Rápido empezó, rápido terminó

2358 Palabras
La luz de la mañana se sentía distinta, más brillante, como si el mundo hubiera decidido celebrar conmigo el torbellino de emociones que me hacía feliz. Bajé las escaleras tratando de calmar los latidos de mi corazón, que no dejaban de recordarme la palabra "novia" una y otra vez. Al entrar en la cocina, el aroma del café y las tostadas me devolvían a la realidad, junto a las miradas curiosas de mis mejores amigas. Leila, como siempre, estaba al mando del desayuno. —Buenos días, Paula. Siéntate y desayuna algo antes de irte —dijo, señalando el plato conque ya me había preparado. —No quiero que te desmayes en tu segundo día oficial de trabajo. —Buenos días —respondí con una sonrisa, tomando asiento. —Gracias, Leila. De verdad me hace falta. Daelis, que estaba apoyada en la mesa con su taza entre las manos, me escaneó de arriba abajo con esos ojos de detective que no dejaban pasar ni un detalle. —Buenos días, "niña desaparecida" —bromeó Daelis, levantando una ceja. —No te vi llegar anoche. ¿Se puede saber dónde estabas? ¿O el señor monumento te secuestró en su parqueo? Sentí que el calor subía por mi cuello al instante. Me sonrojé involuntariamente, mirando el plato de comida como si fuera lo más interesante del mundo. —De eso... de eso mismo quería hablarles —dije algo avergonzada, dejando el tenedor a un lado. Leila dejó de servir el café y se sentó frente a mí, contagiada por mi tono serio. —¿Qué pasa, Paula? —preguntó preocupada. —¿Te hizo algo? ¿Pasó algo malo? —No, no pasa nada malo —dije, soltando un suspiro largo. —Aunque bueno, sí... sí pasa algo importante. —¡Habla ya, que me va a dar algo! —exclamó Daelis impaciente. —A partir de anoche... soy la novia de Bruno Santoro. Leila se quedó con la boca abierta y Daelis casi derrama su café sobre la mesa. —¿Qué? —exclamó Leila, incrédula. —¿Cuándo pasó eso? ¡Si hace tres días ni siquiera sabías quién era ese hombre! —Lo sé, suena a locura —admití, jugando con la servilleta. —Pero desde la noche del festival, cuando tuvimos que besarnos en esa tarima... desde esa noche, todo cambió repentinamente y sin previo aviso. Es como si el destino nos hubiera empujado a una velocidad que no puedo controlar. Daelis no pudo evitar gritar de la emoción. —¡No puedo creerlo! ¡Mi mejor amiga es la novia del hombre más codiciado de todo el país! Paula, eso es como sacarse la lotería del amor y del dinero al mismo tiempo. —No sé si es la lotería —respondí con una sonrisa triste. —Yo solo quiero vivir esta experiencia mientras dure. —¿Cómo que "mientras dure"? —preguntó Leila, mirándome con la cara arrugada. —Paula, no hables así. —Seamos realistas, Leila. Los hombres como Bruno Santoro cambian de mujer como cambian de calzoncillos. Él vive en un mundo de lujos, modelos y poder. Yo soy solo su encargada de marketing que apareció en su camino de forma extraña. —En eso tiene razón —intervino Daelis, aunque con menos entusiasmo. —Esos hombres suelen ser... volátiles. —Entonces mejor no inicies nada —me recomendó Leila con tono protector. —No quiero que salgas lastimada, Paula. Si ya estás pensando en el final antes de empezar, es porque sabes que te vas a romper el corazón. —Quiero vivir la experiencia, Leila —le dije, mirándola fijamente. —Prefiero arrepentirme de haberlo intentado que quedarme con la duda de qué hubiera pasado. Él me hace sentir cosas que nunca había sentido, y por una vez, quiero dejarme llevar. Ninguna de las dos dijo nada más, solo nos quedamos ahí desayunando juntas. Terminé mi desayuno a toda prisa, incapaz de decir algo más al respecto. Me despedí de ellas con un beso rápido y salí hacia la empresa. Llegué al edificio Santoro unos minutos antes de las ocho. Al entrar en mi oficina, me repentinamente, sobre mi escritorio, ocupando casi todo el espacio, descansaba un ramo de rosas rojas tan grandes y hermosas que parecían sacadas de un sueño. Me acerqué con rapidez, dejando mi bolso en una silla. Tomé el ramo entre mis manos y hundí mi rostro en las flores, aspirando ese aroma dulce y fresco. —No esperaba encontrar una sorpresa como esta —dije para mí misma, sintiendo que una sonrisa idiota se instalaba en mi rostro. Dejé las flores con cuidado a un lado y, sin pensarlo dos veces, salí de mi oficina y caminé los pocos pasos hacia la oficina de Bruno. Toqué la puerta y escuché su voz responderme del otro lado de la puerta. —Pase. Entré con timidez, sintiéndome como una adolescente en su primera cita. Bruno estaba sentado tras su escritorio, pero en cuanto me vio, sus ojos se iluminaron de una manera que me hizo flaquear las piernas. Se levantó de inmediato y caminó hacia mí. —Buenos días —dije en voz baja. —Buenos días —respondió él, tomándome por la cintura y atrayéndome hacia él para darme un beso tierno, pero llenó de intención. —¿Te gustaron las flores? —Me encantaron, Bruno. Son hermosas. Muchas gracias. Él sonrió y me dio otro beso, esta vez más prolongado, antes de separarse apenas unos milímetros. —Me alegra —dijo. —Por cierto, ¿te gustaría ir esta noche a ver una obra de teatro conmigo? Lo miré totalmente sorprendida. —¿Al teatro? —repetí. —No imaginaba que al señor Santoro le gustara ir a ver una obra de teatro. Lo imaginaba más en eventos de negocios. Bruno se rió mientras acariciaba mi mejilla. —Es lo único que me relaja, Paula. O al menos, lo era. Porque ahora, pensar en ti es lo único que tiene mi mente ocupada todo el día. Me reí, sintiéndome la mujer más afortunada del mundo, y le di un beso lleno de cariño. Estaba a punto de decirle que sí, que me encantaría ir, cuando inesperadamente la puerta de la oficina se abrió de golpe. —¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz femenina, que gritaba enojo. Nos separamos de inmediato, Bruno se giró para ver a la mujer que acababa de entrar. Era una joven hermosa, vestida con ropa de diseñador y una actitud de dueña del mundo que me hizo sentir pequeña al instante. —¿Qué quieres, Sasha? —preguntó Bruno, y su voz ya no era dulce; era fría como el hielo. —Quiero una explicación de lo que está pasando —dijo ella, señalándome con un desprecio evidente. —¿Quién es esta mujer y por qué la estabas besando en tu oficina? Bruno dio un paso al frente, protegiéndome de la mirada de la mujer. —No tengo nada que explicarte, Sasha. Tú y yo terminamos hace mucho tiempo —le respondió con algo d enojo en su voz. —Pero si tanta curiosidad tienes, te presento a mi novia, Paula Miller. La mujer, Sasha, empezó a reírse, era una risa de burla que me erizó la piel. —¿Tu novia? —repitió con burla. —Realmente los Santoro son una mierda. Sigues siendo el mismo de siempre, Bruno. —No te permito que me hables así, y mucho menos en mi oficina —respondió Bruno con un tono amenazante que me asustó un poco. La discusión en la oficina se volvió insoportable. Me sentía fuera de lugar, como una intrusa en una guerra que no era mía. —Yo... mejor me voy a mi oficina a trabajar —dije, tratando de mantener la compostura. —El señor Santoro tiene asuntos que atender. Me dirigí hacia la puerta lo más rápido que pude, pero antes de que pudiera cruzar la puerta, la voz de Sasha me detuvo. —No te hagas ilusiones, niñita —me soltó con malicia. —Bruno solo juega contigo. Eres el juguete de esta semana, nada más. No dije nada, no quería darle el gusto de verme afectada. Salí de la oficina con el corazón latiéndome en la garganta y me refugié en la mía. Me senté frente a mi escritorio, mirando las rosas rojas que hacía cinco minutos me hacían feliz, y que ahora me recordaban que el mundo de Bruno Santoro estaba lleno de sombras y de mujeres que hablaban como si lo conocieran mejor que yo. Me quedé mirando fijamente la pantalla de mi computadora, pero las letras bailaban ante mis ojos sin sentido alguno. Las palabras de Sasha seguían en mi cabeza: "Eres el juguete de esta semana". Intenté convencerme de que era solo despecho de una ex, pero el nudo en mi estómago me decía que había algo más. Unos minutos después, la puerta de mi oficina se abrió de repente. No hizo falta que levantara la vista para saber quién era; su perfume lo delataba, era Bruno. —Paula —dijo con un tono que pretendía ser conciliador. —Lamento mucho lo que sucedió hace un momento. Sasha no debió entrar así, y mucho menos decirte esas cosas. Me puse de pie lentamente, sentía una frialdad extraña recorriéndome la espalda. Me acerqué a él con los brazos cruzados, marcando una distancia que no existía anoche en el auto. —¿Quién es ella, Bruno? —pregunté, yendo directo al grano. Él suspiró hondo, pasando una mano por su cabello, deshaciendo la perfección de su peinado y era evidente que parecía frustrado. —Sasha fue una antigua novia —confesó, mirándome a los ojos. —Estuvimos juntos mucho tiempo. Incluso... incluso llegué a pensar en casarme con ella. Sentí un pinchazo de celos, pero lo que vino después me dolió más. —Pero luego recapacité —continuó él con una franqueza que me heló la sangre. —Pensé bien las cosas y me di cuenta de que no quería vivir atado a ninguna mujer. Decidí que mi libertad y mi carrera eran lo primero. Me quedé viéndolo en silencio, procesando cada palabra. —Entonces... —comencé, sintiendo que la garganta se me cerraba. —tú no buscas nada serio con una mujer. Bruno levantó las cejas, dando un paso hacia mí. —¿Por qué dices eso, Paula? ¿Es acaso por lo que esa mujer gritó en mi oficina? No le hagas caso, solo quería lastimarte —No lo digo por ella, Bruno —respondí, retrocediendo un paso para evitar que me tocara. —Lo digo por lo que acabas de decir tú. Dijiste que no quieres vivir "atado" a nadie. Pero una mujer como yo, cuando se entrega, piensa en el matrimonio. Piensa en construir una vida, en despertar cada mañana al lado del hombre que ama. Bruno se quedó en silencio, sus ojos, que antes me miraban con tanta dulzura, ahora parecían buscar una salida, una respuesta que no llegaba. Se quedó allí, estático, y ese vacío me dio la respuesta que no quería escuchar. —Tu silencio me respondió todo, Bruno —dije, sintiendo que una lágrima traicionera amenazaba con salir, pero me obligué a tragarme el llanto. —Paula, fue una decisión que tomé hace mucho tiempo —dijo finalmente, mostrándose sincero. —No es algo personal contra ti. Simplemente no creo en esas estructuras. —Pues entonces yo también tengo que recapacitar —le dije, apretando los puños. —Yo no puedo ser tu novia. No pienso ser solo la diversión de un momento para un hombre como tú. No soy un pasatiempo que puedes desechar cuando te aburras de tu "libertad". Bruno cambió su expresión, su expresión de amabilidad desapareció y fue sustituida por esa frialdad de acero que sus empleados tanto temían. —Es mejor vivir el momento, Paula —dijo con voz dura. —Disfrutar de lo que tenemos ahora sin pensar en un futuro que nadie tiene asegurado. ¿Por qué arruinar lo que sentimos por etiquetas o promesas a largo plazo? —Lamento mucho escucharte decir eso —le respondí, sintiendo que el corazón se me rompía un poco más con cada palabra. —Porque la verdad es que me gustabas... y mucho. Más de lo que quería admitir. Pero no por eso seré tu objeto de diversión. Mi dignidad y mis sueños no están en oferta, señor Santoro. Bruno engurruñó la cara, una expresión de puro enfado y orgullo herido. Sus mandíbulas se tensaron tanto que temí que se le rompieran los dientes. —Si es lo que quieres, no voy a obligarte a nada —dijo las palabras con una frialdad cortante. —No soy hombre de rogar. Se giró enojado, dispuesto a abandonar la oficina. Su espalda se veía rígida, imponente, pero ya no me causaba admiración, solo una profunda tristeza. —¡Bruno! —lo llamé cuando estaba a punto de salir. Él se detuvo, pero no se giró. —Lo que sea que empezó entre nosotros... terminó, aquí y ahora. Él se quedó inmóvil un segundo, con la mano en el pomo de la puerta. —No hay problema —respondió sin girarse, con una indiferencia que dolió más que un insulto. Salió de la oficina y cerró la puerta de golpe que retumbó en las paredes de cristal. Caminé hacia el bote de basura, tomé las flores y las eché allí sin contemplaciones, viendo cómo los pétalos rojos eran como papeles desechados. —Es lo lógico —me dije a mí misma, desplomándome en mi silla y cubriéndome la cara con las manos. —Era obvio que un hombre como Santoro no querría nada serio. ¿Cómo pude ser tan estúpida para creer que yo sería la excepción? Me quedé allí, tratando de respirar, dándome cuenta de que mi segundo día oficial de trabajo se había convertido en el funeral de mi corta felicidad. Ahora tenía que trabajar frente al hombre que acababa de romperme el corazón, y lo peor de todo, es que aún recordaba perfectamente el sabor de sus besos.
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