El reloj en la pantalla de mi computadora marcó finalmente la hora de salida.
Durante toda la tarde, aunque traté de concentrarme en las gráficas de rendimiento y en el análisis de mercado de los hoteles, la imagen de Bruno Santoro parado en la puerta de mi puerta no se me fue de la cabeza.
Guardé mis notas, apagué mi laptop y tomé mi bolso, sintiendo un nudo de anticipación en el estómago.
Bajé por el ascensor privado hasta el parqueo subterráneo.
El lugar estaba iluminado, miré a mi alrededor, me detuve un segundo antes de salir del área de los ascensores, miré buscando aquel auto imponente que ya empezaba a resultarme familiar.
—Te estaba esperando —dijo una voz que me estremeció.
Di un pequeño salto del susto, pero al verlo apoyado contra su auto, mi pulso se aceleró por una razón muy distinta.
Caminé hasta él, tratando de mantener mi postura más profesional, aunque mi sonrisa me delataba.
—Ya estoy lista —le dije, deteniéndome frente a él.
Bruno no dijo nada de inmediato; simplemente me barrió con la mirada, una que me hizo sentir como si llevara el vestido más caro del mundo y no un simple traje de oficina.
—Por favor, entra al auto —me pidió, abriéndome la puerta con esa caballerosidad que parecía ser parte de su ADN.
Entré y el aroma de su perfume empecé a amarlo. Él rodeó el vehículo, se sentó al volante y puso el auto en marcha.
Mientras salíamos del edificio hacia las calles iluminadas de la ciudad, no pude evitar romper el silencio.
—¿A dónde iremos exactamente? —le pregunté con curiosidad.
—Iremos a un restaurante español —respondió él, maniobrando con destreza entre el tráfico. —Es uno de mis lugares favoritos.
—Me gusta mucho la comida española —confesé, relajándome un poco en el asiento de cuero. —Los sabores son intensos, tienen personalidad.
Bruno sonrió de medio lado, sin apartar la vista del frente.
—A mí también me encanta. Sabía que coincidiríamos en eso.
Después de unos veinticinco minutos de camino, finalmente nos detuvimos frente a una fachada clásica y elegante en el centro de la ciudad.
Al bajar del auto, Bruno se acercó a mí y flexionó su brazo, ofreciéndomelo en un gesto amable.
Sin dudarlo, entrelacé mi brazo con el suyo, sintiendo la fuerza de su músculo bajo la tela de su chaqueta.
—Buenas noches, señor Santoro —dijo un hombre impecablemente vestido que custodiaba la entrada. —Su mesa está lista.
—Gracias, Mateo —respondió Bruno con amabilidad.
Nos guiaron a través de la entrada principal, que estaba llena de gente y música, pero no nos detuvimos allí.
Subimos unas escaleras y entramos en un área VIP, un salón privado con una iluminación perfecta y ventanales que daban a un jardín interno.
No había nadie más; el espacio era solo para nosotros.
—Este restaurante debe ser muy caro —comenté mientras nos sentábamos. —Por eso no había venido antes. Es... impresionante.
Bruno me miró fijamente, con los codos apoyados en la mesa.
—No debes preocuparte por eso, Paula. Yo pagaré todo lo que consumas. Esta noche solo quiero que disfrutes.
—En ese caso —bromeé, mirando la extensa carta de vinos. —con un vaso de agua estoy bien.
Bruno no puf evita reírse, se veo ya genuino que me sentí extremadamente bien.
—De ninguna manera. No te traje aquí para beber agua.
El mozo que nos había recibido se acercó con una libreta en mano, esperando nuestras órdenes con suma discreción.
—¿Qué van a ordenar los señores? —preguntó con voz pausada.
—Traiga dos copas de vino tinto, del reserva que solemos abrir aquí —ordenó Bruno sin dudar. —Y para comer, queremos el bogavante asado a la brasa en salsa de ajo y blanca. Es la especialidad de la casa.
El hombre anotó todo y luego se giró hacia mí con una reverencia mínima.
—¿Y a la señorita qué le traemos?
—Lo mismo que el señor Santoro, por favor —respondí, confiando ciegamente en el gusto de mi jefe.
El mozo hizo una última anotación y se retiró en silencio, dejándonos a solas.
Miré a Bruno y, por primera vez en todo el día, sentí que las etiquetas de "jefe" y "empleada" empezaban a desaparecer frente a mis ojos.
El aroma del bogavante asado inundó el reservado VIP en cuanto el mozo colocó los platos frente a nosotros.
El color rojizo del marisco contrastaba con la blancura de la salsa de ajo, y el vapor que desprendía era una invitación directa al paladar.
Tomé el cubierto con cierta timidez, consciente de que Bruno no dejaba de observarme con curiosidad y deleite.
Al probar el primer bocado, sentí que mis papilas gustativas hacían una fiesta. La carne era exquisita, dulce, y se deshacía en la boca con un toque ahumado que nunca antes había experimentado.
—¡Dios mío, esto está increíble! —exclamé, olvidando por un momento mi protocolo de empleada perfecta. —Nunca había probado algo así, Bruno. Es... es simplemente espectacular.
Él sonrió, dejando ver esa faceta relajada que solo parecía mostrar cuando estábamos lejos de las oficinas.
—Me alegra mucho saber que te gusta —respondió él, tomando un sorbo de su vino tinto. —Es mi comida española favorita. Siempre que vengo aquí pido lo mismo, pero hoy compartirlo contigo hace que sepa todavía mejor.
—Gracias— Le respondí sonrojada.
Cenamos con tranquilidad, hablamos de cosas triviales, de la ciudad, de los sabores, evitando por un momento el trabajo que nos esperaba al día siguiente.
Era como si estuviéramos en una burbuja donde el tiempo no corría. Sin embargo, toda velada tiene su fin.
Al salir del restaurante, el aire de la noche estaba muy fresco. Bruno volvió a ofrecerme su brazo y caminamos hasta el auto.
Él condujo de regreso a mi casa, atravesando las calles ahora más vacías y con poco ruido.
Cuando finalmente se detuvo frente a mi puerta, miré a mi alrededor con alegría oculta.
—Fue una bonita velada, señor Santoro. Gracias por traerme —le dije, mirándolo a los ojos.
—Opino lo mismo, Paula. Ha sido una noche necesaria —contestó en tono amigable.
—Bueno... te veo mañana en el trabajo —añadí, buscando la manija de la puerta para bajar.
Pero antes de que pudiera moverme, sentí su mano fuerte pero delicada sujetando mi brazo.
Me obligó a girarme hacia él, quedando a escasos centímetros de su rostro. Sus ojos me miraban fijamente, tanto así que no podía imaginar que pasaba por su mente.
Sin darme tiempo a reaccionar, Bruno redujo la distancia y me robó un beso.
No fue un beso accidental; fue un beso planeado, y yo, traicionando todos mis propósitos de "mantener la distancia", le correspondí con la misma entrega, enredando mis dedos en su cabello.
Cuando finalmente nos separamos, mi corazón latía con tanta fuerza que me dolía el pecho.
—No entiendo... —dije en voz baja, tratando de recuperar la cordura. —No entiendo por qué me besas así, y peor aún, no entiendo por qué siempre termino correspondiéndote de esta manera. Se supone que somos profesionales.
Bruno sonrió sin soltar mi brazo.
—Seguramente es porque, después de ese beso en la feria de las fresas, no he podido dejar de pensar en ti ni un solo segundo, Paula. Y me atrevo a decir que a ti te pasa exactamente lo mismo conmigo.
Me sonrojé violentamente, agradeciendo la oscuridad del auto.
—Quizás... quizás tenga algo que ver —admití en voz baja. —Pero no quiero confusiones contigo. Eres mi jefe, Bruno. No quiero que la gente piense cosas que no son, o que mi trabajo se vea afectado por esto.
Él se quedó pensativo un momento, acariciando mi brazo con el pulgar.
—Dime una cosa —preguntó de repente. —Además de ser tu jefe... ¿hay algún otro impedimento? ¿Tienes novio?
Me reí nerviosamente, hace mucho tiempo que no tenía novio.
—No, no tengo novio.
—Perfecto —respondió él con una seguridad que me dejó muda. —No tenías novio. Porque a partir de esta noche, eres mi novia.
Me quedé mirándolo con los ojos abiertos de par en par, totalmente asombrada.
—¿Qué? —exclamé. —No esperaba que el señor Santoro fuera tan directo... ni tan autoritario para estas cosas.
Bruno sonrió de esa forma que me hacía temblar las piernas.
—Las personas suelen pensar que soy un hombre de negocios frío, pero la realidad es que cuando quiero algo, voy por ello sin rodeos. Y como soy directo, quiero que sepas otra cosa: a partir de esta noche, tu nombre en mi boca será sustituido por "mi vida".
Me eché a reír, contagiada por lo absurdo y romántico de la situación.
—Eres muy opuesto a lo que las personas comentan de ti en los pasillos —le dije, negando con la cabeza. —Dicen que eres implacable, casi de hielo.
—Tienen razón, lo soy con casi todo el mundo —admitió él, acercándose más a mi rostro. —Pero contigo es diferente y ahora, tú también debes sustituir mi nombre por algo más... adecuado.
—¿Ah, sí? —pregunté divertida. —No sabría cómo decirle a un hombre tan encantador y, a la vez, tan mandón.
—Bueno, tienes opciones —dijo él con un brillo pícaro en los ojos. —Puedes decirme mi vida, mi amor, mi bonito hombre... o como desees. Solo quiero que cuando estemos solos, Bruno Santoro quede fuera de tus labios, y no suene tan profesional.
Me quedé mirándolo, sintiendo que mi resistencia se desmoronaba por completo ante su encanto.
—"Mi amor" está bien por ahora —respondí, sintiendo un cosquilleo en el estómago.
Bruno no esperó más y volvió a besarme, un beso corto pero lleno de ternura.
—Como tú quieras llamarme está bien para mí, siempre que sea a mí a quien se lo digas —dijo contra mis labios.
—Estoy nerviosa —confesé, apoyando mi frente contra la suya. —No estaba en mis planes ser la novia del señor Santoro en mi primera semana de trabajo. Siento que esto es una locura.
—Te prometo que voy a cuidarte, Paula. No dejaré que nada malo te pase, ni en la oficina ni fuera de ella —me aseguró con una solemnidad que me hizo creerle.
Me animé, impulsada por la seguridad que me transmitía, y lo besé yo esta vez.
Fue un beso pasional, una entrega total en la que le demostré que, a pesar de mis miedos, yo también lo quería cerca.
Él correspondió con la misma entrega, sus manos recorriendo mi espalda y amenazaba con hacernos perder el control allí mismo, en el asiento del copiloto.
—Mejor entro a la casa —dije finalmente, alejándome antes de que no pudiera detenerme. —Mañana tenemos que ser personas serias en la empresa, "mi amor".
Bruno sonrió, satisfecho al verme responderle de esa manera.
—Mañana seremos los mejores profesionales del país. Pero esta noche, eres mía.
—Está noche debí entrar a mi casa— Le respondí con picardía.
Salí del auto casi huyendo de la tentación y corrí hacia la entrada de mi casa.
Entré rápidamente, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra ella mientras escuchaba mi propio corazón latir más rápido de lo normal.
Me sentía en una nube, feliz, pero en el fondo de mi mente, la sombra de la noche de mi cumpleaños seguía allí, recordándome que mi "primera vez" fue con un extraño al que no podía identificar, mientras que ahora era la novia del hombre más codiciado de la ciudad.
Subí a mi habitación y me dejé caer en la cama, suspirando.
¿Cómo se supone que iba a mirar a Bruno a la cara mañana en la oficina sin recordar cómo me había llamado "mi vida" y yo “mi amor”.