—Sabía que no debía ir sola—dijo Richard con desesperación, mientras David Morton le explicaba los pormenores de la misión fallida de Irina.
El grupo especial del F.B.I. habían vivido tiempos buenos y malos desde su conformación como equipo, haciéndolos una especie de familia unida. Ahora se encontraban en un tiempo de paz, cosa rara en el trabajo. Durante ese par de años de calma lo mas relevante que pasó en la vida del equipo fue el matrimonio de Irina y Richard. Se trató de un evento bastante pequeño, al que solo asistieron sus amigos más íntimos. La pareja se dedicó a disfrutar su amor en el silencio de su habitación y de la pequeña casa que compartían. La vida era bastante tranquila hasta que un rastro de la antigua KGB apareció e Irina, teniendo tantos conflictos con su vida antes de ser rescatada por el F.B.I, no iba a dejar que eso siguiera existiendo, así que después de informarle a su esposo y sus compañeros de lo que haría, se fue en una noche nublada.
Pasaron varios días sin tener contacto con ella, pero estaban tan acostumbrados a no recibir noticias de los agentes cuando estaban en una misión que decidieron esperar a que se cumpliera una semana antes de irla a buscarla. Richard Miller pasó esa semana como león enjaulado, desesperado por marcar el número de teléfono que lo comunicaría con su infame esposa. Finalmente llegó el día y no hubo respuesta.
—¡Carajo Irina!— gritó al teléfono—¡Contesta el maldito teléfono!
A su lado, Dylan apretaba la mandíbula de preocupación. El sargento James tenía una relación complicada con Irina Pavlova, pero todavía había mucho cariño entre ellos. Richard conocía la relación pasada entre su esposa y su mejor amigo, pero no le molestaba, Irina le había reafirmado una y otra vez que lo amaba y que desde que lo conoció no había otro hombre en su vida. Junto a Dylan James se encontraba Joseph Morgan que tecleaba frenéticamente en la computadora principal.
—Irina nos dejaría un mensaje de emergencia si estuviera en peligro.
—¿Y si no le dio tiempo?—Richard estaba cada vez más preocupado por lo que podía pasarle a Irina.
—Si no le dio tiempo, necesitamos toda la ayuda que podamos conseguir—dijo Dylan firmemente tomando el teléfono.
Así como Irina había dejado muchos enemigos desde su deserción, tenía una gran cantidad de amigos y amantes en su pasado que estarían dispuestos a ayudarlos a llegar y Dylan James iba a aprovechar eso para salvar a su compañera de batalla. Después de varios minutos hablando por teléfono le puso una mano en el hombro a Richard Miller, que se mantenía sentado con las manos en la cabeza.
—La ayuda viene en camino, Rick.
—¿Ayuda?
—Vamos a encontrar a Irina, no somos sus únicos amigos.
—No te preocupes, Capitán. Tendrás a tu esposa pronto—prometió Joseph—Tengo a nuestros agentes trabajando en obtener la última ubicación del teléfono de Rin o su localizador.
—Gracias Joe.
Richard intentó llamar a Allan Smith pero fue inútil porque se había ido de vacaciones con Gwen Blackthorn para celebrar el aumento de las acciones de Industrias Smith y pensaban convertirlo en una luna de miel así que estaban incomunicados de sus compañeros en una isla del caribe. El Capitán Miller sentía que no podía hacer mucho sin sus compañeros, pero confiaba en que los amigos de Dylan e Irina irían a buscarla y no descansarían hasta encontrarla. El soldado americano se quedó por dos horas viendo a la pantalla de la computadora que debía encender el localizador que tenía insertado su esposa en la cadera desde su entrada al F.B.I. para situaciones como esta. Estaba a punto de golpear el ordenador cuando abrieron la puerta y entró Dylan.
—Llegaron—dijo simplemente.
Richard asintió con la cabeza y se levantó para observar como Matt Harvey y Hugh Lockster entraban a la sala de controles, haciendo que el Capitán Miller frunciera aún más el ceño. Todos los hombres que estaban reunidos en aquella habitación habían sido amantes de Irina Pavlova, incluso Joseph Morgan. No era momento para hacer comparaciones machistas o pensar en que, su ahora esposa, tuvo un pasado en los brazos de todos esos hombres, después de todo habían llegado para ayudarla.
—James nos informó que Irina está en peligro—dijo Matt Harvey extendiendo una mano que Richard estrechó.
Entonces, el Capitán Miller, comenzó a hablar.
—Irina decidido ir sola a seguir una pista que había dejado la KGB pero llevamos dos semanas de no tener ningún contacto con ella y no contesta al teléfono de emergencia.
—¡Llevan dos semanas sin saber de ella y no habías llamado antes!—explotó Harvey.
—Sabes que es el protocolo—fue lo único que dijo Joseph.
—Tenemos que irnos cuanto antes—mencionó Hugh.
Sin decir una palabra, Matt Harvey tomó el mando de la computadora y comenzó a teclear frenéticamente hasta que un símbolo rojo del localizador, apareció.
—Listo—dijo cruzándose de brazos—Irina está en Estambul, partiremos en diez minutos.
—¿Cómo pudiste encontrar su localización tan rápido?—preguntó Joseph con curiosidad—Los archivos de F.B.I. siguen sin poder descargarse!
—Rin tiene un dispositivo intrauterino que le puso la KGB para encontrarla, yo solo accesé a eso.
—Irina lo tiene desactivado—saltó Richard Miller.
—Yo sé como activarlo—fue lo único que dijo Harvey.
Richard estaba a punto de irse contra Matt Harvey pero Dylan le puso la mano en el pecho, necesitaban encontrar a Irina cuanto antes.
—Iremos a preparar la aeronave—dijo Hugh saliendo de la habitación, con Harvey pisándole los talones.
Los hombres trabajaron en silencio con todo lo que necesitarían porque no sabían a lo que se iban a enfrentar. Podría ser cualquier persona, a pesar de que sabían que Irina revisaba muy bien las pistas que se dedicaba a seguir, pero aún así podían haberla engañado sabiendo que el tema de la KGB era tan emocional para ella. Richard, Joseph y Dylan se dedicaron a buscar todas las armas posibles basándose en el conocimiento que tenían de los soviéticos. Después de dos horas, estaban listos para partir, terminándose de poner los uniformes cuando Hugh y Matt entraron.
—Está todo listo para partir—mencionó Hugh.
—Vamos a encontrar a nuestra chica—dijo Dylan una vez que todos estuvieron uniformados.
Richard lo miró mal, mientras que Joseph Morgan alzaba una ceja. Cualquiera que pudiera ver la situación se daría cuenta, a kilómetros de distancia, que el Capitán Miller estaba celoso de aquellos hombres que lo acompañaban, pero se mordía la lengua para no hacer ningún comentario que pudiera meterlo en problemas antes de encontrar a Irina. Richard Miller se sentía aún peor porque sabía que su esposa no le había dado motivos para sentirse de esa manera, eran sus propias inseguridades hablando. Los cinco agentes caminaron con seguridad hasta la aeronave, al que se subieron sin decir una palabra y se dedicaron a trabajar en sus puestos mientras se dirigían a Estambul. El soldado rubio no podía dejar de mirar el brillante puntito rojo que marcaba la ubicación de Irina, que permanecía inamovible en el corazón de aquella ciudad, él sabía que ella no estaba bien, seguramente estaba en problemas, porque de otra manera había intentando comunicarse con él.
A pesar de la velocidad de la aeronave gracias a las mejoras de la tecnología Smith, no llegarían a la capital de Turquía hasta la madrugada siguiente, por lo que acordaron dormir un poco, pero Richard permaneció inmóvil de brazos cruzados, sin separar su visión del cielo. Matt, Joseph y Hugh se encogieron de hombros y se fueron a dormir.
—¡No puedes seguir así!—gruñó Dylan mientras trataba, inútilmente de conseguir que Richard durmiera un poco y él pilotara el avión—Si colapsas en el campo de batalla no vas a poder ayudar a Irina.
—Sabes que puedo aguantar más que los demás.
—Sé que estás preocupado por ella, como todos.
Ante la mención de todos, Richard Miller soltó un bufido exasperado.
—O sea que ese es tu problema—Dylan James se cruzó de brazos.
—No entiendo a que te refieres—murmuró Richard, aunque sabía perfectamente de lo que su mejor amigo estaba hablando.
—Tu problema es que todos los que vinimos a esta misión tuvimos sexo con Irina en algún momento de nuestras vidas.
Richard Miller se rascó la cabeza sin saber qué decir.
—No es eso... es.
—Reconócelo, Rick. Estas ardiendo en celos porque los que van a acompañarte a rescatar a tu esposa fueron sus amantes.
— No lo digas así — explotó Richard Miller, ofendido en nombre de Irina — Estoy celoso, ¿de acuerdo? Pero es que junto a ustedes me siento otra vez el chiquillo de Brooklyn — reconoció a su mejor amigo.
Dylan soltó una carcajada que no ayudó en nada a Richard Miller, quien se giró a buscar un poco de agua entre sus cosas para ocultar que estaba avergonzado.
— No me esperaba eso.
— Yo tampoco esperaba sentirme así.
— Cuando te pase eso, recuerda a quien escogió Irina.
— A mí — dijo Richard como un niño pequeño al que estuvieran regañando.
— ¿Y con quién se casó Irina?
— Conmigo.
— ¿Lo entiendes?
Richard Miller asintió con la cabeza.
— Así me gusta, muchacho — Dylan palmeó su hombro — Ahora va a ir a dormir y yo me quedaré en los controles, rememorando los hermosos momentos junto a Irina.
— ¡DYLL!
— ¡Es broma! — el soldado del invierno se encogió de hombros — ¡Eres tan cascarrabias como un anciano!
— Suenas como Irina — dijo Richard con una media sonrisa.
— Las cosas buenas de esa mujer se pegan.
Ambos soldados rieron, liberando un poco de la tensión que sentían ante el hecho de tener que buscar a Irina Pavlova en el corazón de Estambul.
Mientras tanto, dicha mujer se encontraba colgando de los pies por unas gruesas cadenas, haciendo que su cabeza pulsara por la precipitación de la sangre a ella. Se suponía que solo debía seguir una pista común de la KGB, algo que llevaba haciendo sola desde que desertó de dicha organización porque no quería arrastrar a nadie más con ella No supo en que momento se había metido en ese lío pero debía salir ante de que alguien fuera a buscarla y lo arrastrara al abismo de perdición en el que se encontraba. En ese estado era difícil contar los días, pero Irina calculaba que llevaba más de una semana fuera de casa y vaya que la extrañaba. Quería volver a una posición cómoda, quería ir a casa, quería estar en los brazos de su esposo, extrañaba demasiado a Richard Miller.
—¿Cómoda, agente Pavlova?—dijo una voz bajo una capucha que se acercaba lentamente a donde la tenían.
—¿Qué quieres conmigo?
—¿Me recuerdas?
La figura se acercó lentamente a Irina hasta que quedó en su campo visual. Irina no pudo evitar el sonido de sorpresa que salió de su garganta, haciendo que la persona frente a ella soltara una carcajada. Era alguien a quien conocía muy bien, pues había visto ese rostro millones de veces, pero no era la KGB.
—Debryachov.
—¿Sorprendida?
—¿Por qué?
—Me quitaste lo que más amaba. Yo haré lo mismo.
Kristoff Debryachov era uno de los principales traficantes de armas de Turquía y trabajaba muy de cerca para el gobierno de Arabia Saudita, poniendo en jaque la posesión de ciertas tierras hacia los rusos, por lo que su principal agente, Irina Pavlova, había sido enviada para hacerse cargo de él, explotando su enorme mansión en Estambul. Esta había sido la última misión en la que Irina participó con la KGB pues su resultado fue lo que la llevó a desertar. Gracias a una pista falsa, las personas que se encontraban en la casa eran la esposa de Dberyachov y su hija de dos años, Elenka, quienes se quemaron vivas en la explosión. Irina aún tenía pesadillas con los gritos de aquella niña a la que mató.
—Quieres vengarte de mí, no tienes que traer a nadie más.
—Es una lástima que no tengas hijos ni puedas tenerlos porque eso aumentaría mi diversión. ¡Imagina que yo te hiciera un hijo y luego me deshiciera de él! ¡O mejor que te quitara un hijo que tanto anhela el pobre Capitán Miller! En fin, una pena, pero mis informantes dicen que tienes tres sobrinos bastante simpáticos.
Los rostros de John, Pippa y Carl pasaron como un reflejo de luz en la mente de la espía rusa, haciendo que sus ojos se llenaran de lágrimas de rabia. El traficante le había recordado que su mayor dolor era no poder tener hijos por medio natural, pero había aprendido a vivir con eso y ella junto a Richard aún buscaban la forma de adoptar a un niño que los necesitara.
—No los metas en esto. No metas a nadie más en esto.
—Descuida, no. pude accesar a los niños pero conseguí algo casi tan bueno.
Irina no habló, su corazón latiendo precipitadamente pensando en Richard Miller. Como si le leyera la mente Kristoff Debryachov habló.
—Así es, Pavlova. Tu marido viene directo a la cueva. No tienes que preguntar, sé que se han casado. Creo que todos tus enemigos tienen eso en la mente. Pero no viene solo, trae cuatro amiguitos con él. Parece que no es el único hombre que daría la vida por ti. Tienes suerte con los amantes.
—¿Qué es lo que quieres con ellos?— preguntó Irina a su atacante.
—Quiero que se maten.
—¡No lo conseguirás!— rugió la espía.
—Desconoces lo que son capaces de hacer con tal de no verte sufrir— la voz de aquella mujer prácticamente maullaba en el oído de Irina—Olvidas que los hombres piensan con el m*****o y no con el cerebro, el 90% del tiempo. Y voy a aprovechar eso para nuestro beneficio.
El hombre se marchó, no si antes encargarse de que estiraran aún más las cadenas que ataban a la espía a la enorme tabla de madera. Irina suprimió un grito de dolor mientras sentía como sus músculos se ensanchaban por la presión, había leído y experimentado suficientes torturas como para saber que no sobreviviría mucho a eso pero tenía que comprar todo el tiempo que pudiera para salir de aquel lugar antes de que Richard y el resto llegara, no podía con la idea de que se pusieran en peligro por ella.
Los cinco hombres avanzaban por los techos de Estambul, completamente armados mientras buscaban entrar a la vieja bodega donde se señalaba la posición de la espía. Richard no pudo evitar sentirse mejor al saber que los que iban al rescate de su esposa eran personas que en verdad se preocupaban por ella, que habían sabido entenderla y la habían podido consolar en su momento, y que lucharían hasta el final para traerla con bien a casa. En cuanto llegaron a la bodega, irrumpieron en ella pero solo encontraron a Irina colgando en una especie de red de araña improvisada, hecha con cadenas y madera, estaba terriblemente herida.
—¡Rin!—gritó Richard aproximándose a ella.
—¡Váyanse de aquí!
—¿Qué?—el rostro de Joseph se transformó en una mueca de confusión—Pero Riny, tenemos que sacarte cuanto antes.
—¡Es una maldita trampa!
Pero la advertencia de Irina Pavloff llegó demasiado tarde, los cuatro hombre estaban rodeados y pronto fueron sobrepasados en número. La espía no pudo evitar maldecir a Allan Smith cuando se dio cuenta que las armas de Debryachov eran de Industrias Smith, así que funcionaban bien contra ellos y en pocos minutos, tenían a cuatro hombres dentro de unas cápsulas de cristal templado que no podían romper. El traficante esperó hasta que todos estuvieran sometidos para aparecerse, porque era cobarde y no se acercaría sabiendo que estaría en peligro.
—Vaya que tienes buen gusto en hombres. Lástima que ellos no puedan decir lo mismo de una mujerzuela como tú.
—¡Cállate!—espetó Richard Miller para recibir una descarga eléctrica.
—¡Déjalo!—gritó Irina con horror.
—Vas a sufrir viéndolos morir uno a uno, como yo vi a mi pobre Elenka.
—Yo no quise matarla—exclamó Irina.
—Tampoco hiciste nada por salvarla—dijo el hombre para después dirigirse a Dylan James—Creo que comenzaremos por él, tu primer amor, Irina.
Uno de los hombres de Debryachov pasó la cápsula que contenía a Dylan James al frente, como si de la venta de un animal se tratara.
—Dy...—Irina luchaba por librarse de las cadenas que se enrollaban en torno a su cuerpo que la apretaban cada vez mas. No soportaría qué los lastimaran, eran sus amigos, eran su familia.
—Dylan Carl James, Lo conociste aún trabajando para nosotros, ¿o no? Te enamoraste de él porque te hacia sentir como persona y tú lo hacías sentir humano. Eran el uno para el otro hasta que llegaron al F.B.I. y vieron que había vida más allá de la KGB. Dime, James—se dirigió al soldado quien empujaba la más manos con enojo—¿Follaba bien cuando era una niña bajo el control de los rusos?
—¿Quién te crees para hablar así de ella?—espetó.
—No me digas si no quieres, puedo comprobarlo yo.
Irina vio cómo la cápsula que contenía a Dylan comenzaba a prender fuego. Intentaba moverse con más desesperación pero solo conseguía enrollarse más en ella. Si tan solo no le hubieran quitado todas sus armas para dejarla allí arriba en ropa interior quizá podía hacer algo por James.
—¡Joseph Francis Morgan!—prosiguió como si de una presentación de circo se tratara—Tú primer amigo fuera de la KGB, tu primera conquista. Grandes amigos, gran equipo, ¿grandes amantes?—Vio al hombre, quien le escupió—Entonces él te enseñó tus malos modales, espero que hayas sido su buena perra en la alcoba.
—¡Riny, no lo escuches y sal de este maldito lugar!—gritó el agente.
—Me sirves todavía menos que Dylan, pero aún así quiero ver que dirá la agente Pavlova cuando te quemes lentamente y tenga que decirle a tus hijos que se han quedado sin padre por tu culpa.
—Déjalos ir, por favor—La espía nunca suplicaba, pero lo haría por todos ellos.
El torturador dio la señal que indicaba que la cápsula de Joseph comenzaría a quemarse como la de Dylan. Irina no pudo evitar sorprenderse cuando vio que el segundo había logrado librar la mayor parte de las llamas, mientras comenzaba a entender el plan de aquel hombre.
—Matt Harvey. Tu amante ocasional. Ciego, solo necesitaban unas cuantas caricias para entenderse, ¿la rusa te prendía por todo lo que te imaginabas Harvey? Lo único que sé a ciencia cierta es que le enseñaste a Irina a usar los bastones para defenderse, es una pena que no pueda ayudarte con eso ahora.
Repitiendo el proceso que había ocurrido con los otros dos héroes, Debryachov se acercó a la cápsula que contenía a Hugh, quien intentaba abrir sus enormes garras para poder abrir la prisión pero fallaba estrepitosamente.
—Hugh, Hugh, Hugh. He leído mucho de ti—se burló el traficante—No solo por tu relación eventual con la Irina, que por lo que supe no pasó de unos cuantos follones pero porque serías un arma bastante interesante.
—Eres un depravado.
—Y tú una estúpida—dijo propinándole una bofetada tan fuerte a la espía que su nariz y labio comenzaron a sangrar—Sé que no puedes quemarte—dijo volviendo a Hugh—Pero disfrutaré ver como te ahogas. Y ahora, me falta el plato especial para Irina Pavlova, ¿o es Miller ahora?
Richard Miller se encontraba fuera de sí, trataba de liberarse para matar a ese hombre a golpes por todo lo que le estaba haciendo y diciendo a Irina. Esta vez no había celos de su parte, solo una rabia tremenda al ver a su mujer sufrir por las personas que quería y ser tratada como una mujer insignificante por el número de parejas sexuales que había tenido a lo largo de su vida. Ni ella, ni ninguna otra persona se merecía eso.
—Vaya, Capitán. Estoy impresionado de cómo intentas llegar a ella a pesar de la cantidad de choques eléctricos que has recibido. En eres un hombre legendario.
—¡Podría hacer esto todo el día!—gritó Richard.
—No será necesario—Con un botón presionado, Richard tenía lazos que ataban su rostro como si fuera un bozal—Vamos a hablar del Capitán Miller, ¿quieres Irina? ¿Cómo conseguiste que se casara contigo? Eso te faltaba en la cuenta, un hombre virginal que cayera en tus encantos. ¿Qué vio en ti el hijo prodigio de América? Sí solo eres una puta comunista que disfruta de follar y matar. No eres una mujer casada, no eres alguien de casa, ni siquiera puedes tener hijos.
—¡Una mujer es más que eso!—resonó la voz de Richard Miller mientras su pesada bota estrellaba el cristal de la cápsula, logrando romperlo para sorpresa de todos.
El Capitán había logrado romper la cápsula que lo contenía y ahora se lanzaba ferozmente hacía Kristoff Debryachov.
—¡Richard!—la voz de Irina lo detuvo unos instantes, la espía estaba consiguiendo liberare de las cadenas que la oprimían—¡Libera a los chicos! ¡Debryachov es mío!
El soldado americano quería ir a ayudar a su compañera, pero sabía que lo que ella le pedía era más lógico y urgente. Presurosamente corrió a liberar al resto de los agentes, quienes se dejaron caer al suelo, tosiendo y quitándose las pequeñas quemaduras pues las llamas lograron alcanzar algunas partes de sus trajes. Debryachov estaba en medio de todo el tumulto, en shock, tratando de entender cómo había logrado el Capitán Miller de su trampa precisamente calculada para contener a todos esos hombres. Un sonido seco en el suelo le hizo ver que Irina se había liberado y caminaba hacia él, sangrado pero con la mirada llena de rabia.
—Vaya que si necesitas a tu ejercito de hombres para que te rescaten, aunque seas todo menos una princesa.
—Yo me salvo sola—rugió Irina—Soy mi propia mujer. Ayer, hoy y siempre.
La espía golpeó al hombre directamente en el rostro, pues no tenía otra arma más que sus puños. Los hombres de Debryachov se encontraban de nuevo en la sala, aparecieron después de escuchar toda la conmoción y estaban peleando contra Richard, Matt, Joseph, Dylan y Hugh pero ahora eran mucho menos porque el fuego de una de las cápsulas de prisión se esparcía alrededor de la vieja bodega, el lugar pronto se consumiría en cenizas.
—¡Tenemos que salir!—exclamó Matt Harvey mientras se deshacía de dos hombre a la vez—¡Irina, larguémonos de aquí!
Irina Pavloff estaba concentrada en golpear a aquel traficante de drogas con todo lo que tenía, a pesar de que el hombre ya estaba inconsciente. El simple pensamiento de matarlo porque había traído a Richard Miller y le había hecho verla como era hacia que quisiera descargar toda su ira sobre su cuerpo inerte en el piso. El Capitán, al darse cuenta de eso, tomó a su esposa por la cintura para separarla de aquel hombre.
—Ya estás a salvo, Rin—susurró para su esposa, mientras la tomaba en brazos para salir de aquel lugar.
Los héroes salieron de aquella bodega mientras pudieron pues el fuego se hizo cada vez más grande y solo se escuchaban los gritos de dolor de la gente que se quemaba dentro. Irina cerró los ojos mientras sentía como los músculos de Richard se cerraban alrededor de ella, el fuego le recordaba bastantes cosas dolorosas y solo quería olvidarse de lo que estaba pasando.
—No te duermas, Irina—suplicó Richard.
—Estoy aquí—murmuró débilmente.
—Joseph traerá la aeronave, solamente tienes que resistir un poco…
—¿Iremos a casa?
—Pronto mi vida, solo quédate conmigo. Necesito curarte todas estas heridas.
El sonido de un avión interrumpió la conversación de la pareja, Richard subió lo más rápido que pudo y dejó a Irina en la mesa del ala médica mientras el resto de los hombres los rodeaban, incluso Joseph que había puesto el piloto automático para poder ayudar a la espía.
—No vuelvas a asustarnos de esa manera—reprendió Matt Harvey— Mucho menos a tu marido, que Richard es capaz de volver a congelarse 100 años antes de vivir sin ti.
Richard rió un poco, mientras comenzaba a limpiar algunas de las heridas que Irina tenía en el cuerpo, causada por las cadenas que la ataban de cabeza a la bodega. Tenía además un enorme hematoma morado en la cabeza, que ni siquiera sabía cómo se formó. La espía estaba semidesnuda frente a sus compañeros y aunque todos la veían simplemente con preocupación, el Capitán Miller, así que se sacó la playera después de haberse despojado de su uniforme.
—No es como que nunca me hayan visto desnuda, Richard—dijo Irina tratando de bromear.
—Tienes demasiadas heridas, Riny—irrumpió Joseph—No es bueno que estén expuestas.
—Soy yo quien debería preocuparme por ustedes—la pelirroja los vio mal—¡Ninguno está en buena condición! ¡No debieron exponerse de esa manera! No valgo la pena.
—Jamás vuelvas a decir eso, Irina. Eres muy importante para nosotros, eres parte de nuestro equipo—dijo Hugh.
Los otros cuatro hombres asintieron fervorosamente y después de que la espía les prometiera que no se iría de nuevo de esa manera, fueron alejándose para darle su espacio a la pareja.
—Vas a necesitar puntos de sutura en cuanto lleguemos.
Irina solo asintió con la cabeza, viendo al techo del avión de manera ausente.
—Tienes que decirme algo, Irina.
—No debieron haber venido, yo podía solucionarlo sola.
—No podías, además somos un equipo, y tú y yo—señaló el espacio entre ambos—un matrimonio.
—No creo que sigamos siéndolo.
—¿Quieres el divorcio, Irina?
—¿No lo quieres tú? Después de todo lo que viste y escuchaste en ese lugar. Los puse en peligro a todos solo porque fueron mis amantes, tú estás en la mira por haberte casado conmigo y... no tenemos hijos, ni podemos tenerlos. Todo es demasiado peligroso en este trabajo.
—Creo que me juzgas demasiado, Rin—Richard se sentó junto a ella—Yo sabía exactamente quién eras cuando me enamoré de ti y me casé contigo.
—¿No te molesta?—los ojos de Irina se llenaron de lágrimas que ella alejó hábilmente batiendo las pestañas—Sé que las cosas y las mujeres eran difíciles en otra época, sé muy bien que la familia que querías venía de otra época.
—Debes dejar de compararte con Dinah Adams—el rubio tocó la nariz de la pelirroja, quien bajó la mirada pues odiaba como Richard la conocía tan bien—Tú no eres como ella, ni como nadie, eres una mujer increíble y me encantaría que te vieras como yo te veo, mi vida.
—No puedo creer que sigas conmigo, metiéndote en todos estos líos.
—Busqué a Dylan por años, debes de darme algo más de crédito por ser testarudo.
—O un amante de causas pérdidas.
—En ese caso, eres mi causa pérdida favorita.
—Hablo en serio, Richard. ¿Qué haremos ahora? Debryachov amenazó a los hijos de Joseph, incluso a los hijos que nosotros no tenemos, y dijo que todos mis enemigos saben que somos un matrimonio.
—Era obvio que eso pasaría antes o después.
—¿Por qué no estás preocupado?—Irina sonaba molesta.
—Porque sé que juntos podemos resolver todo.
—Algo cambió en tí, Miller y quiero saber que fue.
—Dylan.
Irina ladeó la cabeza sin entender.
—Que tiene que ver Dy con todo esto.
—Cuando desapareciste y reclutó a los muchachos, yo estaba bastante celoso pero Dylanme hizo ver que tuve que haber hecho algo bastante maravilloso para que me escogieras a mi encima de ellos.
Irina arrugó la nariz, riendo.
—Eres un tonto.
—Pero no debe preocuparte lo que los otros piensen de ti, debe preocuparte lo que tú pienses de ti.
—Sabes que yo nunca voy a poder perdonarme, la hija de Debryachov es una de las cosas que más me atormenta en las noches de insomnio.
—Iremos paso a paso, ¿de acuerdo?
Irina asintió y escondió el rostro en el pecho de Richard Miller. El momento de la pareja fue interrumpido por un sonriente Joseph Morgan.
—Los chicos y yo pediremos pizzas al llegar a Nueva York, si ya acabaron con su asqueroso y cursi momento de amor pueden unirse.
Irina le levantó el dedo medio antes de soltar una carcajada liberadora. Estaba en casa y las cosas se iban a ir solucionando lentamente. No importaba cuántos enemigos tuvieran, mientras ella y Richard estuvieran juntos podrían soportarlo todo.