🌕El traidor del Consejo – Parte 1

877 Palabras
Elena despertó antes del amanecer. El canto de un cuervo sonó en la distancia, quebrando el silencio denso que flotaba sobre Valdheim. Por un momento, pensó que seguía soñando, hasta que vio a Lucien junto a la ventana, espada en mano, con el rostro tenso y la mirada fija en los árboles. —¿Ocurrió algo? —preguntó ella, incorporándose. Él no respondió de inmediato. —Los sellos de protección se desvanecieron anoche. No es casualidad. El Consejo ya sabe dónde estás. Elena tragó saliva. —¿Y enviarán...? Lucien asintió. —Cazadores. Primero uno. Luego, si no regresa… vendrán más. —¿A matarme? —A juzgarte —corrigió Lucien, aunque su voz tenía un matiz sombrío—. Y si encuentran razones suficientes, sí… a matarte. Elena se levantó con una sensación de vacío en el estómago. Caminó hacia él, tocándole el brazo. Notó la tensión bajo su piel, la forma en que sus dedos apretaban la empuñadura. —¿Peleaste contra ellos antes? —Fui uno de ellos —confesó Lucien, con la voz apenas audible. Elena se quedó inmóvil. —¿Qué? —Hace años. Antes de conocer a tu madre. Antes de traicionar al Consejo. —¿Y por qué lo hiciste? Él giró el rostro hacia ella. —Porque vi lo que hacían con los niños que nacían… diferentes. Porque no podía seguir sirviendo a un sistema que mata por miedo. Y luego añadió, más bajo: —Porque Marina me salvó. Igual que yo ahora quiero salvarte a ti. Elena sintió un nudo apretarse en su pecho. —¿Por eso no puedes irte? Lucien negó, con una sombra de sonrisa. —No. No puedo irme porque… cuando estoy contigo, recuerdo quién era antes de convertirme en arma. --- Mientras tanto, en otro rincón del bosque… Un hombre de mediana edad descendía por un sendero oculto. Su abrigo oscuro estaba manchado por la lluvia y el barro, pero avanzaba con paso seguro. No parecía humano a simple vista. Demasiado recto, demasiado silencioso. Sus ojos eran grises como piedra afilada. Su nombre era Rhaek. Primer cazador del Consejo. Se detuvo junto a una roca cubierta de musgo y hundió los dedos en el suelo húmedo. —Sangre… antigua —murmuró, cerrando los ojos. En su mente apareció la imagen: una joven de cabello n***o, ojos claros y una energía que chispeaba con violencia inestable. No era totalmente humana. Ni totalmente bestia. —El puente está activo —susurró, y su voz no parecía tener eco. De su abrigo sacó una daga curva, forjada en plata negra. El arma tembló en su mano, como si reconociera el destino que le aguardaba. —El juicio ha comenzado. --- Elena y Lucien caminaron hasta el claro donde los árboles susurraban nombres en lenguas olvidadas. Allí, Marina Kovac —la abuela que todos creían muerta— había construido un santuario hace décadas. Solo Lucien sabía de su existencia. —Aquí estaremos protegidos —dijo él. —¿Por cuánto tiempo? Lucien se detuvo, girándose hacia ella. —El santuario se sostiene con voluntad. Y si tu voluntad es fuerte… podremos resistir. Elena tocó una de las piedras talladas. Su superficie vibraba bajo sus dedos. —¿Y si no puedo? Lucien se acercó por detrás, y por un instante, ella sintió el calor de su cuerpo envolviéndola. —Entonces lucharé por ti. Elena se giró. Estaban demasiado cerca. La niebla giraba a su alrededor, pero en medio de ella, él era el único punto nítido. Consciente de que el mundo entero estaba a punto de quebrarse, Elena solo pensaba en ese instante. —¿Tú también tienes miedo? —preguntó. Lucien bajó la mirada, sus dedos rozando los de ella. —Todo el tiempo. Pero contigo… el miedo no me paraliza. Me da razones. Elena lo besó otra vez. Esta vez sin culpa, sin dudas. Un beso que supo a guerra y a hogar. --- Esa noche, el viento cambió. Elena lo sintió en los huesos: el aire traía algo consigo. Algo antiguo. Rhaek llegó al pueblo sin ser visto. Entró por el cementerio, pasando junto a la tumba de Marina Kovac sin detenerse. Caminó hasta la iglesia abandonada. En el altar, colocó una moneda de obsidiana y pronunció palabras prohibidas. La moneda giró… y se detuvo. —Ella aún no ha elegido —murmuró. Rhaek cerró los ojos. La noche siguiente sería la del primer juicio. Uno de sangre. Uno de fuego. --- Elena soñó con su madre. Pero no como antes, corriendo entre árboles o escribiendo con desesperación. Esta vez, estaba sentada en la cocina, preparando té, como si nada hubiera pasado. —Te ves cansada —dijo Marina, sin mirarla. —Están viniendo por mí. —Siempre vinieron por nosotras. —¿Qué se supone que haga? Su madre se giró. Tenía el rostro sereno… pero sus ojos eran dos pozos sin fondo. —Recuerda quién eres. Y no les des el derecho de decidirlo por ti. —¿Y si soy el puente, como dicen? —Entonces elige a qué lado vas a sostener. Elena despertó con una sola certeza: la caza ya había comenzado, pero ella no iba a huir. Esta vez, iba a enfrentarla de frente. Y no estaría sola.
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