El Capitán Miller siempre se había caracterizado por tener el sueño ligero, desde que era niño y era despertado por las múltiples enfermedades que padecía hasta sus tiempos de guerra donde siempre debía estar listo para la acción. Y ahora que eran fugitivos de la justicia, perseguidos en más de 100 países, no podía darse el lujo de descansar y relajarse. Vivía en una casa de seguridad con Asher Young, Irina Pavlova, Angelina Vladislava y Dylan James. Los cuatro se habían reunido poco después del desastre en el aeropuerto de Madrid, y habían decidido mantenerse unidos para evitar que los siguieran atacando. A pesar de las tensiones que crecían alrededor de ellos, su amistad se fortalecía y Richard no podía negar que sus sentimientos por cierta rusa, ahora teñida de rubia, iban cambiando. Ya no la veía simplemente como una amiga. No era ciego, ni inocente, y Irina era la mujer más exuberante y sensual que había conocido. Poco tiempo después de que entró a trabajar con ella en el F.B.I.. habían tenido más de un encuentro s****l que había dejado a ambos satisfechos y con ganas de más, pero ella le había dejado bien claro que solo eran amigos, cosa que Richard aceptó con enfado. Ahora que las cosas habían cambiado y tenía más oportunidades de conocer a agente, se estaba enamorando de ella, pero creía que no era correspondido. Todos esos pensamientos, sentimientos y preocupaciones no lo dejaban dormir por las noches y hacían su sueño aún más ligero.
Así que no fue extraño que se levantara a seguir el ruido que había escuchado, sobre todo porque provenía de la recámara de su mejor amigo, el sargento Dylan James. No vió el reloj, pero sabía que eran aproximadamente las dos de la mañana, así que abrió la puerta de su habitación pensando que tal vez su amigo necesitaba ayuda cuando la vió. Irina Pavlova abría delicadamente la puerta de la habitación del sargento, ataviada únicamente con unas bragas y una vieja sudadera de una banda rumana que pertenecía a Dylan. Al verla vestida de esa manera, Richard no podía evitar pensar en las cosas obvias que estuvieron haciendo en aquella habitación en una casa abandonada en Toledo, España. Él sabía que ellos tenían una historia escrita desde el pasado y aunque ambos juraban que era algo que no querían repetir, esa noche probaba lo contrario. Richard Miller esperó a que Irina entrara a su habitación para salir e irse a fumar un cigarro que tanto necesitaba en ese momento. Esperaba que la nicotina calmara un poco de los celos que lo estaban consumiendo.
Abrió una cajetilla de cigarros y se paró junto a la ventana. Encendió el primer cigarrillo y dejó que sus pensamientos se consumieran al ritmo del humo. Si cerraba los ojos podía imaginarse todas las posiciones en las que Dylan había follado a Irina y eso solo no ea una imagen placentera o erótica, solo lograba hacerlo enojar más y más. Extrañaba estar en la base de entrenamiento del F.B.I. o cerca del viejo gimnasio en Brooklyn donde podría haber descargado toda su ira en un costal de boxeo. Pero en ese lugar estaba únicamente acompañado de los pensamientos dolorosos que le hacia derramar lagrimas de coraje. No sabía cuanto tiempo estuvo allí, dándole vuelta a las imágenes mentales que lo hacían sentir traicionado a pesar de que Irina Pavlova no era nada suyo. Desde niño, Richard Miller era posesivo por naturaleza, y desde la primera vez que tuvo entre sus brazos a Irina supo que haría hasta lo imposible porque fuera su mujer y se lo había hecho saber a Dylan, por temor de que su amigo se sintiera ofendido. Además de que sus inseguridades le jugaban siempre malas pasadas y no podía evitar sentirse inferior a Dylan Carl James. Iba por el tercer cigarrillo y todos estos pensamientos no se salían de su cabeza, cuando escuchó pasos por la escalera: era Irina. Estaba en silencio cuando vio que continuaba con la misma ropa con la que se había escabullido de la otra habitación. La rabia subió por su cuerpo haciendo que sus mejillas enrojecieran. Irina, al ver que el hombre no hablaba decidió dar el primer paso y saludarlo, mientras se servía un vaso con agua.
— Hola soldado.
— ¿Qué quieres Irina?
— Solo te estoy saludando, vine por agua — la rusa se encogió de hombros.
— Me pregunto, más bien, ¿qué carajo quieres de mí?
— ¿Y ese lenguaje, capitán? — si Irina estaba sorprendida no lo dejó ver.
— No estoy para bromas, Pavlova. ¿Qué hacías en la habitación de Dylan?
— No te interesa, Miller.
— Ahora verás que es lo que no me interesa — fue lo único que dijo el Capitán de la fuerza áerea dijo antes de abalanzarse sobre ella.
Richard Miller reclamó los labios de Irina contra los suyos, besándolos con furia. Sus manos bailaron rápidamente por el cuerpo de la mujer para llegar a su cintura y atraerla aún más hacia él. Irina no entendía nada de lo que estaba sucediendo pero se dejó llevar por las caricias de aquel hombre del que estaba enamorada. Por qué si, Irina Pavlova estaba total e irremediablemente enamorada de Richard Miller, pero no se atrevía a dejarse llevar por sus sentimientos, después de todo, el amor es cosa de niños ¿no? Los besos y caricias continuaron, mientras Richard tomaba a Irina con fuerza por las piernas, haciendo que se sentara en la barra de la cocina. Los besos de Richard bajaban por el cuello de la rusa, asegurándose de aplicar toda la fuerza posible y dando pequeñas mordidas para llenar su cuello de marcas posesivas.
— Richard... — Irina hablaba entre jadeos, sintiendo la fuerza del soldado cuando apretaba sus muslos — ¿Qué carajo te pasa?
— Tú decidiste huir conmigo... ¡NO CON ÉL!
Irina estaba muy confundida por la actitud de aquel hombre, pero se sentía muy excitada por la situación y, además, estaba acostumbrada a obedecerle a los hombres cuando querían sexo, así le habían enseñado durante su época en la KGB, que los hombres tomaban el sexo por la fuerza y ella solo debía aceptarlo. Dejó que los besos de Richard siguieran su camino hasta sus senos, sin decir nada.
— Aquí no...—fue lo único que suplicó.
Richard entendió las palabras que la rusa soltó entre gemidos y tomándola en brazos se la llevó hacia su habitación. Le iba a demostrar que él era un mejor hombre que Dylan y que podía hacerla suya de todas las maneras que quisiera. A trompicones y con dificultad, subió las escaleras con ella, para entrar a su recámara, tirándola a la cama y cerrando la puerta de un portazo.
— Ahora me vas a conocer, Pavlova — gruñó el hombre mientras se despojaba de sus ropas. Irina veía a Richard con los ojos nublados por el deseo y la lujuría, dejando caer la sudadera de Dylan.
Al ver la prenda de ropa en el piso, Richard enfureció aún más y tiró de las piernas de Irina para jalarla a la orilla de la cama, cuando soltó sus piernas, pudo ver cómo habían quedado las marcas de sus manos en ellas. Richard estaba cegado por la ira y el deseo. Pasó las manos por su cadera, deleitándola con suaves caricias y, cuando estuvo desprevenida, jaló de un tirón sus bragas, rompiéndolas. Richard comenzó a besar su cadera, acariciando cada una de las heridas que tenía en ella, adorándola como si de una diosa se tratase. Richard no podía negar, ni siquiera en medio de su enojo, que esa era la mujer que amaba. Seguía repartiendo besos en el cuerpo de Irina, bajando hasta llegar a su centro. Sus dedos subieron a acariciar la suave piel alrededor de los senos de la rusa, haciéndola gemir. Guiado por lo que estaba provocando en ella, el soldado subió ambas manos hasta apretar sus pezones con fiereza mientras sus labios se colocaban en su intimidad, moviendo la lengua como un artista, llegando a lo más profundo de su ser. Richard buscaba marcarla, hacer que nunca se olvidara de aquella noche.
—¡Quieta!—exclamó el Capitán al ver como ella intentaba removerse debido a las sensaciones que él le estaba provocando. No tenía idea de lo que sus palabras estaban provocando.
Irina, al oír la ira y la fuerza en la voz de mando en el Capitán sintió como su mente se iba a los tiempos de la KGB y se quedó completamente inmóvil, después de todo, ella estaba hecha para obedecer. Richard siguió con las caricias en el centro de Irina hasta que ella llegó al clímax gritando un poco contra su voluntad. El soldado calló sus gritos con un beso que ella le correspondió ansiosa. Richard estaba listo para la acción, con su m*****o erecto solo de ver a aquella preciosa mujer desnuda. La penetró con rapidez y soltó un gruñido cuando sintió como su interior la apretaba, la sensación de satisfacción que sentía era como nada en el mundo.
— Eres solo mía, Irina...¡REPÍTELO!
— Soy tuya... — susurró ella débilmente, mientras Richard Miller la penetraba una y otra vez. Se sentía , de un modo retorcido, segura entre sus brazos.
Richard Miller tenía a Irina Pavlova a su merced. Saliendo de ella abruptamente, el soldado tomó a la espía y la puso contra la pared, penetrándola una ves más desde atrás. Irina no podía controlarse y gritaba sin control, abrumada por la sensación. Richard era el hombre mejor dotado que había conocido y quien sabia como darle placer. Richard siguió empujando, con las manos en los pechos de la rusa hasta que ambos explotaron en el climax al unísono, con el hombre derramando su semilla dentro de ella. Cuando salió de Irina, las piernas de esta fallaron y Richard la tomó en brazos, llevándola a la cama. Se dejó caer junto a ella.
— Richard, ¿qué ha pasado?—quiso saber.
— No ahora, Pavlova — Richard le dió un beso en el cuello y se giró, dándole la espalda.
Así, el soldado y la espía se quedaron dormidos sin decir ni una sola palabra. En medio de la noche, Richard había quedado dormido de espaldas y Irina acostada sobre él, abrazándolo. Unidos, en medio de la noche, parecía que no había nada fuera de lo normal, solo una pareja de amantes descansando después de sacar a flor de piel toda su pasión.
Dylan despertó feliz aquel día, extrañaba mucho poder hablar con alguien tan libremente como lo hacia con Irina, lo hacia sentir más humano. Decidió preparar el desayunó para ella y su mejor amigo cuando vió a Richard bajar las escaleras. Se quedó allí parado, con una enorme porción de tocino hirviéndose en el sartén, teniendo una enorme sonrisa ladeada al ver llegar a Richard Miller.
— Buenos días, Richie...
— ¡ALÉJATE DE IRINA, JAMES! ¡ELLA ES MÍA!
— Buenos días a ti también, Dylan... — el sargento no entendía nada y movió la cuchara con la que cocinaba, burlándose un poco de Richard — ¿QUÉ COÑO TE PASA, MILLER?
— ¡Qué no voy a permitir que te vuelvas a acostar con Irina! ¡Mucho menos bajo el techo donde duermo!
— No entiendo nada, Richard... ¡Yo no dormí con Irina!
— ¡NO MIENTAS! — Richard gritaba acercándose amenazadoramente al soldado del Invierno. Ahora se notaba abruptamente la diferencia de estaturas.
— No es mentira, Richard. NO ME HE ACOSTADO CON ELLA EN MUCHO TIEMPO.
— ¡ANOCHE! — el Capitán se acercó a su mejor amigo, empujándolo — Anoche te la follaste, pero ¿sabes qué? ¡YO TAMBIÉN LO HICE!
Mientras tanto, Irina Pavlova se desperezaba en la cama de Richard Miller. La noche anterior fue bastante intensa y no sabía qué demonios le había pasado a su amado pero ella lo había disfrutado como nunca. Sin abrir los ojos, busco a Richard en la cama para ver si podía despertarlo con unas cuantas caricias y convencerlo de tener la ronda tres de ese día, pero se sorprendió cuando no sintió a Richard en la cama. Esta, de hecho, se encontraba fría, señal de que el soldado se había levantado mucho antes que ella. Se preguntaba dónde estaría hasta que escuchó gritos venir de la parte de abajo de la casa. Alarmada por esto, tomó los boxers de Richard Miller y la sudadera de Dylan James que había estado usando y salió de la habitación, bajó corriendo las escaleras hasta encontrarse a los dos hombres más importantes de su vida como gallos de pelea. Enfrentados pecho con pecho, dispuestos a lanzarse uno al cuello del otro.
— ¿QUÉ MANERA DE DESPERTAR ES ESTO?, ¿QUÉ DEMONIOS ESTÁ OCURRIENDO?
Richard soltó una risa burlona al ver a Irina vestida con la ropa de ambos hombres, despeinada y confundida.
— Dímelo Irina — exclamó el Capitán Miller — ¿Quién de nosotros dos folla mejor?
— ¿QUÉ CARAJO TE PASA MILLER? — Irina repitió la pregunta que Dylan le había hecho minutos atrás.
— No tengas vergüenza, Rin. Todos aquí somos amigos, ¿no? Ninguno se va a ofender. Ayer follaste con Dylan y conmigo entonces, tienes recuerdos claros para decir quién lo hizo mejor, ¿o me equivoco muñequita? Ayer nos divertimos mucho, cuéntale a Dylan...
Dylan James abrió la boca de asombro ante lo que había dicho Richard. Ese no era su mejor amigo, sin pensarlo, se le fue a puñetazos. Tenía que hacerlo entender a cómo diera lugar.
— Eres un imbécil — gritó Dylan — No tienes una jodida idea de lo que pasó Irina en Rusia, no sabes cómo la destruyó la KBG.
Dicho lo anterior, el sargento continuó con su nueva y recién descubierta actividad favorita, golpear a su mejor amigo hasta que entendiera razones. Richard comenzó a defenderse por inercia mientras los golpes del soldado del invierno eran cada vez más fuertes, utilizando toda la fuerza de su mano metálica. A pesar de que Richard era mucho más hábil y capaz para la pelea, el coraje de Dylan hacia que sus golpes fueran más certeros y lograran lastimar al hombre.
—Dyl... — Richard nunca había visto tanta rabia en los ojos de su mejor amigo.
Entendía que quisiera defender a Irina pero no entendía el porque de las palabras de Dylan, simplemente quería que le dejara de pegar, pero defendería lo que sentía por Irina hasta el fin del todo este desastre.
— ¡ELLOS VIOLABAN A IRINA A DIARIO, IDIOTA! ¡MÁS DE UN HOMBRE A LA VEZ! ¿Y TU TE ATREVES A USARLA COMO UNA MUÑECA s****l? ¡NO ERES EL HOMBRE QUE CONOCÍ! ¡SARAH MILLER ESTARÍA DECEPCIONADA DE TI!
Ante las palabras de Dylan, Richard se separó de él como impulsado por un resorte. Los tres se vieron a los ojos y la sorpresa aumentó aún más cuando Irina caminó hacia James y le pegó una sonora cachetada.
— Hay cosas que siguen sin corresponderte, Dorogoy. No tienes porque defender el honor que yo no tengo.
—Rin... — ambos hombres la veían en total estado de shock.
— Y para tu información, Miller. Ayer Dylan fue un buen amigo que me escuchó cuando tuve un mal sueño — dijo antes de subir corriendo las escaleras.
Irina Pavlova había tenido sueños horribles, pero este era definitivamente uno de los peores. De todas las cosas que había vivido, jamás pensó que la pelea entre sus compañeros hubiera hecho tanto daño en su psique. Llevaba varios días soñando con que Richard la rechazaba por ser parte del equipo de Allan Smith, aunque ella había hecho todo para tratar de protegerlo a Dylan y a él. Sabía que nunca iba a ser lo suficiente buena para Richard, pero el escucharlo decir eso, aunque sea en sus sueños, era de las cosas más dolorosas para Irina Pavlova. Soñaba con ser rechazada por todos sus compañeros del F.B.I., por rusa, por asesina, por ser una mala persona. Se levantó llorando a lágrima viva, cómo no recordaba hacerlo ni siquiera en su infancia. Ahora sí sentía que había perdido a toda su familia, y que no podía recuperarlos nunca. Había tratado de protegerlos a todos y había jugado a ser una doble espía. No podía dormir de nuevo, pero tampoco quería quedarse sola en la habitación. Así que decidió salir a dar una vuelta para despejarse. Iba vestida en bragas y una camiseta, pues ese día hacia demasiado calor en Toledo.
Estaba caminando sigilosamente por el pasillo cuando una mano metálica la tomó del brazo, sobresaltándola.
— ¿Otra vez sin dormir, Irina?
— Dylan, yo...
— No pasa nada, me pasa seguido. ¿Quieres charlar?
Irina asintió con la cabeza y entró a la habitación del sargento. Dylan sabía todos los secretos de la espía, no porque ella quisiera o le tuviera confianza, sino porque él había estado con ella desde el inicio. Dylan Carl James conocía a Irina desde que era una adolescente trabajando para la KGB por unas cuantas monedas. Se sentaron frente a frente en la habitación, con dos vasos de vodka en la mano y Irina comenzó a contarle todo acerca de sus pesadillas, evitaba llorar de rabia pero era casi imposible, solo necesitaba dejar que todo saliera. James se limitó a consolarla y sostenerla en sus brazos, como el buen amigo que era, hasta que ambos se quedaron dormidos, abrazados como cuando intentaron escapar de los horrores de la KGB. Irina se despertó de madrugada con frío, a lo que James, como todo un caballero, le dió la sudadera que había dejado tirada en el suelo después de entrenar.La rusa se quedó a dormir con el soldado del invierno hasta mediados de la madrugada, pues el calor y la sensación de otro cuerpo la despertó. Sonrió al ver a James abrazándola como un oso de felpa y se salió con cuidado, dándole un beso en la frente como agradecimiento por esa noche de desahogo y tranquilidad.
Irina corrió a encerrarse en el baño, la única puerta que tenía seguro de la casa. No quería lidiar con ninguno de ellos ni con sus recuerdos. Todo lo que había sentido la noche anterior se desmoronó cuando se dió cuenta que Richard la había usado, que había follado con ella por celos hacia James. Ella se jactaba de ser la mujer de nadie, pero una parte de ella deseaba ser amada por el Capitán América. Los recuerdos de la KGB y de la noche anterior vagaban en su cabeza cuando escuchó a Richard tocar la puerta.
— Rin... ¿podemos hablar, por favor?
— Lárgate Miller — su voz sonaba como un susurro mientras trataba de que Richard no la escuchara llorar. Habló tan bajito que Richard no la escuchó y siguió gritando.
— Tú no sabes cuanto te amo y cuanto te he amado desde que te vi, Rin — Richard otra vez se encontraba sin recibir alguna respuesta, pegado a la puerta del baño donde estaba encerrada la rusa — No descansé hasta saber donde estabas... no cesé mi búsqueda hasta ir por ti a Rusia. Yo solo... yo solo quería tenerte a salvo conmigo — Richard no pudo contener las lágrimas al escuchar el sollozo de Irina detrás de la puerta.
Los amantes lloraban separados por la distancia de una pared. Sus sentimientos los abrumaban y la confesión de Richard solo había llevado a que las cosas se sintieran peor entre ellos porque Irina se cuestionaba el porque había hecho eso si la amaba. Decidida a no escuchar más, abrió el grifo de la tina del baño, para meterse allí y olvidar lo que había pasado. Se sentía sucia y quería lavarse las caricias fúricas y celosas de Richard Miller del cuerpo. Escuchaba los llantos de Richard Miller pidiendo que lo dejara entrar, pero no tenía las fuerzas para hacerlo. Finalmente, cuando la tina se llenó, tomó la decisión de lo que haría.
— Yo te amo Richard — susurró Irina acercándose a la puerta — siempre te he amado... pero no te merezco.
Irina finalmente quitó el seguro de la puerta, pero el hombre no se atrevió a entrar. Se mantuvo un rato allí, escuchando solo el sonido del agua correr. Tenía miedo de lo que iba a encontrar cuando abriera esa puerta. Pasaron toda la tarde así, Richard ni siquiera se atrevió a levantarse a comer, necesitaba estar allí junto a Irina. Fue hasta el caer la noche que empezó a sentir el peso de todo el día sin moverse y sin comer.
— Deberías entrar... — la voz de Dylan lo sobresaltó — ella te necesita.
— Dylan, yo...
— Déjalo así, Richard. Nosotros arreglaremos las cosas después, ahora es Irina la que te necesita.
— Lo lamento, he sido un idiota.
— Así es Richard.
— Dejé que los celos se llevaran lo mejor de mi.
— Eso díselo a Irina. Por cierto, su pesadilla de anoche fue sobre perderte a ti.
Dejando a un Richard Miller sintiéndose todavía más culpable, el soldado del invierno salió de la casa, dejándolos momentáneamente solos. Richard aprovechó para entrar y encontrar a Irina casi dormida en la tina del baño. En su rostro aún se veían lágrimas frescas que había dejado caer, su bello rostro sin maquillaje lucía sus pecas, haciéndola ver infinitamente más inocente. Su cara y toda su piel estaba enrojecida por el llanto y el agua caliente de la tina. Richard se sentía horriblemente mal al ver a la mujer en ese estado y sobre todo al saber qué era su culpa. No se merecía estar cerca de ella después de esto, pero no podía evitar tenerla cerca. Cuidadosamente, la tomó en brazos y la llevó a su habitación, después de envolverla con una toalla.
Al verla desnuda, el peso de la culpa cayó aún más sobre él. En todo su cuerpo estaban las marcas de la fuerza con la que Richard la había follado la noche anterior. Su cuello, sus pechos, sus caderas, estaban completamente llenos de moretones y mordidas de Richard. Aunque racionalmente sabía que su espalda no estaba mucho mejor, no podía dejar de horrorizarse con como la había tratado. ¡Él que se jactaba de ser todo un caballero! Había sido peor que nadie y no con cualquiera, sino con la mujer que amaba. Con mucho cuidado, rebuscó entre la habitación hasta encontrar ropa interior y una pijama limpia para ponerle. La cambió tratando de no verla, mientras Irina estaba dormida. Al echar un vistazo al buró, el alma se le fue a los pies. Había pastillas para dormir allí. ¿Desde cuánto Irina necesitaba esas pastillas? Terminó de ponerle la pijama y la arropó con cuidado en la cama, acarició su mano y la tomó entre sus labios para besarla antes de irse, pero ella sostuvo su muñeca con algo de fuerza.
— No te vayas, Richard... no me dejes, por favor.
Richard Miller no sabía si Irina Pavlova estaba soñando o no, pero nunca volvería a hacerla sufrir, y viviría para complacerla, desde ese día y hasta su último aliento. Así que, quitándose toda la ropa excepto la ropa interior, se subió a la cama y la tomó en sus brazos, besando su cabello y dejando que el sueño lo consumiera a él también. Esperaba que a la mañana siguiente pudiera pedirle perdón.
— Lo siento, mi vida — susurró Richard.
— No tienes nada que sentir...моя любовь./mi amor/ Yo te perdono — murmuró la rusa entre sueños.
Richard se sentía como el hombre más mierda sobre la faz de la tierra. No importaba que Irina le hubiera dicho que lo perdonaba, porque él no iba a perdonarse todo lo que había pasado la noche y el día anterior. Apenas despertar, todos los recuerdos de lo que había pasado volvieron a su mente, haciendo que las lágrimas brotaran en sus ojos sin poder evitarlo. No sabía que iba a hacer para resarcir su error, pero iba a lograr que Irina nunca se volviera a sentir como un objeto. Estaba en él demostrarle que era una diosa y que era una mujer que merecía ser amada.
Se quedó un rato observándola en la cama, ella se veía tan hermosa allí, desnuda y tranquila, parecía un ángel. Richard cayó en cuenta que ella era su ángel. Era Irina Pavlova la que lo había salvado en todas las ocasiones que necesitó a alguien que le cubriera la espalda, pero también fue ella la que lo hizo entrar en razón, y entender qué era la vida moderna. Ella se había vuelto su todo y sus celos enfermizos fueron lo que provocaron que no pudiera ver que el amor de su vida estaba frente a él. Era hora de madurar y dejar de aferrarse al pasado y al dolor, no le importaba más Dinah Adams o lo que hubiera pasado con Irina, solo le importaba amarla y demostrarle que era amada. Tenía entre sus brazos al amor de su vida cuando ella comenzó a despertar.
— Buenos días... — susurró Richard acariciando su cuello con su nariz, a lo que Irina se removió algo molesta. El soldado había tocado un hematoma que el mismo había dejado — Rin... — ella se separó de él como un resorte, abrazándose a si misma.
— Richard...
— Perdóname.
— No tienes que pedirme perdón, Miller. Yo también quise que pasara. No dije nada, ¿o sí?
— Pero... te quedaste callada, eso no es aceptar.
— Siempre me enseñaron a obedecer.
— Yo no quiero que me obedezcas, Rin. Dime que quieres que haga... Irina yo te amo y eres lo único que le da sentido a mi mundo. Me tienes a tus pies y te juro que pasaré mi vida demostrándotelo.
— Yo solo quiero que me hagas el amor, Richard... nadie ha podido hacerlo nunca.
Richard alzó la mirada con tristeza.
— No... ni siquiera Dylan, si es lo que te estás preguntando.
—Rin... yo...
— Ya sé que no confías en mi, Miller. Pero, ¿qué te costaba preguntarme?
—Soy un imbécil.
— Me trataste como todo mundo lo ha hecho — Irina se encogió de hombros tratando de restarle importancia.
Richard no pudo más ante esto y se acercó a ella, con miedo de que lo rechazara pero no lo hizo. La rusa se quedó congelada hasta que la nariz de Richard tocó la de ella, rozándola con suavidad. Sus manos tomaron el rostro de Irina como si se tratara del diamante más preciado que jamás pudiera sostener, y para Richard Miller eso era.
— Irina... ¿me permites hacerte el amor?
La rusa suspiró y se lanzó a sus labios para darle un tímido beso al Capitán Americano, quien le correspondió con fervor y pasión. La lengua de Richard acariciaba la de Irina haciendo que ella abriera los labios y soltara un gemido ligero, cosa que invitó al soldado a seguir. La tomó en sus brazos, presionándola contra él y acariciando su espalda con cariño, quería darle todo el amor del mundo. Le quitó el pijama con todo el cuidado del mundo, sin dejar de tocar su precioso cuerpo. En sus calzoncillos ya se veía que estaba listo para la acción, pero evitó pensar en eso, porque lo importante en ese momento era Irina, quien lo veía aún con una sonrisa triste. Estaba decidido a quitarla de su rostro para siempre, él solo sería causante de alegría en esa carita. Los besos de Richard bajaron a su cuello, evitando los lugares donde la había lastimado la noche anterior, la abrazó con fuerza mientras la sentaba en sus piernas.
— Te amo, te amo, te amo... — susurraba Richard entre besos, mientras las manos de Irina bajaban en su cuerpo.
— ya tozhe tebya lyublyu / también te amo/
— ya lyublyu tebya i tol'ko tebya /te amo a ti y solo a ti/ — murmuró Richard entre sus labios.
— ¿De dónde aprendiste ruso? — la voz de Irina se escuchó apagada entre sus risitas, pues los besos de Richard estaban en sus costillas, haciéndole cosquillas.
— Quería sorprenderte así que busque un curso en linea.
— ¡Miren a mi soldadito de plomo! — bromeó Irina.
— Solo tuyo... — murmuró Richard tomándola de las caderas y depositándola en la cama, para acariciar su parte intima con sus manos.
— Richard...
La voz de Irina quedó ahogada por un gemido al sentir las manos de dibujante de Richard jugar entre sus pliegues. Richard se quedó asombrado por la cara de Irina que se contorsionaba de placer. Iba a disfrutar esa cara todo el tiempo que su existencia se lo permitiera. Las manos de Irina bajaban por su espalda hasta llegar al m*****o de Richard y comenzar a acariciarlo con fervor y lujuria.
— Rin...
— Richard, mi amor...
Al escucharla, bajó las caricias a sus senos donde comenzó a besarlos y acariciarlos con pasión y ternura, mientras ella frotaba su m*****o contra sus partes intimas, gimiendo en el oído del Capitán. Richard dirigió su m*****o a la entrada de ella y la penetró con cuidado, gruñendo cuando ella se dejó caer los últimos centímetros. La tomó de las caderas para dirigir el movimiento y la veía moverse sobre él, disfrutando de la imagen celestial frente a él. Definitivamente la adoraba. Acariciaba cada parte de su cuerpo, pasando sus manos por todo su cuerpo y dedicándose a besar su boca y pasarle todo el amor que sentía. Siguieron moviéndose hasta que llegaron juntos al climax.
— Te amo... — dijo Richard mientras dejaba a caer a Irina en la cama.
— También te amo — dijo ella abrazándose a su pecho.
Aún faltaba mucho por perdonar, pero el camino estaba abierto para que vivieran su amor.