El corazón me latía tan fuerte que juraba que cualquiera a mi alrededor podría escucharlo.
Bruno me ofreció su brazo y, con mucho nerviosismo y una extraña sensación, subí los escalones de madera de la tarima.
Las luces de la feria nos enfocaron de inmediato, y por un segundo, la magnitud de la multitud que se extendía ante nosotros me dejó sin aliento.
Sin embargo, sentí la mano de Bruno sobre la mía, dándome un apretón leve que me devolvió la tranquilidad.
—Buenas noches —dijimos al unísono, con los micrófonos.
Bruno, con esa seguridad natural que parecía haber nacido con ella, tomó la iniciativa.
Se paró frente al público con la elegancia de un hombre que está acostumbrado a que el mundo se detenga para escucharlo.
—Buenas noches a todos —comenzó él a hablar. —Es un verdadero gusto que todos ustedes estén aquí presentes en el Festival de las Fresas. Hoy, mi acompañante y yo queremos dramatizar para ustedes el verdadero significado de este fruto que nos reúne.
Me tocó el turno, aclaré mi garganta y busqué en mi mente esas palabras que fluyen cuando hablo de lo que me apasiona.
—La fresa, desde tiempos muy remotos, ha sido una delicia para el ser humano —dije, mirando a la multitud, tratando de ignorar que Bruno me observaba con admiración. —Su alto contenido de vitamina C no solo nos ayuda a mantener una piel radiante y joven, sino que también es un escudo que cuida lo que hay dentro de nuestro cuerpo, fortaleciendo nuestra salud.
Bruno tomó mi mano, siguiendo el hilo de la presentación con una fluidez asombrosa.
—Por eso —continuó él, dando un paso hacia el centro. —Nosotros creemos firmemente que la fresa debe compartirse en todas sus preparaciones. Ya sea en un postre, un jugo o al natural, es algo que le hace bien al ser humano en todos los sentidos.
Me acerqué un poco más a él, sintiendo el calor de sus manos. El guion improvisado fluía como si lo hubiéramos ensayado durante semanas.
—Porque al final del día —añadí, bajando un poco el tono de voz para darle un toque más íntimo. —Las fresas deben tener el poder de unir corazones.
Bruno me dedicó una sonrisa que me hizo flaquear las piernas. Se giró hacia una pequeña mesa que habían colocado en el escenario con varias fuentes de cristal.
Tomó una fresa grande, roja y brillante. Sus ojos se clavaron en los míos mientras la sostenía frente a mis labios.
—¿Qué te parece? —me preguntó, mirándome una sonrisa encantadora.
Lo miré fijamente en ese momento, y la verdad solo existía él, el aroma dulce de la fruta y la leve brisa de la noche.
—La respuesta es esta —le dije.
No mordí la fresa, en su lugar, quise que la distancia fuera menor y capturé sus labios con los míos.
Fue un impulso, per sabía que era lo necesario para darle un cierre magistral a ese momento.
Bruno no tardó ni un segundo en reaccionar; soltó la fresa, que seguramente cayó en algún lugar de la tarima, y rodeó mi cintura con sus brazos, pegándome a su pecho mientras correspondía mi beso con una pasión que me dejó sin aliento.
El público estalló en un aplauso ensordecedor, escuchamos gritos de júbilo, pero para mí, el ruido se convirtió en un leve sonido.
El mundo se redujo al sabor de su boca y a la grandeza de sus manos reclamando mi cuerpo.
Nos quedamos allí, besándonos mientras la gente, satisfecha con el espectáculo, empezaba a dispersarse hacia los otros puestos de la feria.
—Ya terminó la promoción —escuché una voz interrumpirnos.
Nos alejamos lentamente, ambos con la respiración agitada y los labios encendidos.
La mujer que nos había pedido el favor estaba allí, mirándonos con asombro y gratitud a la vez.
—Muchas gracias por la ayuda, de verdad. Fue... increíble. Mucho mejor de lo que cualquier actor hubiera hecho —dijo ella, todavía un poco sorprendida por el realismo de la escena.
—No fue nada —respondí, tratando de recuperar la compostura y acomodándome el cabello, aunque sentía que mis mejillas estaban del color de las fresas que acabábamos de promocionar.
Bajamos de la tarima en silencio, Bruno se detuvo al bajar por completo y me miró.
—¿Qué harás ahora, Paula? —preguntó con curiosidad.
—Volveré con mis amigas —dije, señalando vagamente hacia la dirección donde las había dejado. —Deben estar preguntándose qué me pasó.
—Te acompaño —respondió él, sin dejar espacio a la duda. —Quiero dejarte sana y salva en manos de ellas.
Caminamos juntos a través de la feria. La presencia de Bruno a mi lado me hacía sentir protegida, pero también peligrosamente expuesta.
Cuando llegamos a la mesa rústica, Daelis y Leila ya estaban allí, con los ojos abiertos de par en par.
—Te estábamos esperando —dijo Leila en cuanto me vio, aunque su mirada saltaba de mí a Bruno constantemente.
—¿Y bien? —soltó Daelis con esa indiscreción que la caracterizaba. — ¿No vas a presentarnos a tu amigo?
Sentí un nudo en la garganta, pero me obligué a hablar con propiedad.
—Él es el señor Bruno Santoro —dije, mirando a mis amigas. —Y es mi jefe.
Leila y Daelis intercambiaron una mirada rápida, llena de significados ocultos que solo nosotras entendíamos.
Sin embargo, ambas se comportaron a la altura. Se levantaron y extendieron sus manos.
—Es un gusto conocerlas —dijo Bruno, saludándolas con esa caballerosidad impecable que lo hacía parecer un príncipe moderno.
—El gusto es nuestro —respondió Leila con amabilidad.
—Igualmente —añadió Daelis, con una chispa de picardía en los ojos. —De hecho, íbamos a decirle a Paula que fuéramos a tomar algo a un bar aquí cerca para celebrar su primer día... bueno, el previo a su primer día. Usted podría acompañarnos, señor Santoro.
Miré a Daelis con ganas de desaparecer, Bruno me miró, esperando mi reacción.
—Yo no iré a otro lugar —corté rápidamente. —Mañana debo llegar temprano al trabajo y quiero estar descansada. Pero vayan ustedes, no se detengan por mí.
Daelis se echó una risita y negó con la cabeza. —Tú como siempre tan correcta, Paula.
—Si Paula no va, yo tampoco —dijo Leila, siempre fiel a su papel de protectora.
—No digas eso, Leila —le insistí, dándole un apretoncito en el brazo. —Ve con Daelis, diviértanse un poco. Yo tomaré un taxi y llegaré a casa en unos minutos.
Daelis, que no necesitaba que la invitaran dos veces a una fiesta, tomó a Leila del brazo.
—Nos vamos sin peros —dijo Daelis, arrastrando a una Leila que todavía me miraba con duda. —¡Nos vemos mañana, Paula! ¡Un placer, señor Santoro!
Las vi alejarse entre la multitud, me quedé sola con Bruno una vez más.
Me giré hacia él, con los nervios de punta, aunque lo sabía oculta muy bien.
—Es mejor que yo también me marche —le dije. —Mañana tengo que estar puntual en la oficina.
—Yo también me voy —respondió él, sacando las llaves de su auto. —Y puedo llevarte a casa.
—No, no es necesario —dije, tratando de ser educada. —Es demasiada molestia, puedo pedir un transporte desde mi celular.
—No es ninguna molestia, Paula. Te llevaré yo.
Su tono no admitía discusión, así que simplemente me mostré de acuerdo. —Está bien, gracias.
Caminamos hacia el parqueo en un silencio y cuando llegamos a su auto, vi un vehículo impresionante que gritaba lujo por donde quiera se mirara.
Bruno, como todo un caballero, me abrió la puerta del copiloto.
Entré, sintiendo el aroma a cuero nuevo y a su perfume muy caro. Él rodeó el auto, se sentó al volante y lo puso en marcha.
Durante los quince minutos que duró el camino, apenas hablamos. Yo miraba por la ventana, tratando de procesar cómo mi vida había pasado de una traición familiar y una apuesta estúpida a estar en el auto de uno de los hombres más poderosos del país después de haberlo besado frente a cientos de personas.
Cuando el auto se detuvo frente a la casa que compartía con las chicas, me desabroché el cinturón de seguridad.
—Gracias por traerme a casa señor Santoro —le dije, mirándolo por un instante.
—Fue un placer Paula—respondió él con una media sonrisa.
Bruno bajó del auto antes de que yo pudiera abrir mi puerta.
Dio la vuelta y me abrió, ofreciéndome su mano para ayudarme a salir. Bajé, sintiendo la brisa de la noche en mi rostro.
—Esta es mi casa —le dije, señalando la construcción modesta pero acogedora. —Bueno, la que comparto con Leila y Daelis.
Bruno observó la fachada durante un momento.
—Se ve muy bonita —comentó.
—Es modesta, pero es lo que necesitamos para vivir —respondí, sintiendo un poco de orgullo por nuestra independencia.
—Entonces... espero verla mañana en la oficina, señorita Miller.
—Así será —dije con una sonrisa, sintiendo que el profesionalismo regresaba a nosotros.
Me acerqué a él con la intención de despedirme con un beso rápido en la mejilla, un gesto de cortesía simple.
Sin embargo, al despegarme, el destino o quizás mi propia torpeza hizo que quedara demasiado cerca de su rostro.
Nuestras respiraciones eran una y, antes de que pudiera reaccionar, Bruno redujo la distancia y me besó.
Esta vez no había público, ni escenarios, ni fresas que promocionar.
Fue un beso lento, tierno y que me estremeció, que me hizo cerrar los ojos y perderme en la calidez de su boca.
Correspondí al beso con la misma entrega, sintiendo que mi corazón se derretía.
Cuando nos separamos, él me miró y sentí mucha vergüenza.
—Te veo mañana —dijo con la voz un poco ronca.
Sin decir nada más, porque las palabras se me habían atascado en la garganta, me giré y entré a la casa.
Cerré la puerta detrás de mí y me apoyé contra la madera, escuchando el sonido del auto alejarse.
—¿Pero qué me pasa? —susurré para la oscuridad del recibidor. —Yo no soy así... ¿por qué estoy haciendo esto?
Una ola de culpa me golpeó de repente y confieso que mesentía fatal.
No solo estaba jugando con fuego con mi nuevo jefe, sino que me sentía aún peor por haber perdido mi virginidad la noche anterior con un completo desconocido del que ni siquiera recordaba el rostro.
Me sentía sucia, confundida y, sobre todo, asustada de mis propios sentimientos.
Caminé hacia mi habitación, entré, cerré la puerta y me dejé caer sobre la cama sin siquiera quitarme los zapatos.
Me quedé mirando el techo, sintiendo que mi vida se estaba convirtiendo en una novela de la que no sabía el final, y lo peor de todo es que, a pesar de la culpa, una parte de mí no podía esperar a que amaneciera para volver a verlo.