La madrugada los encontró aún despiertos. Lucien repasaba runas antiguas con una rama de espino n***o sobre el suelo del santuario. Sus trazos eran rápidos y precisos, aunque su mano temblaba apenas. Elena, sentada frente a él, observaba cada movimiento sin perder detalle. El aire allí dentro se sentía denso, cargado de una energía viva que pulsaba bajo sus pies. —¿Estas runas te protegerán? —preguntó ella. Lucien alzó la vista, con una sombra de cansancio bajo los ojos. —No. Estas te protegerán a ti. Elena frunció el ceño. —¿Y tú? Lucien la miró en silencio durante varios segundos. —Si tengo que elegir entre mi vida y la tuya, Elena... ya hice mi elección hace mucho. Ella se puso de pie de golpe, caminó hasta él y lo obligó a mirarla de frente. —No vuelvas a decir eso. No me sal

