El bosque tenía memoria.
Cada rama, cada piedra, cada raíz recordaba. Aunque los humanos lo hubieran olvidado, aunque los mapas modernos ignoraran su existencia, el Santuario del Silencio seguía allí. Oculto bajo hiedra, cubierto de musgo, respirando con lentitud… como una bestia dormida.
Fue Lucien quien guió a Elena hasta él, siguiendo la canción del cuervo muerto.
—Aquí fue donde comenzó todo —dijo, apartando las ramas—. Donde tu madre realizó el primer intento.
—¿Qué intentó exactamente?
Lucien se volvió hacia ella. La luz tenue del amanecer lo volvía casi transparente.
—Cerrar la g****a. Bloquear el paso entre este mundo y lo que hay debajo. Pero para hacerlo necesitaba un sacrificio. Y no todos estaban dispuestos a pagar el precio.
Entraron.
El santuario era circular, hecho de piedra oscura. En el centro, un altar agrietado cubierto de ceniza. Alrededor, símbolos tallados en las paredes: el diente, la luna, el cuervo, la espiral... y uno nuevo.
—Este… —dijo Elena, tocando un dibujo en forma de llama encerrada en una jaula—. Nunca lo había visto.
Lucien asintió.
—Es el sello del alma. El más poderoso. El único que no se puede forzar.
—¿Por qué?
—Porque se escribe desde adentro.
---
Mientras Lucien revisaba el altar, Elena se arrodilló en el suelo. Había algo enterrado bajo el polvo.
Un cuaderno. Antiguo. Forrado en cuero n***o, con el nombre de su madre grabado en la tapa: M. Kovac.
Lo abrió. Las primeras páginas estaban ilegibles, húmedas y rotas. Pero más adelante, encontró una entrada:
> “21 de octubre, noche de la luna doble. El círculo está completo. Solo falta la sangre del portador.”
> “Adrian no quiso quedarse. Dijo que esto era una locura. Que no era nuestro deber. Que la g****a podía esperar. Pero yo… yo la siento respirar cada vez más fuerte. Si no lo hago ahora, no habrá un mañana para Elena.”
Elena apretó los dientes. Su madre había estado dispuesta a sacrificarse por ella.
Y Adrian… la había abandonado.
—¿Ella lo hizo sola? —preguntó con la voz baja, temblorosa.
Lucien suspiró.
—No del todo. Alguien más estaba con ella. Alguien que fingió ser su aliado. Pero cuando el ritual estaba a punto de concluir, lo saboteó. Abrió el sello en lugar de cerrarlo.
—¿Quién?
Lucien la miró, serio.
—No lo sé con certeza. Pero llevaba una capa negra. Y un colgante con el símbolo del Consejo Gris.
—¿Un traidor? ¿Entre los nuestros?
—Sí. Uno de los cinco.
---
Elena se puso de pie. Caminó en círculo alrededor del altar. Notó una g****a profunda en el suelo, justo en el centro del símbolo.
Al tocarla, su visión se nubló.
Y entonces vio:
🌑 A su madre, de pie sobre el altar, con los ojos llenos de lágrimas.
🌑 A un hombre con capucha acercándose por detrás, cuchillo en mano.
🌑 A la g****a abriéndose bajo sus pies… como una boca enorme y sin fondo.
—¡No! —gritó Elena—. ¡No!
Lucien la sujetó de los hombros.
—¡Elena, vuelve! ¡Es una visión!
Pero no era solo una visión.
Era una memoria heredada.
Una que la sangre le estaba revelando.
---
Cuando volvió en sí, Elena jadeaba. Sus ojos ardían. Su cuerpo temblaba.
—Vi todo. Vi cómo la g****a se abrió. Vi a mi madre caer. Y vi a él.
—¿A quién?
—No supe su rostro. Pero llevaba un anillo de plata… con una rosa negra.
Lucien palideció.
—Ese símbolo es de Theon Marlowe. Uno de los miembros del Consejo. El más joven. El más peligroso. El único que… alguna vez amó a tu madre.
—¿Qué?
—Sí. Fue su amante… y su verdugo.
Elena cayó de rodillas. Lágrimas de furia se mezclaban con el polvo en su rostro.
—Entonces esto no fue un accidente. Ni siquiera fue solo una advertencia. Fue una venganza.
Lucien asintió.
—Y aún no ha terminado. El Consejo te quiere viva. Pero solo hasta el próximo eclipse.
—¿Por qué hasta entonces?
—Porque en esa noche… se repetirá el ciclo. La g****a volverá a abrirse. Y esta vez, quieren usarte a ti como el sacrificio final.
---
Elena se levantó, con el cuaderno apretado contra el pecho. Su voz era grave, decidida.
—Pues van a tener que matarme antes.
Lucien la miró fijamente.
—Entonces tendrás que encontrar a los otros cuatro traidores. Y aprender lo que tu madre no tuvo tiempo de enseñarte.
—¿Cómo?
Lucien sonrió, sombrío.
—Vas a necesitar un nuevo maestro… y un viejo enemigo.