La indicada

1011 Palabras
Sentí un escalofrío. Esa voz... había algo en su tono que me resultaba inquietantemente familiar, pero no podía precisar qué era. —Lo entiendo perfectamente —respondí, manteniendo la tranquilidad. —Le aseguro que no volverá a pasar una vez más. En ese momento, el sillón ejecutivo y la figura del hombre finalmente se giraron. Me quedé en silencio, no podía creer a quien estaba viendo. Frente a mí, sentado con una elegancia depredadora, estaba el mismo hombre que casi me atropella hacía menos de una hora. El mismo hombre que me había ayudado a levantarme y con el que me había reído en medio de la calle. —¿Tú? —dijimos ambos al mismo tiempo, con el mismo tono de asombro absoluto. Me quedé muda por un par de segundos, procesando la ironía del destino. El hombre que casi me manda al hospital era el multimillonario que tenía mi futuro profesional en sus manos. —Vaya... —dijo él, recobrando la compostura mucho más rápido que yo. Con una chispa de diversión bailó en sus ojos. —Así que usted es la brillante Paula Miller. —Y usted es Bruno Santoro —respondí, tratando de que mi voz no temblara. —Debo confesar que, aunque sé que es un hombre sumamente eficiente en los negocios, juraba que era alguien mucho mayor. Hay muy pocas fotos suyas en los medios, por no decir ninguna. Bruno no pudo evita reírse con gentileza, eso hizo que sus hombros se relajaran un poco. —Ya ve que aún soy joven, señorita Miller. No todos los dueños de imperios tenemos canas y mal humor... aunque lo del dinero perdido lo decía en serio. —Tome asiento, por favor —me indicó, señalando una silla de cuero frente a su escritorio. Me senté, cruzando las piernas y tratando de recuperar mi faceta profesional. —¿Me va a entrevistar a pesar de que llegué unos minutos tarde? —pregunté, mirándolo directamente a los ojos. Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio de cristal. —Sería muy injusto de mi parte no hacerlo —dijo con una sonrisa encantadora. —Después de todo, usted llegó tarde por un incidente en el que yo estuve directamente involucrado. Digamos que tengo parte de la culpa de ese retraso. —Agradezco su generosidad, señor Santoro —le dije, sintiendo una extraña calidez en el pecho. —Bien, hablemos de negocios entonces. Hábleme de su vida profesional, Paula. Quiero saber dónde trabajó. Me aclaré la garganta y me enfoqué antes de responderle. —Soy licenciada en Marketing. He trabajado para algunas pequeñas empresas locales, donde me encargué de levantar su imagen desde cero. Me especializo en posicionamiento de marca y estrategias digitales de alto impacto. Bruno me miró fijamente, tomando una carpeta que estaba sobre su escritorio. —Pude ver su currículum antes de que llegara. Es brillante, especialmente sus notas en la universidad y los resultados de sus últimos proyectos. —Gracias —respondí con modestia. —Necesitaré de toda su inteligencia y creatividad —continuó él, cerrando la carpeta. —Mis hoteles de lujo están en un proceso de expansión por todo el país y también fuera de él. Necesito que la gente no solo conozca el nombre Santoro, sino que desee la experiencia que ofrecemos. Me quedé mirándolo, procesando sus palabras. Mi corazón empezó a latir con fuerza, pero esta vez de emoción. —¿Eso quiere decir que estoy contratada? —pregunté, sin poder evitar que una sonrisa se asomara a mis labios. Bruno me miró durante unos segundos que parecieron eternos. Su mirada era intensa, como si estuviera tratando de leer algo más allá de mis palabras. —Definitivamente, sí —sentenció. —Usted es la indicada para el puesto. Me puse de pie de inmediato, sintiendo un alivio inmenso. Extendí mi mano por encima del escritorio con profesionalismo. —Es un gusto trabajar para usted, señor Santoro. Él se levantó y tomó mi mano. Y otra vez sucedió, de nuevo, volví a sentirme extraña ante él. Nos quedamos así, unidos por las manos y viéndonos fijamente a los ojos durante unos segundos. Bruno entrecerró los ojos un poco, como si estuviera resolviendo un rompecabezas mental. —Sabe... su voz me parece conocida por alguna razón —dijo. —No creo que nos hayamos visto antes —respondí rápidamente, tratando de ocultar mi nerviosismo. Bruno soltó mi mano y sonrió con amabilidad. —Bueno, no antes del incidente de esta mañana, desde luego —bromeó. —¿Cuándo empiezo? —pregunté, cambiando de tema para que no siguiera analizando mi voz. —Mañana mismo —respondió él, volviendo a su tono ejecutivo. —Su oficina estará lista para cuando llegue. Mi secretaria le dará los detalles del horario y el contrato al salir. —Llegaré puntual a mi primer día de trabajo, se lo aseguro —le dije, dándome la vuelta para marcharme. —No lo dudo, Paula —escuché que decía mientras yo salía por la puerta roja. Caminé por el pasillo sintiendo una alegría que me hizo olvidar todo. Me acerqué a la secretaría sin perder dejar de sonreír. —Señorita, dijo el señor Santoro que me acercara a usted. Ella me miró de arriba abajo, y su expresión no era de felicidad. —Su horario es abierto, pero den si o si, estar a primera hora en la oficina, o sea a las 8 de la mañana. —Eso es maravilloso— Le respondí recordando porque ese era el trabajo de mis sueños. Ella me miró con seriedad, como si le molestara mi buen humor. —Adema su sueldo es de 65,000 mil dólares al mes. Me quedé en silencio, tratando de procesarlo, nunca había ganado tanto dinero junto. —Gracias por la información señorita— respondí con calma. Tenía el trabajo de mis sueños, un sueldo que me permitiría vivir con holgura y un jefe que, además de ser el hombre más guapo que había visto en mi vida, resultaba ser el mismo que casi me atropella.
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