La mañana siguiente finalmente llegó, me levanté y miré por la ventana, y el sol de la mañana me recordaba que hoy no era un día cualquiera.
Hoy era mi primer día oficial en la empresa Santoro.
Estaba más emocionada que nunca, no solo por el trabajo, si no porque sentía esa extraña sensación de querer volver a verlo.
Me vestí con un conjunto ejecutivo impecable: una falda de tubo negra y una blusa de seda blanca que proyectaba la seriedad que necesitaba, aunque por dentro me sintiera como un manojo de nervios.
Bajé las escaleras y me dirigí a la cocina. El aroma a café recién hecho era exquisito para mi olfato.
Allí estaban Daelis y Leila, ya activas y con esa energía que a veces me costaba procesar tan temprano.
—Buenos días —dije, tratando de que mi voz no delatara mi falta de sueño.
Leila, que estaba sirviendo unos huevos revueltos, me miró de inmediato con su instinto protector encendido.
—Buenos días, Paula. Siéntate y desayuna algo antes de irte. Necesitas energías para tu primer día.
—No, Leila, gracias —respondí, sintiendo un nudo en el estómago. —Estoy tan nerviosa que siento que no pasa nada por mi garganta. Si como algo ahora, estoy segura de que me caerá mal.
Daelis, que estaba apoyada en la encimera con su taza de café, soltó una risita burlona y me lanzó una mirada de complicidad.
—Claro, nervios... —bromeó ella con picardía. —Y más con ese jefe tan guapo y millonario que tienes. Cualquiera perdería el apetito si supiera que va a pasar ocho horas al día encerrada con un monumento como Bruno Santoro.
Sentí cómo el calor subía por mi cuello hasta teñir mis mejillas de un rojo intenso. Me sonrojé involuntariamente al recordar los besos de la noche anterior.
—Daelis, por favor... es mi trabajo —le dije, tratando de sonar profesional. —Mejor me voy ya, no quiero que mi primer día empiece con un retraso.
—¡Suerte, amiga! —gritó Daelis mientras yo agarraba mi bolso.
—¡Cualquier cosa nos llamas! —añadió Leila desde la cocina.
Salí de la casa y respiré hondo el aire fresco de la mañana. Me despedí de mi reflejo en el cristal de la puerta y me puse en marcha.
Veinte minutos después, un taxi me dejó justo frente a la imponente estructura de cristal de la empresa Santoro.
Me detuve un segundo a observar el edificio. Era un gigante que parecía vigilar la ciudad, y yo estaba a punto de ser parte de él.
Entré con paso firme, tratando de que mis tacones no temblaran sobre el mármol pulido.
Aunque por dentro era un caos de inseguridades, me aseguré de que mi rostro no demostrara nada más que confianza.
Al llegar a la recepción, la chica de ayer me reconoció de inmediato y me dedicó una sonrisa mucho más cálida.
—Buenos días, señorita Miller. Bienvenida a su primer día. Su oficina ya está lista; se encuentra justo al frente de la del señor Santoro.
—Muchas gracias —respondí, sintiendo que el corazón se saldría por mi boca. ¿Justo al frente? Eso significaba que estaríamos a solo unos pasos de distancia durante todo el día.
—Por cierto —añadió la recepcionista antes de que me retirara. —el señor Santoro requiere su presencia en su oficina de inmediato.
—Entendido, iré hacia allá ahora mismo, gracias.
Caminé hacia el ascensor y subí a la planta ejecutiva. Antes de ver a Bruno, decidí pasar rápidamente por la que sería mi oficina.
Al entrar, me quedé sin aliento, era espaciosa, con un escritorio de diseño moderno, una computadora de última generación y una vista espectacular de la ciudad.
Me quedé un momento mirando a mi alrededor, asimilando la realidad.
—Es mi sueño anhelado —dije para mí misma, sintiendo una punzada de orgullo. —Por fin estoy aquí.
Dejé mi bolso sobre la silla, me arreglé la blusa frente al espejo y caminé los pocos pasos que separaban mi puerta de la de Bruno.
Toqué la madera dos veces con muchos nervios ocultos.
—¡Adelante! —se escuchó su voz desde el interior.
Entré con el corazón latiéndome a mil por hora.
—Buenos días, señor Santoro —dije, manteniendo la formalidad.
Bruno estaba inclinado sobre unos documentos, pero al escucharme, levantó la cabeza.
En cuanto sus ojos se cruzaron con los míos, una chispa de reconocimiento brilló en ellos.
Se levantó de su silla con esa elegancia innata que lo hacía parecer dueño de cada centímetro de espacio.
—Buenos días, Paula —respondió, y el sonido de mi nombre en sus labios me hizo estremecer.
—La recepcionista me dijo que quería verme —comenté, dando un par de pasos hacia su escritorio.
Él no respondió de inmediato, salió de detrás de su escritorio y caminó hacia mí con pasos lentos.
Se detuvo a escasos centímetros, lo suficiente para que yo pudiera percibir su perfume.
—Dime algo, Paula... ¿Tú crees en el amor a primera vista? —preguntó de repente, pero con una sonrisa de picardía en sus labios
Me quedé helada ante la pregunta, pero traté de no pensar tanto en una repuesta.
—Es probable que sí —respondí con sinceridad. —A veces el corazón reconoce algo antes que la razón.
—Es bueno saberlo —dijo él.
Sin que yo pudiera verlo venir, Bruno se acercó, sus manos buscaron mi rostro con ternura y sorpresivamente me dio un beso.
Fue un beso suave, lleno de una tranquilidad que habíamos dejado pendiente la noche anterior.
Por un momento, olvidé que estábamos en una oficina, olvidé que él era mi jefe y que yo era su nueva empleada.
Le correspondí el beso con la misma entrega, perdiéndome en la calidez de su boca.
Sin embargo, un destello de sensatez me vino a mi mente. Me alejé de él, tratando de recuperar el aliento y la cordura.
—Señor Santoro... —dije, con mucha vergüenza. —Yo creo que debemos mantenernos al margen. Acabo de empezar y esto es muy importante para mí. Solo debemos tener una relación de trabajo.
Él me miró con una sonrisa admirable, ni siquiera podía descifrar del todo su actitud.
—No esperaba otra respuesta de ti, Paula —dijo con calma. —Y es perfecto lo que dices. Tienes razón, el profesionalismo es lo primero.
Justo en ese momento, la puerta de la oficina se abrió de par en par sin previo aviso.
Un hombre joven, elegante pero con un perfil mucho más relajado y dinámico que el de Bruno, entró con una carpeta bajo el brazo.
—Bruno, ya es hora de la reunión. Los socios están... —se detuvo al vernos, su mirada empezó saltando de Bruno a mí con una curiosidad evidente. —Vaya, no sabía que estabas ocupado.
—Está bien, Yeison —dijo Bruno, recuperando instantáneamente su postura de líder. —Ya vamos.
Yeison sonrió y me extendió una mano amistosa.
—¿No me presentarás a la mujer que hará el marketing de la empresa? He oído maravillas de su currículum.
—Ella es Paula Miller —presentó Bruno con un tono de orgullo contenido. —Paula, él es Yeison, mi mejor amigo y el director de operaciones.
—Es un gusto conocerla, Paula —dijo Yeison con sinceridad.
—También es un gusto para mí —respondí, estrechando su mano.
Me cayó bien de inmediato; su energía ayudaba a aliviar la tensión de la oficina.
—Es momento de irse a la reunión —dijo Bruno, haciendo un gesto hacia la salida.
Caminamos juntos por el pasillo hasta el salón de reuniones principal.
Era una sala inmensa con una mesa de roble rodeada de hombres y mujeres de negocios que proyectaban una seriedad imponente.
Bruno tomó su lugar a la cabecera, Yeison se sentó a su derecha y yo tomé asiento a la izquierda.
—Buenos días a todos —dijo Bruno con voz de mando.
—Buenos días —respondieron todos al unísono.
—Hoy quiero presentarles formalmente a Paula Miller —continuó Bruno, señalándome. —A partir de hoy, ella será la encargada de dirigir y transformar el marketing de nuestras cadenas hoteleras. Confío plenamente en su visión y en su capacidad para llevar nuestra marca al siguiente nivel.
—Bienvenida, señorita Miller —dijeron algunos de los presentes, asintiendo con respeto.
—Gracias —respondí con una inclinación de cabeza, sintiéndome orgullosa de mi misma.
La reunión empezó de inmediato.
Durante las siguientes horas, en la reunión se habló de números, estadísticas, proyecciones financieras y estrategias comerciales.
Escuchaba atentamente, tomando notas y analizando cada dato.
A pesar de la cercanía de Bruno y de lo que había pasado minutos antes, me enfoqué totalmente en mi labor.
Este era el mundo para el que me había preparado, y no iba a dejar que nada, ni siquiera el hombre más fascinante que había conocido, me distrajera de mi objetivo de triunfar.
La reunión terminó después de dos horas intensas de análisis y proyecciones.
El personal empezó a recoger sus carpetas y a salir del salón sin hablar una sola palabra.
Me puse en pie, y table recogí mis apuntes.
Cuando estaba a punto de salir, Bruno se acercó a mí.
—Te acompañaré a tu oficina —dijo con ese tono que no admitía mucha discusión.
Me detuve y lo miré, tratando de recuperar mi escudo profesional frente a los pocos empleados que aún quedaban en el pasillo.
—No se moleste, señor Santoro —respondí con cortesía. —Seguro tiene muchas cosas importantes que hacer y ya me ha dedicado suficiente tiempo por hoy. Puedo llegar sola, está a solo unos pasos.
—De ninguna manera —replicó él, haciendo un gesto hacia la puerta para que caminara delante. —Es tu primer día oficial y quiero asegurarme de que todo esté en orden en tu nuevo espacio de trabajo.
Caminamos juntos por el pasillo alfombrado.
Sentía su presencia justo detrás de mí, como una sombra protectora que me ponía los nervios de punta.
Al llegar a mi oficina, abrí la puerta y entramos.
Él se quedó en el centro de la oficina, mirando todo a su alrededor como si con solo mirar estuviera aprobando algo.
—Espero que esta oficina te guste, Paula —dijo, volviéndose hacia mí. —Quería que tuvieras un lugar que estuviera a la altura de tu talento.
Miré a mi alrededor con más detenimiento que antes, el mobiliario moderno, la amplitud, el aroma a nuevo.
—Es lo que siempre soñé —confesé, dejando que por un momento mi guardia bajara. —De verdad, es el espacio perfecto para crear.
—Me alegra mucho saberlo —respondió él, y noté un brillo de satisfacción en sus ojos que me hizo estremecer.
—Bueno —dije, tratando de romper el hechizo del momento y acercándome al escritorio. —inmediatamente empezaré a trabajar con un proyecto para sus cadenas hoteleras. Tengo un par de ideas sobre cómo renovar la imagen digital que creo que le van a interesar mucho.
—Me parece muy bien —me respondió Bruno, cruzándose de brazos. —Confío plenamente en tu criterio.
Me dirigí a mi silla y tomé asiento, sintiendo el cuero fresco bajo mi cuerpo. Era una declaración de intenciones: estaba lista para empezar.
Bruno se dispuso a salir, caminando hacia la puerta con esa seguridad que lo caracterizaba.
Pero, justo antes de cruzar la puerta, se detuvo y se giró hacia mí.
—Paula... ¿me aceptas una cena esta noche? —preguntó de repente.
Me quedé congelada por un segundo, una sonrisa involuntaria se formó en mis labios y me quedé pensativa, debatiendo entre lo que mi cuerpo gritaba y lo que mi razón me dictaba.
Tras unos segundos de silencio, suspiré hondo y negué con la cabeza.
—No puedo —respondí con algo de dudas.
Bruno levantó una ceja, visiblemente intrigado, y dio un paso de regreso hacia el escritorio.
—¿Por qué no? —preguntó, con sus manos dentro del bolsillo.
—Como le mencioné antes, señor Santoro, prefiero guardar distancia —le dije, mirándolo fijamente a los ojos. —Acabo de empezar en este puesto y no quiero que haya malos entendidos ni con usted ni con el resto del personal. Mi carrera es mi prioridad ahora mismo.
Bruno sonrió, una que me indicó que mi respuesta, lejos de desanimarlo, parecía haberle gustado.
—Entiendo —dijo con calma. —En ese caso, te espero a la salida, en el parqueo subterráneo.
—Pero... —intenté replicar, pero él no me dio oportunidad.
Salió de la oficina sin esperar respuestas, cerrando la puerta tras de si.
Me quedé allí sentada, mirando la madera de la puerta, con el corazón latiéndome con fuerza.
No pude evitar que una sonrisa se dibujara en mi rostro mientras me recostaba en la silla.
—No entiendo lo que está pasando —me dije para mí misma, tapándome la cara con las manos. —Se supone que soy una mujer profesional y este hombre... este hombre simplemente hace lo que quiere.
Me quedé unos minutos así, perdida en la confusión de mis propios sentimientos, antes de obligarme a encender la computadora y empezar a trabajar.