Nos Podemos Escapar

2230 Palabras
No podía dormir por más que intentaba. Tomó algunas pastillas que le había recomendado la terapeuta en F.B.I. e incluso una o dos botellas de vodka, pero todo fue en vano. Era el día de su cumpleaños y estaba sola. En años anteriores no le hubiera molestado pasar su cumpleaños de esa manera, pero desde que era ciudadana de los Estados Unidos se había acostumbrado a pasar ese día especial con sus compañeros del trabajo, a pesar de que no le gustaba celebrar pues no estaba segura si ese era el día exacto en el que había nacido. Se había hecho tradición que ese fuera "su día" y que junto al resto de su equipo hicieran lo que ella quisiera: ver películas, vaciar el bar que Allan Smith siempre mantenía lleno de sus licores favoritos, bailar hasta el amanecer, e incluso hacer retos que involucraban poner a prueba sus mejores habilidades entre balas y cuchillos. Lo que fuera para hacer sentir bien a la mejor asesina y espía que Rusia le había dado al mundo. Pero todo había cambiado después de la tración de Daniel.   Ahora Irina Pavloff estaba igual o más sola que cómo había estado cuando salió de la sala roja. Los antiguos compañeros se habían divido en dos bandos y ella no supo qué hacer, hasta el último momento. La razón no estaba con ninguno de los dos bandos y ella solo quería mantener a las personas que consideraba su familia junta, pero hasta en eso fracasó. Después de intentar convencer a Allan y a Richard de hacer lo correcto, decidió ayudar al último a salvar al traidor, porque ella hubiera deseado que le dieran una oportunidad como esa. Y ahora estaba pagando las consecuencias. Estaba fichada como delincuente en más de 100 países y debía buscar a dónde ir, pero ninguno de sus antiguos amigos confiaba en ella y no quería poner a la familia Morgan, o a nadie más, en peligro. Y esa soledad en la que vivía ahora no le molestaba en general, pero ese día ere diferente. Nadie quiere estar solo en su cumpleaños.   Encendió un cigarrillo cuando se dió por vencida con el sueño. Sacó el teléfono celular que le dió Richard Miller un par de años atrás cuando ambos formaban el equipo principal de F.B.I. y necesitaban comunicarse de incógnito durante una misión de bajo radar. Giró el aparato entre sus manos y fue a abrir otra botella de vodka, mientras decidía qué hacer con aquella madrugada de recuerdos y nostalgia que amenazaba con abrumarla hasta el punto de no retorno. Quería salir y distraerse, quería llorar y ser consolada, pero debía mantenerse firme en su posición, había tomado una decisión y no podía echarse para atrás, sobre todo cuando sabía que nadie la respaldaría. Haciendo acopio de valor, o perdiendo el último atisbo de cordura que le quedaba, tomó el teléfono y presionó el botón de marcar al único número que tenía registrado.   —¿Hola?—Richard contestó el teléfono adormilado, se encontraba en la ciudad de Nueva York por unos días, en el viejo edificio de Brooklyn donde vivió cuando era niño. Después de haber sido catalogado como un criminal, estaba buscando la manera de seguir ayudando a la gente sin exponerse demasiado. Tampoco era un suicida.   —Hola, soldado—esa voz tan característicamente sexy de Irina lo sorprendió y lo hizo despertarse por completo.   — ¡RINI!—una sonrisa se formó en su rostro cuando pudo recuperar el habla, miró su reloj y vió la hora, poniéndose alerta. Eran las 2:30 a.m. y no sabía lo que pudiera necesitar la espía, sobre todo después de lo que había ocurrido en el aeropuerto de Berlín—¿Estás bien? ¿Pasa algo? ¿Por qué llamas a esta hora?—Richard estaba cada vez más preocupado.   — Estoy bien, Miller. Tranquilo — la voz de Irina sonaba tranquila en el teléfono, cosa que calmó al antiguo jefe del F.B.I.   —Eso es bueno de escuchar, Rin—Richard se levantó de la cama y comenzó a caminar mientras llamaba por teléfono, se aseguró que las puertas del apartamento estuviesen cerradas y que nadie supiera que estaba siendo ocupado —¿Cómo has estado?   —Bastante bien—Irina murmuró en un tono que no convenció totalmente a Richard, el sabía que algo pasaba por la cabeza de aquella mujer que lo tenía enamorado, aunque nunca hubiese tenido el valor de declararle esos sentimientos.   —Rin, sabes que no te creo—mencionó el rubio mientras se cambiaba el pijama por un pantalón de mezclilla y una sencilla camisa blanca, acompañada de su inseparable chamarra de cuero, ya no dormiría y estaba pensando en salir a conseguir algunas cosas de comer o unos cigarros o un libro o algo para distraerse —Somos amigos, y puedes contarme que pasa por esa cabecita pelirroja tuya— escuchó a la mujer suspirar antes de hablar.   —Hoy es 22 de Noviembre, Richard—la voz de Irina sonaba melancólica y el alcohol en sus venas empezaba a hacer su efecto, ya no se escuchaba tan segura de si misma—No quiero estar sola con mis pensamientos, no sé cuanto de ellos mismos podría ser capaz de soportar sin cometer una locura—cuando comenzó a hablar no pudo detenerse.   —¿Dónde estás, Irina?—Richard estaba muy preocupado al escuchar a la rusa hablar de ese modo, tan diferente a su personalidad tan fría y tan segura de si misma—Puedo ir a buscarte ahora mismo.   —Estoy en Nueva York—dijo Irina sin pensarlo, necesitaba hablar con alguien, necesitaba sentir solo por ese día que no estaba sola.   El rostro de Richard Miller se iluminó y le agradeció a ese Dios al que tenía tanto tiempo que no le rezaba el que ambos se encontraran en el mismo lugar en el mismo momento. Era hora de hacerle frente a sus sentimientos.   —Te veo en el bar que está en el sótano, ¿lo recuerdas? El que está en la límite de Bath Beach y Dyening Heights, en Brooklyn, ¿de acuerdo?.   — Está bien Richard, llegaré allí como en una hora, ¿esperarás por mí?   — Siempre, Rin.   Después de cambiarse de ropa rápidamente, Irina salió del apartamento de seguridad donde se encontraba y tomó el metro hasta la ubicación que Richard Miller le había dado. Vestía una falda de cuero negra y una blusa sencilla color rojo, su cabello, ahora rubio, estaba recogido en un sencillo moño y una chaqueta de mezclilla completaba su atuendo. Caminó sigilosamente hasta el bar y entró después de inspeccionar cuidadosamente que no hubiera nadie vigilándolos. Para su decepción, Richard Miller no estaba dentro del local. Comenzó a ponerse nervioso sin saber porque, pues ella sabía que Richard nunca le fallaría. Se sentó en la barra del lugar y pidió un vodka tonic. Pasaron aproximadamente 15 minutos cuando Irina sintió algo rozar su mejilla, era algo suave y blando, era una flor. La rusa esbozó una sonrisa y volteó la mirada para encontrarse con el sonriente y hermoso rostro de Richard Miller. Alzó una ceja provocativamente al ver cómo el hombre se había dejado la barba, viéndose aún más guapo y varonil que la última vez que ella lo había visto.   —¡Feliz cumpleaños, Rin!—el rubio se sonrojó mientras alzaba la flor frente a la chica que la veía con una enorme sonrisa, muerta de ternura—Realmente no sabía qué regalarte de cumpleaños y sé que no eres mucho de celebrar…   —No tenías que traerme nada, Richard—murmuró la rusa para después acercarse y besar la comisura de sus labios, sorprendiendo al soldado—Pero muchas gracias, nadie nunca me había regalado flores.   Richard Miller se sentó junto a Irina Pavloff y pidió un trago de ron. Conversaron durante varias horas de todo lo que habían hecho durante esos meses que habían estado separados, aunque para ellos era como si no hubiera pasado el tiempo. El bar iba vaciándose poco a poco y los dos ex trabajadores del F.B.I. se encontraban en un trance, solo con los ojos de uno para el otro. El bar-tender se acercó a ellos para comentarles que pronto cerrarían. Richard pagó la cuenta ante la mirada enfurruñada de Irina pues el hombre no la había dejado cooperar, a lo que él argumentó que era su cumpleaños y él la estaba invitando.   —¿Qué haremos ahora?—preguntó Richard mientras se acercaban a su motocicleta.   —¿Quieres ir a mi departamento?—dijo Irina casualmente.   Richard no daba crédito a las palabras de la mujer que tanto le gustaba por lo que se limitó a asentir, entusiasmado, con la cabeza. Como si fuera lo más natural del mundo, Irina se subió a la motocicleta después de Richard, poniendo sus manos en la cintura del rubio y apoyando su cabeza contra su pecho, inhalando su aroma. Llegaron al departamento de la rusa que se encontraba vacío y pulcramente limpio, no poseía más que unos cuantos muebles y libreros. Sin embargo, en el lugar se respiraba un aroma tan de ella que embriagó a Richard más que todos los tragos que se había tomado aquella noche. Mientras Irina se acercaba a cerrar la puerta, Richard rodeó su cintura con sus fuertes brazos y comenzó a depositar suaves besos en su cuello, no sabía que lo estaba poseyendo para hacer eso.   —Richard—Irina se separó con tristeza del rubio y acarició su mejilla—No podemos hacer esto—susurró.   El hombre la miró sin comprender.   —¿Por qué no, Rin?—Richard la atrajo hacia él tomando su cintura y continuó el camino de sus besos mientras trataba de levantar su blusa roja —¿No quieres?   — ¡Claro qué quiero, Richard!—dijo la mujer besando su mentón—Pero no tú no eres un hombre que se acuesta con una mujer como yo, y mucho menos porque es mi cumpleaños. Tu eres de esos hombres que necesitan estar enamorados.   —¿Y qué crees que siento por ti, Irina?—exclamó Richard exasperado—Estoy enamorado de ti, ¡CARAJO!, lo he estado desde el primer día que empezamos a trabajar en equipo y no he podido decírtelo porque sé que a ti no te interesan los hombres como yo. Tú eres una mujer demasiado fuerte para que el amor sea una de tus preocupaciones y yo quiero estar contigo, no me importa cuales sean tus términos—frustrado, el agente  se dejó caer en el único sillón de la sala.   Sin habla, Irina parpadeó por varios instantes hasta que con un pequeño salto, su corazón le dijo exactamente lo que tenía que hacer. No podía negarse al amor y mucho menos cuando tenía justo a quien ella estaba buscando enfrente. Caminó con pequeños pasos hasta quedar frente a Richard y se sentó en sus piernas, sorprendiéndolo.   —¿Y ese lenguaje, Capitán? Quién diría que escucharía decirlo, "carajo".    Irina comenzó a besar a Richard en la comisura de los labios de nuevo, mientras este, sonriente, despojaba a Irina de su blusa y de su sostén, besando sus senos con fervor, causando que un gemido saliera de los labios de la rusa.   —Irina—la voz de Richard sonaba ronca por el deseo y sus ojos se habían oscurecido—No te entiendo—murmuro mientras mordía traviesamente los senos de la espía, quien le quitaba la camisa y la chaqueta haciendo que volarán por el departamento.   —Yo te quiero, Richard — susurró Irina besando el lóbulo de la oreja del rubio.   Le quitó el pantalón con premura. Su m*****o ya estaba duro y listo. Richard tomó las bragas de la Viuda, quien batallaba con su falda, y las arrancó de golpe, causando que su amante le pegara un golpe juguetón en el pecho el cual fue castigado con el Capitán América mordiendo el labio de la Viuda Negra. Los dedos de Richard jugaban en la parte íntima de Irina, haciendo que esta dejará caer su cabeza en el pecho del hombre, solo él lograba provocarle cosas que nunca había sentido. Con Richard Miller el sexo no era solo un instrumento de placer, era la forma más íntima de demostrarse lo que sentían. Irina no pudo quitarse la falda y se limitó a enrollarla sobre su cintura para dirigir el m*****o de Richard a su entrada y dejarse caer sobre él de un solo golpe que hizo gritar y gemir a ambos. Se movieron con gozo y con pasión, disfrutando el vaivén de sus cuerpos mientras se llenaban de caricias. En pocos minutos ambos alcanzaron el clímax mientras se fundían en un beso con el que se decían todo lo que tenían pendiente. Se quedaron así por un rato, hablando de todo y nada, sin separar sus cuerpos.   —Vámonos, Rin... vámonos lejos de aquí—dijo Richard al oído de Irina quien se levantó de entre su brazos para sonreírle y besarlo con fervor.   —Iremos a donde tú quieras—dijo Irina sonriente—Pero mañana por la mañana, mi cielo... Ahora, me dejaste muerta — rió pícaramente.   —Duerme princesa, que yo velaré tus sueños—Richard besó su frente—Feliz cumpleaños, mi amor.  
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