Las fresas

1379 Palabras
Al caer la noche, la ciudad se transformó, quería celebrar por mi nuevo trabajo, pero no estaba segura de hacerlo. Después de la montaña rusa de emociones que había vivido durante el día, Leila y Daelis insistieron en que no podíamos quedarnos encerradas. Así que esa inseguridad se fue, y decidí darles la razón. Una hora después estábamos en la feria del centro de la ciudad delas fresas, un evento que se hacía año tras año para impulsar los negocios locales. Al llegar miramos muchas estafetas, y todas ofrecían variedades que contenían el ingrediente estrella; la fresa. —Esto es exactamente lo que necesitábamos —dijo Daelis, dándole un mordisco a una brocheta de fresas con chocolate mientras nos sentábamos en una de las mesas rústicas de la feria. —Ahora que Paula tiene el trabajo de sus sueños y un jefe que, según ella, es un monumento, debería empezar a buscarse a alguien para casarse. La miré y me eché a reír mientras movía mi cabeza hacia los lados. —¿Casarme? Daelis, acabo de conseguir el empleo. Ni siquiera he pasado mi primer día en la oficina. —Mira quién lo dice —intervino Leila con una sonrisa burlona, mirando a Daelis. —La que tiene veintisiete años y todavía no se casa ni por error. Daelis le lanzó una mirada de fingida indignación. —Yo decidí no casarme, el matrimonio no va con mi estilo de vida libre. Pero Paula es diferente. Ella es de las que sueña con el vestido blanco. —Es verdad —admití, mirando las luces de colores que adornaban la feria. —Deseo casarme, pero con alguien a quien realmente ame. No por una apuesta ni por impulso. —Bueno, Cupido llegará cuando menos lo esperes —dijo Daelis levantándose de la silla. —Iré por unos buenos jugos de fresa naturales, de esos que tienen trozos grandes. ¿Vienes, Leila? —Voy contigo —respondió ella, levantándose también. —No te dejes convencer por ningún vendedor de peluches mientras no estamos, Paula. Me quedé sola en la mesa, observando el ruido de la gente. Me sentía extrañamente inquieta, así que me puse en pie para estirar las piernas. Caminé unos metros hacia un puesto de juegos donde colgaban enormes peluches de felpa. Me quedé observándolos unos segundos, pensando en lo irónico que era que mi vida hubiera cambiado tanto en menos de veinticuatro horas. Al girarme para volver a la mesa, no vi a la persona que venía detrás de mí. Mis manos chocaron contra un pecho fuerte cubierto por una chaqueta de tela fina. Al levanta la mirada, me encontré con esos ojos profundos que ya empezaba a reconocer demasiado bien. Bruno Santoro estaba allí, luciendo mucho más informal que esta mañana, pero con la misma aura de mando. —Lamento este choque, señorita Miller —dijo él, sonriendo. —Pero aprecie que usted tiene la tendencia de caminar sin mirar antes por dónde va. Sentí el calor subir a mis mejillas. Tenía razón, esta era la segunda vez en el día que terminaba chocando con él por mi distracción. —Tiene razón, señor Santoro. Debo empezar a tener más cuidado, o terminaré en el hospital antes de cobrar mi primer sueldo. —Para disculparla por este atropello —dijo él, con un brillo juguetón en su mirada. —acepte podar algunas fresas conmigo en el huerto provisional de la feria. Me vendría bien una mano experta... o al menos una entusiasta. Me sorprendió su invitación, pero no pude negarme. Después de todo, era mi jefe. —Iré detrás de usted, entonces —respondí. Caminé a su lado, sintiendo la diferencia de altura y esa fragancia masculina que parecía envolverlo todo. Llegamos a una zona vallada donde habían dispuesto hileras de plantas de fresas llenas de frutos rojos. Un encargado nos entregó una canasta de mimbre y nos indicó que podíamos empezar. Nos agachamos cerca de las plantas. El silencio entre nosotros era cómodo, solo se escuchaba el sonido del corte de la fresa. —No pensé que a un hombre como usted le gustara este tipo de eventos —comenté mientras cortaba una fresa especialmente grande. —Lo imaginaba más en galas de etiqueta o reuniones en rascacielos. —No vengo todos los años —confesó él, concentrado en su tarea. —pero me interesa que todo salga bien aquí. Es importante para la comunidad y para el comercio local. Lo miré de reojo, intrigada. —¿Acaso es usted quien hace que todo esto sea así de increíble? —le pregunté, sospechando que su influencia llegaba más lejos de lo que él admitía. Bruno se detuvo, me miró y sonrió de una manera que me hizo olvidar cómo respirar. Sin decir una palabra, tomó una fresa de la canasta, se la comió y luego seleccionó otra. —Está muy buena —dijo simplemente. —Pruebe una para que vea que tengo razón. Entendí que no quería hablar de sus negocios ni de su filantropía en ese momento. Acepté la fresa que me ofrecía, la mordí y cerré los ojos ante la explosión de sabor. —Tiene razón. Es muy dulce y jugosa. —Eso es exactamente lo que pienso sobre la fresa —respondió él, sin apartar la vista de mí. Bruno se quedó observándome fijamente, eso me hizo sentir más nerviosa que de costumbre. De repente, acortó la distancia y pasó su dedo pulgar rozando mi labio inferior con una lentitud. —Tenías un poco de pulpa de la fresa justo ahí —dijo con la voz ronca. Me sonrojé involuntariamente, sintiendo mis piernas flaquear. —Gracias —dije, apenas con voz. Antes de que el momento pudiera volverse más íntimo, una mujer con un auricular y una tabla de notas se acercó a nosotros a toda prisa. —¡Oh, gracias a Dios! —exclamó la mujer, mirándonos con entusiasmo. —Se ven muy bonitos juntos, la pareja perfecta. Tienen que ayudarnos, por favor. Los actores que harían la escena promocional con las fresas no van a llegar a tiempo y ya es hora de subir al escenario. El público está esperando. —No entiendo de qué habla —dije, parpadeando confundida. —Es sencillo —continuó la mujer, casi empujándonos hacia la plataforma central. —Solo tienen que subir y hablar de por qué es bueno consumir fresas, de su sabor, de su frescura... y luego, al final, comerse una fresa juntos y darse un beso. El eslogan es: "El amor por las fresas une amores inesperados". ¡Es perfecto para ustedes! Bruno levantó las cejas, recuperando su aire de jefe. —Eso es una locura. No somos actores. —Lo sé, lo sé, es una locura —dijo la mujer al borde del llanto. —pero ya todos están reunidos frente al escenario. Si no salvamos esta presentación, muchos se decepcionarán del evento y la prensa está ahí. Por favor, señor, usted tiene porte de modelo y ella es preciosa. Bruno guardó silencio un segundo, mirando hacia la multitud que ya empezaba a aplaudir esperando el show. Su sentido de la responsabilidad empresarial pareció ganar la batalla. —Eso no pasará —sentenció él. —No dejaremos que el evento se arruine. —¡Gracias! Los espero en el escenario en cinco minutos —dijo la mujer, marchándose a toda prisa. Bruno se giró hacia mí, recuperando esa mirada suave que solo parecía mostrarme a mí. —Paula, si no quieres hacerlo, lo entiendo. Puedo buscar a alguien más o simplemente cancelar todo. No quiero obligarte a nada. Me eché a reír, contagiada por la adrenalina del momento. Si iba a trabajar en Marketing para él, ¿qué mejor forma de empezar que esta? —¿Bromeas? —le dije con una chispa de travesura. —Claro que quiero hacerlo. Es como si estuviera haciendo yo misma el marketing de la empresa sin necesidad de contratar actores. Además... las fresas realmente están buenas. Bruno sonrió, una sonrisa que esta vez llegó hasta sus ojos, y me ofreció su brazo para subir al escenario. Mi corazón iba a mil por hora, no por el público, sino por la idea de ese beso final que, aunque fuera parte de una actuación, me hacía sentir inquieta.
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