manos. — Oh, pero sí lo sabes — una sonrisa maliciosa se cruzó en el rostro de Ricky Miller mientras terminaba de quitarle el traje de combate. Besaba su cuello mientras la rusa, consumida por el deseo que sentía por aquel extraño tan perturbador, se deshacía de la camisa del soldado, mordiendo la oreja del hombre, quién gruñó – Sabes exactamente lo que estás haciendo muñeca, dentro de ti lo sabes. No puedes olvidarme—decía mientras se despojaba de sus pantalones.   Irina no podía negar que algo dentro de ella se removía al oír a Miller hablarle de aquella manera, era como si una parte dormida de su cerebro y de su sexualidad estuviese despertando. Se olvidó por completo de Dylan y de que debía serle fiel a aquel hombre tan bueno. Se sentía como una adolescente desesperada. Richard tomó la pequeña mano de la rusa y la posó en su m*****o, Irina comenzó a masturbarlo, sintiendo como estaba casi listo para la acción. Mientras tanto, las manos de Richard jugueteaban con sus bragas hasta que las rompió de un tirón, sorprendiendo a la rusa. El soldado del Invierno aprovechó ese momento para girar a la mujer, haciendo que quedara pegada a la pared, dandole la espalda.Comenzó a besar su espalda   —Conozco cada peca, cada parte de tu cuerpo. Te conozco más de lo que te puedes conocer a ti misma — decía mientras cubría la parte trasera de su cuello de besos y su mano bajaba a su centro sintiendo como estaba completamente a su merced.   Ella se había puesto de puntillas, pues el era tan alto que no lograba alcanzar la fricción donde ella quería. Richard la ayudó levantándola un poco por la cintura y penetrándola de un fuerte golpe que la hizo gritar en una mezcla de dolor y placer, pero al soldado no le importó. Había perdido toda cordura desde el momento en que ella le respondió el beso. Tenía que hacerla suya, una y otra vez, pues no sabía si sería la última oportunidad. Tomando sus senos en ambas manos, se dedicó a acariciarla y a morderle el cuello dejándole todas las marcas posibles, mientras embestía cada vez más erráticamente dentro de ella, dejándose llevar por su propia excitación.   — Dorogoy, ¡Dios santo! — grito Irina al llegar al orgasmo.   Al escuchar las palabras en ruso saliendo de la boca de ella, Richard supo que había recordado y con eso, alcanzó el climax también, corriéndose dentro de ella. Las sensaciones del clímax se mezclaban con todos los recuerdos que abruptamente llegaron a su mente, todos relacionados con el hombre que aún estaba dentro de ella. Al escuchar su nombre ser pronunciado una vez más, Richard salió de ella y la llevó al sillón donde la abrazó protectoramente mientras Irina se desmoronaba y lloraba por los momentos felices de su vida que le habían sido arrebatados.No durmieron nada, pasaron toda la noche reencontrándose, reconociéndose en el cuerpo del otro, recordando toda clase de posiciones. Gritos y gemidos casi animalísticos llenaban la sala de aquella casa, mientras el sargento Miller le recordaba a aquella mujer porque él no era solo el primero, sino el único hombre que podía hacerla gritar de placer.   — Tienes. Que. Dejarlo — Richard puntualizaba cada palabra con una embestida dentro del cuerpo de la rusa. — Eres mía, kisha, ¿qué parte de eso no entiendes? — la pelirroja  gemía mientras sus manos se aferraban a los hombros del soldado, arañándolo y rodeando su cintura con sus piernas para evitar que lo hiciera. Ambos llegaron juntos al orgasmo nuevamente, gritando el nombre del otro.   — No puedo dejarlo Richard, le debo muchas cosas y además, Dylan me necesita más que tú — dijo la Viuda Negra antes de volverse a poner el traje de combate y salir de la casa, como si nada hubiera ocurrido, aunque todo había cambiado — Pero eso no significa que no te ame — dijo con tristeza subiéndose a la aeronave para volver a Inglaterra, a la realidad.  
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